jueves, 30 de junio de 2016

Madame Kalalú: la danza que parece, el baile que es


Madame Kalalú, la novela más reciente de Juan Carlos Méndez Guédez, es el balance perfecto entre el ser y el parecer, lo estático y el movimiento. Su protagonista, Emma, ostenta múltiples identidades. No se trata de un capricho, es parte de su oficio. Se dedica a robar belleza, a complacer el deseo de ojos ávidos de lo sublime, a hacer justicia ubicando lo estéticamente perfecto ante quien lo ama, lo anhela, lo merece. Decir que es ladrona y traficante de arte no sería justo. Emma es casi tan artista como los autores de las maravillas de las que se apodera. Porque sólo un artista puede sustraer trazando para ello estrategias que en sí mismas son historias. Cada acción demanda personajes que se mueven en una trama escrita por ella. De allí su colección de nombres, de fisonomías, de nacionalidades, de estados civiles, de acentos y de ocupaciones.
Los miembros de su equipo son figurantes en estas situaciones. También se transforman, también mutan, también danzan en una puesta en escena que mezcla coreografías, actos, entradas y salidas, parlamentos. Es así como Emma va haciendo una fortuna y se convierte en una especie de undercover art dealer.
El personaje disfruta de cada incursión y de los resultados: le alivia saber que un cuadro de Reverón acabará en manos de quien alcanza el éxtasis al mirarlo o que una gargantilla de Verdura lucirá en un cuello sensible a lo prodigioso. Las aventuras suceden alrededor del planeta, la geografía no es un límite, es más bien un elemento que funciona de dos maneras: por una parte alberga los objetos de deseo, por otra se convierte en capa que protege a la maga: las estelas de los aviones la hacen desaparecer.
¿Cómo conocemos hazañas?
El azar, en apariencia, entra en los engranajes de sus planes y detiene la maquinaria. Emma es acusada de un delito y detenida por las autoridades del país en el que se encuentra. Uno de sus vestidos de labor fue víctima de una trampa. Alguien quiere vengarse de uno de sus nombres.
El Baile de Madame Kalalú



Madame Kalalú, un sobrenombre que recibe Emma en el cole, decide otorgar al personaje que interpreta un matiz de urgencia: un arrebato de locura aparentemente transitoria y luego crónica, le ofrece el tiempo detenido que necesita para reacomodar un sistema que hasta entonces había funcionado con la precisión de los costosísimos relojes que seguramente robó en más de una ocasión. El tiempo muerto lo concede la reclusión en un manicomio. Encerrada allí se encuentra con la interlocutora perfecta: una monja pirómana que está en coma. Alguien que no va a revelar una palabra de lo que se hable, una escucha que nunca la va a juzgar. De este modo se establece un soliloquio en el que lo estático (dado por el encierro) y el movimiento (en el discurso del personaje) comparten espacio y se complementan.
El ser y el parecer quedan patentes nos sólo en las situaciones que rodean a los robos, sino también se presentan en el uso de falsificaciones para alcanzar los objetivos reales. El autor deja algunas pistas llenas de simbolismo: Don Quijote aparece con sus dos versiones, la obra reconocida por alusión directa y la pretendida en un par de guiños. Méndez Guédez vuelve a demostrar su ingente capacidad de escribir y contar historias que no sólo seducen al lector sino que lo obligan a ser parte de lo contado. Tan prolífico como sesudo, con un sentido de la plasticidad y un manejo del humor que envuelven y llenan de goce a quien pasee por sus líneas.
Autor de trabajos impecables, Méndez Guédez parece tener algo que Madame Kalalú siempre quiso para sí: el secreto para convocar la más asombrosa belleza con solo posar sobre la literatura las yemas de sus dedos.

@LenaYau

miércoles, 29 de junio de 2016

David Foster Wallace, el compasivo



Auditorio a reventar, año 2005.  Kenyon College, Ohio. Acto correspondiente al día de graduación (en la galería de grandes figuras que esta universidad ofrece en su página web, además de notables como el recién fallecido E. L. Doctorow, el asesinado político sueco Olaf Palme o el poeta norteamericano Robert Lowell, aparece nuestro Leopoldo López). El orador es David Foster Wallace quien, una década atrás, ha publicado La broma infinita, novela que le ha lanzado a la fama.


Esto es agua
La de ese día en Kenyon College, fue la única conferencia que Foster Wallace dio en su vida. Las primeras palabras que pronuncia ante la expectación de los estudiantes, son “había una vez”. Cuenta una parábola, con un objetivo que expone de inmediato: mostrar que el rubro de conferencias en las ceremonias de graduación tiene sus lugares comunes, sus formas previsibles. A continuación, él mismo apela a un truco conocido: se asume como uno de los jóvenes de la audiencia: “Yo no soy el pez viejo y sabio”. En su recién adquirida semejanza, reivindica la perogrullada como beneficio de la vida adulta. La perogrullada clave sería la que enuncia una educación para pensar, alternativa o antagónica a la educación para aprender, para memorizar. En lo obvio hay enseñanzas que, a pesar de su obviedad, tienen valor.
Foster Wallace lanza un dardo al blanco: la cuestión de la arrogancia que es característica de nuestro tiempo (“arrogancia, confianza ciega y cerrazón mental que es como un encarcelamiento tan completo que el prisionero ni siquiera sabe que está encerrado”), entorpece la posibilidad de pensar. En concreto, la facultad de elegir en qué pensar. Nos conduce a la conformación de un ego que niega al conjunto, a los demás. Lo egocéntrico, repele. Nos conduce a prácticas como la relativización, la intelectualización de cuanto nos rodea. En cierto modo, en su verbo sentimental y anecdótico, Foster Wallace sigue el diagnóstico de la época, que va de Hannah Arendt a Harry G. Frankfurt, de Zygmunt Bauman a Byung-Chul Han. Habla de los agobios de la adultez, de la emboscada que se oculta en lo cotidiano. En esa tensión, en las dificultades de lo corriente, ego libra su batalla con el mundo. Y más: ego ya no piensa, sino que opera de forma automática. No necesita elegir. Ha escogido, previamente, atender de forma exclusiva a sus propios intereses.
Y es aquí donde quizás tenga alguna utilidad pensar en el escritor mítico, en el innovador de La broma infinita. Lo que Foster Wallace ofrece a su público cautivo y cautivado, es una visión basada en la compasión (“el aprender a ser equilibrado: que puede decidir conscientemente qué tiene sentido y qué no lo tiene”). Compasión frente al culto al yo, al narcisismo campante, al auge materialista, al consumismo sin final.
La conferencia en Kenyon College: síntoma de la herida de nuestro tiempo. De nuestro dolor impotente. La compasión vive su hiperinflación. De todas partes llueven los llamados a la solidaridad, a la consideración del Otro. Compadecer a quienes padecen. Pero este llamado, que es el fundamento de una cantidad incalculable de discursos que se producen en todas partes, olvida esto: que la compasión es inseparable de la autocompasión. No son dos fenómenos distintos: son lo mismo. A un mismo tiempo se yerguen como obstáculo para la autocrítica, que es factor ineludible para crear condiciones sostenibles para la crítica.
Salir de la compasión por los demás y por nosotros mismos: he aquí una posibilidad que Foster Wallace no se planteó en el 2005. Su conferencia, me parece, termina encallada. No logra esbozar un pensamiento más allá. No rompe con las imágenes de la fantasía, de las que hablaba Schopenhauer. Deja la vitrina conceptual intacta. En el mejor de los casos, Esto es agua (Random House Mondadori, España, 2014) se limita a suscribir lo que ya sabemos: que vivir es cada día más una carrera de trampas y obstáculos.

