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Roberto Bolaño: la escritura salvaje

Roberto Bolaño ha establecido con la escritura una relación salvaje. Escribir, para el autor chileno, se torna un ejercicio inevitable; se vuelve un trabajo arduo, continuo y necesario –como respirar. Leemos en su poema “Mi carrera literaria”:

Rechazos de Anagrama, Grijalbo, Planeta, con toda seguridad / también de Alfaguara, Mondadori. Un no de Muchnik, / Seix Barral, Destino… Todas las editoriales… Todos los / lectores… / Todos los gerentes de ventas… / Bajo el puente, mientras llueve, una oportunidad de oro / para verme a mí mismo: / como una culebra en el Polo Norte, pero escribiendo.

Escribiendo poesía en el país de los imbéciles./ Escribiendo con mi hijo en las rodillas. / Escribiendo hasta que cae la noche / con un estruendo de los mil demonios. / Los demonios que han de llevarme al infierno, / pero escribiendo.

Al mismo tiempo, su escritura trasunta una preocupación y un compromiso continental: encarna la figura del escritor latinoamericano desterritorializado, y exiliado a la vez. Pero su exilio no es sólo político, es también existencial; es, de alguna manera, un exilio camusiano: es un extranjero en el mundo, es alguien que no comprende el sentido del hombre en el mundo; o del modo contrario, lo comprende cabalmente, al punto tal de tener que nadar solo en el océano de la absurdidad. (Quizás sea ésta la razón de su incansable trashumancia). Asimismo, su compromiso es político y estético. Político, puesto que su escritura siempre es revolucionaria, es una escritura que golpea directamente a la mandíbula (como le gustaba pensar la suya propia a Roberto Arlt), que fue colándose al interior del canon siempre desde los bordes, desde los márgenes del canon: desde la marginalidad al interior mismo del canon. Este compromiso estético, político y filosófico (de borde, de exclusión, de exilio) es el motor que lo lleva a confrontar directamente con los modelos canónicos consolidados en aquel México contemporáneo a sus inicios literarios junto a los infrarrealistas. Este motivo ha sido trabajado especialmente en Los detectives salvajes, según explica en un texto crítico publicado por Anagrama en 2004: “La novela intenta reflejar una cierta derrota generacional y también la felicidad de una generación, felicidad que en ocasiones fue el valor y los límites del valor”.

Por otra parte, su compromiso estético, el compromiso que ha sabido expresar por su poesía, es romántico: en este sentido, Bolaño es el último de los escritores románticos latinoamericanos. El poeta, en el mundo de Bolaño, da su vida en el acto mismo de la escritura, va agotando su existencia en un final siempre agónico y lúdico. Así, la poesía no es otra cosa más que la pulsión irreprimible e irrefrenable que inunda y desborda al poeta. El texto poético es la materialización objetiva de la subjetividad desbordante. Es decir, el poema se vuelve inevitable, el poeta no puede más que escribir, puesto que la interioridad, desbordada y desbordante a la vez, se ve afectada por el mundo circundante, al punto de extasiarla y volverla inmanejable. Por ejemplo, Auxilio Lacouture, madre de la poesía mexicana, de nacionalidad uruguaya, la voz que narra la historia de Amuleto, sentencia: “Yo he vivido las aventuras de la poesía, que siempre son aventuras a vida o muerte”.

En el discurso que Roberto Bolaño leyó en Caracas, cuando recibió el Premio Rómulo Gallegos, en 1999, por su novela Los detectives salvajes, leemos: “En gran medida todo lo que he escrito es una carta de amor o de despedida a mi propia generación, los que nacimos en la década del cincuenta y los que escogimos en un momento dado el ejercicio de la milicia, en este caso sería más correcto decir la militancia, y entregamos lo poco que teníamos, lo mucho que teníamos, que era nuestra juventud, a una causa que creímos la más generosa de las causas del mundo y que en cierta forma lo era, pero que en realidad no lo era”. Otra vez, su escritura salvaje se torna inevitable: necesita decir y al mismo tiempo no puede, en términos sartreanos, dejar de hacerlo; a su vez, su voz encarna el compromiso colectivo de contener en su escritura a toda una generación diezmada, a todos aquellos jóvenes muertos en suelo latinoamericano, ya que “toda Latinoamérica está sembrada con los huesos de estos jóvenes olvidados”. 

