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Medio siglo con Borges: Íntimo y epitético artefacto creado por Mario Vargas Llosa (II/II)

A A. Restrepo

Borges, el perpetrador

A diferencia de ensayos como El viaje a la Ficción (2008) o Historia de un deicidio (1971), en los que Vargas Llosa exploró profusamente la inmanencia y la exterioridad de los rasgos definitorios en las obras de Juan Carlos Onetti y de Gabriel García Márquez, lo que Medio siglo con Borges nos ofrece es más bien una lectura frontal del escritor argentino. Lectura, que tan solo al final, se revela como una feliz serendipia, cuando alcanza —no sin tropiezos— una fabricada pero verosímil circularidad.

Los dones del primer asombro coinciden aquí, 50 años después, con los del tardío redescubrimiento de un Borges poco convencional. La indisimulada transparencia de aquella primera entrevista parisina de 1963, se repite en los últimos dos capítulos de este artefacto, denunciada —precisamente— por el candor y la franqueza. Mientras que el penúltimo artículo recobra al crítico meticuloso, al “oscuro escribidor de los confines del mundo” que entre 1936 y 1939 tuvo a su cargo la sección de libros de una revista para damas, en la que desnudó la “curiosidad universal” que guiaba sus lecturas, la “claridad y la fuerza persuasiva de una prosa donde hay casi tantas ideas como palabrasy el reconcentrado esfuerzo para “no decir nada que no sea absolutamente indispensable”; el último hace aflorar al hombre que le da “las cosas que siempre fueron suyas” a su amor final, María Kodama, a través de las fotografías y las pequeñas notas recopiladas en Atlas (1984); el libro que sigue el itinerario de los amantes, a través de diversas geografías y la erudición del autor de El Aleph.

Es preciso señalar, no obstante, que asumir una hermenéutica de cara al autor (una lectura frontal) eleva el riesgo de omisiones, debido a la contingencia circunstancial de lo pertinente. Aquello que se excluye por economía y estilo en un artículo, puede hallar su camino hacia el compendio (pero este no es el caso). Y si bien echamos de menos los nombres de Adolfo Bioy Casares y de Macedonio Fernández, lo que lamentamos más son las contradicciones en la retórica del juicio.

En primer lugar, lo que el Nobel critica con mayor tenacidad de la obra borgeana; una cultura que “cumple una función exclusivamente literaria” y que “desnaturaliza lo que la erudición tiene como conocimiento específico de algo (…) subordinándolo a la tarea que cumple dentro del relato”, es lo que Roberto Arlt (1929) bautizó como “literatorisis” y por lo cual había repudiado a Borges, abiertamente, en un reportaje de la revista Literatura Argentina de 1996. Y aunque ignoramos si el autor de Los siete locos cambió de opinión, sabemos que Vargas Llosa, centinela del auto-equilibrio, entreveró por el contrario sus reticencias con un razonado encomio. Paradójicamente, el artefacto, no deja de señalar que cada cuento de Borges es “una joya artística” y que en él, la cultura y el exotismo son una coartada para escapar de manera rápida e insensible del mundo real (…) hacia aquella irrealidad que (…), es condición del arte”.

“Ninguna obra literaria, por rica y acabada que sea, carece de sombras”