Nelson Rivera
@nelsonriverap
  

martes, 28 de junio de 2016

Juan Carlos Méndez Guédez: “La mezcla es un modo sustancial del vivir”


Lo que guía la escritura de Juan Carlos Méndez Guédez es la necesidad de colocar en la pantalla del ordenador las voces que retumban en su cabeza con la promesa de una historia. “Sólo percibo la necesidad del relato, algo en mí quiere hacerse relato. Algo que es encadenamiento de anécdotas, aparición de personajes, piezas de una estructura que debe ser muy pensada y muy precisa. Algo que es un juego que me resulta apasionante. Jugar, jugar. Escribir como si fuese otros”, explica. La vocación lúdica es la marca del tropo crucial que ha dado su narrativa en le último lustro. De un registro intimista, romántico, poblado de seres que caminaban entre la vida mediocre y la ternura ha pasado ahora a las novelas de la risa amarga. El cariño entrañable se convirtió en ironía, pero la bondad y la virtud, como en las fábulas que contaba Esopo, al final sin recompensadas. Y esta manera de ver el mundo y la literatura lo ha colocado en una vorágine productiva que lo ha puesto a publicar casi un libro al año.
Juan Carlos Méndez Guédez
El escritor nacido en la ciudad venezolana de Barquisimeto en el año 1967 no solo se encuentra en un momento de fecunda producción, sino que su trabajo comienza a reconocerse fuera de las fronteras del idioma castellano. En los últimos tres años, varias obras suyas han sido traducidas al gallego y al francés. En el primer idioma con su libro para niños, El Abuelo de Zulaimar. Esta misma publicación y otras cuatro pueden leerse en francés: Ideogramas, Las siete fuentes, Chulapos mambo (titulado Mabo canaille) y Tal vez la lluvia. Y las buenas noticias no cesan. Con la obra ganó el premio a los Mejores de 2016 del Banco del Libro de Venezuela. Sus libros más recientes son Los Maletines y El Baile de madame Kalalú, ambos editados por el sello Siruela. En octubre aparecerá su nuevo libro de relatos, La noche y yo, en Páginas de Espuma.

– ¿Por qué has migrado a la novela policial en tus dos últimos libros?
– No son policiales. Aparecen policías como escenario de fondo. En ellas suceden temas vinculados al crimen, pero el peso del libro no reposa en la investigación que se hace alrededor del delito. Son novelas por la mixtura de ingredientes de picaresca, algo de novela cómica, algo de cuento de hadas, algo de thriller, algo de novela pastoril, algo de novela de aventuras y de novela negra. Para mí la mezcla es un modo sustancial del vivir. Me interesa probar sabores, combinarlos, alterarlos, fusionarlos. Y la novela, desde que Cervantes hizo de ella un objeto estético peculiar, acepta esas combinaciones con naturalidad. Lo que sí es cierto es que el crimen ha entrado en mis libros. En ambos casos como una suerte de venganza poética contra el poder. Los protagonistas de mis dos historias, desembocan en el delito porque están rodeados de un mundo áspero, delictivo, cruel, cínico. Así que antes de ser aplastados por ese mundo, ellos se defienden con las herramientas de su inteligencia. En ese sentido, quizá sí serían libros propios de una neo-picaresca del siglo XXI. Una reivindicación de la individualidad y del derecho que tiene la persona de defenderse de quienes en nombre de un supuesto bien colectivo intentan aplastarlo y rendirlo.

– ¿Qué conflictos representó el trabajo con la protagonista de Madame Kalalú, una mujer que trabaja en el elitesco mundo del arte?
– Ya he escrito desde la mirada de una mujer en libros anteriores, como Árbol de luna y Arena negra. Mi infancia fue la proximidad de mi madre, mis tías, mis primas. Fui testigo privilegiado de esos mundos donde los hombres podían ser el abandono, el silencio, la irresponsabilidad, el desapego a los hijos y a los afectos. Esos modos de ver y de hablar que ellas poseían, me son próximos. La dificultad inicial de esta novela era conocer el mundo de los ladrones de joyas y obras de arte y eso fue una investigación muy divertida. Encontré robos muy ingeniosos que le asigné a mi personaje; encontré ladrones con comportamientos entrañables, como uno que en limpió por completo a Johnny Weismuller, pero que le regresó una de sus medallas olímpicas. También hubo personas que me ayudaron a conocer cierto tipo de joyas o de joyeros famosos. Es un mundo lleno de una belleza sutil que alguien como yo, que creció en un barrio humilde y peligroso, desconocía por entero e incluso despreciaba. Me gustó entender que la belleza siempre está esperando por el sosiego de los ojos que la miran.

