viernes, 28 de octubre de 2016

PoeMaD: Seis años de versos propios


Yo verso. Tú versas. Él (y, en especial, Ella) versa. Casi nunca nos detenemos a pensar en el significado que convierte a la palabra “verso” en verbo. Pero la ciudad de Madrid cuenta con una festividad que cada año durante los últimos seis ha recordado a sus habitantes que “versar” no solo significa dar vueltas alrededor de algo; también signa el trato sobre una materia determinada. Se versa sobre matemáticas. Se versa sobre química. Se versa sobre literatura. Pero el verso se vuelve una fiesta solo cuando se versa acerca de poesía.
Y esa fiesta la pone en el Centro Cultural Conde Duque el Festival de Poesía de Madrid, PoeMaD, que hoy (viernes 28/10) convocará a la lírica italiana y a la catalana, primero con un “mano a mano” entre el bardo milanés Milo de Angelis y el autor de la primera traducción al castellano de su obra, Paul Viejo. Y mañana (sábado 29/10) terminará su andadura por el año con tres actividades de antología. A las 19:00 horas, Moncho Otero, Rafa Mora y Juan Antonio Loro estarán junto con Pepa Merlo, la autora de la antología del libro Peces en la tierra en un recital y concierto que reivindica la obra de las mujeres poetas en el siglo XX y muchas de las cuales quedaron relegadas al olvido porque la crítica de décadas posteriores, por razones políticas o simple apatía no las mencionó en las antologías publicadas sobre el tema. La presentación parte del trabajo que hizo Merlo, narradora y académica, para la antología Peces en la tierra: Antología de mujeres poetas en torno a la Generación del 27. A continuación, la poeta colombiana Piedad Bonnet ofrecerá el recital “Las cicatrices” en el cual recorrerá su obra lírica contenida en los nueve poemarios que ha publicado hasta ahora. La noche y la sexta edición de PoeMaD concluirán con un recital rock donde el poeta Benjamín Prado contrasta su obra con la música de Rubén Pozo y Rebeca Jiménez.
Inauguración de PoeMaD: La organizadora
de PoeMaD, Beatriz Rodríguez, presenta a los poetas
Álvaro Salvador y Elena Cracco
Cortesía PoeMaD


El Festival comenzó el martes 25 de octubre con un recital que atravesó el Mar Atlántico, porque reunió dos esquinas de la comarca de la Ñ: se trató de una amigable confrontación poética entre el granadino Álvaro Salvador y la venezolana Laura Cracco. Seguido de un recital colectivo a propósito de la antología (Tras)lúcidas: Poesía escrita por mujeres. La noche siguiente, Las siete muertes de Federico García Lorca, un homenaje musical al poeta granadino cuando se cumplen ochenta años de su asesinato, puso la nota melancólica y musical en el festival después del recital de Pere Gimferrer y Antonio Colinas. En “La palabra remota” se reunieron el jueves las poéticas particulares de Aurora Luque y de Jesús Aguado, a quienes sucedieron un quinteto de las jóvenes estrellas emergentes de la poesía española, en un recital que relacionaba el juego, la juventud y lo intrascendente bajo la denominación “Generación Joi”.

Las cicatrices, pues, son costurasde la memoria,un remate imperfecto que nos sanadañándonos. La formaque el tiempo encuentrade que nunca olvidemos las heridas.Piedad Bonnett: Las cicatrices, de Explicaciones no pedidas (2011)

En 2016, la poesía se ha extendido en el espacio y en el tiempo . PoeMaD se encuentra en su edición más larga pues en este año no solo ha comenzado con presentaciones en Conde Duque desde el martes, con lo cual completa cinco días de recitales y performances, sino que también ha logrado que se involucraran las librerías y las bibliotecas públicas, lugares en los cuales se han ofrecido encuentros con lectores de poesía en varios lugares de Madrid desde la tarde del mismo martes en que comenzó el festival.

Presentación Colección Eme de La Palma
Cortesía Nuria Ruiz Viñaspre
Un verso propio. Los siete encuentros con lectores en las bibliotecas de la ciudad terminarán esta tarde cuando a las 18 horas Cecilia Quílez y Juana Castro hablen de la asociación Genialogías y, una hora después, la creadora de La Tribu de Frida se refiera a la antología poética publicada dentro del primer libro de su editorial asociada, La señora Dalloway. El asunto que convoca a los encuentros organizados en el marco del ciclo Un Verso Propio es la visibilización de la obra lírica escrita por mujeres. En ese contexto se presentaron las antologías (Tras)lúcidas, Peces en la Tierra, Casa de Luciérnagas: Antología de Poetas Latinoamericanas de hoy y la (por ahora) en formato digital, Cien de Cien.
 También hubo espacio para discutir iniciativas como la colección de poesía escrita por mujeres de la editorial La Palma que lleva por nombre una letra, Eme, y que ya tiene once títulos. También hay espacio para el Proyecto Genealogías, que comenzó también con el objeto de visibilizar el trabajo de mujeres poetas en 2013, cuando treinta de ellas se reunieron en Madrid para el encuentro Genialogías y desde entonces han estado reuniéndose cada seis meses hasta que el año pasado crearon la asociación homónima. La ponencia del especialista ecuatoriano Mario Campaña en torno a la antología Casa de Luciérnagas en la que se reúnen las obras de treinta y cuatro poetas de once países del Nuevo Mundo dio oportunidad a la poesía hispanoamericana de brillar en PoeMaD.
El ciclo Un Verso Propio cerrará esta noche con la participación de Carmen G. De La Cueva y Cristina Oñoro Otero en un nuevo encuentro poético a propósito de la antología de lírica femenina incluida en el primer libro publicado por la editorial La Señora Dallaway, un proyecto asociado a La Tribu creada por De La Cueva en el cual se reivindica la voz de las mujeres desde la más absoluta pluralidad. De alguna manera, La Tribu hace para las que publican hoy, algo similar a lo que Cien de Cien, la antología inédita que hace Medel sobre escritoras españolas de poesía del siglo XX: dar voz a la intimidad de las marginadas. Romper una ventana en las cuatro paredes. Dejar libre el antes silenciado verso propio.


