martes, 31 de mayo de 2016

Ciudadanos de un país llamado Cadenas

 Fue Manuel Rico quien se refirió al escritor venezolano como un lugar, que no es precisamente esa nación golpeada de su nacimiento a la que Rafael Cadenas ha dejado de llamar “patria”. “Entenderán por qué ya no uso esa palabra”, dijo, casi haciendo un guiño, el creador de “Derrota”, el poema de 1963 que ha venido a convertirse en un símbolo del estoicismo de sus compatriotas frente a la decadencia social y moral del una vez boyante país petrolero. La ocasión era un homenaje al autor nacido en Barquisimeto en 1930 que está en España para recibir el Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca.
Rafael Cadenas
Foto: Cortesía Casa de América
Además de Rico, en el evento participaron Jordi Doce, Álvaro Valverde y Antonio López Ortega. Marina Gasparini Lagrange fungió de presentadora. Al final de la jornada, Cadenas dio un recital donde leyó de su más reciente poemario,
En torno a Basho y otros asuntos (Pretextos, 2016).
“Predicaba en el fondo morir
antes de la hora fijada por el hado,
acaso para ser más viviente”, escribe en “A un querido emperador”, uno de los poemas contenidos en este libro, en el cual, al decir de Jordi Doce, Cadenas trasciende la posibilidad de hacer de la poesía una herramienta de cambio social.

Maestro, le dicen. “El poeta moderno habla desde la inseguridad”, dijo Doce al principio de su intervención. Se refería al “musitar en el que Cadenas cifra su escritura”. Lo mismo le dijo el poeta homenajeado a Antonio López Ortega en una entrevista imaginada, un diálogo desde sus breves intervenciones públicas. “[El poeta] no tiene más asidero que la vida”, dice el hombre para quien “los días del humanismo están contados”. 
El venezolano llamado por sus compatriotas el “poeta del silencio” ha construido toda su obra desde la incertidumbre y la perplejidad y es justamente por esa razón que en la última década ha sido sujeto de varios homenajes fuera de Venezuela. Ya había hecho canon en la literatura de su país, pero ahora abre los caminos líricos fuera de sus fronteras.
Álvaro Valverde propuso llamarle “maestro” porque ese es el título de “mérito relevante alguien con maestría”, la deferencia que se le hace a un artista fundamental. A un hombre de letras íntegro. A Cadenas no le gustan esas cosas, así que cabeceaba desde su asiento en la primera fila de la sala Gabriela Mistral, ubicada en la Casa de América, donde sucedía el homenaje. “El poeta no es una persona real”, dijo Valverde: “sino una figura del lenguaje”. (Y esto sí que le gustó a Cadenas). Se refería Valverde al hombre hecho por el oficio, a la manera tácita en la que Cadenas construye para sus lectores el lugar donde puedan establecer el punto ciego para mirar sus vidas.
Manuel Rico cerró el homenaje haciendo un corto recorrido por la obra de Cadenas como un camino pausado, pero sin descanso, hasta el asentamiento en una “escritura austera”. Es esa manera de habitar la sencillez que el poeta nacido en Madrid toma en cuenta como una prueba de civilidad, un necesidad para los tiempos que corren. La gran lección de la poesía del quien en su texto más célebre declara: “perdí el hilo del discurso que se ejecutaba en mí y no he podido encontrarlo”.

Michelle Roche Rodríguez
@michiroche
  

jueves, 26 de mayo de 2016

Vida en familia

La visión siniestra sobre las relaciones de parentesco que presenta Tomás Sánchez Bellocchio en su primera obra desgrana el ciclo de la vida desde sus momentos más difíciles hasta los más íntimos. Familias de cereal obliga a leer en primera persona del plural, porque parece hablar no desde un modelo idealizado de familia, sino desde las imposturas en esas relaciones que nos negamos a admitir. Los doce cuentos del libro están repletos de vínculos que se disuelven, vistos en infancias que se alejan y momentos de reflexión sobre la madurez o la vejez, pero también están llenos de como imágenes de la intimidad incómoda, en especial la que establece la finitud del cuerpo desde el prospecto de la muerte o de la enfermedad. El primer caso es el del relato que da título al libro, donde un adolescente intenta detener el final del matrimonio de sus padres convirtiéndolos en protagonistas de comerciales que él mismo graba. El segundo está en “Historia de la caca”, en el cual una ida al baño muestra el universo de la enfermedad y la sensación de “estar muerto, con un trampolín directo a [las] consciencias” de sus allegados.
Familias de cereal
Donde la obra del autor que se gana la vida como publicista es más sólida es en el uso que hace de la revolución informática como lenguaje de una nueva manera de percibir el mundo. El título “Disco rígido” se refiere a una inquietante traducción de hard disc, la unidad dentro de las computadoras que guarda cantidades enormes de datos y permite un acceso rápido a estos, en un cuento donde un padre intenta rescatar los pensamientos y los recuerdos de su hijo muerto atesorados en el aparato. No es allí el único lugar donde Sánchez Bellocchio establece metáforas desde la informática. En el cuento que cierra el volumen, la relación entre el mundo digital y el real es evidente cuando el narrador intenta hacer que a cuatro ancianas comprendan la utilidad de las redes sociales y de los mecanismos de intercambio de datos a gran velocidad. “Quizá la nube fue lo más difícil de explicar”, escribe el autor nacido en Buenos Aires en 1981, en el relato “La nube y las muertas”: “Yo usaba palabras como redundancia y ubicuidad sin haber comprendido su significado”. Se trata de una bella metáfora sobre el legado que deja cada persona al morir. La nube es la palabra coloquial que usamos para nombrar la forma de computación en línea que en el último lustro se ha impuesto como mecanismo universal de intercambio de datos porque provee recursos para el procesamiento y el reparto de información donde los datos no están en un aparato particular sino que se puede acceder a ellos desde cualquier plataforma. Es una revolución electrónica donde el cacharro tecnológico es lo menos importante. Designa una nueva forma de pertenecer a la vida donde ya ni siquiera un aparato es suficiente para contener toda nuestra información. “No está ni arriba, ni abajo, sino en todas partes. Tampoco tiene forma de nube porque en realidad asimila y se apropia de todas lasa formas”. La metáfora que usa Sánchez Bellocchio es perfecta: No importan nuestros cuerpos porque somos los que somos por nuestros pensamientos, recuerdos e ideas. Nos construye nuestra mentalidad. “No hay lluvia posible que arrase con el pasado, no hay derecho a olvidar ni a ser olvidado”, escribe en el cuento que cierra el volumen: “Persisten sus perfiles, sus álbumes, sus correos, sus conversaciones, el historial de sus búsquedas, los mapas que visitaron, el oscuro algoritmo de sus preferencias”. Así Familias de Cereal, que comenzó construyendo parentescos desde lo consanguíneo, saca al lector de su cuerpo mostrándole una espiritualidad distinta a aquella que el cristianismo y otras religiones instalaron en el firmamento, entre las nubes; ilustra qué significa lo efímero de la memoria cuando esta ha dejado de ser transitoria.

