martes, 19 de abril de 2016

Elisa Lerner: Hay que ser anfitriona silenciosa en la soledad para recibir a la literatura


A Elisa Lerner no le gustan los homenajes. Sin embargo, los tendrá que aguantar, porque la tradición venezolana, por fin, ha decidido honrarla como una de sus escritoras más completas, pesar de que le guste decir que su “proceso de escritura es muy silvestre, de pronto me viene un personaje o una trama y trato de domesticarlos con mi escritura sonámbula”. A la la relectura que se hace en el país de su obra, gracias a la edición antológica de la editorial Madera Fina, se ha unido la alcaldía de Chacao que la propuso como el personaje central de su Festival de la Lectura que comienza este fin de semana. Ambas llegan dos años después de que  la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo la impusiera de la Orden Alejo.

                             Elisa Lerner
Foto: Beatriz González. Cortesía Madera Fina

La autora que no cree en los géneros por considerarlos “límites geográficos a la palabra” escribió obras de teatro como En el vasto silencio de Manhattan (1961) y Vida con mamá (Premio Juana Sujo, 1976) o ensayos como Una sonrisa detrás de la metáfora (1969) y Premio Nacional de Literatura del año 2000; una figura central de la vanguardia literaria venezolana de finales de la década de los años cincuenta y principios de los sesenta que se resiste a que la llamen intelectual y prefiere definirse como una planta “que comienza a germinar y da hojas que no son verdes sino de papel”. Aunque no se considera uno de los personajes más visibles de Sardio, hacerla recordar este movimiento es una estrategia para sacarle una sonrisa. Cuenta que más que la consciencia de la revolución literaria, le hizo descubrir el mundo. Todo comenzó en el Liceo Fermín Toro, donde la juventud la unió a quienes luego se convirtieron en protagonistas de la cultura nacional: Adriano González León, Rodolfo Izaguirre y Guillermo Sucre, entre otros. Recuerda que, a pesar de ser unos adolescentes, el acontecimiento que marcó a su generación fue el golpe de Estado de 1948. “Era la época de la caída de Rómulo Gallegos y para nuestra generación fue como si un mago maligno nos dividiera en dos la realidad y la escritura en Venezuela completa lo que la historia rompe con violencia”, recuerda la autora de Yo amo a Columbo (1979).

Así que pasen cien años
– ¿De eso se trataba Sardio? ¿De intentar recomponer, a partir de la literatura, lo que la dictadura había roto?
– Yo era una muchachita y ellos empezaron a reunirse y me incluyeron. Nos conocimos en el año 1949, pero no fue sino hasta el año 1956 que hacen una reunión en casa de Adriano y yo conozco allí a Salvador Garmendia. Todavía no era propiamente un grupo. Eso se fue formando lentamente. Aquello [Sardio] fue más bien una amistad frente al desconsuelo de que este país era nada más que cemento, y a veces cemento ensangrentado. Era una época muy difícil porque entonces se sabía que había un gran dolor histórico.
– Decía Garmendia que entonces había un compromiso de los escritores con la sociedad.
– En nuestro país, lo civil siempre ha sido como un susurro frente al estruendo de lo militar. El escritor en Venezuela siempre ha sido un personaje secundario, porque ha habido siempre otro estruendo.
– ¿Qué le enseñó Sardio?
– Los recuerdos a veces pertenecen más al reino de la imaginación que al dominio del pasado. A Sardio le debo mucho afecto: ellos aseguraban que yo era una escritora sin haberles mostrado ni una línea de lo que tenía por allí. Tenía una visión de las escritoras muy distinta a lo que era.
– ¿Y ahora se parece más a esa visión de la autora que tenía entonces?
– Creo más bien que existe una soledad que da la bienvenida a lo que una va escribiendo. Hay que ser anfitriona silenciosa en la soledad para recibir la literatura. Creo que en mi generación pudo haber habido más escritoras, pero pienso que la dictadura llevó a muchas mujeres a llevar una vida más confortable y la literatura no es la comodidad.
– ¿No le parece que eso ocurre hoy también?
– Hoy hay más escritores y eso es bueno. No sé si todos quedarán. Es raro entretener con la escritura, la imaginación o la metáfora esa terrible soledad de la vida. Pero descubrir que escribir puede ser un entretenimiento frente al dolor y la oscuridad no se hace de inmediato, por eso muchas mujeres de mi generación no optaron por esta.

