jueves, 30 de junio de 2016

Madame Kalalú: la danza que parece, el baile que es


Madame Kalalú, la novela más reciente de Juan Carlos Méndez Guédez, es el balance perfecto entre el ser y el parecer, lo estático y el movimiento. Su protagonista, Emma, ostenta múltiples identidades. No se trata de un capricho, es parte de su oficio. Se dedica a robar belleza, a complacer el deseo de ojos ávidos de lo sublime, a hacer justicia ubicando lo estéticamente perfecto ante quien lo ama, lo anhela, lo merece. Decir que es ladrona y traficante de arte no sería justo. Emma es casi tan artista como los autores de las maravillas de las que se apodera. Porque sólo un artista puede sustraer trazando para ello estrategias que en sí mismas son historias. Cada acción demanda personajes que se mueven en una trama escrita por ella. De allí su colección de nombres, de fisonomías, de nacionalidades, de estados civiles, de acentos y de ocupaciones.
Los miembros de su equipo son figurantes en estas situaciones. También se transforman, también mutan, también danzan en una puesta en escena que mezcla coreografías, actos, entradas y salidas, parlamentos. Es así como Emma va haciendo una fortuna y se convierte en una especie de undercover art dealer.
El personaje disfruta de cada incursión y de los resultados: le alivia saber que un cuadro de Reverón acabará en manos de quien alcanza el éxtasis al mirarlo o que una gargantilla de Verdura lucirá en un cuello sensible a lo prodigioso. Las aventuras suceden alrededor del planeta, la geografía no es un límite, es más bien un elemento que funciona de dos maneras: por una parte alberga los objetos de deseo, por otra se convierte en capa que protege a la maga: las estelas de los aviones la hacen desaparecer.
¿Cómo conocemos hazañas?
El azar, en apariencia, entra en los engranajes de sus planes y detiene la maquinaria. Emma es acusada de un delito y detenida por las autoridades del país en el que se encuentra. Uno de sus vestidos de labor fue víctima de una trampa. Alguien quiere vengarse de uno de sus nombres.
El Baile de Madame Kalalú



Madame Kalalú, un sobrenombre que recibe Emma en el cole, decide otorgar al personaje que interpreta un matiz de urgencia: un arrebato de locura aparentemente transitoria y luego crónica, le ofrece el tiempo detenido que necesita para reacomodar un sistema que hasta entonces había funcionado con la precisión de los costosísimos relojes que seguramente robó en más de una ocasión. El tiempo muerto lo concede la reclusión en un manicomio. Encerrada allí se encuentra con la interlocutora perfecta: una monja pirómana que está en coma. Alguien que no va a revelar una palabra de lo que se hable, una escucha que nunca la va a juzgar. De este modo se establece un soliloquio en el que lo estático (dado por el encierro) y el movimiento (en el discurso del personaje) comparten espacio y se complementan.
El ser y el parecer quedan patentes nos sólo en las situaciones que rodean a los robos, sino también se presentan en el uso de falsificaciones para alcanzar los objetivos reales. El autor deja algunas pistas llenas de simbolismo: Don Quijote aparece con sus dos versiones, la obra reconocida por alusión directa y la pretendida en un par de guiños. Méndez Guédez vuelve a demostrar su ingente capacidad de escribir y contar historias que no sólo seducen al lector sino que lo obligan a ser parte de lo contado. Tan prolífico como sesudo, con un sentido de la plasticidad y un manejo del humor que envuelven y llenan de goce a quien pasee por sus líneas.
Autor de trabajos impecables, Méndez Guédez parece tener algo que Madame Kalalú siempre quiso para sí: el secreto para convocar la más asombrosa belleza con solo posar sobre la literatura las yemas de sus dedos.

@LenaYau

martes, 28 de junio de 2016

Juan Carlos Méndez Guédez: “La mezcla es un modo sustancial del vivir”


Lo que guía la escritura de Juan Carlos Méndez Guédez es la necesidad de colocar en la pantalla del ordenador las voces que retumban en su cabeza con la promesa de una historia. “Sólo percibo la necesidad del relato, algo en mí quiere hacerse relato. Algo que es encadenamiento de anécdotas, aparición de personajes, piezas de una estructura que debe ser muy pensada y muy precisa. Algo que es un juego que me resulta apasionante. Jugar, jugar. Escribir como si fuese otros”, explica. La vocación lúdica es la marca del tropo crucial que ha dado su narrativa en le último lustro. De un registro intimista, romántico, poblado de seres que caminaban entre la vida mediocre y la ternura ha pasado ahora a las novelas de la risa amarga. El cariño entrañable se convirtió en ironía, pero la bondad y la virtud, como en las fábulas que contaba Esopo, al final sin recompensadas. Y esta manera de ver el mundo y la literatura lo ha colocado en una vorágine productiva que lo ha puesto a publicar casi un libro al año.
Juan Carlos Méndez Guédez
El escritor nacido en la ciudad venezolana de Barquisimeto en el año 1967 no solo se encuentra en un momento de fecunda producción, sino que su trabajo comienza a reconocerse fuera de las fronteras del idioma castellano. En los últimos tres años, varias obras suyas han sido traducidas al gallego y al francés. En el primer idioma con su libro para niños, El Abuelo de Zulaimar. Esta misma publicación y otras cuatro pueden leerse en francés: Ideogramas, Las siete fuentes, Chulapos mambo (titulado Mabo canaille) y Tal vez la lluvia. Y las buenas noticias no cesan. Con la obra ganó el premio a los Mejores de 2016 del Banco del Libro de Venezuela. Sus libros más recientes son Los Maletines y El Baile de madame Kalalú, ambos editados por el sello Siruela. En octubre aparecerá su nuevo libro de relatos, La noche y yo, en Páginas de Espuma.