El leit motiv aquí es la justicia poética: el arte como venganza y regeneración de la mediocridad.
– La literatura tiene algo de venganza: contra el olvido, el abandono o la fealdad. Estaría bien pensar que se escribe sólo guiado por sentimientos positivos, por estímulos creativos vinculados a la belleza, al afecto, a lo estético, a lo humorístico. Pero en efecto también hay un componente de venganza. Escribes para vengarte de la desmemoria, de los desencuentros. En efecto, la protagonista ama la belleza, pero socialmente la han colocado en un lugar donde no puede acceder a ella, así que decide apropiarse de un modo radical de lo que forma parte de su deseo. Ella no tiene la voluntad de resignarse al papel que el mundo le asigna. Para la protagonista de mi novela es importante rodearse de la belleza; así, la escritura y las películas y los cuadros y las joyas son belleza que ella coloca como un círculo de esplendor que la protege de sus propios desgarramientos de infancia; ella es hija de un esquizofrénico, y hay en esa parte de la historia un tema doloroso, una deuda del pasado.

– ¿Qué ventajas tuvo escribir una novela desde la perspectiva de la mujer?
– La protagonista de El baile de madame Kalalú y de otras de mis historias se parecen a algunas de esas mujeres o a mujeres que he conocido luego y que no están dispuestas a ser una Penélope que espera el retorno de su Ulises. Mujeres con humor, chispeantes, tomadas por una profunda visión irónica sobre la vida. Así que esa conexión despertaba en mí una profunda simpatía y lo cierto es que en mi caso sólo soy capaz de avanzar con un personaje si de algún modo le tengo afecto.

– El discurso sobre el cuerpo femenino es interesante, por decir lo menos, en la narradora.
– En tanto persona que escribe novelas, cada vez me cuesta más pensar en términos de representatividad o de identidades colectivas.  Me interesan las obras que hablan de personajes singulares. La huella social está en cada uno de ellos, pero lo que me apasiona al escribir es ese desvío, ese quiebre, esa palabra que no se espera y que aparece por sorpresa. La intención no es hacerla representar algo, sino que sea algo. Muy probablemente la protagonista de mi novela, al ser una mujer del Caribe, tenga un modo concreto de sentir su cuerpo como una amenaza y como una posibilidad festiva. Es posible que tenga un modo de bailar la vida, de amar, de odiar, de entender las relaciones sociales, amorosas. En ella hay ese exceso delicioso que reflejan los boleros, las telenovelas, las fiestas. Pero, hablando de lo corporal, algo que puede subrayarse en ella es su modo de mirar al hombre como una figura que baila; una contemplación realizada con ironía, con ternura, con deseo, con rabia. De allí que ella realice una clasificación de los tipos de hombre según su manera de bailar.


Michelle Roche Rodríguez
@michiroche


viernes, 24 de junio de 2016

Wislawa Szymborska: poética contra la destrucción II


Preciosa edición de Pre-Textos (España, 2015), cargada de numerosos retratos y otros materiales gráficos: circula el minucioso estudio biográfico que Anna Bikont y Joanna Szczesna hicieron de la poeta Wislawa Szymborska, Premio Nobel de Literatura 1996  
Finalizada la guerra, Wislawa Szymborska estudia un curso de filología. Dos de sociología: “no acabé la carrera (…..) la sociología se volvió mortalmente aburrida, pues todo lo tenía que explicar el marxismo”. En 1948 se casó y se mudó a la habitación en que vivía Wlodec. Presionada, en 1950 se afilió al Partido Comunista. En 1951 nació en Cracovia una revista, donde ella desempeñaba pequeños trabajos. “El tema de la Unión Soviética como Estado amante de la paz, así como el de los criminales e instigadores del mundo capitalista, también aparecía en los poemas de Szymborska de aquella época”. Su primer libro, Por eso vivimos, apareció en 1952, lo que le dio carnet de ciudadanía: ingresó en la Unión de Escritores Polacos. Ese mismo año, un viejo y respetado escritor  le preguntó: ¿Está segura de hallarse del lado correcto? Allí quedaron sembradas las dudas. En 1954 fue reconocida con el Premio Literario de Cracovia. Un crítico escribió: “Nunca llegó a ser la poeta abanderada porque era demasiado buena”.


Trastos, recuerdos
La pareja llevaba una vida precaria. Su habitación era el lugar en que artistas, escritores y gente del teatro se reunía a diario. Más adelante se mudaron a un lugar que tenía dos habitaciones. Interpretaban divertimentos y pedazos de obras teatrales. En la ahora mítica casa de la calle Krupnicza, la inteligencia conversaba, soñaba, debatía. Szymborska evitaba las discusiones políticas, pero no perdía la ocasión de participar en las actividades lúdicas. Entre ellas, la de componer unos poemas llamados ‘liméricos’, jugarretas que respondían a la estructura de AABBA: la poeta se convirtió en una maestra de este género de improvisación. En 1953 Szymborska formó parte de un grupo que firmó un manifiesto en contra de un juicio-farsa. En 1954 se divorció, pero su amistad con Wlodec no acabaría nunca. Muy pronto le pesaría su ilusión comunista que lastra sus primeros dos libros: “Pertenecí a una generación que creía. Yo creía. Y cuando dejé de creer, dejé de escribir poemas de esa clase”. En el año 1956 abandonó el Partido Comunista. En 1957 escribió versos en los que se increpaba a sí misma.

La editora, la poeta
Desde 1952 y por quince años trabajó en “Zycie Literackie”. Este capítulo, más que laboral, podría mostrar nuevas dimensiones de la relación de la poeta con la literatura, con sus colegas, así como con la tarea de comentar los libros escritos por otros. Hay toda una cuestión estética en juego: no le gustaba lo recargado. La prosa limpia era la expresión estilística de su deseo de leer y comentar los libros con buena voluntad y equilibrio.
Tenía 40 años cuando se mudó a un mínimo apartamento en un quinto piso. En esos años Szymborska puso en marcha una curiosa práctica que ya no le abandonaría: creaba postales que portaban imágenes y frases cortas de tono alegórico y humorístico. En cierto modo esas postales la reflejaban (en el libro se reproducen decenas de ellas): era un gesto de sociabilidad que tenía algo enigmático.
En 1966, una vez que devolvió el carnet al partido, debió dejar su trabajo. En lo sucesivo sería la autora de las entregas semanales de “Lecturas no obligatorias”. Cuando tuvo ocasión, viajaba. Abundan las anécdotas de estos viajes (“En un viaje lo único indispensable es el billete de vuelta”). Sus libros crecían, también su popularidad. En algunos de estos recorridos fue sorprendida por el entusiasmo con que era recibida: auditorios a reventar, jóvenes que recitaban sus poemas de memoria.
Cada poema suyo alcanza un estatuto de perfección. Szymborska fue incansable a la hora de concebir, darle vueltas, corregirlos de modo obsesivo. Cada uno cuenta una historia, un acontecimiento, un instante que ella deseó retener en el tiempo. Amaba los pequeños eventos que pueblan sus poemas. Ante la destrucción de la que fue testigo, escribía poemas alegres y esperanzadores. “El hombre no se compone solo de desesperación”, sostenía. Su razonabilidad, su refinado sentido del humor, su elegante contención, están presentes en todos sus libros.