Michelle Roche Rodríguez
@michiroche


martes, 12 de abril de 2016

Luis Martínez de Merlo: Dante tuvo que ‘inventarse’ en una lengua nueva

El poeta español Luis Martínez Merlo ha hecho una importante reputación en la traducción de poemarios fundamentales de la literatura al castellano. A él se deben varias versiones de La Divina Comedia de Dante Alighieri, y traducciones de los Cantos Escogidos de Giacomo Leopardi y Las Flores del Mal de Charles Baudelaire, con la que ganó el Premio Stendhal de Traducción.
Luis Martínez Merlo
El mes pasado estuvo en Instituto Cervantes de Madrid como invitado al tercer encuentro del Máster en Traducción Literaria de la Universidad Complutense de Madrid. En el marco de ese evento departió con la filóloga italiana Mercedes Rodríguez Fierro, quien tiene la traducción como una de sus principales líneas de investigación y con la académica italiana Patrizia Botta, quien es especialista en literatura española.


– ¿Qué puntos de relación establecería entre Dante y Cervantes?
– Cervantes no debió conocer La Divina Comedia, pero sí a Petrarca, Ludovico Ariuosto y Torquato Tasso. Pensaba que la traducción del italiano al español era innecesaria porque todo lector culto debería leer en ambas lenguas. El idioma era un asunto importante para Cervantes, que escribió el Quijote ya hundido en un idioma que desde La Celestina había alcanzado su plena madurez literaria. Por el contrario, Dante tuvo que “inventarse” en una lengua nueva apropiada al tema que se propone. Ambos se insertan en una tradición cultural –la literatura de caballerías, para uno; la filosofía medieval, los clásicos y la tradición trovadoresca para el otro– compartidas con su público.
– En un artículo afirma que traducir poesía es imposible. ¿Por qué?
– Pretendía dejar zanjada una cuestión de principio a cerca de la posibilidad no solo de la traducción de poesía, sino de cualquier traducción, digamos literaria; y una vez afirmada su “imposibilidad” mi artículo defendía precisamente, (a partir de la existencia de un público que tiene necesidad de las traducciones) las condiciones de posibilidad y los límites de una actividad que tiene que estar constantemente legitimándose a sí misma. Hablo refiriéndome siempre a una traducción de exigencia estética, y no únicamente descodificadora del texto original (o “subtitulado)
¿Es más sencillo traducir al español cuando se trata de un texto escrito en italiano?
– Mi experiencia como traductor se resume en el trabajo sobre textos en verso de la literatura clásica italiana o francesa. La dificultad no viene dada por el idioma sino por el carácter metrificado del texto en cuestión (Leopardi no es más difícil que Baudelaire, pero Mallarme es más difícil que ningún otro. En el caso concreto de la Comedia, no se trata tanto de la dificultad del italiano, sino de la lengua que Dante está contribuyendo a crear, porque La Divina Comedia es un experimento lingüístico, compuesta “no en italiano” sino en una lengua que terminará dando forma, junto con otros modelos posteriores, al italiano literario.
¿Busca una traducción literal o aspira a hallar la esencia del poema pese a usar otras palabras?
– El punto de partida, más que la literalidad es la fiabilidad, es decir, que el lector tenga confianza que el texto vicario que está leyendo (y eso lo puede comprobar en una edición bilingüe) al menos a nivel de información se corresponde lo más cercanamente posible al original. En un segundo plano, el traductor se compromete a devolver al texto sus condiciones “poemáticas”, es decir, “estéticas” que permitan no sólo el conocimiento del contenido, sino el placer estético de la lectura.
– ¿Cómo se enfrenta a los recursos estilísticos?
– Para mi método y mi forma de traducir textos versificados, el ritmo, la medida es la parte fundamental, la base sobre la que se alza luego la trascodificación verbal. Normalmente. Así lo he hecho en mis trabajos más comprometidos, prescindo de la rima que suelo compensar con elementos de densidad tímbrica. En poemas de tipo menor donde un cierto tono de rima puede darle mayor expresividad al texto, a veces la incluido, pero sin demasiado rigor. Las figuras estilísticas, por supuesto, deben der preservadas. Sin caer en el deseo de explicar aquello que el poeta no explica o en oscurecer lo que el poeta expresa de manera clara.

Andreu Valentín Torrecilla
Isabel Bellido Ponferrada