El último romántico latinoamericano.

La escritura de Bolaño está estrictamente vinculada a su sino poético: el gran narrador chileno se concibe ante todo como poeta, pero como supo decir más de una vez: “la mejor poesía que se ha escrito en el siglo XX ha sido escrita en prosa”, y la mejor poesía que ha escrito Bolaño, sin duda, está condensada en sus dos grandes novelas: Los detectives salvajes y 2666. Para él, la poesía es no sólo una forma genérica, es un modo de vivir: y vivir como un poeta siempre es peligroso, implica estar escribiendo en los bordes, a punto de saltar al vacío, o estar escribiendo incluso durante la caída. El poeta, para Bolaño, es un paracaidista, y cree que “siempre son mejores los paracaidistas que descienden envueltos en llamas o, ya de plano, aquellos a los que no se les abre el paracaídas”.

En el “Discurso de Caracas”, publicado en el volumen que reúne la mayor parte de sus artículos y textos periodísticos, Entre paréntesis, el escritor de origen chileno se pregunta qué es una escritura de calidad, y sentencia: “Saber meter la cabeza en lo oscuro, saber saltar al vacío, saber que la literatura básicamente es un oficio peligroso”.

La desterritorialización inevitable

Bolaño ha sabido mostrar como pocos el sinsentido de buscar un sentido último (procedimiento que, a su vez, funciona como la más acabada metáfora del único sentido posible en este mundo: el sinsentido de cualquier verdad totalizadora), a través de una enunciación abierta y de personajes que nunca se mueven de acuerdo a una lógica esperable. Sus historias, siempre fragmentarias, son construidas sobre todo mediante el uso de la memoria, que no hace más que convocar diversas voces (producto de la experiencia), que refuerzan el carácter oral, persistente en su escritura, y el continuum discursivo que se construye con una sucesión de hablas cortadas, lagunas, imprecisiones, etc. Aquellas mismas voces (o hablas) que constituyen íntegramente la polifónica segunda parte de la novela Los detectives salvajes, que intentan dar cuenta del paradero de Arturo Belano y de Ulises Lima, cayendo siempre en perpetuas digresiones, no llegando, por cierto, a ningún lugar. De esta manera, los relatos se construyen sobre un universo multidialectal: hay en la literatura de Bolaño una lengua en permanente movimiento, en constante transformación, con una presencia muy fuerte del lenguaje oral, que le permite, a su vez, introducir diversos modismos y dialectos a través de las sucesivas voces que construyen los diversos discursos que dan cuenta de la historia.

A su vez, las historias que cuenta Bolaño suelen no terminar; es decir, hay, en su obra, que no es más que una sucesión inagotable de recuerdos, una perpetua inconclusión: jamás hallaremos una revelación última. Y este ejercicio, que parece no tener más objeto que el de la escritura en sí, puede verse confirmado en su última novela total, 2666; novela de dimensión monumental que no llegó a revisar como esperaba, ya que la muerte le ganó, pero que sin embargo condensa como ninguna otra las preocupaciones más recurrentes de su obra: la lectura, la escritura, el horror (encarnado sobre todo en “La parte de los crímenes” –cuarta parte de la meganovela-; allí, asistimos a una serie de asesinatos salvajes que se suceden en la ciudad de Santa Teresa, foso oscuro que funciona como una insoslayable metáfora del terror que invade al continente latinoamericano desde siempre) y la ausencia de sentido en la existencia del hombre: esa misma sensación de extranjería que invade al sujeto absurdo y lo lleva a actuar lúcidamente en consecuencia; o en otras palabras: el exilio (condición esencial del escritor), que atraviesa a cada uno de sus personajes, tanto como al mismo Roberto Bolaño, o lo que es lo mismo: el ejercicio de la literatura.