@michiroche


miércoles, 26 de octubre de 2016

La soberbia: negación de la vida II


Su sosegada y honda exposición no le quita la condición de urgencia que tiene el tema: la soberbia está en la raíz de los males de nuestro tiempo, a pequeña y gran escala. La soberbia. Pasión por ser, ensayo de la pensadora Laura Bazzicalupo, traza un arco que va de la mítica entidad de Lucifer a los modos en que la soberbia actúa en la vida cotidiana 

Grandes y pequeñas soberbias
La lista puede ser larga: arrogancia, presunción, indiferencia, sociopatía, jactancia, vanidad, desprecio a los semejantes, autorreferencialidad, delirio de omnipotencia, conductas de superioridad moral, exaltación de la propia excelencia y más: la soberbia puede desagregarse en un grueso ramillete de conductas conocidas: El burócrata, el funcionario, el policía, el juez, el jefazo: intérpretes de la soberbia institucionalizada. A la pregunta de por qué el soberbio adopta conductas serviles, Kant respondió: porque permanece dispuesto a prostituirse. Añade Laura Bazzicalupo: en nuestro tiempo, la soberbia aparece travestida, inconfesable. Se expresa en quien oculta su debilidad, en quien juzga, en quien vive para proclamar sus éxitos, en quien se propone imponer su impaciencia a los demás: “Fausto tiene prisa, no acepta el tiempo de las cosas. No espera a que el mundo siga sus propios ritmos. Su pasión, la que casi le quema el corazón, mueve las cosas, las transforma. Su inteligencia es impaciente, resolutiva” (la autoironía: tal lo opuesto a la soberbia).
La envidia es opuesta a la soberbia: se genera como reacción a las carencias (de poder, de brillo, de riquezas). Mortificado, el envidioso carga encima el peso del resentimiento: se suma a la multitud, que vive expuesta al demagogo, al verbo manipulador del populista. El cinismo puede ser antecedente de la crueldad: “Es preciso que hablemos ahora de crueldad, de ese gratuito plus de violencia y desprecio que agrava la soberbia liquidación del otro. Gratuito e insensato, revela un perverso placer en hacer el mal. Pero tampoco conviene olvidar esas formas de desprecio e indiferencias insolentes y evidentes, como el cinismo, que también tienen su punta, aunque menos cruenta, de crueldad gratuita”.
La soberbia
La soberbia es el exceso, lo opuesto a la moderación y a la paciencia que hace posible las cosas. Sin mesura, se sacrifican las cosas y las personas. Se desconocen las diferencias. “Los soberbios, en nombre de la idea, tratan de conseguir transparencia, control, ordenan las cosas según un plano coherente, racional. Este es el sentido de la ideología: cancela las manchas y opacidades de la realidad y construye una burbuja delirante, paranoica, en la que todo se sostiene, todo está bajo control”. De ello se deriva la conexión profunda entre soberbia y estado de excepción, y entre soberbia y voluntad.
El soberbio, y la figura de Fausto es emblemática de ello, aspira a determinar el rumbo de las cosas. Vive en estado de impaciencia y control. Ello le empuja a la crueldad. Sabe que-es-cómo-Dios. La suya es una pasión por la identidad, que ratifica a través de una voluntad de poder que crece sin detenerse. Cuando Robespierre firma los decretos que ordenan guillotinar a los enemigos de la Revolución, se reubica a sí mismo por encima de los demás. Soberbio son aquellos que se arrogan la representación de la Verdad, la Justicia, la Raza o la Nación, y son capaces de extender su postura hasta el sacrificio de los demás humanos. La soberbia crece y se hace feroz: jacobinos, bolcheviques, nazis, fascistas de izquierda y derecha: sus ideas y prácticas de terror se alimentaban de soberbia y desprecio por los demás. El racismo es la más alta y feroz forma de soberbia, la comprobación que individuos quizás inofensivos uno a uno, adquieren alrededor de la altivez racial, una peligrosidad que ni siquiera hubiesen podido imaginar.

Rumbo a la muerte
La modernidad ha reconvertido la soberbia: ya no es posesión de ciertas figuras. Se ha dispersado, diseminado en las prácticas del sujeto corriente: individualización llevada a sus extremos; desconocimiento de la de heteronomía (del valor que nos obliga a reconocer la interdependencia de unos y otros); la impaciencia convertida en signo vital; el afán de controlar todo cuanto sea posible alrededor; el desprecio como recurrencia en la relación con los demás (la negación del sentimiento del prójimo); la separación (el debilitamiento) de los vínculos con la convivencia: la distancia, la indiferencia hacia lo común; la manipulación, el uso del Otro. Así, el mal radical contiene un vaso comunicante con la soberbia: ambos desechan, reniegan de los límites.
Quien no tiene límites carece de raíces: se desplaza por la superficie. El nuevo soberbio puede ser obediente, disciplinado, eficiente en la persecución de sus objetivos, incluso en el de aniquilar a otros seres humanos: es biológica y ontológicamente extraño a su víctima. Como Eichmann, que durante su juicio en Jerusalén hizo patente su desprecio sin emoción hacia los judíos asesinados. Eichmann, sujeto vaciado de empatía. Y el campo de concentración, Auschwitz, Treblinka, el Gulag: el espacio de la soberbia. El lugar de la absoluta despersonalización. “La soberbia tiene que ver, sobre todo, con la negación de la vida, con una pulsión de muerte. A pesar de que el soberbio se envuelve en un ropaje de la gloria, en las palabras del poder, a pesar de que exalte su propia grandeza, su pasión es pasión de muerte”.

