viernes, 29 de abril de 2016

Volver al País de las Maravillas



En el alucinante mundo de Alicia en el país de las Maravillas que acaba de cumplir sus primeros ciento cincuenta años y que es la publicación con la que se lanza al ruedo la editorial Tres Hermanas, las trillizas más recientes del Grupo Sílex, se unen el nombre Lewis Carroll y el matemático Charles Dogson. La popularidad del creador de narraciones de fantasía se mezcla con la del científico enamorado de los niños. Si el hombre gris que era ese tal Dogson se convirtió en un autor de estatura legendaria se lo debe a una editorial. Así que enhorabuena por las Tres Hermanas que comienza su andadura por la comarca de la Ñ, un lugar “maravilloso” a su manera.
Alicia en el País de las Maravillas
Quizás la fascinación de lectores de todos los tiempos por Alicia en el País de las Maravillas se deba a que la obra expresa en lenguaje onírico el secreto terror que los niños sienten de crecer y los adultos de envejecer; quizás su popularidad se asiente en el planteamiento de problemas de interés humano, social y lingüístico; o quizás sólo sea que a la gente le gusta leer que la pacata moral victoriana es desafiada por una niña que una y otra vez se indigna ante las injusticias de la lógica ilógica tal como pasa en el mundo real con ciertos preceptos “morales”. Lo cierto es que cada lectura nueva de este libro trae interpretaciones distintas. Y en la edición Ilustrada la italiana Andrea D'Aquino que Tres Hermanas pone en las librerías lo gráfico toma protagonismo.


La felicidad del gato Cheshire.
Charles Dogson fue un profesor de matemáticas del Christ Church College de Oxford, nacido en 1832, que no hubiera pasado a la historia si una tarde de verano de 1862 Alicia Liddell, la hija del decano del colegio, no le hubiera pedido que pusiera por escrito las historias que le contaba a ella y a sus dos hermanas. Días después, Dogson llegaría con un manuscrito para su pequeña amiga: “Las aventuras bajo tierra de Alicia”, el embrión de Alicia en el País de las Maravillas.
De esa manera Dodgson se convirtió en Lewis Carroll, un nombre que por generaciones ha sido sinónimo de las fantasías oníricas infantiles y adultas.
Durante un par de años, los amigos de Dogson le insistieron en que publicara la historia de la niña que se cae por una madriguera y entra en un mundo onírico. Por presión popular fue que el 4 de julio de 1864 la señorita Liddell recibió el primer ejemplar de Alicia en el País de las Maravillas. La mayoría de los académicos, sin embargo, prefiere ubicar como la fecha de la primera edición del libro un año después, cuando el sello Macmillan imprimió 2.000 ejemplares del mismo para la venta en librerías. No obstante, por la deficiencia en la impresión de los dibujos de John Tenniel, Dodgson (Carroll) los devolvió a imprenta.
El éxito de la obra fue instantáneo y todos los años salían nuevas ediciones; en 1897 (a 32 años de la primera) se contaban 26 ediciones en inglés. Hoy la historia puede conseguirse traducida a lenguas tan extrañas como el esperanto. Seis años después apareció Alicia a través del espejo y el éxito fue avasallador: en 1 mes se vendieron 15.000 ejemplares. En marzo de 1895, Dodgson le escribió a Lidell –en aquel momento ya una señora casada– una carta donde le informa que hasta la fecha se han vendido 120.000 ejemplares de sus libros.
Se decía que el libro fue tan famoso en su época que la misma reina Victoria pidió una copia de la próxima obra de Carroll –nada menos que un libro de matemáticas titulado Tratado elemental de determinantes–, pero Dogson desmintió ese rumor en la segunda edición de otro libro científico de su autoría: Lógica simbólica.
El relato es apenas uno de los muchos y más inocentes rumores que se tejieron en torno al escritor. Unos asuntos bastante más escabrosos fueron las acusaciones de pedofilia, avivadas por su relación con las hermanas Liddell y el hecho de que fotografiara a Alice y otras niñas de forma a habitual. Sin embargo, muchos biógrafos lo defienden señalando que en la Inglaterra victoriana que vivió Dogson fotografiar o pintar a niños no era visto como algo sexual, sino más bien artístico. También el libro capital de Carroll niega esa acusación, cuando muestra a un ser humano atrapado antes de la adolescencia, que no ha perdido la pureza que otorga la unión con la naturaleza. Como quiera que queramos juzgar a su autor la obra está allí para seguir ofreciendo los mejores momentos de lectura.


@michiroche



jueves, 28 de abril de 2016

Vegetales formas efímeras


Saber dónde está la calma,
Y no ir a buscarla.
Las Efímeras, Pilar Adón.