“Literatura y exilio son, creo, las dos caras de la misma moneda, nuestro destino

puesto en manos del azar”

Para un escritor, decía Bolaño, no hay más patria que su biblioteca, “que puede estar en estanterías o dentro de su memoria”. Esta importancia conferida a la memoria se confirma en el mejor de los mundos, en el plano mismo de la ficción, por el mismo Bolaño en condición de personaje literario. Javier Cercas, en su novela Soldados de Salamina, recrea, en la tercera parte de la historia, un diálogo con el escritor chileno: “bruscamente me preguntó si estaba escribiendo algo. Como nada irrita tanto a un escritor que no escribe como que le pregunten por lo que está escribiendo, un poco molesto contesté:

“– No. –Y, porque pensé que, como para todo el mundo, para Bolaño escribir en los periódicos no es escribir, añadí-: Ya no escribo novelas. He descubierto que no tengo imaginación.

“– Para escribir novelas no hace falta imaginación –dijo Bolaño-. Sólo memoria. Las novelas se escriben combinando recuerdos”.

Las novelas de Bolaño parecen no ser más que eso, una combinación de recuerdos: Ulises Lima, alter ego del poeta mexicano Mario Santiago, y Arturo Belano, alter ego del mismo Roberto Bolaño, sirven como motor de la historia que se narra en Los detectives salvajes. Es a través de ellos que se genera la incontenible y desbordante cadena de recuerdos: la combinación de personajes siempre desterritorializados y trashumantes; épocas diversas que se confunden (y funden) en una sola; o empresas perdidas (como la búsqueda de Cesárea Tinajero en Los detectives salvajes, o incluso la búsqueda de Benno von Archimboldi, en su monumental novela póstuma, y la presencia insoslayable en ambas obras de la ciudad de Santa Teresa: espacio del terror, metáfora del Apocalipsis total).

El exilio de la literatura

Es este el mundo en el que se suceden las historias, siempre fragmentarias, gestadas rizomáticamente: Bolaño siempre construye un relato que no nos lleva a ningún lugar. Hurga en la realidad desconocida pero elige mantenerla así: desconocida. El lector se vuelve presa de ese juego que presenta toda posible “verdad”, toda posible “realidad”, como ajena y extraña; de esta manera, inmersos autor, personajes y lectores en este mundo, inevitablemente padecen, todos, la condición de exiliados.

A su vez, todo exilio está intrínsecamente ligado a la idea de valor: exiliarse es tener valor; y para Bolaño, el último de los románticos latinoamericanos, nadie hay más valiente que el escritor: “En el mejor de los casos el exilio es una opción literaria. Similar a la opción de la escritura. Nadie te obliga a escribir. El escritor entra voluntariamente en ese laberinto, por múltiples razones, claro está, porque no desea morirse, porque desea que lo quieran, etc., pero no entra forzado, en última instancia entra tan forzado como un político a la política o como un abogado en el Colegio de Abogados”. Luego, se pregunta: “¿Qué hace un político en la cárcel? ¿Qué hace un abogado en el hospital? Cualquier cosa, menos trabajar. ¿Qué hace, en cambio, un escritor en la cárcel y en el hospital? Trabaja. En ocasiones, incluso, trabaja mucho”.

Y más adelante, concluye: “En cualquier caso, lo cierto es que el escritor trabaja esté donde esté, incluso cuando duerme, algo que no ocurre con los otros oficios. Los actores, se puede aducir, siempre trabajan, pero no es lo mismo: el escritor escribe y tiene conciencia de escribir, mientras que el actor, en una situación límite sólo aúlla. Los policías siempre son policías, pero tampoco es lo mismo, una cosa es ser y otra cosa es trabajar. El escritor es y trabaja en cualquier situación. El policía sólo es. Lo mismo se puede aplicar al asesino profesional, al militar, al banquero. Las putas, tal vez, sean las que más se acercan al oficio de la literatura”.

Un chileno perdido en (y por) México

Bolaño es la encarnación misma de sus ideas: el exiliado que trabaja sobre sus recuerdos, y escribe sus mejores libros cuando sabe que se está muriendo. Este último dato es insoslayable a la hora de abordar sus últimas producciones.