Nelson Rivera

@nelsonriverap

jueves, 20 de octubre de 2016

El diario de los años felices

Ricardo Piglia acaba de publicar Los años felices, el segundo tomo de Los diarios de Emilio Renzi, que recorre el período que va de 1968 a 1975. Como con Años de formación, el primer tomo, que apareció en septiembre de 2015, en sus notas, el autor piensa las películas que vio, los libros que leyó, las mujeres que amó, los bares y los amigos que frecuentó -a menudo estos dos universos se piensan como uno solo: si no es en soledad, es siempre con los amigos con los que deja pasar el tiempo en los bares.
En el Diario que corresponde al año 1969, leemos: “Creo que eso fue lo que me fascinó en la posibilidad de escribir un diario. Anotar en un cuaderno mi vida para que lo lea una mujer. Así, mi primera historia de amor marcó toda mi vida”.
Los diarios de Emilio Renzi
Los amigos que más frecuenta son David e Ismael Viñas, Andrés Rivera, León Rozitchner, Francisco Paco Urondo y Jorge Álvarez. Aunque también aparecen por momentos los nombres de Manuel Puig, Rodolfo Walsh y Virgilio Piñera.
Su obsesión literaria lo hace pensar todo el tiempo en lo mismo: futuros cuentos y novelas que esboza a cada momento, con los cuales sueña en ocasiones, y lecturas que debe completar cuanto antes. Todo en su vida parece girar alrededor de la literatura. Emilio Renzi es el álter ego de Ricardo Piglia. Como dije en la reseña que escribí para Colofón Revista Literaria en 2015, el nombre completo del autor esconde el enigma sobre el cual se construyen estos diarios: Ricardo Emilio Piglia Renzi. Uno de los grandes problemas de la literatura –sino el más grande– puede resumirse en una sola pregunta: ¿quién enuncia?. El juego de espejos recorre estos diarios, pasando de una voz a otra, al punto de hacernos sentir que ya no importa si es Piglia o Renzi quien dice lo que dice. Lo cierto es que tras la publicación de estos cuadernos de notas, ya no puede leerse de la misma forma la obra de Ricardo Piglia. Estos diarios modelan el material conocido hasta hoy.
Este segundo tomo comienza con un relato: “En el bar”. Allí, Renzi, acodado en la barra del bar El Cervatillo, le habla al barman, y le dice: “Una vida no se divide en capítulos (…) los diarios sólo obedecen a la progresión de los días, los meses y los años. No hay otra cosa que pueda definir un diario, no es el material autobiográfico, no es la confesión íntima, ni siquiera es el registro de la vida de una persona, lo define, sencillamente (…), que lo escrito se ordene por los días de la semana y los meses del año. Eso es todo (…)”. Como dice Renzi, sólo es cuestión de “crear una serialidad fechada”. De este modo, “(…) si uno publica esas notas según el calendario, con su nombre, es decir, si asegura que el sujeto que está hablando, sujeto del cual se está hablando y el que firma son el mismo, o, mejor dicho, tienen el mismo nombre, entonces es un diario personal. El nombre propio asegura la continuidad y la propiedad de lo escrito”. Y solo eso. Ya que “(…) hablar de escrituras del Yo es una ingenuidad, porque no existe el yo al que esa escritura –o cualquier otra- pueda referir (…) El Yo es una figura hueca, hay que buscar en otro lado el sentido: por ejemplo, en un diario el sentido es la ordenación según los días de la semana y el calendario”. Por tanto, concluye Renzi, sus diarios seguirán otra cronología, otro tipo de escala y periodización. Y a esta altura, ya poco importa si es Renzi o es Piglia, lo cierto es que este material autobiográfico nos muestra los hilos de toda la obra del autor de Los diarios…: las notas de Renzi nos muestran cómo ha sido tramada la obra de Piglia.
Ya desde el título, en los dos volúmenes publicados hasta ahora se evidencia cierta obsesión que gira en torno a los escritores de ficción, a aquellos escritores que los escritores han imaginado para sus obras literarias: “¿Cómo son los escritores que los escritores inventan en sus novelas?, ¿qué hacen?, ¿en qué trabajan? El primero de esa estirpe para mí fue Nick Adams, el joven aspirante a escritor de los cuentos de Hemingway, luego vino el gran Stephen Dedalus, el joven esteta que mira con desprecio al mundo –a su familia, a su patria y a la religión- porque ha elegido ser un artista y no sabemos si lo logró porque Joyce lo deja al final de la noche del Ulysses caminando medio borracho por Dublín, con Leopold Bloom, que lo lleva a su casa con la intención secreta de adoptarlo como a un hijo (y también perversamente como el amante de Molly, su espléndida mujer). Hay una serie ahí que yo leí con fervor, como si fuera mi propia vida (…) La lista sigue y yo estoy a medio camino de intentar una galería o una enciclopedia de la vida de los escritores imaginarios: todos parecen tener en común cierta inmadurez, no alcanzan a ser adultos (porque no quieren)”. Quien firma lo escrito es Renzi, un escritor imaginario. Lo más probable es que Piglia piense lo mismo en este punto –y en todos los otros, también.


Ezequiel Gusmeroti

Para leer la reseña de Los diarios de Emilio Renzi: Años de formación pulse aquí.

miércoles, 19 de octubre de 2016

La soberbia: negación de la vida I

Su sosegada y honda exposición no le quita la condición de urgencia que tiene el tema: la soberbia está en la raíz de los males de nuestro tiempo, a pequeña y gran escala. La soberbia. Pasión por ser, ensayo de la pensadora Laura Bazzicalupo, traza un arco que va de la mítica entidad de Lucifer a los modos en que la soberbia actúa en la vida cotidiana

La soberbia es un arquetipo. Raíz de los pecados en el mundo homérico, en las antiguas tragedias y en pensadores como Agustín y Tomás. En tanto que raíz, en ella se originan otros pecados. Pero a la vez, es culminación, destino. El paso del amor desmesurado al odio también desmesurado. Lucifer, el más bello entre los ángeles, el más inteligente y próximo a Dios, se convierte en su enemigo: quiere ser el único. El soberbio quiere ser Uno. La primera, la única de las criaturas. Por eso la soberbia es pasión-por-ser, pecado ontológico.
La soberbia
En el mundo griego, la hybris es culpa propia de héroes, causada por su misma excelencia. Imbuido de poder y ambiciones, el héroe se enceguece y se encamina a su perdición. Sus virtudes se vuelven defectos. La persona admirable, degenera. Al enceguecer, no logra ver la verdad. La percepción ofusca el reconocimiento de las cosas y los hechos. El ofuscado no mide sus palabras, ni sus gestos, ni su propio estatus. “Solo ve lo que quiere ver”. No solo la Verdad: también el Ser está implicado en la soberbia: se niega, se rechaza la verdad acerca de lo quién se es. Puesto que su pasión consiste en ser único, el Otro constituye la gran amenaza del soberbio. Y por ello le declara inferior, irrelevante, prescindible: el soberbio detesta al Otro.
Soberbia, además de nombrar un terrible defecto, califica de forma positiva. Ocurre que la excelencia, la realización perfecta, la belleza en sus más altas expresiones, alcanzan un punto que se une con la arrogancia, el narcisismo y el egoísmo. La soberbia corroe a los mejores, los incita a traspasar los límites. Lo excelso se aproxima a lo insensible, a lo mezquino. El soberbio rechaza someterse a las reglas comunes. Ellas valen para el resto, para la numerosa humanidad de su desprecio.