Apogeo y final
Wislawa Szymborska
Hacia 1969, el poeta y dramaturgo Kornel Filipowicz entra en la vida de Szymborska. Era cultor de la amistad y de una incitante combinación de seriedad y humor. Ella escribía y sorteaba el empeño de los servicios secretos por bloquearla (cuando apareció Solidaridad, no se afilió: continuó preservándose de los hábitos grupales). En 1981 ambos formaron parte de la revista Pismo. En 1982, tras el decreto de Ley Marcial, dejó de publicar en los medios oficiales. En 1984 tiene lugar una experiencia excepcional: la creación de la revista hablada NaGlos. Puesto que no había cómo imprimir, los colaboradores preparaban sus materiales y se reunían para leerlos a un público que, en ocasiones, desbordaba la sala. En varias, Szymborska leyó poemas suyos. Se realizaron un total de 25 de estas sesiones. En 1987, cuando el Ministerio de Cultura le concedió un premio de poesía, lo rechazó. En febrero de 1990 Filipowicz falleció, luego de 23 años juntos.
Desde mediados de los años ochenta, sus libros habían comenzado a traducirse (de hecho, en 1964 Anna Ajmátova tradujo unos poemas de Szymborska al ruso). La vida, con sus dificultades corrientes, seguía. La poeta escribía, insistía en oponer el optimismo a la destrucción. Los premios se sucedían: el Kallenbach, el Goethe, el Herder, el del PEN Club de Polonia. El 3 de octubre de 1996, mientras permanecía en una casa de reposo, recibió la llamada de un empleado de la Academia Sueca que le informó que le había sido otorgado el Premio Nobel de Literatura.
Cuando se produjo el fallecimiento del poeta Zbigniew Herbert en 1998 (ella insistía en que él era el verdadero merecedor del Nobel), Szymborska viajó al entierro durante horas en un taxi, junto a Czeslaw Milosz. En aquellos años ambos leyeron poemas juntos ante públicos cautivados. Después del Nobel, hasta su muerte quince años después, Szymborska publicó todavía tres libros más. El 1 de febrero de 2012 murió mientras dormía.

Nelson Rivera
@nelsonriverap

jueves, 23 de junio de 2016

Sirenas y mujeres


Un día se hastiaron las sirenas de los crepúsculos marinos
   y de la agonía de los erráticos nautas. Y se convirtieron en mujeres, las terribles enemigas de los hombres.
Julio Torri
Las sirenas representan todo un misterio en el imaginario popular. La visión que se tiene de ellas resulta tan variada como la que se tiene del mundo femenino. Una mujer es un mundo complejo, un universo incomprensible lleno de misterios. Al menos eso es lo que dice un buen número del género contrario. ¿Por qué la nota anterior? Javier Perucho, mexicano, editor, ensayista e historiador de la minificción, nos deleita con un sirenario que da cuenta de las diferentes manifestaciones de la sirena en la narrativa brevísima de Hispanoamérica de los siglos XX y XXI: La pesca mínima. En este sentido, sirenas y mujeres tal vez resulten más misteriosas y fascinantes en la medida en que más se sabe de ellas. Algo de eso nos dice Leo Mendoza (México) en “La pesca de sirenas”:
La música de las sirenas
Para capturar una sirena no hace falta devanarse mucho los sesos. Quienes se dedican a cazarlas lo saben aunque se niegan a revelar sus secretos. Yo no. El truco es muy sencillo: como ellas encantan con su voz, la vista es su punto débil y por ahí hay que encandilarlas. Por ello, cada inicio de temporada, los pescadores de sirenas se proveen de los últimos catálogos de moda, zapatos y cosméticos y aun de algunas muestras de lencería colombiana de encaje. Esto no solo asegura una buena pesca sino también, en muchas ocasiones, excelentes matrimonios.
Perucho agrupó algunos relatos muy breves en sintonía con su pasión: las sirenas. Sin embargo, terminamos viendo peculiares coincidencias entre ellas y nosotras, las mujeres. Es innegable que la voz femenina surge en algún punto y se erige para decir: aquí también hay una mujer. Bien lo confirma Julio Torri en uno de los textos usado como epígrafes del libro del autor mexicano y del texto que aquí nos ocupa: Un día se hastiaron las sirenas de los crepúsculos marinos y de la agonía de los erráticos nautas. Y se convirtieron en mujeres, las terribles enemigas de los hombres. ¿Sirenas convertidas en mujeres? ¿Mujeres con visos de sirenas? O como el mismo Torri lo dice en ese breve texto, la figura femenina, principal enemigo del hombre.
Las sirenas de este libro frecuentan los espacios con intenciones diversas: encantar hombres tontos, felices, ingenuos, y tantos o más adjetivos. Atormentarlos, convertirlos en piltrafas; hacerlos sentir ganadores, como el Don Julián de “Sirenas”, del argentino Eduardo Galeano, por ejemplo, quien cree engañar a las sirenas, espantarlas; pero fueron ellas quienes terminaron por ganar la partida:
… Julián, Julián, Julián, cantaban las voces, como siempre. Y como siempre don Julián se inclinó ante las aguas, donde ondulaban los reflejos rojizos de las intrusas, y abrió la boca para entonar sus infalibles contracantos. /Pero no pudo. Esta vez, no pudo. / Su cuerpo, abandonado por la música, apareció flotando a la deriva entre islas.
Ahora bien, entre estas sirenas, también encontramos a las que reflexionan acerca de su propia condición y se comparan con algo de la otra parte de su cuerpo: la humana, la que en ocasiones podría hacerla sentir medio mujer o mujer completa. El texto Extremas, de la argentina Sandra Bianchi así lo demuestra:
Es sutil y misteriosa. La veo sentada en una gran roca, tan abstracta y femenina, con su larga cabellera rubia. La veo mirando la inmensidad del mar, que es su casa. Conoce cada lecho de aguas, cada pozo, cada ola. Me pregunto si tiene nostalgia de ser humano o es feliz con su cola de escamas brillando al sol. / Me mira, cree que soy misteriosa. Me ve parada en la costa, tan concreta y femenina, con mi larga cabellera negra. Me ve mirando la inmensidad del mar, que también es mi casa. Conozco cada acto fallido, cada negación, cada lapsus. Se pregunta si tengo nostalgia de ser sirena o si soy feliz con mis piernas torneadas dorándose al sol. 
Aunque las sirenas de Perucho fueron creadas por otros, es él mismo quien las elige y nos las presenta en este maravilloso libro. Ellas representan roles que en otras historias (de la ficción o no) pertenecen a roles femeninos: brujas, amantes, esposas, doncellas; todas con alma femenina, porque al fin y al cabo, en el mundo también han existido todos estos papeles representados por mujeres. La “Sirena”, del colombiano Esteban Dublín, así lo afirma, cuando un marino retirado decide quedarse retirado con una sirena en una isla:
… La primera vez que la vi, temí que me embrujara con su canto, pero al conocerla, comprendí que la advertencia de Circe no era más que un mito. Ambos renunciamos a nuestros mundos; yo, a la mujer que me esperaba en casa y ella, a los cientos de tritones que la pretendían…
En esta antología, el recurso de la sirena es el principal; pero que no nos engañen: estos seres terminan siendo más humanos que cualquiera de nosotras las mujeres, que no cantamos para encantar, que no volamos en escobas nocturnas, ni vivimos entre lo anfibio y lo humano; pero que podemos encantar y seducir por otras vías, mucho más cercanas a nuestra realidad terrenal, y a nuestra realidad del mundo femenino; e incluso, al lado oscuro de la especie humana. En “Sirenas”, del mexicano Margarito Cuéllar, podemos visualizarlo con más claridad:
Una amante es una especie de moderna sirena. Te colma de halagos, endulza tu oído – como al calor del vino lo hace la sirena con el navegante-. Sus manos suaves y violentas matan el rencor y siembran la alegría. Una vez que sucumbes, olvida tu dinero, incluso tu vida.
En cada sirena de este libro, hay una voz femenina que también se articula con el lector; a veces con un sentido lúdico, a veces con un sentido algo sardónico. Y si miramos más allá, podríamos pensar que estas sirenas de Torri, Vizcaíno, García Márquez, Ramos Sucre, Giménez Emán, entre otros, utilizan a las sirenas como personajes para representar varios de los escenarios de la vida misma, esa donde las sirenas solo existen en el imaginario popular. Las sirenas de Perucho cantan, y es el propio lector quien les pondrá su propia música.
Geraudí González