Las Efímeras es un lugar pastoso que el lector habita sin decidirse a dejarlo. Un enorme vientre vegetal construido de letras. Como la maleza que cubre cada centímetro del universo onírico de los personajes de esta novela, el estilo de Pilar Adón es el ramaje que nos mantiene prisioneros de una trama que se va desgajando de a pocos en una decena de capítulos. El ambiente es el de una comunidad más que rural, boscosa, que permite diversas asociaciones con la fuerza telúrica de la madre naturaleza. El tiempo parece transcurrir en círculos, a veces demasiado rápido para que nada cambie.
Las efímeras
Y las forma literaria de la autora madrileña nacida en 1971 es sólo el principio. Luego están sus personajes que son una proyección de su lenguaje omnívoro y de esa humedad vegetal que todo lo traspasa. Dora y Violeta son las hermanas Olivier. Mantienen una relación turbia hasta que aparece Denis, el vástago de una familia extraña, a interponerse entre ellas con la contundencia de un secreto. Una es Dora, la “alimentadora de perros, sabedora de que las lombrices aparecen cuando hay humedad”. La otra, tan metida en su escritura que “cuando no estaba revisando las anotaciones de su libreta, Violeta podía pasar horas en la ventana”. Para restablecer el orden de las cosas sólo podrán apelar a la ayuda de Madmoiselle Anita. La abeja reina del lugar que es pueblo que es bosque que es La Ruche, nombre que significa “colmena” en francés, ha creado una rutina tan eficaz que le permite mover los hilos invisibles de las cosas sin esfuerzo, a penas haciéndose visible cuando la necesidad de los vecinos es imperiosa.
“A ellas, a las niñas Olivier, les habían enseñado que pocas cosas en el mundo podían ser peores que el engaño porque pocas cosas en el mundo eran más valiosas que la verdad. La verdad como una simple acción natural”, reflexiona Dora, una de las hermanas, cuando intenta pedir ayuda de Madmoiselle Anita. Son tantas las cosas que no se dicen en esta trama, los silencios, las medias verdades, que el lector tendrá la sensación de presenciar cómo se desdoblan tres o cuatro historias paralelas apenas signadas y de haber abierto la puerta que al final le enrumbó por la anécdota más enigmática. He allí el gran valor de Las Efímeras: su economía de recursos. Porque si bien resulta obvio que Adón disfruta engalanando su expresión escrita no lo es menos que describe las situaciones con algunos ramalazos para pasar directamente al mundo psicológico de los personajes. La novela me hace pensar en el vientre que Julia Kristeva signa como el único lugar certero de lo semiótico. Como los líquidos somáticos en el cuerpo de la mujer que tienen potencial para hacer vida de la vida, las anécdotas de esta novela se desarrollan en círculos que engendran nuevos círculos sin llegar nunca a resolverse. Y, quizá, no deban. “Después de todo, las casas se derrumbaban vencidas por el paso del tiempo y en su lugar no quedaban más que ruinas”. Y las personas no somos más que futuras ruinas.
  
@michiroche


miércoles, 27 de abril de 2016

Libros, secretos. Jacobo Siruela


Lugares de frontera: pensamientos que se internan en los límites, que ponen en entredicho las líneas que separan unas cosas de otras. Lo que comienza como indagación por los libros secretos, como por ejemplo, el indescifrable manuscrito Voynich, avanza hacia la recapitulación de otros textos emblemáticos por intricados, oscuros o cargados de contenidos, desafíos que han puesto de cabeza a los interpretadores: por ejemplo, la novela Finnegans Wake de James Joyce; o el Mutus Liber, famoso y magnético libro publicado en 1677, conformado por 15 láminas grabadas con imágenes, casi desprovistas de textos, pero que en la número 14 contiene la frase imperativa “Ora, lee, lee, lee, relee, trabaja y encontrarás”; o L’architecture naturelle, de Petrus Telemarianus, nombre bajo el que se escondía, tras varios ardides, la verdadera identidad del autor, y cuyo propósito era simplemente desmesurado: explicar cómo construir templos, edificios y casas atendiendo a las leyes de la naturaleza.
Libros, secretos
Jacobo Siruela toma al lector de la mano y lo guía por un mundo de “corrientes subterráneas”: saberes como la alquimia, el hermetismo, variantes del espiritismo, doctrinas que se tienen por secretas en tanto que han sido poco difundidas, la clarividencia, la teosofía, así como un prolijo ensayo biográfico sobre Valentine Penrose, autora de ese libro único que es La condesa sangrienta, dedicado a la vida excesiva de Erzsébet Báthory. Lo que podría presumirse como una seguidilla ensayos sueltos, resultan piezas de una trama que se va encadenando paulatinamente, tejido de conexiones apenas visibles.
Libros, secretos (Editorial Atalanta, España, 2015) incluye, como parte de esa urdimbre, tres piezas que, cada una en su específica vocación, atraviesan la cuestión entre lo racional y lo irracional. El primero, “El vampiro. Un mito moderno”, resulta un erudito recorrido que se remonta, desde distintas tradiciones de la Antigüedad, hasta nuestro tiempo: “A diferencia del fantasma, el vampiro tiene cuerpo y, lo más importante, es su propio cuerpo (…..) Pertenece a  un estado intermedio entre la vida y la muerte: está muerto, pero todavía conserva su vitalidad gracias a la energía que le proporciona la sangre de los vivos”. De inmediato, también soportado en numerosas fuentes de estudio, otra sosegada pieza, esta vez dedicada al primer mito de la cultura escrita: La Epopeya de Gilgames (en otras traducciones se traduce esta palabra con una hache al final: Gilgamesh). Siruela, además de recapitular el relato, lo inserta en criterios que valoran el texto (por ejemplo, Gilgames guarda “la primera visión del Hades de la que se guarda noticia”). Un tercer ensayo, “La metáfora absoluta”, se inscribe en cuestiones decisivas como fantasía y realidad, racional e irracional, sueño y vigilia, la vivencia interior y la experiencia de lo exterior, lo real y lo aparente. El autor convoca múltiples advertencias para decirnos que esas líneas en las que tanto confiamos, a lo mejor no son firmes: “Nada más lejos de mi propósito que dramatizar esta cuestión. Sin embargo, oponerse a ella por principio, como puro acto de fe, tampoco resuelve nada. Al contrario, acrecienta y consolida la separación de los opuestos, cuando lo importante es aquí todo lo contrario: conciliar la oposición aparente entre el Yo y el mundo, restablecer la unión perdida entre mente y vida, cuerpo y espíritu, o sujeto y objeto, causada por el desarrollo de la consciencia humana en los últimos siglos, y desenredar el nudo de esa dicotomía”.
Tiene “Libros, secretos” ese pálpito de lo que se ama. Es la primera vez que leo a Jacobo Siruela. Esta secuencia de ensayos acumula una peculiar sensación: es la escritura cuidada, despojada de apuros, de quien escribe de sus viejos amores. Sus páginas respiran, advierten contra ciertos determinismos, invitan a explorar caminos del conocimiento y del espíritu, que algunos apenas hemos recorrido. Más que convencer, Siruela quiere persuadir, abrir alguna posibilidad (un lector mejor dotado para lo visual, comentaría en extenso la riqueza visual que se acopia en este libro, cargado de fascinantes y sugestivas imágenes).

