jueves, 17 de noviembre de 2016

Irving y los milagros

La novela más reciente de John Irving pretende demostrar que vivimos al mismo tiempo el pasado y el presente. Juan Diego es un escritor de 54 años que trabaja en la prestigiosa Universidad de Iowa como profesor de literatura, que cuando sueña siempre regresa a la niñez que pasó entre los basureros de Oaxaca, donde recogía desperdicios, entre los cuales sus favoritos eran los libros. “Tenía dos vidas, dos vidas desligadas y claramente diferenciadas. La experiencia mexicana (…) era su primera vida. Al abandonar México –nunca había vuelto– inició una segunda vida: la experiencia en Estados Unidos o en el Medio Oeste. (¿O acaso estaba diciendo también que, en términos relativos, lo que su segunda vida le había deparado no era gran cosa?)”, cuenta Irving en Avenida de los Misterios.
Avenida de los Misterios
La sola narración de la niñez del protagonista da para una novela de aventuras. A los 14 años, el escritor con el mismo nombre del indio que encontró a la Guadalupe vivía en un sector paupérrimo de Oaxaca con su hermana Lupe, que podía leer los pensamientos de la gente, y con su madre Esperanza, empleada de la limpieza de los jesuitas y prostituta. Su afición por rescatar libros del fuego y su inteligencia que le permitió aprender a leer solo, llamaron la atención de los sacerdotes que regentaban el orfanato Hogar de los Niños Perdidos, que lo invitaron a él y a Lupe a estudiar allí. El cambio duraría meses antes de que los hermanos se unieran al circo, de donde salen gracias a un milagro. “Es lo maravilloso lo que a muchos les ha llevado a la Iglesia y los mantiene en su seno. Creen en María y en Jesús, no en la institución”, explicó Irving en la rueda de prensa de su libro en Madrid este año: “quería escribir una novela en la que los milagros significaran realmente algo”.
La niñez como la etapa en la cual pueden articularse grandes contrastes morales es un tema que Irving ha tratado en otras obras, en especial, Las reglas de la Casa de la Sidra, por cuya adaptación cinematográfica ganó un Oscar en el año 2000; de hecho, el orfanato de Saint Cloud’s es un antecedente a la institución regida por los jesuitas donde estuvo Juan Diego. Pero la historia que cuenta Avenida de los Misterios empieza cuarenta años después de que el pequeño “lector del basurero” (como le llamaban los jesuitas) abandonara México. Comienza con un viaje a Filipinas de camino a un festival literario en Lituania donde le rendirán homenaje. Las anécdotas son tan maravillosas como las de su niñez, porque allí se encontrará con un viejo alumno que se ha hecho especialista en su obra y con la lujuria de dos mujeres, madre e hija, furibundas fanáticas de sus novelas. Obligado por una vieja dolencia a tomar betabloqueantes, el escritor está todo el tiempo cansado y pasa rápido de la vigilia al sueño, lo que permite a Irving amalgamar las historias de la niñez y de la adultez hasta lograr un mosaico de episodios que van de la tragedia a la comedia y que incluyen, entre otras situaciones y personajes, actos de circo, flagelaciones en oscuras celdas de curas, un hippie prófugo de la guerra de Vietnam y una prostituta travesti. Los caminos paralelos en los que se articula el argumento de Avenida de los Misterios le permiten al escritor nacido en New Hampshire en 1942 articular sus críticas a la postura de la Iglesia católica frente al aborto, a los anticonceptivos y a la sexualidad en general. Se trata de las consideraciones morales a las que tiene acostumbrados a sus lectores y la sensación que promueve el autor de que una novela debe hacer algo más que contar una historia: debe ofrecer una visión del mundo.


@michiroche
  

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