Como Juan José Saer en su libro El concepto de la ficción pienso que la paradoja propia de la ficción es que recurre a lo falso para aumentar la credibilidad de lo escrito. Este procedimiento equipara al Javier Cercas de Soldados de Salamina con Bolaño. Igual que el Cercas narrador no es el Cercas escritor, el Bolaño/personaje no es Bolaño, aunque ambos son posibles y probables. “Mientras comíamos Bolaño me habló de la época en que había vivido en Gerona; minuciosamente me contó una interminable noche de febrero en un hospital de la ciudad, el Josep Trueta. Aquella mañana le habían diagnosticado una pancreatitis, y, cuando el médico apareció por fin en su habitación y él pudo preguntarle, sabiendo cuál era la respuesta, si se iba a morir, el médico le acarició un brazo y le dijo que no con la voz con que se dicen siempre las mentiras”, escribe Cercas: “Antes de dormirse esa noche, Bolaño sintió una tristeza infinita, no porque supiera que iba a morir, sino por todos los libros que había proyectado escribir y nunca escribiría, por todos sus amigos muertos, por todos los jóvenes latinoamericanos de su generación –soldados muertos en guerras de antemano perdidas– a los que siempre había soñado resucitar en sus novelas y que ya permanecerían muertos para siempre, igual que él, como si no hubieran existido nunca, y luego se durmió y durante toda la noche soñó que estaba en un ring peleando con un luchador de sumo, un oriental gigantesco y sonriente contra el que nada podía y contra el que sin embargo siguió peleando toda la noche hasta que despertó y supo sin que nadie se lo dijera, con una alegría sobrehumana que no había vuelto a experimentar nunca, que no iba a morir”.

Nada mejor que recurrir a la ficción para reflejar cierta realidad, ¿y hay algo más real que tener que asumir tempranamente la propia muerte? En estas circunstancias, la escritura no sólo se resignifica y se torna inevitable (una carrera muy difícil contra el tiempo), sino que a la vez se presenta como el mismo abismo por el que debe transitar un escritor, más tarde o más temprano, donde puede advertir visceralmente las experiencias que atraviesan al poeta y a la poesía que, según la madre de la poesía mexicana, Auxilio Lacouture, no son más que las dos caras de una misma moneda: la vida en el anverso, y la muerte en el reverso. “Toda literatura”, dice Bolaño, “lleva en sí el exilio, lo mismo da que el escritor haya tenido que largarse a los veinte años o que nunca se haya movido de su casa”. El autor de Los detectives salvajes es un chileno que ha sabido perderse en (y por) distintas partes del globo, pero sobre todo en (y por) México, tanto que, consciente o inconscientemente, ya lo ha notado Leonardo Tarifeño en El Crimen perfecto del detective salvaje, la última palabra que escribió fue justamente esa: México, con la que finaliza su inacabada y monumental novela 2666: “Poco después salió del parque y a la mañana siguiente se marchó a México”.

Tanto al México de la juventud, junto a los infrarrealistas, representado en Los detectives salvajes, como al recreado en esa pequeña ciudad de frontera con Estados Unidos, Santa Teresa (que une la historia de Archimboldi y de los archimboldianos con los atroces crímenes de jóvenes mujeres, en la cuarta parte de 2666), los recuerda desde Blanes, un pequeño pueblito costero en las afueras de Barcelona, víctima de la enfermedad, entregándose al único exilio al que vale la pena entregarse cuando el tiempo empieza a sacarnos ventaja: el exilio de la escritura y el exilio de la literatura. El exilio es una cuestión de gustos, caracteres, filias, fobias. Para algunos escritores exiliarse es abandonar la casa paterna, para otros abandonar el pueblo o la ciudad de la infancia, para otros, más radicalmente, crecer. Hay exilios que duran toda una vida y otros que duran un fin de semana”.