Nelson Rivera
@nelsonriverap
  

martes, 26 de abril de 2016

Fedosy Santaella: “La novela es un híbrido monstruoso y fascinante”

Nadie en su sano juicio va caminando por la playa, se encuentra un dedo en la arena y lo recoge para quedárselo, me dije luego de terminar de leer El dedo de David Lynch. Esta premisa es lo que hace atractiva y divertida la más reciente novela de Fedosy Santaella, finalista del premio Herralde de novela 2013, y editada por la editorial española Pre-Textos. Una novela que también hace una dura reflexión a las posturas como asumimos el arte, sobre la banalización de lo pop, la muerte y la literatura.
El dedo de David Lynch es una novela de suspenso, pero también cuestiona la insatisfacción del hombre frente a su mundo. ¿Cómo conviven ambas posturas dentro de la novela?
Fedosy Santaella
Foto: Cortesía del Autor
– Vengo escribiendo desde hace rato novelas que se estructuran en parte con el gran cuadro que viene de lo detectivesco y que han desembocado en lo que llamamos hoy género negro. Me he sentido atraído por este género por años. Pero también, si te fijas en la secuencia de mi trabajo, te darás cuenta que nunca he escrito una novela policial en el sentido estricto. He tomado esa estructura que, creo, es la gran estructura de la novela en general: la novela es una búsqueda, la búsqueda de unas huellas, de una memoria, de algo perdido en nosotros. Así, partiendo de esta premisa, he jugado a combinar estilos porque, si no lo hago, me aburro enormemente.
–Flaubert decía que una novela es aquella que reflexiona ampliamente sobre sí misma y no aquella que se sostiene solo de su argumento. En su libro hay amplias reflexiones sobre diversos temas. ¿Qué busca la novela al enfrentarse con estos tópicos?
– La novela es un híbrido monstruoso y fascinante donde pareciera que cabe el mundo. Es una ilusión, pero es sabroso pensarla así. En esta novela todo está en crisis, como a punto de derrumbarse. En las crisis todo se mira, se piensa y se cuestiona. Mi intento fue sostener esa crisis con la cuerda floja de lo poético. Cada vez más siento que me aproximo a una escritura cargada de un lenguaje poético necesario que nos conecta con la realidad y trata no sé si de explicarla, pero sí por lo menos de fijarla en el lenguaje huidizo de la poesía.
– Su personaje principal de la novela, Arturo, un estudiante de literatura que decide irse a vivir a la playa de Chirimena para vender pulseras, reprocha duramente cómo la gente asume que todo lo que se haga en nombre del arte, debe llamarse así. ¿Hace una crítica a la falsa postura postmoderna, asume que todo puede ser considerado arte?
– Arturo está harto de todo, incluso de él mismo. Pero de algo se dio cuenta: vayas a donde vayas, termines en el sitio que termines, siempre caerás en un molde, siempre te repetirás. Un estudiante de Letras que odia su propia carrera y lo expresa con cierto tono erudito poco está haciendo de original. Tan sólo repite, en su tiempo, lo que yo hice cuando tenía dieciocho años.
– La ciudad y el mar hacen un contraste de luz donde podemos observar con detalle cómo se esfuerza en crear tranquilidad con las descripciones de estos espacios.
– El paisaje es importantísimo, porque es una de las fuentes más profundas de lo poético. Ahora, qué jodido, ¿no? Hacer novela negra y poesía. Yo de verdad como que soy muy valiente o muy iluso. Pero eso fue lo que intenté hacer: escribir una hermosa novela negra que no fuese una novela negra, sino una novela que transcurre oscura y poética junto a la paz y la luz del mar.
– Visto el título y las alusiones al cine, ¿Cuál es el peso que tiene lo cinematográfico El dedo de David Lynch?
– La novela le hace justo homenaje a David Lynch, como espero que sea obvio. Terciopelo azul fue mi punto de partida. Escribí pensando en Lynch, pero también en Edward Hopper, ese maestro de la pintura, la luz y soledad a quien Mark Strand le dedicó un libro. Así que ahí tienes cine, poesía y además pintura.
– Aunque los personajes de esta novela pueden parecer sórdidos, también tienen un extraño sentido del honor donde su palabra y sus acciones tienen un peso fundamental en el desenlace de la historia. ¿Cómo ideaste ese atípico universo de principios por el que los protagonistas y antagonistas se rigen para vivir?
– Creo que nadie puede ser verdaderamente elegante si no ha conocido primero lo sórdido. Sólo puede ser elegante quien conoce sus demonios.
– ¿Es este tu libro más logrado o por el contrario crees que los premios literarios poco inciden en el carácter que las novelas puedan llegar a tener?
– Esa es una pregunta de muchas aristas. El premio Herralde es muy prestigioso y asumimos que lo que llega al final es porque realmente tiene calidad. Estoy leyendo justamente la novela ganadora de ese año: Muerte súbita de Álvaro de Enrigue. Da envidia de lo buena que es; se entiende que haya ganado. Pero no podemos generalizar con los premios. Hay otros premios de prestigio que en ocasiones apuestan a un mercado, a un público, hay premios literarios que alzan novelas que echan agua por todos lados, pero que interesan por algún tema o por la fama del mismo escritor. Así que no podemos generalizar. Y sí, creo que El dedo de David Lynch es mi libro más logrado.
– ¿Es el hombre un ser insatisfecho con todo lo que lo rodea por naturaleza?
– Si no fuese así no existiría la corrupción del poder. Mira a quienes nos gobiernan, no se cansan de robar. Insatisfechos con lo que ya tienen, siguen robando, cada vez quieren más y más. Pero la insatisfacción también nos impulsa a grandes cosas. Vargas Llosa lo ha dicho ya en alguna parte. La insatisfacción con lo que somos nos ha llevado al cosmos, a la física cuántica y nos ha hecho escribir grandes novelas. Arturo se sintió insatisfecho consigo mismo y me llevó a trabajar esta novela que has leído.