En segundo lugar, Vargas Llosa reprocha que la obra del argentino adolezca “de etnocentrismo cultural” y que “el negro, el indio, el primitivo en general” aparezcan a menudo “como seres ontológicamente inferiores, sumidos en una barbarie que no se diría histórica o socialmente circunstanciada, sino connatural a una raza o condición”. Y si bien  intenta amortiguar de la misma manera este reproche diciendo que es “ésta una limitación que no empobrece los demás valores admirables de la obra de Borges”, lo cierto es que no convence. En su ensayo biográfico La utopía arcaica (1996), Vargas Llosa rechazó el “primitivismo” en la obra de José María Arguedas y discrepó del indigenismo que su compatriota planteó como “una verdad histórica” dado que, para él, ésta era apenas una “mera ficción”. De hecho, cuando se dispone a reflexionar sobre el suicido y los diarios póstumos del antropólogo, etnólogo y novelista; recopilados en El zorro de arriba y el zorro de abajo (1971), sentencia con nauseabunda frialdad que: “sin el disparo que hizo volar la cabeza de Arguedas —al lado del manuscrito recién acabado— el libro sería algo distinto (…) ese cadáver infringe un chantaje al lector (…) Es una de sus trampas sentimentales”… ¿Cómo se explica que representar grupos humanos, como “ontológicamente inferiores”, se obvie con tal facilidad mientras que presentarlos a través de sus contrastes, su historia, su identidad y sus raíces merezca tanta acritud?

No son pocos los materiales de los que dispone el artefacto para ensayar una elucubración plausible sobre el asunto. Las opiniones de Borges estuvieron a menudo vinculadas con los conocimientos literarios que ostentaba y por ende, con el estado del arte de la literatura consultada. Censuró la persecución antisemita en Alemania porque (1) sus lecturas lo habían llevado a admirar profundamente al pueblo judío; su historia y sus narrativas, y (2) porque se opuso siempre a los movimientos nacionalistas. De la misma manera que J. R. R. Tolkien, el escritor argentino abrevó en las sagas y en sus arquetipos. Para cualquier lector iniciado en estas, no resultará extraño que los héroes siempre sean blancos mientras que los únicos de piel oscura sean los ogros monstruosos. Lo que aquí se intenta no es negar que la obra de Borges “adolezca de etnocentrismo cultural”, sino señalar que ni siquiera los autores que dieron su vida para estudiar y dignificar las culturas mestizas en el continente americano como Arguedas, merecen en la deriva de un lectura frontal, una apología apropiada.

Como señala el propio Vargas Llosa: “ninguna obra literaria, por rica y acabada que sea, carece de sombras”. Aunque Medio siglo con Borges no sea la excepción, comporta las ideas de uno de los más celebrados autores de nuestro idioma sobre el más fascinante artesano de la maquinaria ficcional de nuestra literatura. Borges creía en la escritura como un mecanismo de salvación. Prefería el verbo “perpetrar” para hablar de la ejecución de sus poemas y al igual que Onetti, pregonaba que no debe “decirse nada que no mejore el silencio”. Quisiera, para concluir, compartir aquí la opinión que en Exercices de´admiration (1986) Cioran nos ofrece sobre Borges. Lo que más admiro de él —dice—, es:

Su desenvoltura en los más variados dominios, la facultad que tiene de hablar con igual sutileza del Eterno Retorno y del tango. Para él, todo se vale, desde el momento en que él es el centro de todo. La curiosidad universal no es signo de vitalidad universal si no lleva la marca absoluta de un yo del que todo emana y en el que todo desemboca: soberanía de lo arbitrario, comienzo y fin que se pueden interpretar según los criterios más arbitrarios. ¿Dónde está la realidad de todo esto? El Yo: farsa suprema… El juego en Borges recuerda la ironía romántica, la exploración metafísica de la ilusión, el malabarismo con lo ilimitado. Friedrich Schlegel, hoy, está adosado a la Patagonia.

 

Arturo Hernández González es docente, traductor y poeta colombiano. Es autor de los libros Olor a Muerte, (Biblored, 2012) y Breviario de lo Incierto (2017). Ganó el I Premio Literario Internacional Letras de Iberoamérica – Poesía (2017) y dirige la Revista Internacional de Cultura y Artes Noche Laberinto.

 

Esta es la segunda parte de una serie de dos artículos dedicados a la figura de Jorge Luis Borges en la que Arturo Hernández González se refiere a la vida y la obra del autor argentino desde el el libro de Mario Vargas Llosa, Medio siglo con Borges. Para leer la primera parte, pincha aquí.

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