martes, 21 de junio de 2016

Las realidades probables y posibles de Martín Caparrós

Dice Martín Caparrós que si hubiera podido escoger, le hubiera gustado nacer mujer. Una femme fatale, aclara: “una de esas que saben que tienen el poder de hacer que sucedan cosas con su belleza. Me gustaría saber cómo es eso de usar el cuerpo de una manera eficaz”.
Habla una tarde cualquiera de las que se suceden vertiginosas en la feria Internacional del Libro de Guadalajara, evento anual al cual asiste con regularidad, porque siempre tiene un libro recién editado que presentar. Quizá lo dice porque es su humor en ese momento, o quizá en el fondo sí le hubiera gustado ser algo muy diferente a lo que es: alguien que no estuviera obsesionado, como está él desde los seis años, con contar historias.
Dice también que le hubiera gustado vivir en la época de la República romana. Y luego se da cuenta:
Martín Caparrós
– “Ah, pero eso es una trampa, ¿no? Uno siempre se piensa a sí mismo dentro de cierto círculo social interesante de la época que le gusta porque esos son los que se conocen o se estudian. Cuando pienso en la época de Julio César yo me imagino como alguien que se trabaja cerca de Julio César y en general uno vive en su época en un sitio mucho más modesto.
Así que no añade más nada, porque no está muy seguro si de verdad le gustaría vivir en aquella época dorada de la antigüedad como un hombre desconocido. Porque Martín Caparrós habla desde su condición de escritor. De incansable contador de historias. Porque le gustaba escucharlas, en la universidad se licenció en la carrera de Historia en París. Lo otro, dice, lo de escribir “no es nada que no se adquiera leyendo un poco, nada muy misterioso”.
Y he aquí que en apenas trecientas palabras, el autor nacido en Buenos Aires en el año 1957 ha contado tres historias: la Martina que sabe usar el cuerpo, la de un cronista de la vida de la República romana y la del hombre que estudió historia, pero construyó su vida contando ficciones. Porque como leerle, hablar con el autor de Comí, El Hambre y Los Living –por sólo nombrar tres obras suyas publicadas en los últimos tres años–, es un viaje por las historias probables y las posibles. Porque dice que no quiere seguir escribiendo, pero nunca termina de dedicarse a lo que dice que de verdad quiere hacer: el zapateo latinoamericano.
 “Por un lado me da un poco de pereza reportear y por el otro también me da un poco de pereza escribir novelas clásicas o tradicionales para ser publicadas como libros de trescientas páginas”, dice el escritor de Lacrónica, un volumen donde mezcla sus memorias en el oficio periodístico con sus ideas sobre un género que desde hace una década está entre los principales de la literatura latinoamericana, la crónica. No le creemos, porque al ganador de los premios Planeta Latinoamérica, Rey de España y de la beca Guggenheim, le interesan tanto la narrativa de ficción como la periodística. “Ambos y me atraen de la misma manera, pero en distintas situaciones prefiero uno u otro. Cada tema que se me ocurre, ya incluye la forma en la que voy a tratar de mostrarlo”.
 Puntualiza que no es el momento de la crónica,  sino de su prestigio, “de su consideración”; luego explica: “Tiene un éxito importante que no se traduce en una circulación representada en los medios periodísticos, por eso salen muchos libros, porque hemos aceptado que debemos refugiarnos allí en la medida en que los medios siguen teniendo miedo a publicar nada que dure más de dos mil caracteres”.
No responsabiliza a la revolución multimedia de la crisis de la prensa escrita. Dice que ha sido culpa nuestra que la supuesta revolución de la informática llegara hasta estas alturas porque hemos intentado competir contra los medios masivos sin aprovechar la única arma eficaz que tenemos: la buena escritura. Porque hay cosas que un texto puede hacer y la imagen no. “Estamos en un momento de consideración cuya debilidad se muestra por el hecho de que la mayor parte de lo bueno que se escribe se publica en libros y también en unas pocas revistas que siguen siendo relativamente marginales”.