Alberto Sáez
@estonoesaqui


jueves, 21 de abril de 2016

El encanto del mar

“A lo mejor necesitamos estar así para ver lo que nadie más ve”.

Arturo encuentra un dedo en la orilla de la playa y lo primero que se le ocurre en ese momento es agarrarlo para quedarse con él. Aquel extraño hallazgo le recuerda a la película El terciopelo azul, del director David Lynch. ¿Cuál es la razón para que alguien haga algo así? Puede que no haya ninguna sensata excusa que pueda asumirse como una razón, pero lo que es cierto es que la premisa de esta historia, por más insólita que parezca, es el motor que da inicio a una novela que transita entre el suspenso, el humor, lo poético, lo crítico y lo reflexivo. Así es El dedo de David Lynch, novela finalista del Premio Herralde de novela, del escritor venezolano Fedosy Santaella.
El dedo de David Lynch
Todo comienza cuando nuestro protagonista y su pareja, Mariana, dos jóvenes estudiantes de literatura, deciden dejarlo todo para irse a vivir a las playas de Chirimena y encontrar la paz que en el caos de la ciudad no han podido hallar. En ese paraíso sin ataduras convencionales trabajan vendiendo pulseras, beben, se enamoran y se hacen parte de un pueblo que decide aceptarlos como miembros permanentes de un grupo selecto al que suelen llamar “los elegidos”. Se sienten plenos, felices, sin saber que todo cambiará, que sus vidas serán parte de una tormenta con sol que ocurrirá a la orilla del mar. A medida que avanza, conocemos de forma paralela la historia de los otros personajes, historias secretas que se van interconectando, permeándose entre sí, atraídas por la absurda fuerza de aquel dedo que, por supuesto, comienza a buscar a su dueño.
Entre estas historias paralelas podemos ver la del Sargento, un policía que vive su vejez como quien ha logrado escapar ileso de su pasado, o la de Marcano, un amable traficante, jefe en el pueblo de todo lo que tenga que estar al margen de la ley. Más allá del mar también está una historia que se acerca por la carretera, la de un padre y su hijo que deciden dar un último viaje familiar para luego despedirse.
Pero la playa en esta novela no solo funge como un paisaje que lo ambienta todo, es un personaje más, aquel que marca la conducta de cada uno de los que cohabitan esta novela, hombres cegados por la luz, por su paz, llenos de una calma que en cualquier momento se quebrará.
Construida como una novela negra, El dedo de David Lynch busca cuestionar al hombre como aquel ser que “solo sabe ser rebaño”, sobre su forma de ver e interpretar el mundo, y también reflexionar sobre esa infinita interrogante que nos aqueja y parece que nunca va a desaparecer: ¿Qué es en realidad el arte?