La soberbia de Dios
Otra hipótesis: que la soberbia sea el pecado de Dios y no del ángel, este último no más que envidioso. La soberbia de Lucifer es causada por su admiración, que adquiere las proporciones de la rebelión: a partir de un momento niega la jerarquía. No reconoce el poder de su Creador, ni su carácter soberano: niega la diferencia onto-teológica con Dios. Nada menos que esto: el soberbio se asume superior a quien lo ha creado.
La soberbia se configura entonces como un modo de ser, un rasgo del carácter que hace imposible “mantenerse dentro de la medida”. Así, la realidad es el castigo del soberbio, que se ve impulsado a violentar el orden y los límites. De acuerdo a Esquilo, Prometeo y Zeus son soberbios, puesto que ambos se dicen portadores de una verdad única. Lo mismo Antígona y Creonte: ambos argumentaban una visión superior y no negociable. El desafío de Akab a la inmensa ballena blanca narrado por Melville, es el relato de la pura soberbia. En los relatos de lo que conocemos como cultura popular, quien se declara feliz es soberbio, puesto que ha escapado a la precariedad que es el sino de vivir.
Con frecuencia, el soberbio no está solo: tiene seguidores. La inteligencia de Lucifer, su espíritu, tiene atractivo. La tendencia del soberbio a sobrepasar los límites, lo impulsa a dominar y controlar a sus seguidores. Lucifer no tiene amigos ni camaradas: solo fanáticos y militantes. Porque, y esto es esencial, el soberbio aspira a la separación absoluta. A la separación de Dios como si éste no existiera (el soberbio es un apóstata). La expulsión del Paraíso es resultado de un acto de soberbia. Aspira a la autonomía, que desconoce toda soberanía y ejerce según voluntad propia. Los reyes serían entonces los soberbios por naturaleza, obligados a manifestar siempre su eterna superioridad.
La creación del moderno sujeto autónomo, la pretensión del hombre de convertirse en eje y referencia del mundo, los programas de perfeccionamiento, el culto al orgullo y a la autoestima, la constante búsqueda de admiradores, no solo nos colocan frente a formas cotidianas de soberbia, sino ante la pregunta sobre las bases del mundo de hoy.

Neslon Rivera

@nelsonriverap

jueves, 13 de octubre de 2016

El magno premio de las letras es para un músico


Bob Dylan
En una sorpresiva decisión, que se tardó una semana más de lo habitual, la Academia Sueca otorga el Premio Nobel de Literatura al músico estadounidense Bob Dylan, autor de dos libros: Tarántulas (1971) y Crónicas. Volumen 1 (2004).
La razón: “por haber creado una nueva expresión poética dentro de la gran tradición americana de la canción”, o, como diría una fan adolescente: porque las letras de sus canciones son poesía.



En el sondeo informal que condujo Colofón Revista Literaria, los lectores daban por ganador a un compatriota del cantautor: Philip Roth. En segundo lugar quedó un empate entre el también estadounidense Cormac McCarhty y el israelí Amos Oz, seguidos de Haruki Murakami, un narrador que despierta pasiones encontradas entre los internautas: unos lo odian y otros se declaran adictos a su prosa.
Aunque lo publicó en 1971, Tarántulas fue el libro donde Dylan resumió la década más popular de su carrera después de revolucionar el género folk y de erigirse como un coloso pop y una imagen de la contracultura de su país. Como en muchas de las letras de su canciones, en las cuales se nota la influencia de la Generación Beat, en este poemario experimental en prosa establece un diálogo consigo mismo. Hace doce años publicó Crónicas, que es la primera parte de su autobiografía. Allí narra sus comienzos en la música.

@michiroche


miércoles, 12 de octubre de 2016

La continuidad fue revolución en la conquista


La historia nunca es como la han contado. El mundo de los conquistadores es el título del volumen que reúne una colección de ensayos académicos cuyo objetivo es proponer una tesis que revoluciona la historia oficial del hallazgo del Nuevo Mundo: que la noción continuidad resulta más útil que la de ruptura para comprender el proceso de la colonización de América.
El alcance de esta aseveración trasciende la historia de las relaciones entre los amerindios y los españoles. Rompe incluso la periodización tradicional de la Edad Moderna, porque propone que el descubrimiento y la implantación cultural europea en el continente americano fue consecuencia del fortalecimiento paulatino de la monarquía, el desarrollo del capitalismo (que promovió la lucha por el control de las rutas comerciales) y el afianzamiento de la tradición católica por medio de la satanización de enemigos externos: primero, judíos y musulmanes y aborígenes politeístas, después. “Visto el proceso desde las centurias previas, la invención de América es la consecuencia de una expansión demográfica, económica, política y militar experimentado por la sociedad medieval europea desde el siglo XI que mantuvo su vigencia, al menos, hasta mediados del siglo XVII”, escribe en el texto que sirve de proemio al libro Martín Ríos Saloma, profesor del Instituto de Investigaciones de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
El mundo de los conquistadores
Agrupados en cinco partes, los 34 capítulos de esta publicación son apenas una fracción de las ponencias presentadas por investigadores provenientes de ambos lados del Océano Atlántico en el encuentro titulado El mundo de los conquistadores. La península ibérica en la Edad Media y su proyección en la conquista de América, convocado por la UNAM y el Departamento de Historia de la Universidad Iberoamericana y celebrado entre los días 4 y 6 de junio de 2008. Los ensayos que forman parte de esta suerte de antología (cada uno es un capítulo) resultan en especial útiles para quienes estén interesados en establecer vínculos entre los procesos de La Reconquista y la colonización de América; es decir, entre el período histórico de casi 800 años en el cual los reyes cristianos se enfrentaron al predominio musulmán en la península ibérica y la expansión trasatlántica de la cultura hispana. Entre los textos más interesantes se encuentran la ponencia de Eric Palazzo, del Centro de Estudios Superiores de Civilización Medieval de la Universidad de Potiers, que se refiere a la influencia de la Iglesia en la construcción de los imaginarios culturales hispanos. Otra es “Lo morisco peninsular y su proyección en la conquista de América” de Louis Cardaillac, del Colegio de Jalisco, que se ocupa de la presencia musulmana en México durante la colonia a partir de la reconstrucción de anécdotas halladas en crónicas de la época. Una tercera podría ser el análisis del desarrollo de la guerra entre los siglos XI y XIII y la influencia de este proceso en la conquista de América que hace el profesor del Departamento de Historia de la Universidad de Extremadura, Francisco García Fitz.
El enorme tomo de 860 páginas demuestra que a pesar de todo lo que se ha escrito sobre le proceso de colonización del Nuevo Mundo, todavía es posible encontrar aportes significativos, en especial si se cambia la perspectiva, se encuentran nuevos documentos o, como dice Ríos Saloma, “sencillamente, planteando nuevas preguntas a las viejas fuentes”.