@michiroche


viernes, 17 de junio de 2016

Wislawa Szymborska: poética contra la destrucción I


Preciosa edición de Pre-Textos (España, 2015), cargada de numerosos retratos y otros materiales gráficos: circula el minucioso estudio biográfico que Anna Bikont y Joanna Szczesna hicieron de la poeta Wislawa Szymborska, Premio Nobel de Literatura 1996

Nada ocurre en vano. Hasta las rutinas y los pequeños eventos se asocian para dar forma a la existencia. Las cosas llegan para quedarse, seamos o no conscientes de ello: la vida se construye con las capas de aquello que se repite; la irrupción de imprevistos no deja nunca de rebotar en nuestra memoria; todo cuanto nos ocurre puede encontrar un lugar, impertinente o armónico, en lo que llamamos la experiencia de vivir. Bajo esa experiencia del vivir moroso, y de unos instantes “a los que se implora para que no terminen”, se configuró la vida de Wislawa Szymborska.
Trastos, recuerdos
Como cualquier vida, también la suya fue peculiar. Una vida corriente en esa nación de avatares que fue Polonia a lo largo del siglo XX. Debo corregir: una existencia que, bajo la apariencia de lo común, se entregó a los resquicios, a los pliegues y repliegues, a la meditación y trabajo de la poesía. El abultado mérito de las autoras, coautoras de “La avalancha y las piedras. Los escritores frente al comunismo”,  radica en la múltiple conexión, tarea capilar, que hacen entre la poesía y la biografía de Szymborska.

Trastos, recuerdos. Una biografía de Wislawa Szymborska tiene algo de voluntarioso perfeccionismo. Ante la resistencia de la poeta a ser biografiada (“Confesarse públicamente es como perder tu propia alma”), además de la investigación que es propia del género (entrevistar a decenas de amigos y conocidos, revisar documentos, ir a los que fueron lugares de la poeta, conversar con ella para que finalmente aceptase colaborar), las autoras auscultan el cuerpo poético creado por Szymborska, en cada señal. Esos datos, esas posibles pistas, en raras ocasiones son evidentes. Las más de las veces sugieren, ocultan, desaparecen detrás del ruido del mundo.

Inofensiva elegancia
Fue una mujer de bondadosa belleza. Su sonrisa parecía decir: lo peor ha pasado ya. El despliegue fotográfico de la edición muestra que se dejó retratar a todo lo largo de su vida. Quizás lo disfrutara. Pero no hay exhibicionismo, ni posturas forzadas. Hay un estar entera, un aquí-estoy-y-no-más. Permitía que la retrataran pero no hablaba de sí misma. Como si le dijera al mundo: estoy en las variaciones de este rostro y en los hilos de cada uno de mis versos.
Wislawa Szymborska
Casi veinte años de diferencia había entre el padre y la madre de la poeta. Wincenty era un respetado administrador, apasionado de la política, antisemita, hombre honorable que vivió de prestar sus servicios a la aristocracia. La madre se desempeñaba como oficinista. Nació el 2 de julio de 1923 con el nombre de Maria Wislawa Anna. Tenía una hermana mayor. Gozaba de ciertos privilegios: nació en una familia ilustrada, tuvo niñera, vivía en una casa rodeada de árboles, hizo su primer curso escolar en casa. Tenía 8 o 9 años cuando Wincenty le propuso un trato: le daría unas monedas por cada poema que escribiera, siempre que fuese alegre. El padre le leía cuentos, le mostraba mapas, paseaba con ella y contestaba a sus preguntas. Tenía 13 años cuando su padre falleció súbitamente de un infarto. En adelante, las cosas no serían tan benévolas como hasta entonces.

Leía. Asistía a sesiones de cine. Paseaba con las amigas. Su elegancia parecía congénita. En 1935 ingresó en un instituto regentado por ursulinas. Ese vínculo diario con la religión no le impidió formular sus dudas y, con el tiempo, elaborar una “ética laica” de amor por las personas y por la naturaleza. Cuando llegó la guerra la escuela no pudo seguir funcionando. Con la hermana y la madre procuraban mantenerse a flote: vendían tortas, pero también muebles, cuadros y otros enseres. En 1943 ingresó a trabajar como oficinista de la empresa de ferrocarriles. Se hace habitual de los grupos culturales: entonces ya no se conforma con escribir cancioncillas: la poesía ha ingresado en su radar. En enero de 1945 asiste un recital en el que, entre otros, participó Czeslaw Milosz y donde un actor leyó poemas de Stanislaw Jerzy Lec. En marzo, en “Lucha”, suplemento semanal de un diario recién creado, Szymborska publicó por primera vez un poema. Adam Wlodek, que sería su primer esposo, aglutinaba a su alrededor a los jóvenes poetas. Iban de una revista a otra. En “El faro de Cracovia” aparecieron sus primeras reseñas teatrales: se desempeñaba como secretaria de redacción. Dicen las autoras que ya entonces puede percibirse la tonalidad que es el sello de sus reseñas de libros (publicados con el título de Lecturas no obligatorias).

Nelson Rivera
@nelsonriverap

jueves, 16 de junio de 2016

Escribir es decir "yo"