Michelle Roche Rodríguez
@michiroche



miércoles, 25 de mayo de 2016

Alice Miller: el drama de una superviviente


Descarnado. La palabra es ‘descarnado’. Martín Miller, rara vez apela al uso de algún eufemismo. Es lo que uno intuye. Su lógica, la exigencia que se impuso a sí mismo, es la de la verdad. Su modo de entender la verdad profunda de la relación entre él y su madre. Una frase que encontré en un breve comentario, me estimuló a comprar este libro. Se decía allí que el texto de Miller contiene “verdades excesivas”. Extraña frase. O paradójica. O desesperada: que la verdad deba atenerse a una medida, porque al excederla, al sobrepasar la dosis permitida, ella podría resultar intolerable. O extrema. O indigesta. O agobiante.
Lo otra advertencia contenida en la misma reseña, decía que ciertas verdades, cuando hablan de la interioridad de una familia, quizás no deberían ventilarse más allá de ella. O ventilarse con el mayor escrúpulo (Chesterton escribió que la única manera de hablar de los demás, era tratarles como si fuesen la propia familia).
El auténtico "drama del niño dotado"
Confesaré aquí que hubo páginas donde cada palabra era como una punzada: el sicoterapeuta Martin Miller, hijo de Alice Miller (la autora de El drama del niño dotado y de El cuerpo nunca miente) narra su dolorosa lucha: la de entender por qué la relación con su madre fue, desde siempre, hostil y virulenta. Martin Miller es el hijo rechazado por su madre. Ya de adulto, el vínculo entre ambos alcanza una condición de irremediable. Durante muchos años, la comunicación entre ambos no solo queda rota, sino bajo una presunción todavía peor: el conocimiento por parte de Martin, de que su madre ha actuado para causarle daño y torpedear su actividad profesional. Habla de tortura corporal y espiritual. Tras muchos años de mutismo y resentimiento, Martin Miller decide investigar, comprender. Y es así como su búsqueda lo conduce hasta el período entre 1939 y 1945, los años en que su madre debió cambiar su identidad y forjarse una personalidad mineral, como único recurso para salvar su vida de la persecución de los nazis (“Hoy estoy convencido de que el motivo por el que Alice Miller no fue capaz de ser una madre cariñosa conmigo se encuentra en el trauma encapsulado de los años de persecución que vivió entre 1939 y 1945”).

El trauma de la sobreviviente

El auténtico ‘drama del niño dotado’. La tragedia de Alice Miller (Tusquets Editores, España, 2015) supera prohibiciones expresas o tácitas, como la de preguntar por los años de juventud de su madre, por el carácter de la relación entre sus padres o por la condición judía de la familia de Alice. El libro es revelador  y doloroso en todas sus esquinas. Martin descubre en su madre a una niña a quien resultaba asfixiante los dictados de su cultura familiar (la mayoría de sus miembros fueron masacrados en el gueto de Varsovia). Alicija nació en enero de 1923 y, desde muy pequeña, mostró un carácter marcado por la complejidad. Era inteligente y arrogante. Sus relaciones familiares, marcadas por las tensiones. No aprendía: tragaba el mundo a su alrededor. Fue una solitaria, que enumeraba largas listas de reproches a sus padres.
La falsa identidad que adoptó para salvar su vida, estableció las bases de una serie de imprecisiones o mentiras biográficas que fueron acumulándose a lo largo de su vida, y que ella nunca corrigió ni aclaró.  Martin Miller nos muestra a una madre que ocultaba su vida, que borraba los rastros de su biografía, que alimentaba los malentendidos, que sembraba falsas pistas, que además de cambiar su nombre se hizo bautizar en la religión católica. Eso le permitió escapar del gueto de Piotrkow; más adelante escapar de Varsovia; hasta que, tras muchos avatares se casó con Andreas Miller en 1945, católico, autoritario y antisemita, con quien se estableció en Suiza, lo que originó una pareja cargada de luchas y mutuos odios. El padre de Martin, también una persona que portaba el trauma de la guerra, era un hombre violento que golpeaba a su hijo. En 1974, tras separarse de su esposo y superar un cáncer, Alice Miller comenzó a escribir la trilogía que la haría mundialmente famosa, el hilo de su denuncia de la “pedagogía negra”.
El drama del niño dotado fue publicado en 1979 y tiene como tema el sufrimiento causado por la obligación de adaptarse al mundo, lo cual equivale a negarse a sí mismas (sobra señalar la corriente autobiográfica que contiene este texto). Al año siguiente circuló Por tu propio bien, en el que desmontaba las ideologías pedagógicas como fuente de padecimientos síquicos. En 1981, dio un paso más en la misma senda, con un tercer libro, “No debes darte cuenta”, que se introduce en un asunto verdaderamente espinoso: “el comportamiento dañino de la persona a la que no se permite advertir el sufrimiento que le han causado sus padres”.
Alice Miller
Por momentos, debo señalarlo aquí, sentí que el ensayo de Martin Miller bordeaba el abismo de la venganza: denunciar a la madre que tantos sufrimientos le causó. Pero, me parece, mi sensación es que logra ir más allá de eso. Logra establecer algunas reveladoras pistas de las dos caras de su madre, como cuando contrasta la ligereza y claridad de su pensamiento escrito (que es lo que le prodigó millones de lectores  sus libros), con el estado de tensión, agresividad e introversión que la apresaba en su vida cotidiana.