– ¿Por qué has migrado a la novela policial en tus dos últimos libros?
– No son policiales. Aparecen policías como escenario de fondo. En ellas suceden temas vinculados al crimen, pero el peso del libro no reposa en la investigación que se hace alrededor del delito. Son novelas por la mixtura de ingredientes de picaresca, algo de novela cómica, algo de cuento de hadas, algo de thriller, algo de novela pastoril, algo de novela de aventuras y de novela negra. Para mí la mezcla es un modo sustancial del vivir. Me interesa probar sabores, combinarlos, alterarlos, fusionarlos. Y la novela, desde que Cervantes hizo de ella un objeto estético peculiar, acepta esas combinaciones con naturalidad. Lo que sí es cierto es que el crimen ha entrado en mis libros. En ambos casos como una suerte de venganza poética contra el poder. Los protagonistas de mis dos historias, desembocan en el delito porque están rodeados de un mundo áspero, delictivo, cruel, cínico. Así que antes de ser aplastados por ese mundo, ellos se defienden con las herramientas de su inteligencia. En ese sentido, quizá sí serían libros propios de una neo-picaresca del siglo XXI. Una reivindicación de la individualidad y del derecho que tiene la persona de defenderse de quienes en nombre de un supuesto bien colectivo intentan aplastarlo y rendirlo.

– ¿Qué conflictos representó el trabajo con la protagonista de Madame Kalalú, una mujer que trabaja en el elitesco mundo del arte?
– Ya he escrito desde la mirada de una mujer en libros anteriores, como Árbol de luna y Arena negra. Mi infancia fue la proximidad de mi madre, mis tías, mis primas. Fui testigo privilegiado de esos mundos donde los hombres podían ser el abandono, el silencio, la irresponsabilidad, el desapego a los hijos y a los afectos. Esos modos de ver y de hablar que ellas poseían, me son próximos. La dificultad inicial de esta novela era conocer el mundo de los ladrones de joyas y obras de arte y eso fue una investigación muy divertida. Encontré robos muy ingeniosos que le asigné a mi personaje; encontré ladrones con comportamientos entrañables, como uno que en limpió por completo a Johnny Weismuller, pero que le regresó una de sus medallas olímpicas. También hubo personas que me ayudaron a conocer cierto tipo de joyas o de joyeros famosos. Es un mundo lleno de una belleza sutil que alguien como yo, que creció en un barrio humilde y peligroso, desconocía por entero e incluso despreciaba. Me gustó entender que la belleza siempre está esperando por el sosiego de los ojos que la miran.

El leit motiv aquí es la justicia poética: el arte como venganza y regeneración de la mediocridad.
– La literatura tiene algo de venganza: contra el olvido, el abandono o la fealdad. Estaría bien pensar que se escribe sólo guiado por sentimientos positivos, por estímulos creativos vinculados a la belleza, al afecto, a lo estético, a lo humorístico. Pero en efecto también hay un componente de venganza. Escribes para vengarte de la desmemoria, de los desencuentros. En efecto, la protagonista ama la belleza, pero socialmente la han colocado en un lugar donde no puede acceder a ella, así que decide apropiarse de un modo radical de lo que forma parte de su deseo. Ella no tiene la voluntad de resignarse al papel que el mundo le asigna. Para la protagonista de mi novela es importante rodearse de la belleza; así, la escritura y las películas y los cuadros y las joyas son belleza que ella coloca como un círculo de esplendor que la protege de sus propios desgarramientos de infancia; ella es hija de un esquizofrénico, y hay en esa parte de la historia un tema doloroso, una deuda del pasado.

– ¿Qué ventajas tuvo escribir una novela desde la perspectiva de la mujer?
– La protagonista de El baile de madame Kalalú y de otras de mis historias se parecen a algunas de esas mujeres o a mujeres que he conocido luego y que no están dispuestas a ser una Penélope que espera el retorno de su Ulises. Mujeres con humor, chispeantes, tomadas por una profunda visión irónica sobre la vida. Así que esa conexión despertaba en mí una profunda simpatía y lo cierto es que en mi caso sólo soy capaz de avanzar con un personaje si de algún modo le tengo afecto.