Lacrónica es, por el momento, el último libro del prolífico autor argentino Martín Caparrós. Lacrónica es, a su vez, muchas cosas más: un manual sobre el género, una autobiografía, un libro de viajes, una antología; pero también es un libro sobre el periodismo y la literatura actual –sobre sus límites difusos–, sobre aquello que llamamos realidad y aquello que transformamos con nuestro ojo al ponerlo en palabras, la ficción y la no-ficción: es un libro sobre la escritura.
Lacrónica
Como la objetividad no existe, y Caparrós se encarga en reiteradas oportunidades de subrayarlo a la hora de hablar de periodismo, Lacrónica –así, con artículo y sustantivo unidos en una sola palabra– es su acercamiento al género; es la crónica según Martín Caparrós. Allí, el autor confiesa que le gusta pensar a lacrónica como “un texto periodístico que se ocupa de lo que no es noticia”. Y dice más: “Por definición lacrónica cuenta el presente: no puede sino contar el presente –o un pasado hecho presente por el hecho de contarlo. Y a muchos les interesa releer lo que ven todos los días. Para eso sirven, entre tantas otras cosas, los relatos: para re-ver, para mirar de otra manera aquello que estamos acostumbrados a mirar”. Y más aún: “La crónica es una forma de pararse frente a la información y su política del mundo: una manera de decir el mundo también puede ser otro. La crónica es política”. Y agregamos: la escritura, toda escritura, es política.
Hay, para Caparrós, una forma de la escritura que construye la crónica que es eminentemente política. Problemas de la mirada, cuestión de óptica: o política de la mirada u óptica política –la del cronista. “Mi cronista, por supuesto, es una construcción, pero una construcción no muy explícita: aparece en su mirada, en sus observaciones (…) me he pasado la vida diciendo que el peor error que puedo imaginar consistiría en creer que escribir en primera persona equivale a escribir sobre la primera persona: ésos que empiezan sus historias diciendo cuando yo, yo sé, yo estuve ahí (…) Cuando el cronista empieza a hablar más de sí que de lo que lo rodea deja de ser interesante (...) El cronista se construye en lo que cuenta –que es, sin duda, lo que cuenta”. Como sostiene Caparrós, “la forma más rotunda de decir yo es escribir”, por esta razón la crónica es política, porque el cronista asume su relato, se hace cargo de él, se muestra diciendo, escribiendo.
La otra obsesión del autor argentino sobre la cual vuelve en más de una oportunidad a lo largo del libro es el tono, pues piensa que hay que saber encontrarlo en la crónica: “Un día, de pronto, el sujeto descubre que ya tiene una lengua”, dice Caparrós. Antes decía: “Hacerse de una voz: encontrar formas de la voz que se hagan propias”. Para conseguirlo hay que aprender, y aprender es imitar, por tanto hay que leer todo cuanto se pueda, ya que las palabras son la materia prima del cronista. En este punto, Caparrós distingue las primeras palabras de las segundas. En periodismo, dice, por algún defecto del oficio, por un mandato o un mito, se suele trabajar siempre con las segundas palabras: “(…) el periodista piensa llegó y escribe arribó, piensa pájaro y escribe ave, piensa subió y escribe ascendió (…) piensa piensa y escribe reflexiona (…) Esa prosa hecha de segundas palabras es el jarrón de loza imitación porcelana con flores chinísimas de plástico: el kitsch en todo su esplendor, su sombra”. El cronista se define; Caparrós afirma: “Me gustan tanto las primeras palabras. Las veo nobles, tan decentes, tan brutas”. Así, el tono es el carácter de la prosa y “Lacrónica es la forma de relato real donde la prosa pesa más. Lacrónica está hecha de su prosa y, al construirla, construye una herramienta contra la trampa más común de los periódicos”.
A lo largo de las páginas, mientras ensaya distintas ideas sobre lacrónica, el autor repasa sus viajes, y con ellos actualiza sus crónicas: así, nos lleva de la selva boliviana a las playas de Sri Lanka; de los bombardeos de Belgrado a Hong Kong; de La Habana a Colombia; de Kishinau a Níger. En el medio, las reflexiones en torno a lacrónica, el repaso por muchos de sus mejores libros, su fanatismo por Boca Juniors, el cruce con el dictador Videla, las entrevistas a Juan Rulfo y a Ryszard  Kapuściński –la entrevista como género: “(…) esa situación inverosímil donde un dizque periodista puede preguntarle a un desconocido cositas que no se atrevería a preguntarle a su mejor amigo (…) dos personas simulan un diálogo que no circula entre ellos dos. Hablan como si se hablaran, intensos concentrados, pero no: los que se hablan son, en principio, el dinero y el público”.
Finalmente, Lacrónica es también un homenaje al maestro Tomás Eloy Martínez. El libro cierra con una dedicatoria al autor de Lugar común la muerte. Antes de cerrar el volumen, Caparrós evoca a Martínez, quien alguna vez escribió: “Todo texto es fatalmente autobiográfico, pero las columnas de prensa no tienen por qué convertirse en un confesionario. Si traiciono esa ley de hierro es porque no me perdonaría jamás seguir adelante sin decir todo lo que le debo”.

Ezequiel Gusmeroti

martes, 14 de junio de 2016

Tomás Sánchez Bellochio: “La familia es un mundo en miniatura”


El autor de Familias de cereal comenzó su andadura por el mundo de las letras como muchos escritores: leyendo un cuento a los siete años de edad frente a sus compañeros de clase. Hasta ese momento había sido un niño que le gustaba leer; luego se convirtió en uno al que le gustaba escribir. Pero no confirmó su vocación hasta que no completó su primer libro, que la colección de cuentos que la editorial Candaya trajo a las librerías hace unos meses. Sí, ya había publicado relatos en revistas como El Malpensante y Literofilia y su relato “Interrupción del servicio” forma parte de la antología Emergencias, doce cuentos iberoamericanos que sacó en 2013 el mismo sello catalán, pero la noción de trabajo terminado apenas cambia las cosas. “Es extraño lo de ‘ser escritor’, porque no vivo de eso”, explica: “no trabajo como escritor, pero es mucho más que un hobby, y me identifica mucho más que cualquier trabajo que me haya dado de comer. Tampoco soy más escritor que antes porque ahora publiqué un libro”.
Tomás Sánchez Bellocchio
Foto: Delfina Sánchez Novas
Nacido en Buenos Aires en el año 1981, Tomás Sánchez Bellocchio es publicista y guionista y vive entre las ciudades de México, Buenos Aires y Barcelona. Ahora está trabajando en un libro de cuentos sobre Argentina. Aquí entre de lleno en la política y juega con los géneros de la ciencia ficción, lo fantástico y lo policial, entre otros. Pero también adelanta una novela, que era un cuento de Familias de cereal que fue creciendo hasta reclamar su propio espacio literario.

– Como la infancia, la familia es el territorio de nuestros primeros miedos: ¿Qué te permite el motivo de las relaciones que no te termite ningún otro en la narrativa?
– Me cuesta pensarlo desde la negativa o la contraposición. ¿Qué narrativa existe que no sea de “relaciones”? A mí se me hace fácil hablar del mundo desde la perspectiva de la familia. La familia es la puerta. Pero yo no empecé escribiendo este libro pensando en la familia. Si le damos vuelta: estos cuentos hablan de todo. Del dinero, de la tecnología, de la muerte, de las mascotas, de la obesidad, de la violencia, de la brecha social. Una vez que tuve varios cuentos listos entendí que lo que les daba unidad era justamente la familia.