Martin Miller escribe: “El poder que tenían sobre ella los traumas de la guerra era enorme: en sus ojos yo me convertí en su acosador, en su agresor, en una figura de la segunda guerra mundial, y en su estado de ceguera mi madre se olvidó  de que yo era su hijo”. La memoria de Miller interesa no solo por quién fue su madre, sino también por la perspectiva que nos compete a todos, sobre el modo cómo la persecución de los nazis todavía sigue presente en el mundo.

Nelson Rivera
@nelsonriverap

martes, 24 de mayo de 2016

Juan Villoro: “Hay que defender la profundidad de la cultura de la letra”


 Una visita a Japón de Juan Villoro es una excusa para hablar de literatura. De sus influencias y de sus novelas. De Sergio Pitol. De la época en que el autor de El testigo vivía en Berlín como un autor desconocido. De los géneros en que le gusta escribir. En la conversación intervienen Kazunori Hamada, Gen Yamabe, Ryukichi Terao, Silvia Lidia González, Ulises Granados y Gregory Zambrano que ha prendido el grabador y construye en las líneas que siguen reflexión sobre el oficio narrativo del autor desde sus ideas sobre la cultura pop, los usos de la historia y, por supuesto, el México en que nació en 1956.

– Como escritor, ¿cómo se siente ante el desarrollo de nuevos medios que alimentan el concepto de la globalización?
Juan Villoro
Foto: Pedro Andrés
– Una de las paradojas modernas es que los medios escritos, para no quedarse atrás con respecto a la información en línea y a los medios virtuales, han tratado de imitar sus recursos y sus procedimientos; entonces la mayoría de los periódicos se parecen cada vez más en su diseño y en contenidos web. Tienen muchas imágenes y textos breves. Es un error grave pues están desconfiando de sus recursos, que son diferentes y que solo ellos pueden ejercer. El futuro de la cultura de la letra, en lo que toca al periodismo impreso, está en aprovechar lo que puede hacer este medio y no pueden hacer los demás medios, es decir, en reportajes largos, textos para ser leídos, en el manejo manual de las páginas. Todo esto te da un extra que nunca te va a poder dar el sitio web. Sin embargo, en este momento de desconcierto están tratando de imitar lo que se produce en línea. Otra paradoja es que la mayoría de los periódicos hechos en México viven de la publicidad en el formato impreso y no del servicio en línea, aunque tengan cada vez más lectores en línea. Entonces el servicio en línea aumenta la circulación pero no las ventas, y mientras esto no cambie será necesario el formato en papel. Esto hay que defenderlo haciendo buen periodismo, que se pueda aprovechar mejor en un formato impreso. Yo no tengo nada en contra de los formatos virtuales y gracias a Internet un escritor de América Latina puede ser leído en los lugares más disímbolos, pero hay que defender la profundidad de la cultura de la letra. 
– ¿Una novela puede ser una forma de defensa de la literatura? ¿Cómo funcionaría ésta en relación con la historia?
Disparo de Argón
– Me interesa la relación entre los sucesos reales, los que pasaron en el mundo de los hechos y su representación, es decir, cómo contamos nosotros lo real. Me viene del periodismo y de la crónica, pero también desde la historia. El tema central de la novela que se ocupa de la historia es plantearse la historia como un problema de conocimiento. Toda historia se cuenta de manera subjetiva; tiene distintas versiones, muchas veces contradictorias. El tipo de novela que me interesa –Respiración artificial de Ricardo Piglia, Santa Evita de Tomas Eloy Martínez, Conversación en la catedral de Mario Vargas Llosa, por ejemplo– es aquella que toma sucesos reales como un problema de conocimiento. No solo contamos lo que conocemos sino que investigamos misterios de la historia que nunca se van a poder conocer del todo. Allí está la puesta en tensión de lo que realmente sucedió y las versiones sobre eso, que son siempre aproximadas, tentativas, provisionales. Esto me parece fascinante pues recrea un tejido de versiones cruzadas. Lo que llamamos historia es precisamente ese tejido.
– Según Octavio Paz, una de las funciones del crítico literario, consiste en conseguir vínculos secretos que existen entre las obras. El testigo tiene un parentesco inocultable con El desfile del amor, la novela de Sergio Pitol. ¿Podríamos decir que esta novela influyó en El testigo?