Michelle Roche Rodríguez
@michiroche


martes, 11 de octubre de 2016

José Balza: “aunque parezca dirigida al presente, la literatura solo existe en el futuro”

 Narrador y ensayista de amplia trayectoria, José Balza ha sido una presencia constante y fundamental en la literatura venezolana desde la época de las vanguardias. Una prueba reciente de esto es la reedición en e-book de su novela del año 1962, Largo. Allí la trama resulta de la conjunción entre las apreciaciones personales de un joven enamoradizo y la lucha guerrillera, el interior contra el exterior, dicotomía que crea una atmósfera que va desde las profundidades de la emotividad hasta las cimas del refinamiento.
José Balza
Foto: Silda Cordoliani
“La naturaleza está constituida por vegetaciones, agua, seres. Para la literatura la naturaleza son los libros. Que estos tengan cuerpo de papel o virtual, es lo mismo para la escritura, sobre todo si puedes trasladarla de un sitio a otro, hasta de un continente a otro”, explica Balza sobre la oportunidad que le abre la edición digital de su obra. Añade que esta noticia coincide con la impresión en la revista madrileña Cuadernos hispanoamericanos de un dossier dedicado a su trabajo. Pero la proyección de su obra no acaba allí. También se publicó este año en su país Trampas, un libro de “ejercicios” narrativos y Ensayos simultáneos, que apareció en México. En 2015 vio luz una faceta menos conocida de su obra: sus incusriones en la crítica musical, Ensayo y sonido. Y en 2017 tocará a las artes plásticas.
La apuesta de la editorial digital española Musa a las 9 es uno de los muchos reconocimientos que ha recibido el autor nacido en el Delta del Orinoco en 1939. Desde 2013, Balza ocupa la letra “M” de la Academia Venezolana de la Lengua. Uno de los homenajes más importantes lo recibió en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara en el 2011, donde Adolfo Castañón, Silvia Eugenia Castillero y Hernán Lara Zavala se reunieron en torno a su obra, a la cual clasificaron de “elegante y oceánica”. Un año después, en el marco del congreso El Canon del Boom, organizado por la Cátedra Vargas Llosa, el autor de La casa verde lo contó entre los autores del boom que han pasado desapercibidos. Y así se abrió una puerta para la mayor proyección de una tradición literaria casi desconocida en Hispanoamérica, la venezolana.

– ¿Qué perspectiva le añade a la lectura de Largo los 48 años transcurridos entre su primera publicación y esta?
– Quizá no le añada sino que le reste: desnuda lo secundario y, aunque el texto sea el mismo, deja ante el lector un mundo sintético. Siempre sospeché que aunque parezca dirigida al presente, la literatura solo existe en el futuro. Se engaña el autor cuando cree que al redactar está tocando lo inmediato. Claro que esto es cierto, pero en una mínima porción –cuando está creando, cuando alguien  compra el libro o alguien lo reseña. Todo lo demás, con la literatura, ocurre en el futuro. Prueba mortal que desvanece a tantos libros. Nunca leí un relato de Platon, un poema de Donne o de Gracilaso, algún Montaigne, sin sentir que su único interlocutor era yo. He leído para asombrarme al re/conocer así emociones, pensamientos, vida. Esa frescura siempre naciente de la literatura, creo que descansa en la colocación de sílabas y palabras, en su sentido siempre apto para lo novedoso.

– ¿De qué manera Largo, apenas su segunda novela, determinó el resto de sus “ejercicios” en la narración?
– El estilo precede al autor; es una manera de pensar y hablar, por lo tanto, de escribir. Esa corriente expresiva, me parece, va a confrontarse, compararse y adaptarse a la del habla en personas próximas o determinantes (familiares, amigos, maestros) y, sin duda, a la de escritores predilectos o que te disgustan. En mi caso, nací rodeado de músicos naturales (abuelo, tíos, mi hermano: cuatro, violín, guitarra, acordeón: todo en el Delta remoto) y de idiomas (el Warao indígena, el inglés de Trinidad, nuestro español variante). Tal vez desde todo eso haya emergido mi tono, del cual no me siento responsable.

– Julio Miranda decía que un protagonista central de las letras venezolanas era el observador de la realidad desde el ensueño, un poco como el protagonista de Largo ¿Cómo ha visto este personaje reflejado en la narrativa venezolana o en su propia obra?
– Permíteme disentir del admirado Miranda. Hemos tenido poco insomnio y poco ensueño. Nuestra literatura se apega todavía en exceso al realismo. Lo que ocurre es que nuestras realidades son tan extremadas (pobreza, injusticia, sexualidad, poder, riquezas), que al mostrarlas, los escritores terminan por parecer soñadores o pesadillescos. Este afán anecdótico se mantiene hasta hoy, especialmente con los gobiernos chaveantes. En Largo intenté mostrar una conciencia ajena a lo que la cotidianidad nos impone (política, amor, etc): tanto que su desnudez puede llevar al suicidio. Todos hemos sentido o abordado ese límite, aun dentro de los actos más simples, pero retrocedemos y nos dedicamos a otra cosa.