El destino último de la escritura salvaje

Todo escritor reflexiona sobre su obra: En Formas Breves, Ricardo Piglia sostiene que “la escritura de ficción cambia el modo de leer y la crítica que escribe un escritor es el espejo secreto de su obra”. Dice que la crítica es la forma moderna de la autobiografía: “Uno escribe su vida cuando cree escribir sus lecturas”. En Bolaño, la teoría y la crítica se funden en el discurso ficcional, y su obra no es más que la escritura misma de sus infinitas lecturas, aquellas que han moldeado a su antojo al escritor. Así, su literatura se vuelve muy frecuentemente metaliteratura. En la voz de Iñaki Echavarne, una de las tantas voces que se suceden en la segunda parte de Los detectives salvajes, está la siguiente reflexión: “Durante un tiempo la Crítica acompaña a la Obra, luego la Crítica se desvanece y son los Lectores quienes la acompañan. El viaje puede ser largo o corto. Luego los Lectores mueren uno por uno y la Obra sigue sola, aunque otra Crítica y otros lectores poco a poco vayan acompasándose a su singladura. Luego la Crítica muere otra vez y sobre esa huella de huesos sigue la Obra su viaje hacia la soledad. Acercarse a ella, navegar a su estela es señal inequívoca de muerte segura, pero otra Crítica y otros Lectores se le acercan incansables e implacables y el tiempo y la velocidad los devoran. Finalmente la Obra viaja irremediablemente sola en la Inmensidad. Y un día la Obra muere, como mueren todas las cosas, como se extinguirá el Sol y la Tierra, el Sistema Solar y la Galaxia y la más recóndita memoria de los hombres. Todo lo que empieza como comedia acaba como tragedia”.

Este carácter perentorio de la Crítica, de la Obra y de los Lectores, no sólo da cuenta de que el escritor escribe por el placer mismo de la escritura (ya que inevitablemente él y su obra serán enterrados en algún momento del tiempo junto a sus lectores y a sus críticos), sino que además expresa otra idea que Bolaño trabajó profusamente: la literatura no es más que una práctica discursiva mutable, efímera, y, por tanto, finita. En uno de sus poemas, publicado póstumamente en el volumen que lleva por título La universidad desconocida, dice:

“Dentro de mil años no quedará nada

de cuanto se ha escrito en este siglo”.

Es interesante recordar los presagios de Auxilio Lacouture en torno al futuro de los escritores occidentales; en un diálogo onírico con la vocecita del ángel de la guarda de los sueños, la madre de la poesía mexicana (¡otra vez ella!) puede ver el futuro de los libros del siglo XX. Algunas de sus profecías son: “Vladímir Maiakovski volverá a estar de moda allá por el año 2150. James Joyce se reencarnará en un niño chino en el año 2124. Thomas Mann se convertirá en farmacéutico ecuatoriano en el año 2101. (…) César Vallejo será leído en los túneles en el año 2045. Jorge Luis Borges será leído en los túneles en el año 2045. Vicente Huidobro será un poeta de masas en el año 2045. (…) El caso de Anton Chéjov será un poco distinto: se reencarnará en el año 2003, se reencarnará en el año 2010, se reencarnará en el año 2014. Finalmente volverá a aparecer en el año 2081. Y ya nunca más”.
Como el libro de Terry Eagleton, Una introducción a la teoría literaria, la cita de la novela Amuleto señala que igual como en una época los lectores pueden “considerar filosófica la obra que más tarde calificará de literaria”, también puede cambiar de opinión sobre el valor de los escritos canónicos, que nunca son otra cosa más que un conjunto de textos juzgados como literarios por el sistema de valores y creencias que rige al discurso oficial de cada época particular (instituciones, editoriales, periódicos, etc.). Parafraseando a Bolaño, concluyo que todo discurso (paraliterario, literario, marginal, canónico, e incluso ese discurso oficial que decide, de algún modo, todo ello) tiende irremediablemente hacia un mismo destino último: la muerte y la desaparición total, o lo que es lo mismo: la nada.

Así, desde la marginalidad del infrarrealismo al centro del canon de las letras hispanoamericanas, la escritura de Bolaño, hoy insoslayable a la hora de pensar la narrativa actual, tan lúcida como su creador, seguro sabe que su destino último es volver a los márgenes. Y tal vez, en el año 2110 encontrar a su último lector (un potencial suicida, un loco, una prostituta, un poeta, quizás), para luego renacer nuevamente de entre el polvo y el olvido, y esperar entonces una última e inevitable desaparición, en el año/cementerio 2666.

 

Ezequiel Gusmeroti es crítico literario e Investigador en el Instituto de Artes del Espectáculo de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Es colaborador frecuente de Colofón Revista Literaria y coordina varios talleres de lectura y escritura en Argentina.

El collage de la imagen de Roberto Bolaño fue realizado por Zübeyr Topal. Pueden encontrarse más obras similares en estaa página web. El crédito de la caricatura en blanco y negor en el cuerpo del texto es de «Bruto», cuyo trabajo puede verse en esta página web.

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