Alberto Sáez



martes, 19 de abril de 2016

Elisa Lerner: Hay que ser anfitriona silenciosa en la soledad para recibir a la literatura


A Elisa Lerner no le gustan los homenajes. Sin embargo, los tendrá que aguantar, porque la tradición venezolana, por fin, ha decidido honrarla como una de sus escritoras más completas, pesar de que le guste decir que su “proceso de escritura es muy silvestre, de pronto me viene un personaje o una trama y trato de domesticarlos con mi escritura sonámbula”. A la la relectura que se hace en el país de su obra, gracias a la edición antológica de la editorial Madera Fina, se ha unido la alcaldía de Chacao que la propuso como el personaje central de su Festival de la Lectura que comienza este fin de semana. Ambas llegan dos años después de que  la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo la impusiera de la Orden Alejo.

                             Elisa Lerner
Foto: Beatriz González. Cortesía Madera Fina

La autora que no cree en los géneros por considerarlos “límites geográficos a la palabra” escribió obras de teatro como En el vasto silencio de Manhattan (1961) y Vida con mamá (Premio Juana Sujo, 1976) o ensayos como Una sonrisa detrás de la metáfora (1969) y Premio Nacional de Literatura del año 2000; una figura central de la vanguardia literaria venezolana de finales de la década de los años cincuenta y principios de los sesenta que se resiste a que la llamen intelectual y prefiere definirse como una planta “que comienza a germinar y da hojas que no son verdes sino de papel”. Aunque no se considera uno de los personajes más visibles de Sardio, hacerla recordar este movimiento es una estrategia para sacarle una sonrisa. Cuenta que más que la consciencia de la revolución literaria, le hizo descubrir el mundo. Todo comenzó en el Liceo Fermín Toro, donde la juventud la unió a quienes luego se convirtieron en protagonistas de la cultura nacional: Adriano González León, Rodolfo Izaguirre y Guillermo Sucre, entre otros. Recuerda que, a pesar de ser unos adolescentes, el acontecimiento que marcó a su generación fue el golpe de Estado de 1948. “Era la época de la caída de Rómulo Gallegos y para nuestra generación fue como si un mago maligno nos dividiera en dos la realidad y la escritura en Venezuela completa lo que la historia rompe con violencia”, recuerda la autora de Yo amo a Columbo (1979).

Así que pasen cien años
– ¿De eso se trataba Sardio? ¿De intentar recomponer, a partir de la literatura, lo que la dictadura había roto?
– Yo era una muchachita y ellos empezaron a reunirse y me incluyeron. Nos conocimos en el año 1949, pero no fue sino hasta el año 1956 que hacen una reunión en casa de Adriano y yo conozco allí a Salvador Garmendia. Todavía no era propiamente un grupo. Eso se fue formando lentamente. Aquello [Sardio] fue más bien una amistad frente al desconsuelo de que este país era nada más que cemento, y a veces cemento ensangrentado. Era una época muy difícil porque entonces se sabía que había un gran dolor histórico.
– Decía Garmendia que entonces había un compromiso de los escritores con la sociedad.
– En nuestro país, lo civil siempre ha sido como un susurro frente al estruendo de lo militar. El escritor en Venezuela siempre ha sido un personaje secundario, porque ha habido siempre otro estruendo.
– ¿Qué le enseñó Sardio?
– Los recuerdos a veces pertenecen más al reino de la imaginación que al dominio del pasado. A Sardio le debo mucho afecto: ellos aseguraban que yo era una escritora sin haberles mostrado ni una línea de lo que tenía por allí. Tenía una visión de las escritoras muy distinta a lo que era.
– ¿Y ahora se parece más a esa visión de la autora que tenía entonces?
– Creo más bien que existe una soledad que da la bienvenida a lo que una va escribiendo. Hay que ser anfitriona silenciosa en la soledad para recibir la literatura. Creo que en mi generación pudo haber habido más escritoras, pero pienso que la dictadura llevó a muchas mujeres a llevar una vida más confortable y la literatura no es la comodidad.
– ¿No le parece que eso ocurre hoy también?
– Hoy hay más escritores y eso es bueno. No sé si todos quedarán. Es raro entretener con la escritura, la imaginación o la metáfora esa terrible soledad de la vida. Pero descubrir que escribir puede ser un entretenimiento frente al dolor y la oscuridad no se hace de inmediato, por eso muchas mujeres de mi generación no optaron por esta.