@michiroche
  

viernes, 7 de octubre de 2016

Sequera Tamayo: Gedasche frente al mar


Escribió Borges un breve prólogo para una obra que publicó muy hacia el final de su vida. Son unos pocos párrafos, acaso tres o cuatro, que poseen sin embargo el encanto de mostrárnoslo volcado sobre sí mismo; haciendo cuestión de su misma poesía, y quizás lo más importante, develando sus propios anhelos como poeta. Con todo, y a decir verdad, el texto desconcierta si se lo lee con recta prevención. Mas ¡cómo no prestarle atención a lo que nos dice! ¡Un poeta hablando intimidades acerca de su propio quehacer! No sé cuántos lo habrán hecho. Nuestro Cadenas desde luego que sí. Don Antonio Machado pone en los labios de Juan de Mairena unos textos que hablan del alma de lo poético con honduras sin par. Y de la otra parte, ¿no linda el gran pensamiento filosófico con la poesía hasta extremos que obligan a formularse muchas preguntas sobre dónde comienza el uno para darle paso a la otra? Quién, me digo, no se llena de la mayor perplejidad, y dada su inimitable sobriedad, cuando lee a Aristóteles hacerle acomodo al argumento de Solón que pone a los dioses a morir de envidia ante el conocimiento humano, usando el recurso de un decir que reza así: «los poetas mienten muy a menudo». Y provoca preguntarse, queridos amigos, ¿puede un poeta, en cuanto poeta, mentir?
Isbelia Sequera
Foto: Manuel Sardá (Tomada de El Nacional)
Fuera como fuere, nos amonesta Borges sobre dos maneras de poetizar: habla él así de «poesía intelectual», asociándola con la vigilia y exaltando un verso de Fray Luis de León como una manifestación purísima de hasta dónde se puede llegar a ser «un poeta intelectual»:  
Vivir quiero conmigo,
Gozar quiero del bien que debo al cielo
A solas, sin testigo,
Libre de amor, de celo,
De odio, de esperanza, de recelo
Y apostilla su comentario seguidamente: «aquí no hay una sola imagen, no hay una sola hermosa palabra, con la excepción dudosa de testigo, que no sea una abstracción». Ante esto no queda sino el silencio, y a lo sumo dos palabras: Borges dixit.
Pero antes había escrito él de la poesía “puramente verbal”. ¿Qué quiso denotar el gran Borges con esta calificación? Sea cual fuere su significado, bástenos saber que alude al “sueño”, a “las imágenes, a los mitos y las fábulas”. Y si el caso fuera citar el verso con el que la ejemplifica, a decir verdad no vale la pena siquiera recordar que el mismo pueda haberse escrito.
Borges confiesa que le tocó en “suerte” la poesía intelectual, y su prólogo, admirable por lo que dice, pero también por lo que silencia, y no menos por lo que deja entrever, termina sugiriendo un anhelo, su anhelo, el anhelo de una “vía media” entre la vigilia y el sueño. Quizás lo logró sin que se percatara de ello; o sin que en la distancia fuera capaz de recordarlo. Cuando escribe, bajo el bello título Le regret d’ Heraclit
Yo que tantos hombres he sido, no he sido aquél por cuyo amor desfallece Matilde Urbach
¿no están allí la vigilia y el sueño en una mixtura única: vía media donde ambos son y al mismo tiempo ninguno lo es?    
Con todo, no fue para Borges la indagación de lo que puede ser esa “vía media”. Pero esto no es lo más importante hoy. Lo importante, quizás, yace en la cuestión de si es esa dicotomía vigilia-sueño la frontera última con la que hemos de enfrentarnos. Quiero decir, ¿no es la dicotomía bien-mal, por ejemplo, algo muy similar en lo infranqueable? Y entonces, ¿fue una simple boutade de Nietzche escribir, y como lo hizo, de “más allá del bien y del mal”?
Mar desolado
El mayor pensamiento de este tiempo nuestro arriba, en un giro complejo y arcano, a una noción que sólo en su lengua tiene cabal expresión. Gedasche llamó Heidegger el volumen de su obra que contiene su “más allá del sueño y la vigilia” No podemos aspirar, pero ni por asomo, a una traducción en este caso que nos satisfaga. Pensamientos poéticos lo llamó alguien muy listo y prevenido. Pero tras Gedasche, si así se me permite decir, hay algo muy diferente de lo que es, en nuestro lenguaje, pensamiento poético. Pero a cuenta de qué viene todo esto, ustedes se habrán preguntado ya muchas veces. ¿No estamos celebrando tener a distancia de la mirada una gran poeta, cuyo parangón si lo hay en nuestro medio, es, acaso, Jean Aristiguieta: siempre ignorada? El 4 de noviembre de 1986 se terminó de imprimir el libro de Isbelia Sequera intitulado Al borde de lo sensible. Me lo dio cuando concluía el mes de enero siguiente. En qué momento posterior lo abrí, no puedo decirlo, mas el primer contacto con sus páginas perdura en mi espíritu como un encuentro con un fuego iridiscente. Aquel verso suyo

He visitado todos los muelles del mundo sin poder encontrarte

no sé cuántas veces lo habré dicho, o sentido, o comunicado….Los años que corren hasta hoy, en pos de entenderme para entender mi tiempo, y de hacerlo con otros, a cuenta de profesor, tratando de hallar pistas o de dar señales, me han obligado a hacer de errabundo por caminos muy diversos. Fascinado con los afanes de la Ciencia Histórica de la Economía Política, con el pensar sobre sus asuntos, mal podía no quedarme sencillamente paralizado cuando un día me topé con una línea que decía: «la ciencia no piensa». ¿Pero entonces? Y si no lo hace ella, ¿quién lo hace?
¿No lo hacen los dueños del número y de su insondable belleza? ¿O ésos que son capaces, en un solo rapto de la mente, de atravesar las edades para ver salir el sol histórico y también vislumbrar su ocaso y su extinción? ¿O quienes penetran estrato tras estrato lo real hasta creer alcanzar algo como lo primigenio, lo que sigue luego del instante cuando lo real es o adviene? Pues lo cierto es que, tantas décadas después, los unos, y los otros, y los de más allá son como sólo muelles, como los muelles de Isbelia Mercedes, para el circunstancial atraque.
En el camino me apareció Gedasche: una larga, compleja y arcana jornada de unas seis décadas, por parte de quien se creyó capaz de un nuevo inicio para el pensar. Básteme una frase suya:

Habitar en la cercanía significa: ser vecino:
El hombre es el vecino de la muerte
¿Todo el asunto, entonces queridos amigos, radica en esa vecindad? ¿Y es esa vecindad, por lo tanto, lo que nos hace quienes somos, y nunca meramente, amigos queridos de Isbelia Sequera Tamayo, lo que somos? ¿Y qué es lo vecino por excelencia?
Cómo dudarlo, el puente que tira de una orilla a otra, y que avecina a éstas entre sí. Así es como me gusta pensarlo. Somos vecinos de la muerte. Pero ser vecinos de la muerte es ser puentes hacia la muerte. ¿Cuál es, por lo tanto la otra orilla? ¿Desde dónde puede allegársele?
Querida Isbelia. A cuenta de tu Mar desolado y en particular de esas líneas para mí inolvidables que son «Canto rodado», cuán cerca me has hecho palpitar ese Gedasche con el que ahora estrujo los días y que he llegado a entrever como una clave superior para abrir puertas que quizás dan a lo ignoto.
Cómo preguntar a la piedra
Que ni el sol ni el agua
Doblegar pudieron…
Sobre el hombre y sus sueños
Sobre el hombre y sus miserias…
Sobre el vacío y el vino
Sobre la tierra húmeda y a quienes alberga
Sobre el puente entre la vida y la muerte
El hombre es entonces puente. Heidegger e Isbelia Mercedes dixit. Y, ¿si en lugar de vida hablásemos de ser, y de muerte hablásemos de nada? esto es,
Dinos piedra del puente entre el ser y la nada, que avecina a ambos, que es ambos y no es ninguno aunque los reúne
Estaríamos quizás en el instante previo a aquél cuando Parménides y Heráclito y Hegel «nos hicieron el mundo mientras dormíamos». Y seríamos entonces «cantos rodados» puros y simples para emprender de nuevo un camino desconocido.


Asdrúbal Baptista

jueves, 6 de octubre de 2016

Largo recorrido entre sueños

 La primera edición de Largo data de 1968. En ese momento, José Balza estaba por cumplir treinta años y ya había publicado algunos artículos de prensa y un libro: Marzo anterior. Era un autor en formación, pero con Largo haría un aporte esencial a la narrativa latinoamericana de vanguardia. Esto lo acaba de reconocer el sello digital español Musa a las 9 que incluyó a la novela breve en su colección de clásicos contemporáneos, Biblioteca Brodie.
Largo
El hombre que ahora se sienta en la silla “M” de la Academia Venezolana de la Lengua inauguró con la obra que narra los tres últimos días en la vida de su protagonista los recursos del estilo que le distinguen por encima de otros de su generación; me refiero a una elegancia apolínea, cuya erudición se ramifica como el intrincado laberinto de lagos, riachuelos y caños que serpentean en la selva de la vega del río Orinoco. Allí se crió el autor nacido en el delta del Orinoco en 1939 y es ese su refugio, a donde escapa con frecuencia. Debido a sus incontables ramajes semánticos, Julio Cortázar calificó la literatura del venezolano como honda y fascinante. “Uso los términos a sabiendas porque en la literatura latinoamericana actual suele haber mucha fascinación sin hondura”, recalcó el autor de Rayuela durante una visita que hizo a Venezuela en 1976.
Ya desde Largo se observa la vocación universal del también autor de Percusión porque remite al canon occidental a través de símbolos tomados de la Divina Comedia y del uso de la estructura tripartita que recomendaba Aristóteles para la ficción. También se observa su correspondencia con la tradición letrada de su país. Porque en el protagonista, Balza sintetiza dos personajes típicos de la vanguardia venezolana: el soñante y el guerrillero. El protagonista de esa novela breve avanza por la vida guiado solo por el discurso de su propia memoria y se embarca con el mismo recelo en la lucha izquierdista que en las relaciones sentimentales. “Comprendí de pronto que nosotros, aunque compactos, unidos, carecíamos de conexión con lo demás”, escribe Balza en un episodio en que el grupo de jóvenes salvan a un camarada: “Los disparos y la salvación del compañero bullían, pero como fenómeno único; todo permanecía en suspenso y nítido, como si la continuidad temporal que estaba en los acontecimientos se hubiese roto”.
La crítica a las acciones aisladas y, en la mayoría de los casos desarticuladas de la guerrilla venezolana, donde había más efectismo que trascendencia, se deja colar por esa cita, incluso en todo el pasaje de Largo dedicado a la lucha armada, uno de los tres días. Ante ese episodio de la historia reciente del país que cuenta Balza, el lector llega a preguntarse si en esas acciones violentas de la izquierda había un objetivo más allá de desestabilizar, o de tumbar al gobierno de turno. Para entender este enorme vacío, que avanza en círculos dantescos, del cual habla la obra de Balza bastaría con preguntarse si la guerrilla tenía un plan de gobierno, una idea de país. Y allí está la prosa, donde la acción misma es la única esfera de importancia del guerrillero: “Sé que en el instante preciso aún ella [mi piel] desaparecerá: me haré pura acción, un plan que se cumple, esquemáticamente, por sí mismo. El acto debe ser, nada más; debe desplazar lo demás, incluida la misma fe con la cual fue creado y persistir, único, intemporal, sobre la propia vida de quien lo cumple”.
No creo que pueda decirse que Balza vio a través de los modos de los varios grupos armados de izquierda de la década de los años sesenta. Me refiero a esto porque el propio autor tuvo una brevísima incursión en la guerrilla, de la que se desilusionó muy temprano porque no encontraba entre sus miembros adeptos a la lectura. Esto no evita que la novela que nos ocupa ofrezca una visión estética del guerrillero. “La belleza del desastre” es la frase que describe el juego de luces que se establece cuando una granada explota en el oleoducto durante el amanecer. Más adelante describe con talante poético la detonación: “No hay cielo ahora sino cavernas negras y azules. Desde el fondo de ellas el sol emerge, tiernamente, distorsiona formas y colores y enceguece”.
Porque el universo de Balza, mesurado hasta en su violencia, está hecho de luces y sombras, de pasado y presente, de canon y vanguardia, Largo es una obra de lectura fundamental para entender la literatura venezolana y acaso el momento mismo en que la izquierda latinoamericana soñaba con madrugadas cuando el desastre podía aspirar a la belleza.
  