– ¿Piensas que es la familia un lugar desde donde la literatura puede entender el mundo?
– La familia es un mundo en miniatura, cerrado, con su orden y sus reglas, y puede servir como metáfora de casi todo. Puede ser puerta a cualquier tema del mundo.

– Trabajas como publicista y me gustaría saber cómo esa profesión ha influido tu obra, visto que justamente el cuento que titula la colección trata de esta actividad y que luego es aludida en otros.
– Empecé a ver la serie de televisión Mad Men hace poco. En un claro homenaje a Cheever, varios de los publicistas coquetean con la literatura, escriben cuentos, publican en revistas. Grandes escritores han trabajado en agencias de publicidad. Además de Cheever, Fogwill, por ejemplo. Es un trabajo que generalmente va con la sensibilidad de un escritor. Ha influido en mi manera de trabajar con imágenes, en la nitidez de la prosa, en la búsqueda de ideas contrastantes, en el ejercicio mental constante de romper con el lugar común.

– La tecnología es un motivo frecuente en tus relatos y me pregunto si para ti funciona como alegoría de una forma de existir en el mundo.
– La tecnología puede ser tanto un inodoro como una nave espacial, dependiendo del contexto y el género. Yo me puse a explorar narrativamente la revolución digital de los últimos años. Me interesa menos como “forma” y más como “tema” o “metáfora”. Me parece poco relevante poner un chat o e-mails en un cuento. En ese sentido soy más clásico. En cambio, me parece potente la imagen de un disco duro como la memoria de un hijo muerto o pensar la nube como una especie de conciencia ubicua.

– ¿Qué es lo que te gusta de la práctica del género del cuento?
– Me gusta la tensión del juego que existe entre crear un mundo y la brevedad.

– En alguna entrevista has dicho que tus cuentos están escritos en la intersección de dos vías, la de los temas del mundo y del la inconsciente.¿De dónde nace el cuento? ¿De la preocupación por algún tema o de las imágenes oníricas?
– El cuento nace de una imagen o escena, que no necesariamente es onírica o irracional. Pero esa imagen o escena, muchas veces, aparece cuando uno le está dando vueltas a un tema. Es como el lado oscuro o no verbal del tema. Su solución narrativa. Con otros cuentos, es al revés. Me viene a la cabeza una imagen y después, cuando quiero saber de qué se trata, me pongo a buscar el tema.

– ¿Quiénes son tus autores favoritos y quiénes te inspiran en la escritura de narrativa breve?
– Además de los obvios, como Borges, Cortázar, Cheever, Carver, me gustan mucho Felisberto Hernández, Fogwill, Andrés Caicedo, George Saunders, Fabio Morábito, Grace Paley, Denis Johnson, Di Benedetto. Me inspiran aquellos que admiro por la forma original de resolver un problema o porque me hacen ver cosas que antes no sabía que se podían hacer. Un ejemplo: el cuento “Amor” de Clarice Lispector. Es el relato de un viaje en tranvía de una ama de casa, en el que no pasa absolutamente nada, y es uno de los más intensos que he leído jamás.

– ¿Cómo te diste cuenta que querías ser escritor?
– De algún modo, siempre escribí. Es una especie de pulsión sostenida en el tiempo y que de a poco fue ganando espacio.

@michiroche



miércoles, 8 de junio de 2016

Lo divino femenino y su conquista


Como productora de modelos de la vida diaria, la mitología está tan vigente hoy como en la antigüedad. Puede que Dios esté muerto, como decía el filósofo alemán Friedrich Nietzsche, pero las diosas están más vivas que nunca. Así lo demuestra la reciente publicación de Diosas: El misterio de lo divino femenino, obra preparada en 2013 por la académica Safron Rossi a partir de una veintena de conferencias que dictó Joseph Campbell durante la década de los años ochenta en simposios a lo largo de Estados Unidos y que la editorial independiente Acantilado publicó hace unos meses en castellano con una traducción hecha por Cristina Serna. En esa publicación se descubre que al especialista en religiones comparadas no sólo le interesaban los hombres deificados que protagonizaban las aventuras de iluminación mística que aparecen en El héroe de las mil caras, sino también las manifestaciones simbólicas de lo femenino.
Diosas
Uno de los logros del libro es que desentraña el motivo de la subyugación del numen femenino al masculino en ciertos sistemas religiosos de la antigüedad, a partir de la diferenciación de los dos órdenes principales de la mitología primitiva. En uno se encuentran los pueblos agrícolas, por eso se le asocia a la diosa de la naturaleza. Por el otro se encuentran el orden de los dioses masculinos que adoran los pueblos nómadas, patriarcales y, a veces, militarizados. “La tendencia general cuando los pueblos guerreros llegaban a un nuevo territorio era que sus dioses indoeuropeos se casaran con las deidades femeninas locales. Ésa es una de las razones por las que Zeus tuvo tantas aventuras”, escribe mitólogo nacido en 1904.
Como en sus otros libros, en Diosas se aprecia que el fundamento del interés académico de Campbell se encuentra en la noción de que el mito es una herramienta que busca ponernos en sintonía con nosotros mismos, nuestra comunidad y el entorno. En el caso de lo femenino, esa construcción de la empatía se realiza a partir de alegorías tanto del nacimiento material como del espiritual. Por eso, los mejores pasajes del libro son cuando formula problemas a partir del judaísmo y el cristianismo, religiones monoteístas que interpretaron de forma literal lo que eran alegorías de la energía para las culturas paganas, despreciando el valor simbólico de los mitos que es aquello que permite a la gente relacionarse metafísicamente con su entorno. “Si uno piensa que el centro del mundo es el centro de su mundo cultual particular, se pone a sí mismo en relación no con el misterio espiritual, sino tan solo con su propia tradición”, dice. Las religiones, parece decirnos Campbell, no han hecho más que validar culturas que sirven a intereses que nunca están claros para quienes las practican.

@michiroche
Michelle Roche Rodríguez


Nota: Una versión de esta reseña apareció en la revista española Buensalvaje de febrero-marzo.