Materia dispuesta
– Ciertamente, ésta es la novela que más me interesa de Pitol. Llegó a un punto culminante ahí. Tan es así, que luego se interesó más bien en combinar, en hacer formas híbridas: la ficción con el ensayo y con las memorias, en libros como El arte de la fuga. En El desfile del amor, el protagonista va recibiendo noticias que son datos objetivos que no sirven de nada. Es un historiador que logra atrapar sucesos y esto no le servía de mucho. La única manera de poner en relación los hechos es a través de la conjetura, de lo que pudo haber pasado, de lo que una persona implica, de lo que es contrario a lo que otra persona implica. Yo creo que este ejercicio fue decisivo para mí. Tuve la suerte de leer la novela en borrador, porque Pitol vivía en Praga en esa época, y yo vivía en Berlín oriental y ninguno de los dos tenía quien leyera sus borradores. Yo pasaba fines de semana en Praga y nos veíamos mucho. Pitol me dejó leerla en borrador. Vi cómo se estaba construyendo, y pude discutir algunos aspectos con él y naturalmente me influyó mucho, como me influyeron muchas de las lecturas de Sergio Pitol, sus consejos como lector, las traducciones que ha hecho, cuando yo mismo he practicado la traducción. Y en buena medida lo hice por consejo de él, como un aprendizaje necesario. Estoy muy cerca de sus maneras de ver la literatura.
– La ciudad de México que aparece en El disparo de argón, ¿cómo se superponen, a la del resto de sus obras?
Juan Villoro en la Universidad de Tokio
– He escrito dos novelas que tienen a la Ciudad de México como su eje: El disparo de argón y Materia dispuesta. En la primera traté de reproducir la ciudad y su sistema de crecimiento a partir de una zona inmóvil, de un solo barrio. La idea era equivalente a describir un océano a partir de una isla que se encuentra en él. De alguna manera, las escenas y el ritmo de vida que allí se concentra prefigura una inmensidad que rodea este espacio. Inventé el barrio San Lorenzo donde transcurre la novela. Quise captar una inmensidad inabarcable a través de una realidad reducida. En Materia dispuesta el ejercicio era tratar de captar una realidad inmensa a partir de sus zonas de transformación. Por más grande que sea una ciudad debe tener una orilla y la novela se ubica precisamente en una orilla de la ciudad, donde están los canales de Xochimilco, el último remanente del lago de los aztecas. Es una zona anfibia, entre la ciudad y el campo, la tierra y el agua, lo construido y lo natural, y ahí crece el personaje. También hay una colonia imaginaria, que se llama Terminal Progreso. El protagonista se interesa en conocer la vida por sus restos, por sus huellas. Tiene una pequeña colección que llama su “colección de basuras”, y a mí me parece que una de las maneras de conocer algo es conocerlo a través del desecho que deja. Él se convierte en un videasta con el tiempo porque es un coleccionista de desechos y finalmente aparecen cosas que luego desaparecen. Todo queda en el video, como una huella, pero desaparecen como actos. Digamos que son dos estrategias para captar una ciudad inabarcable.
– ¿De todos los géneros que cultiva hay alguno en el que pudiera decir que se siente más cómodo?
– Con ninguno. Por eso escribo en varios. Es que si fueran cómodos se perdería el reto de la escritura, el desafío. Se volverían géneros con fórmula. Quizás en me divierto más con las crónicas de fútbol. Es un placer privado que se convirtió en un vicio compartido.

Gregory Zambrano
@gregoryzam
  

jueves, 19 de mayo de 2016

Miyó Vestrini, el periodismo poético



Miyó Vestrini jamás dividió su oficio periodístico del poético, la escritura era su pasión y su territorio más seguro. Con la grabadora en la mano, la genialidad encendida y el verbo preciso iniciaba la conversación y rápidamente confrontaba al entrevistado para leerlo desde adentro y sacar su honestidad.
Miyó Vestrini
Vestrini, quien nació en 1938 en Francia con el nombre de Marie Jose Fauvelles Ripert, comenzó su carrera periodística en el Diario de Occidente, en los mismos años en los que formó parte del grupo Apocalipsis. Posteriormente decidió viajar a Caracas y empezó a trabajar en el periódico La República como reportera de la página cultural. Ya en El Nacional, con solo 29 años de edad en 1967, obtuvo el Premio Nacional de Periodismo. En 1979, con su columna El Cohete repitió la hazaña. También ejerció en el Diario de Caracas y fundó su proyecto dominical, La Revista de Caracas.
Tras su muerte aparecieron varios libros, entre ellos, una recopilación de sus cuentos bajo el título Órdenes al corazón (2001), Todos los poemas (1994) y Es una buena máquina (2015), poesía inédita. Al filo (2015) es el primero que compila parte del trabajo periodístico de Vestrini. La editorial independiente Letra Muerta, bajo la dirección de la diseñadora Faride Mereb y la periodista Diana Moncada  después de una ardua investigación de archivo lograron reunir 16 entrevistas literarias publicadas por Vestrini entre los años 1980 y 1981 en el Papel Literario. De las cuales 14 formaron parte de su columna  Al filo de la medianoche  y dos más en este mismo marco temporal que no pertenecen a dicho espacio, pero que guardan la misma continuidad narrativa.
Al filo
Estas entrevistas revelan personajes de la literatura, la televisión, la política nacional y hasta un sepulturero, allí aparecen: Caupolicán Ovalles, Elías Valles, César Cortéz, Alfredo Silva Estrada, Héctor Mayerston, José Barroeta, Baica Dávalos, Luis Camilo Guevara, Gustavo Pereira, Enrique H. D’ Jesús, Gustavo D. Carpio G, Gonzalo R. Cubillán, Carlos Contramaestre, Alfonso Montilla, Víctor Valera Mora y Hesnor Rivera. Además se incluyen fotografías poco conocidas de Vasco Szinetar, como la imagen del  poeta José “Pepe” Barroeta  sin cabello y de perfil que acompaña la entrevista “Violencia de lo escondido”. Al inicio del libro hay una copia de la publicación original  que  muestra a un Barroeta joven, con los ojos cerrados y alzando un vaso borroso en alguna estancia nocturna de París.
Al leer con detenimiento cada una de las entrevistas de Al filo se distingue la simbiosis periodismo-literatura donde la descripción y narración de los personajes se destacan por medio de breves esbozos poéticos que arman con belleza y naturalidad al ser humano, que Vestrini exponía a través de preguntas que liberaban las ideas y opiniones más íntimas. Esto se aprecia en “La nostalgia de no ser importante”, allí, la periodista anuncia con desenfado los temores del poeta Luis Camilo Guevara y la anécdota que permitió el encuentro de ambos: “el poeta que ve pasar su cadáver (…). Dicen que se asustó y le pidió a su amigo el Chino Valera (…) que volatizara la primera entrevista, para hacer otra más seria, más pensada”.
Vestrini era capaz de dibujarnos el ambiente cotidiano y sencillo que rodea a los entrevistados,  por ejemplo en “Memorias ajenas y memorias propias”, conversación que sostuvo con Hesnor Rivera escribe: “Marta Colomina, la esposa de Hesnor, está atareada preparando el almuerzo, cosa que confiesa, evita hacer habitualmente, porque el trabajo en la universidad no se lo permite”, y a continuación la periodista emite un juicio de inmediato que revela cierta complicidad: “en efecto, escribir algo tan importante como La Celestina Mecánica me parece reñido con los quehaceres de la casa”. Vale también nombrar la entrevista que le hizo a Víctor Valera Mora, “La poesía es un fusil”, donde presenta a un hombre que a pesar de ser conocido como un defensor de la militancia comunista sitúa a la poesía por delante de toda ideología política: “Sí, la revolución es necesaria. Pero, ¿a quién va a resolver eso que llaman la diferencia entre el reino de la necesidad y el reino de la libertad? Solamente la poesía”.
La periodista se concentra en mostrar  al ser, que sufre, sueña y teme, no a la figura pública. Es así como descubrimos a un Caupolicán Ovalles que confiesa el porqué de su obsesión con la historia: “Soy hijo de mi abuelo y no de mi padre. Y ese abuelo me hablaba constantemente del pasado todos los días”.
También, se valora en esta edición un diseño que juega con la disposición de los textos, la tipografía, experimenta con fotos e intenta a su vez evocar los archivos originales. El lector podrá descubrir en Al filo que Miyó Vestrini  no sólo nos heredó su poesía sino también una obra periodística que como bien expresa Moncada en la introducción “es tan extensa y versátil como desconocida”.

