andrés garcía cerdián

Defensa de las excepciones, de Andrés García Cerdán: la vibración de la poesía

Si uno busca en internet el nombre de Andrés García Cerdán —Premio de Poesía Hermanos Argensola 2018 por Defensa de las excepciones (Visor: 2018)— aparece en la pantalla un tipo con curras, guitarra acústica, armónica dylaniense, tocando un blues. Entonces uno entiende que está delante de un poeta “contrapoético”, de esos que mezclan lo culto y lo popular en un mismo texto, entendiendo ambos materiales como lo mismo: arte. Difícil alquimia, imposible encontrar la cuadratura del círculo. Sólo al alcance de los mejores, y de los locos, de quienes buscan la verdad por debajo del dogma.

La vida y la poesía son difíciles sin escuela. Hay que combinar los colores efímeros de la calle con los pigmentos eternos de los libros. Parece ser así en la génesis de la humanidad; también en la sinéresis —el contrapunto— de los poetas que solo entienden el poema en el formato de un libro. Pero el verso ha sido el primero en desclasificarse, en echar a volar con otras formas, en volverse aire, canción, silencio, eternidad, blues.

Son excepcionales los casos en los que el bluesman ha leído a Plutarco, Paul Valéry, Noam Chomsky. Eso solo es posible en nuestro tiempo. Porque el vagabundo ahora puede escribir sin faltas de ortografía. Conoce el sabor de la calle y el rumor de los filósofos. El arte va un paso por delante de la historia, y cuando esta lo señale, ya se habrá ido.

Defensa de las excepciones es lo que su nombre indica. En la portada aparece una flecha que me gusta pensar que es de los guerreros apaches, esos que no quisieron adaptarse a las normas del hombre blanco, de la poesía blanca. Son los versos que quieren ser tatuajes en el aire y no en la piedra. Porque incluso la piedra es perecedera y todo al final es tierra, humo, polvo, sombra, nada. Y quizá está bien así, porque es la verdad.

Entonces, para qué escribir, por qué, en mitad de la noche, encender una hoguera / que arruine todos los satélites. Quizás la palabra clave sea vibración, que atraviesa en todas sus categorías gramaticales el poemario. Vibración del fuego contra la fuerza de la gravedad, del aire soplando la respuesta, de la cuerda de una guitarra al ser rasgada. De esta manera se encuentra la estructura profunda del lenguaje, de la existencia, los universales apenas perceptibles en todas y cada una de las personas, de las obras de arte. Por eso hay que escribir y dejarlo dicho. Explicarlo a un tú y a un yo sin nombre propio.

en mitad de la noche, encender una hoguera

que arruine todos los satélites

Como son solo eso, los versos se construyen con golpes de voz, ráfagas de aire, a veces huracanado, a veces brisa suave, que llega de allende los tiempos hasta la intimidad de la piel propia. Ese escalofrío, esa conclusión imperfecta, para entender los íntimos engranajes / de lo fallido. Será de extrema necesidad reconocer la propia decadencia y ser quien se dejó los ojos en los libros / y la suela de los zapatos, siempre / muy desgastada, en los caminos. Como hizo Whitman sin hacer preguntas sobre dios, encontrando noticias de dios en todas partes. Incluso en el subsuelo de Berlín, esta ciudad underground, o en los muros pintados por un tal Banski o un tal Anónimo.

En el coche, de vuelta a casa o, dicho en otro idioma, Bringing It All Back Home, suena el violín brujo de Hurricane o el blues frenético y chatarra de Tombstone. Cantan Iggy Pop y David Bowie. Un pájaro escribe caracteres chinos sobre el asfalto. Paul Valéry se asombra con el mar, Charles Simic aúlla como un lobo to the moon. Un tal Antonio Gamoneda desea que la luz / sea un acto humano y Ulises discute con Nietzsche en la noche horizontal de los tiempos. Y nada es imposible porque es posible la vida.

Y si hay dolor, si no nos entienden, si hay ataque, habrá que escribir en defensa propia, reivindicar la alegría y el blues, la torre de marfil y el subsuelo, la canción de Homero y la rapsodia de Los Planetas. Con anáfora, con oxímoron, encabalgar la poesía con la vida, pertrechar unos versos libres que sean refugio y Defensa de las excepciones.

 

Ricardo Rodríguez Boceta (@rodriguezboceta) es profesor y músico. Colabora con las revistas Visor Literaria, Almiar y Otra parte, entre otras.

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