@michiroche

martes, 4 de octubre de 2016

Leonardo Cano: “Quería escribir sobre las aspiraciones desbaratadas”

 La primera vez que Leonardo Cano leyó La ciudad y los perros comprendió que era posible ser moderno sin andar en chaqueta de cuero o con tatuajes. Que la corbata y el aire de gentleman de Mario Vargas Llosa no le quitaban actualidad a su prosa, la cual era, de hecho, mejor que mucho de lo que leía. Y, encima, la había publicado años antes de que él naciera. “Con el tiempo, uno se da cuenta de que puede sentirse discípulo de alguien al que nunca conocerá pero ha seguido fielmente en sus libros, en sus ficciones, en sus ensayos literarios y al que también ha estudiado en sus conferencias”, dice el autor de La edad media.
Leonardo Cano
Foto: Cortesía La Mano Robada
Y, quizá de forma inconsciente, el discípulo emuló al maestro. Como en La ciudad y los perros, en la primera novela de Cano se habla de la formación de un grupo de jóvenes. Pero no trata de la severa disciplina militar en la educación de los varones en Perú a mediados del siglo XX. Habla de las expectativas de la generación de los españoles que rondan hoy los cuarenta años, a través de las historias cruzadas en el tiempo de tres estudiantes del Bosco que tienen que enfrentarse a la realidad que les tocó vivir: el hijodelrana, Fauró y Moya.
Cano pasó muchos años completando en su cabeza las piezas de esta obra que le acompañaba siempre como una idea borrosa, “casi inabarcable, que iba demorando por la carrera”. Porque él ejerce de funcionario en el Ministerio de Justicia, una forma de vida que le permite hablar de primera mano sobre el sistema judicial español y mostrarlo tal como cree que es: “arcaico, rancio, basado en códigos muy gastados —aunque, mal que bien, funciona—, o evidenciar que los jueces son humanos y no dioses que nos juzgan desde su monte Olimpo, a pesar de que muchos de ellos así lo crean”. Por eso piensa que el mundo de la Justicia ofrece temas inagotables a la literatura, en especial a quienes, como él, están interesados en contar historias de fracasos. Que en el caso de La edad media es la de toda una generación.

– ¿Cuál fue la crisis que sacó lo peor de la gente, la económica o la de las utopías?
– La vida se termina simplificando en la clásica lucha entre la realidad y el deseo, en este caso agudizada por la crisis económica. Imagino que ambas crisis van de la mano. Me interesaba lo que dices de sacar “lo peor de nosotros”, puesto que la novela sitúa a unos personajes ordinarios frente a situaciones que pueden hacer eso. Un personaje puede ser un psicópata o una asesina, como puede ser machista, racista o traidor. Son ficción. Y es importante que existan porque son un reflejo de una realidad que no queremos mirar, pero que está ahí, disfrazada de tu jefe o de la amiga de tu hijo. Los libros no son papilla que debamos tomar triturada de miedos, caos o maldad o pasada por la batidora del pensamiento políticamente correcto. El arte no es eso. La literatura se trata de incorrección, de lenguaje en punta y de ideas arriesgadas, aunque puedan aterrar o equivocarse.

– ¿Cuáles fueron las dificultades de ver el pasado de esos personajes, que también es el suyo, desde el presente?
– Desde un principio lo tuve claro: quería escribir sobre las aspiraciones desbaratadas. Me propuse novelar el espacio actual de los nacidos durante los años 70 y 80, de modo que tuve que lidiar con la nostalgia, que se ha convertido en un cliché aburrido, como invocación del locus amoenus y del momento idílico en el que éramos libres, felices e inocentes. A mí me interesaba más tratar de localizar, no ya las causas, sino los inicios de muchos de esos anhelos que luego se han visto malogrados con el tiempo.

– Una de las características generacionales de la novela es el lenguaje de las redes sociales en una de las historias. ¿Cómo describe la relación por correo electrónico que se establece entre Fauró y Julia una realidad de esta generación?
– Con los medios tecnológicos, casi todos nos relacionamos a distancia —por chat, por Twitter, por Whatsapp— a lo largo del día con nuestra pareja, aunque luego la vayamos a ver en un bar o en casa. Introducimos distancia donde no la hay. La integración de la tecnología en la narrativa actual es un asunto problemático y no siempre bien resuelto. Se trataba del lenguaje, de cómo trasponer el discurso de un chat a las páginas de una novela. Y, con él, poder hablar de una serie de temas: definir una forma de ser y una ideología del trabajo y del éxito que entroncaba directamente con lo contado del instituto privado; el uso de la elipsis y los silencios como instrumentos esenciales a la hora de narrar —ya que es el lector el que debe rellenar los huecos entre los fragmentos de chat, puesto que dichos personajes van a comunicarse lo importante en persona o por teléfono—; y, además, el final de un lenguaje, de la muerte de esas palabras que los amantes se dicen y que todos utilizamos con una pareja y no con otra, y hablar del fin de ese idiolecto común, el del cariño.

– ¿Esta es la generación del desencanto?
– No creo que debamos arrogarnos ese mérito. Tampoco querríamos sustraerle ese marchamo a las anteriores, tan ganado a pulso. Las habrá habido más desengañadas seguro. Quizá toda generación, con la suficiente paciencia, lo sea del desencanto. La novela es una ficción posible sobre nuestra generación —pero, asimismo, sobre la anterior o la posterior— e imagina escenarios y personajes, modifica la realidad e intenta hacerlo desde la ironía y el sarcasmo. También desde la mofa de quiénes fuimos, yo el primero.

Michelle Roche Rodríguez
@michiroche