Diosce Martínez
@dioscemartinez

Fotos: Vasco Szinetar

miércoles, 18 de mayo de 2016

El enigma del montañismo


“Una vez que el alma se hiela, uno es capaz de cualquier cosa”
Antón Chéjov

Celebramos ciertos libros desde la ignorancia. Desprovistos de las nociones básicas de alguna materia, materias por lo general ajenas a nuestro estilo de vida, azuzados por un impulso incomprensible, los compramos y leemos. Cuando ello ocurre, cada avance nos resulta abundante. Y heme aquí comentando un libro de montañismo, que ha canibalizado mi conversación de estos días: K2. Enterrados en el cielo. El día más mortífero en la montaña más peligrosa del mundo (Capitán Swing Libros, España, 2015).
Se reconstruyen los hechos ocurridos en agosto del 2008, en la montaña conocida como el K2, que forma parte de la Cordillera del Karakórum, rama del Himalaya, en una región donde Pakistán, Cachemira, India y China, tienen parte de sus fronteras. Le llaman la montaña salvaje. Se la tiene como la más riesgosa de las “ochomiles”. A ella solo se puede acceder en verano. Después del Everest, es la segunda montaña más alta de la tierra: 8 mil 611 metros. Los expertos repiten que, junto a la llamada Annapurna, es la más peligrosa de escalar. La K2 mata: uno de cada cuatro escaladores muere en el intento. La montaña parece odiar a sus visitantes.
K2. Enterrados en el cielo
Amanda Padoan es alpinista y Peter Zuckerman, escritor. Juntos emprendieron la ancha y larga investigación que recoge el libro: tiene mucho de historia de los ascensos a las montañas del Himalaya; la recapitulación de algunas proezas; lo que escalar y alcanzar la cumbre significa para los montañistas; las historias de vida de los habitantes de aquellas regiones, que conocemos como sherpas, quienes arriesgan sus vidas a cambio de los dólares que les pagan los que aspiran a la gloria que otorga pararse en el punto más alto. No es un juego de palabras: Padoan&Zuckerman, antes de narrarnos las etapas de preparación, ascenso y descenso de aquella expedición trágica, nos habilitan para comprender lo que vendrá.
No me detendré a reproducir aquí las complejas incidencias humanas, culturales (Babel a más de 8 mil metros de altura) y climáticas, cuyo fatídico resultado fue la muerte de 11 escaladores. Muerte, pero también el heroísmo silencioso y descomunal de dos sherpas, Chhiring Dorje y Pasang Lama, que lograron sobrevivir. Solo debo anotar que la reconstrucción escrita de Padoan y Zuckerman pone al lector en vilo, y que la historia que se cuenta tiene los ingredientes necesarios para fidelizarnos de la primera a la última página. Mi asunto es la otra corriente por la que transita el libro: la pregunta de por qué unos pocos hombres y mujeres del mundo se proponen la meta de escalar unas montañas por arriba de los 7 mil u 8 mil metros, en las que es casi imposible respirar, donde el clima puede superar en cualquier momento todas las previsiones posibles, y donde existe una alta probabilidad de perder la vida.
No podría decir que “K2. Enterrados en el cielo”, devele el enigma del montañismo extremo. Porque hay en esto una paradoja nunca resuelta: son personas que se preparan por años y años para sus expediciones. Física y mentalmente. Pero a medida que ascienden, la hipoxia actúa en contra de la lucidez y las respuestas corporales. Cuando se llega a la ‘zona de la muerte’, el trecho previo a la cumbre, no hay garantías de que el instinto de la vida o la intuición funcionen.
Lo que tensa la cuerda de esos escaladores, se refiere al carácter de la condición humana en situaciones límite: ¿Qué queda de la responsabilidad, continúas siendo un sujeto ético, cuando tu cerebro recibe una cuarta parte del oxígeno necesario para pensar? ¿Qué clase de experiencia tiene lugar cuando ocurre la congelación de las córneas o de la lengua solo por intentar una palabra de auxilio? ¿Es reprensible que un hombre que lucha por salvar su vida no se detenga en medio de una avalancha, a salvar la vida de otro que parece todavía más cerca de la muerte? ¿Qué clase de relato es el de un hombre que ha ascendido y ha regresado, cuando es probable que, si no ha hecho uso de botellas de oxígeno, haya sufrido alucinaciones? ¿Cómo es posible que hace ya algunas décadas, sin computadoras que adelanten reportes del clima por venir, sin teléfonos satelitales, sin los nuevos materiales e instrumentos que existen ahora, hayan existido unos empecinados que hayan alcanzado tales alturas?
En su rumor más profundo, este libro trata de las ambiciones y de las necesidades. Necesidades: las de unos hombres pobrísimos y supersticiosos, que hablan lenguas casi extintas, y que por miles de años han vivido en las laderas y en los bajos de esas enormes montañas (en el libro se cuenta que la K2 sigue creciendo). Ambiciones, de unas personas que desafían a sus cuerpos, a la naturaleza, a la lógica básica de la relación entre hombre y ambiente. Entre estos dos extremos, los porteadores de vida miserable y los deportistas patrocinados por unas marcas, las capas de un mundo de códigos, tecnologías, materiales, rutas, meteorólogos, temporadas, rituales, grietas culturales, enfermedades únicas y metas que superponen unas a las otras, a menudo en una región limítrofe donde el coraje es vecino de la estupidez, donde hasta los hombres más curtidos, en el momento más inesperados, desconocen la premisa esencial del montañismo, la hora preestablecida de regresar y comenzar el descenso, y siguen su ascenso, sin saber si los llevará a ‘hacer cumbre’ o a convertirse en un cadáver más de innumerables que guardan las nieves del Himalaya.