Michelle Roche Rodríguez
@michiroche


jueves, 14 de abril de 2016

Sí que es un ser humano

Los lectores de Manuel Rivas estarán de acuerdo conmigo en que se trata de un autor que se muestra persona en sus libros. Y esta es, aunque parezca mentira, una extraña cualidad. La gran mayoría de las novelas que leemos son mucho menos sensibles, más desalmadas que las de Rivas. O será que las de Rivas, salvando cualquier posibilidad de sensiblería por medio de un gusto fabulador exquisito, atienden a los personajes y su naturaleza (positiva o negativa, según el caso) con el maniqueísmo propio de quien denuncia moralmente los desmanes de los más fuertes y se compromete éticamente con el sufrimiento de los más débiles. El sesgo está claro. Y es uno de los sesgos posibles: la realidad, por desgracia, nos demuestra continuamente hasta qué punto lo es, si bien esta misma nos demuestra que otros sesgos también lo son.
El último día de Terranova
La sensibilidad como ideología y la ideología como sensibilidad: tal vez Rivas podría intentar mostrar, al menos, la ambivalencia de las cosas, el envés positivo de lo negativo y el negativo de lo positivo, pero entonces su sensibilidad sería otra.
El último día de Terranova cuenta la historia de Vicenzo Fontana, que está a punto de liquidar su librería, Terranova, tras más de sesenta años de resistencia en un pequeño pueblo de la costa de la muerte gallega. Vicenzo recuerda su niñez enferma, su polio, que le dañó con una cojera incorregible, y recuerda también su paso por un piso compartido en Madrid, en 1975, cuando conoció a Garúa, la chica argentina de la que se enamoró, y con la que, recién muerto el dictador, volvió a Galicia para hacerse cargo de la librería. También narra un tiempo anterior a su vida, 1935, cuando el hijo del pescador Ponte –Eliseo, su tío— monta la librería con el dinero que su padre le deja a su muerte, tras deslomarse hasta caer exahusto (ocultando que está enfermo de tuberculosis) en el barco en el que trabajaba. Los varios tiempos de la historia avanzan imbricándose los unos con los otros y, en definitiva, se trata de una estructura temporal simple, tan bien ejecutada y tan adecuada para transmitir lo que la historia propone que merece la mayor consideración.
De una gran bonhomía, los personajes de El último día de Terranova están dotados de características humanas que permiten al autor desplegar su convicción humanista. Se trata de personajes que sueñan con pequeñas cosas alcanzables –al menos— en lo poético; personajes que pierden la batalla principal de su existencia aun abrigando el consuelo de haber conservado la dignidad: una pequeña y postrera victoria íntima. La riqueza de emociones (imágenes literarias, pensamientos literarios) así como la sensación de que presenciamos cómo el paso del tiempo deja su huella sobre los personajes, consiguen que el ejemplo de su secreta resistencia, sus pequeñas heroicidades, nos infundan cierto aliento y conmisceración. No se tratará, en nuestro caso, de una ilusión o tristeza por ellos, sino por nosotros.
Manuel Rivas es un fabulador que ya lo tiene demostrado en narraciones anteriores, como El lápiz del carpintero y sus cuentos, recogidos en el volumen Lo más extraño, y ha recibido el Premio Nacional de Narrativa por Qué me quieres, amor, así como el Premio de la Crítica en dos ocasiones, por Un millón de vacas y por El lápiz del carpintero. Esta novela se encuentra, como mínimo, entre lo mejor que le hemos leído. Un estilo propio, intransferible, resultado del trabajo de décadas. Son muy pocas las novelas sobre las que a uno le apetece escribir algo, aunque solo sea para dar constancia de su existencia y tratar de salvarlas un poquito del silencio en el que las sume nuestra sobreproducción novelística.
El último día de terranova es una novela de comedida carga simbólica. La historia de un acabamiento que está en perfecta sintonía con la sensación de pérdida de inocencia (o de fin de era) en la que parece que nos hemos sumido, al menos en España, tras el estallido de la crisis financiera mundial.

Nicolás Melini

@MeliniCoLaPalma


martes, 12 de abril de 2016

Luis Martínez de Merlo: Dante tuvo que ‘inventarse’ en una lengua nueva

El poeta español Luis Martínez Merlo ha hecho una importante reputación en la traducción de poemarios fundamentales de la literatura al castellano. A él se deben varias versiones de La Divina Comedia de Dante Alighieri, y traducciones de los Cantos Escogidos de Giacomo Leopardi y Las Flores del Mal de Charles Baudelaire, con la que ganó el Premio Stendhal de Traducción.
Luis Martínez Merlo
El mes pasado estuvo en Instituto Cervantes de Madrid como invitado al tercer encuentro del Máster en Traducción Literaria de la Universidad Complutense de Madrid. En el marco de ese evento departió con la filóloga italiana Mercedes Rodríguez Fierro, quien tiene la traducción como una de sus principales líneas de investigación y con la académica italiana Patrizia Botta, quien es especialista en literatura española.


