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Andrés Ibañez y la búsqueda de la gloria literaria en Nunca preguntes su nombre a un pájaro

Horst tiene más de 40 años, está soltero, no tiene hijos y es escritor. Tras haber recibido, tiempo atrás, ciertos reconocimientos y elogios por su primera obra, el resto de su trayectoria profesional podría resumirse así: un perpetuo fracaso tras fracaso. Para remediarlo, se embarca en una especie de búsqueda de la anhelada inspiración, pero también en una búsqueda de sí mismo: Horst decide instalarse en una remota y ruinosa casa ubicada en las montañas del norte del estado de Nueva York, a orillas del río Delaware. La casa, antes de pertenecerle a él, estuvo habitada por Winslow Patrick, un escritor que Horst admiró durante su juventud y que ahora está muerto. De esta manera comienza Nunca preguntes su nombre a un pájaro (editado por Galaxia Gutenberg), la nueva novela de Andrés Ibáñez.

En 1895 el escritor estadounidense Robert W. Chambers publicó El rey Amarillo, un libro de relatos construido a partir de atmósferas terroríficas, sueños alucinados y estados mentales que rozaban la locura, si no se sumergían hondamente en ella. “La profunda y desquiciada locura es la esencia de América”, dice Horst en un instante de Nunca preguntes su nombre a un pájaro. Inspirado por los relatos de Chambers y la literatura de autores como Edgar Allan Poe o H. P. Lovecraft, Ibáñez escribe esta novela que, aun aproximándose al terror y la fantasía, le sirve al escritor madrileño para abordar ciertos temas trascendentales, trascendentales al menos para quienes se dedican a la escritura o se interesan por ella.

 

La búsqueda de éxito.

Uno de estos asuntos sustanciales es el de la búsqueda del éxito, del reconocimiento público. Cuenta la leyenda que en los años 30 del siglo pasado el músico Robert Johnson hizo un pacto con el diablo para convertirse en el mejor guitarrista de blues de la historia. De la noche a la mañana, y gracias a vender su alma a Satanás, Johnson pasó de ser un artista mediocre al más virtuoso guitarrista de toda la zona del Mississippi. De alguna forma, en la novela de Ibáñez, Horst también tendrá la oportunidad de vender su alma a cierto interesado para conseguir la gloria literaria que tanto ansía. “Alcanzar la gloria, obtener la admiración, el reconocimiento y el respeto de los demás es lo único que importa de verdad a todos los hombres, y también a gran parte de las mujeres”, escribe Ibáñez en un momento de la historia.

«La profunda y desquiciada locura es la esencia de América»

Horst ama la literatura y ama escribir, pero al mismo tiempo es consciente de la debilidad de los escritores. Éstos, según él, son cobardes, son personas que huyen continuamente. Como Thoreau, que se refugió en una cabaña junto al lago Walden para no tener que enfrentarse a las injusticias de la sociedad estadounidense, o como él mismo, el propio Horst, que también se ha apartado de la civilización buscando escribir el texto que le convierta en el autor de prestigio que ambiciona ser. Los escritores no serían los leones de la sabana africana, piensa Horst, sino que más bien serían los ñus o los antílopes. Horst cree que los grandes novelistas de la historia comparten un rasgo común: un terror profundo al simple hecho de vivir. “¿Escribir es matar?”, se pregunta el protagonista una y otra vez a lo largo de todo el relato: “Es posible, pero sólo porque escribir es matarse a sí mismo. Escribir es matar porque escribir no es vivir […] Escribir es matar porque escribir es ya estar muerto”.

“Los escritores están muertos y ven la realidad desde el otro lado del cristal, poseídos por un amargo anhelo”, piensa Horst. Escribir no es vivir, sino que más bien es observar la vida desde un constante segundo plano, tras la barrera.

El talento narrativo de Ibáñez

Tanto la vida como la escritura de Andrés Ibáñez (Madrid, 1961) son heterogéneas, múltiples, complicadas de encajar o categorizar. Ibáñez ha publicado novelas, libros de poesía, libros de cuentos, ensayos e incluso obras de teatro para Broadway. Ha sido pianista de jazz y actualmente es crítico literario y musical, y articulista en el diario español ABC. En 2014 ganó el Premio de la Crítica por su novela Brilla, mar del Edén, también publicada por Galaxia Gutenberg.

«Escribir es matar porque escribir es ya estar muerto»

Ibáñez es un autor agudísimo a la hora de describir y contar eventos fundamentales de la existencia humana: el amor, el deseo y el sexo están brillantemente escritos en Nunca preguntes su nombre a un pájaro. El momento en el que Horst siente culpa por un hecho recientemente vivido es otro de los fragmentos mejor narrados de toda la novela: “La magnitud de su crimen comienza a abrirse paso en su conciencia, primero como forma de asombro, luego con espanto creciente al darse cuenta de lo que ha hecho, luego como una horrenda sensación de dolor, de remordimiento, de pena por la mujer querida y de intenso odio hacia sí mismo”, escribe Ibáñez en Nunca preguntes su nombre a un pájaro.

 

Ignacio Romo González (@romogonzalez2) es graduado en Periodismo y actual estudiante de un grado en Filosofía. Entre otra cosas, le interesa todo aquello que tenga que ver con la literatura. Su página web es: https://romogonzalez.com/

 

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