Nelson Rivera
@nelsonriverap


martes, 17 de mayo de 2016

Beatriz Rodríguez: “Teorizar en torno a la escritura la pervierte”

Detrás de la pantalla del computador de Beatriz Rodríguez se esconde una figurita de Mafalda. Me llama la atención que esté allí porque lo que más odia la pequeña argentina es una de las comidas favoritas de la escritora sevillana nacida en 1980: la sopa. Pero, pensándolo con detenimiento, son más los atributos que las unen que aquellos que las separan. Ambas siempre dejan sus puntos de vista claros. Ambas son defensoras acérrimas de la autonomía individual. En público y en privado. Son dos niñas con muchos años que se enfrentan al mundo de los adultos para denunciar las injusticias.
Beatriz Rodríguez
Allí se encuentra el germen del que nació Cuando éramos ángeles, la primera novela de Rodríguez, editada hace unos meses por Seix Barral. Al principio, lo único que tenía era la imagen de una patota de adolescentes dándole una paliza al tonto del pueblo. Esa forma de abuso como una decisión consciente de ejercer el poder de unos niños que comienzan a dejar de serlo le pareció un asunto revelador. Con el tiempo entendió que en las fronteras entre la niñez y la adolescencia y de esta edad con la adultez se encuentran las marcas de la identidad personal y los pivotes para las mejores historias. “Hay mucha crueldad en esa pérdida de la infancia”, explica quien es una de las organizadoras del festival anual PoeMad: “Por un lado, el paso a la adolescencia significa que la forma en que nuestros padres nos han explicado el mundo pierde validez, es el momento en que comenzamos a ser críticos y a desmontarlo todo sin tener las herramientas intelectuales e ideológicas para lograrlo. Por el otro lado, el abuso de poder se establece como tema: el hombre hacia la mujer, de los humanos hacia los animales, de los que tienen contra los que no tienen”.
Rodríguez fue una niña que creció enamorada de Miguel Bosé y cantando “Put The Blame on Mame” a lo Rita Hayworth y que cuando comenzó a leer (Gianni Rodari, Michael Ende, Roal Dahl, Kevin Major…) quiso aprender a construir sus propias ficciones. En la escuela le hizo de Cyrano de Bergerac a un chico que quería enamorar a una amiga suya y se encontró con que se le daba contar historias. “No comprendo de dónde viene esa afición, quizá no tiene que haber una vocación artística de trascendencia especial. Un día supe que podía hacerlo y de que tenía una relación con la palabra que me permitía  observar el comportamiento humano. Pero intento no planteármelo mucho porque teorizar en torno a la escritura la pervierte”, explica.
Como no le interesa la enseñanza, después de que se graduó de Filología Hispánica entró al mundo de la edición donde trabajó en el Grupo Anaya, La Fábrica y Trama Editorial. “Fue una excusa para seguir leyendo. Empiezas a escribir porque quieres cerrar el círculo de las lecturas que más te interesan. Lo hago desde que tenia 12 años y lo de la edición me ayuda a distanciarme del ego del escritor”, explica la autora cuyo primer libro se publicó en 2013, La vida real de Esperanza Silva. Por la misma necesidad de leer el mundo lleva ahora junto con Leonor Medel y Alba Ramírez la editorial digital Musa a las 9. Rodríguez se acerca a la literatura desde el único lugar donde la experiencia es placentera, incluso en sus peores momentos: la lectura.


Michelle Roche Rodríguez
@michiroche


viernes, 13 de mayo de 2016

Los peligros de Garmendia


“Es menester quemarse un tanto
en el fuego devorante de la historia”
Salvador Garmendia

Todavía están los personajes sórdidos de Salvador Garmendia pululando por Caracas, el epítome de las urbes venezolanas, el escenario del contraste entre la miseria y la opulencia, la brutalidad y la ternura. Están balbuceando al aire su aislamiento y su incomprensión. Pero su autor ya no existe. Hoy hace quince años de aquella mañana de domingo en que el narrador nacido en Barquisimeto en el año 1928 falleció por un cáncer de garganta, a los 73 años de edad. Fueron esos personajes tan suyos y las anécdotas sórdidas de su marcha citadina los que reconocieron lectores dentro y fuera de Venezuela en lenguas tan diversas como el francés, inglés, húngaro, italiano portugués, polaco y alemán. “Mis personajes no son héroes ni triunfadores, ni personas distinguidas y elegantes. Son personajes que se mueven en un ámbito estrecho de la clase media, pero que también tienen sus manías y cultivan sus sueños y sus aspiraciones”, dijo el ganador del Premio Juan Rulfo en 1989 por el cuento “Tan desnuda como una piedra”.