– ¿Qué puntos de relación establecería entre Dante y Cervantes?
– Cervantes no debió conocer La Divina Comedia, pero sí a Petrarca, Ludovico Ariuosto y Torquato Tasso. Pensaba que la traducción del italiano al español era innecesaria porque todo lector culto debería leer en ambas lenguas. El idioma era un asunto importante para Cervantes, que escribió el Quijote ya hundido en un idioma que desde La Celestina había alcanzado su plena madurez literaria. Por el contrario, Dante tuvo que “inventarse” en una lengua nueva apropiada al tema que se propone. Ambos se insertan en una tradición cultural –la literatura de caballerías, para uno; la filosofía medieval, los clásicos y la tradición trovadoresca para el otro– compartidas con su público.
– En un artículo afirma que traducir poesía es imposible. ¿Por qué?
– Pretendía dejar zanjada una cuestión de principio a cerca de la posibilidad no solo de la traducción de poesía, sino de cualquier traducción, digamos literaria; y una vez afirmada su “imposibilidad” mi artículo defendía precisamente, (a partir de la existencia de un público que tiene necesidad de las traducciones) las condiciones de posibilidad y los límites de una actividad que tiene que estar constantemente legitimándose a sí misma. Hablo refiriéndome siempre a una traducción de exigencia estética, y no únicamente descodificadora del texto original (o “subtitulado)
¿Es más sencillo traducir al español cuando se trata de un texto escrito en italiano?
– Mi experiencia como traductor se resume en el trabajo sobre textos en verso de la literatura clásica italiana o francesa. La dificultad no viene dada por el idioma sino por el carácter metrificado del texto en cuestión (Leopardi no es más difícil que Baudelaire, pero Mallarme es más difícil que ningún otro. En el caso concreto de la Comedia, no se trata tanto de la dificultad del italiano, sino de la lengua que Dante está contribuyendo a crear, porque La Divina Comedia es un experimento lingüístico, compuesta “no en italiano” sino en una lengua que terminará dando forma, junto con otros modelos posteriores, al italiano literario.
¿Busca una traducción literal o aspira a hallar la esencia del poema pese a usar otras palabras?
– El punto de partida, más que la literalidad es la fiabilidad, es decir, que el lector tenga confianza que el texto vicario que está leyendo (y eso lo puede comprobar en una edición bilingüe) al menos a nivel de información se corresponde lo más cercanamente posible al original. En un segundo plano, el traductor se compromete a devolver al texto sus condiciones “poemáticas”, es decir, “estéticas” que permitan no sólo el conocimiento del contenido, sino el placer estético de la lectura.
– ¿Cómo se enfrenta a los recursos estilísticos?
– Para mi método y mi forma de traducir textos versificados, el ritmo, la medida es la parte fundamental, la base sobre la que se alza luego la trascodificación verbal. Normalmente. Así lo he hecho en mis trabajos más comprometidos, prescindo de la rima que suelo compensar con elementos de densidad tímbrica. En poemas de tipo menor donde un cierto tono de rima puede darle mayor expresividad al texto, a veces la incluido, pero sin demasiado rigor. Las figuras estilísticas, por supuesto, deben der preservadas. Sin caer en el deseo de explicar aquello que el poeta no explica o en oscurecer lo que el poeta expresa de manera clara.

Andreu Valentín Torrecilla
Isabel Bellido Ponferrada


jueves, 7 de abril de 2016

Lo que importa quién habla


En septiembre de 2015, Ricardo Piglia publicó, por fin, sus tan esperados diarios personales, Los diarios de Emilio Renzi. Así son las cosas. Estas páginas, sin duda, las más personales que Piglia escribió hasta el momento, son, como el mismo autor las define, “la novela de una vida”, y están firmadas por Emilio Renzi, álter ego de Piglia, quien, de alguna manera, siempre se las arregla para aparecer en las historias de sus libros. Ricardo Emilio Piglia Renzi: el nombre completo del autor esconde el enigma. La pregunta ya la formuló Samuel Beckett, ¿qué importa quién habla? Ese parece ser el gran problema de la literatura, también para Piglia: ¿quién enuncia? El libro empieza con una nota, “En el umbral”, en la que el autor de los diarios alude al autor de los diarios. Este juego de espejos recorre todo el volumen, pasando de una voz a otra, al punto de hacernos sentir que ya no importa si es Piglia o Renzi quien dice lo que dice.
Los diarios de Emilio Renzi
Este tomo, que se titula Años de formación, es el primero de una serie de tres volúmenes (el segundo tomo se llamará Los años felices y el tercero, Un día en la vida), ocupa el período que va de 1957 a 1967, y parece construirse alrededor de una sola pregunta, que surge apenas comenzamos a leer Los diarios…: “¿Cómo se convierte alguien en escritor, o es convertido en escritor?” La respuesta no se hace esperar: “No es una vocación, a quién se le ocurre, no es una decisión tampoco, se parece más bien a una manía, un hábito, una adicción, si uno deja de hacerlo se siente peor, pero tener que hacerlo es ridículo, y al final se convierte en un modo de vivir (como cualquier otro)”.
Piglia reconstruye alrededor de sus diarios la vida del escritor: las películas que vio, los libros que leyó, los que escribió y los que quedaron en el camino. A lo largo de las páginas, el lector logra armar en su cabeza una cartografía del autor (Adrogué, Mar del Plata, La Plata, Buenos Aires), a través de peripecias de la vida íntima (los primeros amores y desamores, la especial relación con el abuelo Emilio, los amigos), la vida universitaria, los cafés y las pequeñas piezas de hotel: “Anoto esto para sintetizar mi situación y señalar que me he pasado el día de hoy y ayer acarreando desde Buenos Aires dos pesadas valijas con papeles, cuadernos y algunos libros (…) Si algo me individualiza y sostiene mi concepción de la literatura , mi marca personal es que nunca he tenido –ni he pretendido tener- un lugar mío (o propio), vivo en hoteles, en pensiones, en casas de amigos, siempre de paso, porque ése es para mí el estado de la literatura: no hay lugar propio, ni hay propiedad privada. Se escribe, digo yo cómicamente, desde ahí. Hombre de ningún lugar”.
En Los diarios…, fiel a su estilo, Piglia intercala las anotaciones que corresponden a los cuadernos transcritos, con breves textos ensayísticos y narraciones inéditas. En el último relato, “Canto rodado”, la voz en primera se desdobla en una tercera persona que nos aleja por momentos de Renzi (y de Piglia) para volver, una vez más, a esa voz en primera, que es la de Renzi (y la de Piglia), y que nos dice como ninguna otra lo que hoy le pasa a Ricardo Piglia:  “(…) dijo Renzi, que parecía haber empezado a desvariar un poco, como le venía sucediendo cada vez con más frecuencia desde que estaba enfermo, no enfermo, él jamás usó esa palabra, estaba, para decirlo como él, ‘un poco embromado’, como decía loco de pánico, ‘no tengo dolores, sólo una pequeña perturbación en la mano izquierda, que es mi mano buena, o mejor dicho, fue mi mano buena porque soy zurdo (…)’. Por ese motivo tuvo que contratar a una asistente a la cual dictarle su diario”.
Y así, antes de cerrarse este primer tomo, Años de formación, esa misma voz, que introduce la voz de Renzi (y en ella, la de Piglia), nos cuenta de qué se trata este monumental proyecto, y es entonces cuando, perplejos, quedamos a la espera de Los años felices y Un día en la vida: “Ahora iba a publicar la primera parte de sus diarios, según estaba escrita en sus cuadernos desde 1957, cuando empezó, hasta 1967, cuando publicó su primer libro y era inminente ya la muerte de su abuelo Emilio. Me miró en el espejo y explicó cómo pensaba que iba a ser la segunda parte de sus diarios editados por él. ‘Por mí’, dijo. ‘Los años felices de mi vida, que van de 1968 hasta 1975, siete años’, dijo. ‘Número cabalístico. En esos cuadernos hay muchas historias’, se detuvo, ‘ya verás cómo sigue’, hizo un gesto y me miró. ‘Continuará’, dijo mientras bajábamos el ascensor”. Continuará -sin duda, continuará.

