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En Dos años, ocho meses y veintiocho noches de Salman Rushdie la tradición se convierte en distopía

Hay un tema filosófico en la más reciente novela de Salman Rushdie, Dos años, ocho meses y veintiocho noches donde me gustaría detenerme: la intersección entre el mundo mundo “real” y la fantasía. Más que lo inexplicable en sí, al autor le interesa su irrupción en el mundo real. La deconstrucción de los opuestos real/fantástico; el colapso de lo prodigioso sobre lo científicamente predecible; el maridaje entre lo racional y lo inexplicable, están en la novela desde el principio. Allí se relata la unión entre Dunia, una yinnia llegada a la tierra desde el mundo maravilloso de las hadas, y el filósofo racionalista Ibn Rushd (Averroes), la cual origina una larga descendencia, la Duniazada, a la que pertenecen los personajes principales. Híbridos de madre sobrenatural y padre humano, estos sujetos sufren “la maldición de estar desfasados respecto a Dios, siempre adelantados o retrasados respecto a nuestra época, quién sabe; de ser veletas y mostrar cómo sopla el viento; canarios de mina, que morimos para demostrar que el aire es venenoso, o bien pararrayos a quienes la tormenta golpea primero; de ser el pueblo elegido al que Dios aplasta con su puño para convertirnos en ejemplo cada vez que quiere mandar algún mensaje”.
¿Qué significa esto? Que al sujeto le es imposible adjudicarse una identidad fija. Somos como una rosquilla: de consistencia sólida, pero huecos en el centro. Ahí reina una eterna noche o, como diría Jean Paul Sartre, la nada. Podemos dar en torno a nosotros mismos tantas vueltas como queramos, pero jamás podremos fundirnos íntimamente en un abrazo que llene nuestros vacíos. Para compensar esto se pone en movimiento la maquinaria de nuestra subjetividad. Dicho con otras palabras: porque desde un principio no puedo hallarme, dedico mi vida a buscarme, a movilizar mis deseos, desde levantarme de la cama hasta encontrar la pareja perfecta.La “Era de la extrañeza” que describe Dos años, ocho meses… se caracteriza por la violenta intervención de lo extraordinario en el universo cotidiano. Una clave que nos permitirá comprender lo extraordinario en esta magnífica novela puede encontrarse introducción a Arriesgar lo imposible, la extensa entrevista que le realizara a Slavoj Zizek Glyn Daly. Allí académico sintetiza la genealogía de las principales líneas de pensamiento del filósofo esloveno, influenciado por el idealismo alemán y el psicoanálisis lacaniano: “… el tema central de Zizek es el de cierto fallo/exceso en el orden del ser. (…) Para Kant, esta es la dimensión del <mal diabólico>, mientras que para Schelling y Hegel es la <noche del sujeto> y la <noche del mundo>, respectivamente”.

Daly nota que la maquinaria del deseo es incesante. No bien he conocido París, me entran ganas de viajar a cualquier otro lugar: Singapur, Kazakstán, Playa del Carmen. Si la relación con mi pareja es perfecta, tranquila y rebosante de felicidad, empiezo a sentirme aburrido y me aguijonea la tentación del adulterio. Porque el deseo y los objetos de los cuales este se prenda están marcados por una paradoja: son cadenas de significantes (señuelos, espejismos) cuya función es mantener al sujeto ocupado en una búsqueda que, como dije, de antemano está condenada al fracaso.

El lector se preguntará a qué tiene que ver todo esto con la novela de Rushdie. Pongamos atención de nuevo a las ranuras que comunicaban los mundos, porque allí está el punto de arranque de los conflictos en la novela, el borde del abismo desde el cual el relato se precipita furiosamente como una cascada. Sin ranuras, Dunia, la yinnia, jamás hubiera podido acceder al mundo de los mortales para unirse carnalmente con Ibn Rushd. Pero hay una paradoja mayor: ¿de qué se trata exactamente esa identificación consigo mismo de la que está excluido el sujeto? En El ser y la nada, Sartre explica que la identidad perfecta solo está en objetos inanimados. No desean, no deciden, no dudan: simplemente son. ¿Y en qué momento de su existencia un sujeto se parece más a un objeto inanimado? Pues, cuando ha dejado de ser un sujeto para convertirse en un cadáver. Por eso, en psicoanálisis, a esa fuerza deseante que pone en movimiento el engranaje de la subjetividad se le conoce como “pulsión de muerte”: “Mefistofélicamente acicatea, siempre indomeñada, hacia delante –escribe Néstor Braunstein, experto en Lacan-. Pero su meta es conservadora, es la restauración de un estado anterior; en última instancia, el retorno al silencio de la muerte (…) Vidamuerte”.

La ranura es un espacio que se abre paso a través de un cuerpo sólido y que acaba con la uniformidad del cuerpo. Introduce lo discontinuo y el defecto. Así, es posible postular la hipótesis de que, en el sistema discursivo de la novela, la imagen de la ranura funciona como una metáfora de ese fallo/vacío fundamental, imposible de llenar, que está en el origen del sujeto y que lo define como tal. Junto con los yinn a los que da entrada, la ranura simboliza ese “mal diabólico”, “noche del sujeto” o “noche del mundo” a las que se referían Kant, Schelling y Hegel.

Aunque Dos años… está cargada con referencias a los temas más importantes de nuestro mundo globalizado –masas de trabajadores migrantes desarraigadas, discriminación racial o por preferencia sexual, violencia étnico-religiosa y corrupción en las altas esferas del mundo de las finanzas–, su tema central no es ninguno en particular; los conecta a todos en la imagen del sujeto extraviado en su oscura noche, en su “Era de la extrañeza”, lacerado por la paradoja aparentemente sin salida de su “vidamuerte”. El personaje de Alexandra Bliss Fariña es un buen ejemplo porque se aferra tanto a la filosofía nihilista como a su pedazo de tierra, la mansión a la que su difunto padre bautizara como “La Incoerenza”. El nihilismo, al tiempo que le niega toda esperanza de trascendencia, le concede la seguridad de que nada cambiará, de que el mundo y su vida se mantendrán inalterables. Para su seguridad, se encierra en la mansión como una monja de clausura. Consagró su vida a la búsqueda de la inmovilidad perpetua, libre de alteraciones, de sobresaltos: ese estado de identificación consigo misma que es propiedad de las cosas o de la muerte.

Más que la batalla entre la Duniazada y los yinn malévolos, Dos años… es el relato de la agonía de ser sujeto en el mundo moderno y de comprender que la libertad individual consiste en un acto de equilibrismo psíquico que mantiene a nuestra conciencia a salvo del doble peligro de la tentación de la muerte y del círculo vicioso del deseo.

Daniel Abreu L.

Nota: La imagen destacada en este artículo es una pintura al óleo hecha por Tom Phillips, el resto de su obra puede verse en este enlace. EL crédito de la foto de Rushdie es de Beowulf Sheehan.

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