– El discurso sobre el cuerpo femenino es interesante, por decir lo menos, en la narradora.
– En tanto persona que escribe novelas, cada vez me cuesta más pensar en términos de representatividad o de identidades colectivas.  Me interesan las obras que hablan de personajes singulares. La huella social está en cada uno de ellos, pero lo que me apasiona al escribir es ese desvío, ese quiebre, esa palabra que no se espera y que aparece por sorpresa. La intención no es hacerla representar algo, sino que sea algo. Muy probablemente la protagonista de mi novela, al ser una mujer del Caribe, tenga un modo concreto de sentir su cuerpo como una amenaza y como una posibilidad festiva. Es posible que tenga un modo de bailar la vida, de amar, de odiar, de entender las relaciones sociales, amorosas. En ella hay ese exceso delicioso que reflejan los boleros, las telenovelas, las fiestas. Pero, hablando de lo corporal, algo que puede subrayarse en ella es su modo de mirar al hombre como una figura que baila; una contemplación realizada con ironía, con ternura, con deseo, con rabia. De allí que ella realice una clasificación de los tipos de hombre según su manera de bailar.


Michelle Roche Rodríguez
@michiroche


martes, 21 de junio de 2016

Las realidades probables y posibles de Martín Caparrós

Dice Martín Caparrós que si hubiera podido escoger, le hubiera gustado nacer mujer. Una femme fatale, aclara: “una de esas que saben que tienen el poder de hacer que sucedan cosas con su belleza. Me gustaría saber cómo es eso de usar el cuerpo de una manera eficaz”.
Habla una tarde cualquiera de las que se suceden vertiginosas en la feria Internacional del Libro de Guadalajara, evento anual al cual asiste con regularidad, porque siempre tiene un libro recién editado que presentar. Quizá lo dice porque es su humor en ese momento, o quizá en el fondo sí le hubiera gustado ser algo muy diferente a lo que es: alguien que no estuviera obsesionado, como está él desde los seis años, con contar historias.
Dice también que le hubiera gustado vivir en la época de la República romana. Y luego se da cuenta:
Martín Caparrós
– “Ah, pero eso es una trampa, ¿no? Uno siempre se piensa a sí mismo dentro de cierto círculo social interesante de la época que le gusta porque esos son los que se conocen o se estudian. Cuando pienso en la época de Julio César yo me imagino como alguien que se trabaja cerca de Julio César y en general uno vive en su época en un sitio mucho más modesto.
Así que no añade más nada, porque no está muy seguro si de verdad le gustaría vivir en aquella época dorada de la antigüedad como un hombre desconocido. Porque Martín Caparrós habla desde su condición de escritor. De incansable contador de historias. Porque le gustaba escucharlas, en la universidad se licenció en la carrera de Historia en París. Lo otro, dice, lo de escribir “no es nada que no se adquiera leyendo un poco, nada muy misterioso”.
Y he aquí que en apenas trecientas palabras, el autor nacido en Buenos Aires en el año 1957 ha contado tres historias: la Martina que sabe usar el cuerpo, la de un cronista de la vida de la República romana y la del hombre que estudió historia, pero construyó su vida contando ficciones. Porque como leerle, hablar con el autor de Comí, El Hambre y Los Living –por sólo nombrar tres obras suyas publicadas en los últimos tres años–, es un viaje por las historias probables y las posibles. Porque dice que no quiere seguir escribiendo, pero nunca termina de dedicarse a lo que dice que de verdad quiere hacer: el zapateo latinoamericano.
 “Por un lado me da un poco de pereza reportear y por el otro también me da un poco de pereza escribir novelas clásicas o tradicionales para ser publicadas como libros de trescientas páginas”, dice el escritor de Lacrónica, un volumen donde mezcla sus memorias en el oficio periodístico con sus ideas sobre un género que desde hace una década está entre los principales de la literatura latinoamericana, la crónica. No le creemos, porque al ganador de los premios Planeta Latinoamérica, Rey de España y de la beca Guggenheim, le interesan tanto la narrativa de ficción como la periodística. “Ambos y me atraen de la misma manera, pero en distintas situaciones prefiero uno u otro. Cada tema que se me ocurre, ya incluye la forma en la que voy a tratar de mostrarlo”.
 Puntualiza que no es el momento de la crónica,  sino de su prestigio, “de su consideración”; luego explica: “Tiene un éxito importante que no se traduce en una circulación representada en los medios periodísticos, por eso salen muchos libros, porque hemos aceptado que debemos refugiarnos allí en la medida en que los medios siguen teniendo miedo a publicar nada que dure más de dos mil caracteres”.
No responsabiliza a la revolución multimedia de la crisis de la prensa escrita. Dice que ha sido culpa nuestra que la supuesta revolución de la informática llegara hasta estas alturas porque hemos intentado competir contra los medios masivos sin aprovechar la única arma eficaz que tenemos: la buena escritura. Porque hay cosas que un texto puede hacer y la imagen no. “Estamos en un momento de consideración cuya debilidad se muestra por el hecho de que la mayor parte de lo bueno que se escribe se publica en libros y también en unas pocas revistas que siguen siendo relativamente marginales”.

@michiroche