Ezequiel Gusmeroti


miércoles, 6 de abril de 2016

Para entender a Celan

Arnau Pons (1965) asume una posición: entre las interpretaciones que han circulado, la lectura de Paul Celan entraña una responsabilidad: hay que leerle a partir de su historia personal y de los hechos involucrados en la creación de cada poema. La lectura desprovista de referencias, la lectura cándida o la que se hace para proyectarse uno mismo en cualquiera de sus poemas, se asocian a este riesgo: perder el sentido del poema. No basta con reconocer que se trata de una poesía compleja: no es posible dejar a un lado al hombre que perdió a sus padres en un campo de concentración. Leer a Celan es ingresar a un tupido campo mental que exige ser descifrado. En cierto modo, Arnau Pons proclama mucho más que un método de lectura: una disposición al poema, algo que puede decirse así: una ética: “hay que dejar que los textos hablen por sí mismos, en lugar de proyectar en ellos las expectativas o las experiencias que uno tiene”. A Celan no se le puede leer separado de su contexto, de su experiencia.
Celan, lector de Freud
Celan, lector de Freud (Editorial Herder, México, 2015) no solo debate las interpretaciones (por ejemplo, las de Gadamer o de Felstiner), también el modo en que Celan ha sido traducido a nuestra lengua (a lo largo del volumen, explica sus reiteradas discrepancias con José Luis Reyna Palazón, traductor de las obras completas publicadas por la Editorial Trotta). Pons, poeta, traductor y afinado descifrador de la obra de Celan (y, además, especialista en los especialistas en Celan), traza algunas de las fuerzas constitutivas de su poesía: su carácter contradictor (“indaga en los textos de la tradición alemana un cierto gusto por la atrocidad y la preparación del horror”); su denuncia de lo que ocultan los lenguajes sacros y teológicos; su asociación irreducible con la realidad del exterminio del pueblo judío (“Celan habla siempre de Auschwitz, incluso cuando no es evidente”); la posibilidad de que sus poemas puedan leerse como anotaciones de un posible cuaderno autobiográfico, autorretratos, algunos de ellos cargados de ironía; su condición judía, derivada sobre todo de sus poemas (“el poema ‘Fuga de muerte’ es una condena sin paliativos del esteticismo alemán”); su propia poesía como herramienta hermenéutica –esta idea de Pons me resultó fascinante-, poemas como ejercicios de interpretación, lo que alcanza a su propio trabajo creador (“Celan en su poesía se desdobla en analista y analizante”).
El volumen reúne, además de una conferencia que Arnau Pons dictara en el año 2003, en la que compartió su lectura de cuatro poemas de Celan donde gravita la figura –la interpretación- que el poeta hiciera de Freud, la transcripción del intercambio post conferencia con el público que asistió a la misma, así como una entrevista que Pons y Patrick Llored le hicieron a Jean Bollack, celaniano de reputación mundial, en el año 2001. Al lector que ha luchado con Celan, que ha intentado encontrar rendijas por las cuales colarse hacia el sentido de sus poemas, este “Celan, lector de Freud”, ha de resultarle un libro conciliador y necesario.

Nelson Rivera
@nelsonriverap

Título Original: Libros Arnau Pons
La primera versión de este artículo se publicó en http://www.el-nacional.com/autores/nelson_rivera/