martes, 22 de noviembre de 2016

Nuria Labari: “Mientras que el sujeto político es la multitud, el sujeto literario prefiere el yo”

Unos días después del ataque terrorista en Atocha el 11 de Marzo de 2001, Nuria Labari entrevistó a Aicha Achaab, la madre de Mohamed Chaoui y Jamal Zougam, hijos de padres diferentes, que fueron detenidos el 13 de marzo por considerárseles autores materiales de 190 asesinatos y 1.430 tentativas. En junio de 2004, a Mohamed Chaoui se le concedió la libertad. Su hermano sigue en prisión. La justicia española lo condenó a más de 42.917 años de cárcel. Durante la entrevista que sostuvo con esa mujer normal –corpulenta que se movía “como una anciana” y vestía “ropa amplia y barata”– lo que sorprendió a Labari, que entonces trabajaba para el diario El Mundo, no fue que ella negara que sus hijos estaban vinculados con los delitos, sino que le resultaba creíble. Aicha pensaba que sus hijos eran inocentes y, de hecho, uno salió en libertad. Pero cuando la periodista lo comentaba con sus amigos, todos presuponían que la madre mentía, que ella sabía muy bien lo que había pasado. “Todos daban por supuesto que ella estaba mintiéndome. Y yo no tenía claro que eso fuera así. Prejuzgamos la realidad, nos imaginamos cómo son los malos y a veces esos malos duermen con nosotros: son nuestro marido, nuestros hijos, nuestros hermanos o nuestros amigos cercanos”, explica la autora de Cosas que brillan cuando están rotas.
Nuria Labari


Cualquier libro, por muy pesimista que sea su discurso, tiene la rebeldía de haber recurrido a la palabra y de pensar que con eso se puede llegar a alguna parte.  
La entrevista en que lo cruel de la realidad y las historias íntimas se unieron en la tristeza de una madre fue el germen de la novela que publicó este año la joven editorial Círculo de Tiza. La escritora nacida en Santander en 1979 tardó casi diez años en convertir este tema escurridizo en una novela. No se trata solo de que en esa década nacieran sus hijas o de que piense que aprendió a escribir con esta primera obra de narrativa extensa –en 2009 publicó Los borrachos de mi vida, colección de cuentos que le mereció el VII Premio de Narrativa de Caja Madrid–, sino que quería contar lo que pasó con verosimilitud y sin prejuicios, lo que no es fácil porque los suceso narrados son recientes, y sobre eso tejer la historia de los personajes en una narración coral.

– El argumento de tu novela propone un hecho histórico muy reciente visto a través de los tres integrantes de una familia: la adolescente Clara, que comienza enfrentarse a las grandes preguntas de la vida, y la pareja formada por Eric y Eva, que están cansados y no comprenden por qué están tan solos si están juntos.
– Al principio no tenía muy claro si quería escribir sobre el 11-M, me interesaba el dolor de los otros. En la literatura española no tratamos cómo nos duele el sufrimiento de los demás, ni siquiera nos preguntamos si nos duele. Empecé a darle vueltas a esto desde mi experiencia al cubrir los atentados del 11-M y me preguntaba si podemos relacionarnos íntimamente con la vida viviendo en un mundo como este. Quise construir un juego de espejos donde se reflejan horrores de la actualidad, como el terrorismo, y el histórico, como fue el genocidio. Me interesaba la relación que esto podía tener con un problema individual como la soledad. La intimidad que construimos cerca de las personas que más queremos es profunda pero también vacía. ¿Cuántas personas se conocen de verdad hasta su oscuridad? Esto me parece algo aterrador: se trata del relato de nuestra enorme soledad. Parte del problema de los atentados es que había falta de comunidad para enhebrar ese dolor y para coserlo en la comunidad y en cada persona. Eso quise mostrarlo en la novela.

– En su disección de los efectos del terrorismo sobre la vida íntima de las personas, Cosas que brillan cuando están rotas introduce en la literatura de ficción al nuevo sujeto político de nuestro tiempo: la multitud.
– Casi todo lo que se pude leer sobre el terrorismo (y mira que yo soy politóloga) proviene de las ciencias políticas, son ensayos. La literatura se interesa poco por ese gran sujeto contemporáneo que es la multitud. Mientras que el sujeto político es la multitud, el sujeto literario prefiere el yo. Yo quería ver cómo se casaba esto. Es complejo porque, al final, la empatía con el otro es un viaje de la imaginación complejo que no encontraba en los libros. Requiere la voluntad individual de ir a donde no has estado antes. Me interesaba escribir sobre las caras de la relación entre víctimas y victimarios sin juzgar dramáticamente a los terroristas.

– ¿Qué aprendiste escribiendo esta novela?
El trato de la escritura con la realidad es un buen aprendizaje que yo me llevo para todos los libros que vengan. Después, sobre aquellos hechos, sigue siendo algo que me entristece mucho porque, a pesar de que mi objetivo inicial era descubrir esto, no veo cómo el amor puede darnos algún tipo de sentido. La novela no es muy optimista. Estamos en un momento de falta de comunidad y de falta de sentido. Sí, hay esperanza, pero se articula en destellos que uno tiene que pelear para unir en un contexto adverso. Para mi, al final, queda la literatura. Cualquier libro, por muy pesimista que sea su discurso, tiene la rebeldía de haber recurrido a la palabra y de pensar que con eso se puede llegar a alguna parte.


@michiroche

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