El hombre aislado en medio de la urbe imponente encuentra su lejano antecedente en la novela que escribió Daniel Defoe en el siglo XVIII, Robinson Crusoe. “Mi personaje novelesco ya había nacido y estaba en circulación desde hacía unos pocos siglos”, dijo una vez Garmendia, quien pasó la adolescencia encerrado en casa y leyendo debido al reposo impuesto por los médicos cuando enfermó de tuberculosis: “Era un hombre solo. Un hombre y su memoria. Un Robinson. Una consciencia rodeada de sombras”. Descubro que detrás del enajenado que se ha convertido en el símbolo de su obra y de la literatura venezolana posterior a la vanguardia se encuentra el aventurero por antonomasia de las letras anglosajonas gracias a un libro de la editorial madrileña Salto de Página, donde la argentina Viviana Paletta selecciona y edita unos sesenta textos del autor guaro, a quien en el prólogo identifica como “una consciencia rodeada de sombras”.
Salvador Garmendia
Leer la publicación titulada Los peligros de Paulina y otros cuentos selectos resultó una experiencia similar a escuchar a los amigos de mi padre hablar de cómo era él cuando no estaba conmigo. Paletta se refiere a los mismos puntos que los venezolanos tomamos en cuenta para estudiar su obra, pero los ilumina con una luz universal. Cita al poeta colombiano Juan Gustavo Cobo Borda cuando se refería a la “magia material” de su amigo venezolano y hacía alusión a su estampa de Merlín criado bajo la luz solar abrasante del Caribe. Se refiere a esa “mascarada vertiginosa que combina miseria y lujo por igual” que era la Caracas que veía Garmendia –me pregunto qué diría hoy, cuando los contrastes se han profundizado–. “La temática urbana será tratada a través del fragmento, de la breve estampa, el fogonazo sobre tragedias cotidianas que se diluyen en la nada”, escribe la académica.
Se trata de una antología distinta porque no se encuentran cuentos fundamentales como “El inquieto Anacobero” o “Tan desnuda como una piedra”, pero está llena de sus obras más breves y de estampas que tienen la esencia del más puro Garmendia como “El peatón melancólico”, “Sobre la tierra calcinada” y, por supuesto, “Los peligros de Paulina”. Su virtud es la de mostrar a un autor sólido y homogéneo en sus preocupaciones y asuntos. La importancia del libro es que permite entender cómo la obra de Garmendia funciona como una cuña entre la tradición venezolana y su actualidad literaria, entre el realismo costumbrista que ocupó casi todo el siglo XX y la narrativa del deterioro del siglo XXI.
Los peligros de Paulina...
La generación de Garmendia tuvo que emanciparse de la paternidad castrante de Rómulo Gallegos y construir sus propios métodos “sin amos”, como llamó al canon literario venezolano de su época el autor de Los pequeños seres (1959) una mañana invernal del año 1996, durante un seminario celebrado en la universidad alemana de Eichstätt. Por eso, Garmendia estuvo entre el grupo de los fundadores de Sardio, primero, y El Techo de la Ballena, después, ambos renovaciones experimentales de la cultura del país que se articularon en “un cegador juego de luces que se extinguió hasta consumirse, sin esperara a que bajara el telón y dejó una tarima vacía y las armazones chamuscadas”, como explicó en su ponencia “Los sesenta: La disolución del compromiso”.
La necesidad de compromiso de este autor considerado para siempre el de la enajenación venezolana sigue viva entre las generaciones que le sucedieron, de la misma manera que está aún vigente cada palmo de sus narraciones sobre personajes abyectos que como una cohorte de antihéroes caminan sobre el país. Resulta difícil entender la tradición narrativa más actual de Venezuela sin conocer esta obra. Unificados por su desconfianza de la retórica mesiánica del chavismo, en la literatura de la generación más joven de narradores de ese país la preocupación subyacente es el fracaso de sus proyectos modernizadores. La narrativa identificada con la época del protagonismo de la Revolución Bolivariana se caracteriza por relatos neoexpresionistas que describen imágenes del deterioro, el envilecimiento institucional y la violencia social. El académico Miguel Gomes llama a este tipo de literatura “fábulas del deterioro”. Yo misma me he referido a esto en seminarios universitarios y en charlas sobre la tradición letrada de mi país como “lo real siniestro” de mi cultura. La tendencia a narrar desde la intensidad emotiva de la expresión no solo viene del dolor de ver a Venezuela desarticulada sino de la tradición impuesta por Garmendia, una de las figuras centrales de la vanguardia de los años sesenta, quien además de preocuparse por la renovación de las letras nacionales, proclamó a la ciudad como centro de la nueva estética. Así creó los personajes y el ambiente, las piezas de ajedrez y el tablero de la literatura venezolana de vocación universal.

Michelle Roche Rodríguez
@michiroche


jueves, 12 de mayo de 2016

Cambiar deseo por inocencia


Decía Ana María Matute que la infancia es más larga que la vida. Y esto no sólo es cierto para la inabarcable obra de la autora catalana, sino para la generación de mujeres escritoras que le suceden. La niñez es el territorio donde los miedos y las alegrías son desmesurados, por eso no hay nada menos inocente que un niño y los problemas de nuestra adolescencia se convierten en las tirrias intransigentes de la adultez. Uno de los ejemplos más recientes de esto lo leí en Cuando éramos ángeles. He pasado por la interpretación policial y la feminista de la novela y ninguna me parece satisfactoria. La prosa de Beatriz Rodríguez no las agota. Porque, si bien el telón de fondo es la solución del asesinato de Fran Borrego, el mandamás del pueblo ficticio Fuentegrande, salta a la vista la telaraña de complicidad que se extiende entre las mujeres que pasan por el argumento, como esa que une a la periodista viuda Clara Ibáñez que intenta resolver el misterio y a Chabela, la dueña del Hostal Las Rosas, que algo esconde. Pero el tema que se impone allí no es un crimen ni las costumbres de ese lugar donde “la cuestión de género estaba más o menos resuelta, [aunque] había una barrera insalvable entre esa supuesta liberación femenina y la mentalidad de los rudos jornaleros hijos de la dictadura”. Ni siquiera el sexo es tan importante. La espina dorsal desde donde se articulan estos asuntos es la pérdida de la inocencia. Y vaya tema.
Cuando éramos ángeles
La muerte con que abre el argumento comenzó a fraguarse desde aquel momento de la "inocencia", cuando el deseo se limitaba a la posesión de botines marca Nike. En el centro de la historia que narra lo costumbrista desde lo policial se encuentran tres niñas que son amigas. Una es Eugenia Pereira, cuya necesidad de aceptación estaba “siempre bien escondida bajo un carácter sereno”. Otra es María, que “desde los primeros años había mostrado una beatería impropia de su familia, aunque bastante adecuada al resto del pueblo”. Y, entre ellas, Rosario, “una de esas amigas fáciles con las que puedes ser sincera y que rara vez ponen obstáculos a una conversación directa”. La novela contiene la crónica de una generación, la primera que toma un paso fuera de la sombra del franquismo pero también hace el retrato de la España rural, un sitio que pulula entre lo moderno y lo caduco. Las recetas de Chabela son la excusa para abrir cada capítulo: no hay una manera más expedita de volver al pasado que los platos que alimentaron nuestra infancia. Lo dicen nuestras abuelas, que quizá no saben nada de la magdalena de Proust. Estas vertientes sostienen la profunda melancolía de una época en que todo era más fácil. “Cuando éramos ángeles nuestros zapatos no estaban manchados de sangre. No conocíamos la culpa y las noches eran para dormir, no para despertar remordimientos”, escribe la autora sevillana nacida en 1980: “Cuando éramos ángeles había que preguntarlo todo, si querías salir, si querías comprar algo, te tenían que dar permiso. Todas las decisiones se tomaban por nosotros: la ropa que nos poníamos, los libros que necesitábamos para el colegio, lo que comíamos, lo que bebíamos. No sabíamos nada. Cuando éramos ángeles no teníamos deseos”. La cita aparece en la mitad del libro como una bisagra entre la niñez y la adultez o entre la primera y la segunda parte de la trama y se abre como el botón de una amapola para justificar el título y avanzar hacia el segmento final, donde el lector perderá interés en la solución del crimen: el tejido de relaciones entre los personajes es tan denso que el menos atrayente es Borrego, a quien el lector agradece que la autora matara en la primera página. Cuando éramos ángeles nos recuerda que el pasado más remoto no es más que la posibilidad de un presente.


@michiroche

martes, 10 de mayo de 2016

Un mundo bajo la ley del frío


Pensar el paisaje exige traspasarlo. Desde afuera, como un simple espectador de su fachada, poco habrá que decir. Al ingresar a él, se corre un riesgo: que el paisaje trague a su visitante. Ciertos lugares devoran (esto lo decía Bruce Chatwin de la Patagonia). Van apresando los sentidos: primero la vista, a continuación el oído. A los días, el olfato. El libro que hoy comento es posible porque su autor ingresó al paisaje, pero no se dejó atrapar. Hablo aquí de Estética del Polo Norte, del filósofo Michel Onfray.
Filósofo prolífico, Onfray (1959) ha sido traducido ampliamente a nuestra lengua: no menos de unos doce títulos suyos han sido publicados en la última década. Tengo la idea, que habré de verificar en el tiempo, de que este Estética del Polo Norte (Gallo Nero Ediciones, España, 2015), publicado por primera vez el año 2002 en Francia, es una de sus escrituras más peculiares: un texto irreducible a un género.
La estética del Polo Norte
El libro da cuenta de un viaje que Onfray realizó junto a su padre al Polo Norte. Libro de viaje; guía cultural; ensayo que toma de la antropología, la sociología y la filosofía; desarrollo de una poética; pero también atisbo de la relación que el pensador establece con ese paisaje “aparentemente inmóvil, estable y silencioso”, expresión de una naturaleza “radical y amoral, telúrica y primitiva, inhumana y majestuosa”.
Onfray avanza hacia la interioridad del Polo Norte. La primera de sus reflexiones, que dedica a la piedra, habla de su voluntad ontológica. La geología refiere al tiempo, no a cualquiera, sino a uno inmemorial, casi eterno, tiempo mineral, tiempo donde el tiempo tiene la majestad de lo inmutable (idea preciosa: cuando el hombre ártico talla una piedra, el tiempo geológico deriva en tiempo contractual). “No hay monumento más conceptual y mínimo que la mera superposición de piedras, que es a la vez geología y geomorfología, geografía y antropología, mística y religión, metafísica y ontología: en este montón de piedras secas y salvajes se encarna una filosofía del otro, la supervivencia, el viento y los elementos”.
Hay una elección ética y estética de Onfray: la de pensar el Polo Norte en sus tiempos, como si todo ello fuese una secuencia: a partir del tiempo geológico, la travesía pasa por el tiempo climático, el tiempo expandido, el tiempo vivido, el tiempo petrificado, el tiempo disimulado, el tiempo alógeno, el tiempo robado y el tiempo agotado. En esos múltiples tiempos, nada vence al frío. Pedir socorro: tal el estatuto del cuerpo sometido a condiciones que exceden las capacidades humanas. Si se pierde la lucha con el frío, el resultado será el cuerpo momificado. ¿Acaso ese frío no tiene una condición metafísica? ¿Acaso no podemos imaginar que ese frío exista como un frío más allá del frío?
Se trata, en mucho, de esto: un mundo que vive bajo la ley del frío. Bajo el dictado de los dioses del clima. Que puede reducir la existencia a lo mínimo esencial. Quizás ningún lugar como la inmensidad del Polo Norte, en la vastedad sin atisbo de cultura, sea tan propicio para pensar en los límites de la condición humana, en las posibilidades del hombre de emparentarse o distinguirse de cuanto lo rodea. Igual que ocurre ante la inmensidad oceánica, el hombre adquiere en ese paisaje la dimensión de la partícula.
Vivir allí es supervivir. Responder a las demandas del cuerpo, siempre urgentes, siempre insistentes. Onfray formula una comparación: si existe un epicúreo, ese es el antiguo inuit. El signo, inexorable, es el de la escasez. “Tiempo de la ascesis y la renuncia, de la carencia y la escasez, del defecto y la renuncia”. Dotado de un calmo sentido de la observación, Onfray narra figuras (sus páginas sobre el oso polar resultan memorables); procesos (la alimentación, por ejemplo, que es un tema dilecto en varios de sus libros); significados (como el estatuto de la oralidad o la memoria en aquellas regiones).
Desde el Polo Norte, Onfray se interroga sobre los parámetros de vida en Occidente y, con el corazón en estado de escándalo, por el modo en que las poderosas naciones fronterizas han intervenido y dominado a esa región (incluso a través de subsidios que han creado perniciosos y múltiples casos de ociosidad). Se cierra el libro con la sensación, con un vago presentimiento de seres humanos y de una región en peligro de ser liquidada.

Nelson Rivera
@nelsonriverap