miércoles, 30 de noviembre de 2016

Fry por Woolf (II): Hambre de ver

Una edición de Lumen trae nuevamente la biografía que Virginia Woolf escribió sobre su amigo, pintor y crítico de arte, Roger Fry. En 2016 coinciden los aniversarios de estos personajes: los 75 años de la muerte de la autora de Mrs Dalloway y el siglo y medio del natalicio del artista

“En la medida en que un hombre puede cambiar el gusto,
Roger Fry lo cambió”
Kenneth Clark
(Viene de: Fry por Woolf (I): El inventor del postimpresionismo)

Mientras cuidaba a Helen Combe, su esposa, Fry trabajaba y pintaba. Luego de una temporada, ella comenzó a mejorar. Tuvieron dos hijos, Pamela y Julian. En 1910 Helen agravó y desde ese momento hasta su muerte vivió en un hospital siquiátrico. Fry lo hacía todo: cuidaba de su esposa, educaba a sus hijos, daba cursos y conferencias, escribía sobre los cuadros (escribe Woolf: “cada cuadro parece ocupar su sitio, de modo que tenemos la sensación de participar en un continuo viaje de descubrimiento bien planificado”), polemizaba, en su interior adquiría fuerza el sentimiento de que había que construir la bisagra entre la obra y el público, entre el artista y el público.
Roger Fry
Fry tenía el don del observador: veía el porvenir. Avizoraba. Interpretaba. Diferenciaba. Defendía la posición de que el crítico debe atender más a la sensibilidad que al conocimiento. Publicaba recensiones de libros, dictaba conferencias ante públicos que crecían. Pintaba sin encontrar resonancia. Le encargaban la compra de cuadros. Le contrataban para garantizar la autenticidad de las obras. Y viajaba: sus cartas, numerosísimas, estaban pobladas de cuadros. No cesaba de comentarlos uno a uno. No creía en los expertos.  Su ejercicio consistía en la experiencia de ver. La vivacidad de sus comentarios hacía que sus corresponsales sintieran que tenían el cuadro enfrente. Su reputación de conocedor se irrigaba por todas partes, sin que él fuese consciente de ello.
A pesar de que aquí y allá le reconocían sus innumerables atributos, no le resultaba fácil responder a las preocupaciones de sus padres. Una serie de avatares, que Virginia Woolf narra en sus diversas corrientes, lo condujeron al cargo de curador de pinturas del Museo Metropolitano de Arte de New York, que ejerció entre 1906 y 1910. Cruzó el Atlántico y quedó asombrado con la sofisticación, el buen gusto y la avidez de las capas ilustradas de Norteamérica. También fue sorpresivo enterarse de que era una especie de celebridad.



Las dos exposiciones

Virginia Woolf
1910 fue un año determinante en su vida: debió internar a su esposa en el siquiátrico, dejó New York para volver a Londres, curó la exposición “Manet  y los postimpresionistas” en las Grafton Galleries, que reunió en Inglaterra por primera vez, las obras de Gauguin, Manet, Matisse, Picasso y Van Gogh. El vendaval se desató imparable. “No menos de cuatrocientas personas visitaban la galería a diario. Y expresaban su opinión no solo al secretario, sino también en cartas dirigidas al propio director. Los cuadros eran de mal gusto, anárquicos e infantiles. Constituían un insulto al público británico y el responsable del insulto era un necio, un impostor o un tunante”. Virginia Woolf se adelanta a nuestra perplejidad: hoy cuesta entender que aquellos artistas cuyas obras son fundamentales en el siglo XX, hubiesen ocasionado tal escándalo. Fry sufrió el rechazo de las clases cultas de Inglaterra, pero a cambio los jóvenes pintores se aglutinaron en torno a su figura.
En 1912 organizó una segunda exposición, lo que ratifica cuánto confiaba en el poderío de los cambios que estaban ocurriendo en el modo de representar el mundo. Su fijación con los postimpresionistas modificó su modo de pensar la pintura y también su propia pintura. Mientras atendía todos estos múltiples frentes, escribía largos ensayos, estudios sobre pintores (como los que dedicó a Cezanne, a Matisse, a Bellini, a la pintura británica, al arte francés, etcétera), participaba en las tertulias y la amistad del llamado Círculo de Bloomsbury, sus capacidades como conferencista adquirían proporciones míticas, y no paraba de trabajar, lo que alcanzó su apogeo cuando en 1913 creo los Talleres Omega, especializados en diseño y aplicaciones artísticas. “Cocinaba; lavaba los platos; hacía cerámica; diseñaba alfombras y mesas; enseñaba los Talleres Omega a los visitantes; encontraba trabajo a los objetores de conciencia; los defendía ante los políticos; hacía todo lo posible por pagar 30 chelines semanales a sus artistas”. Finalmente, la precariedad causada por la Primera Guerra Mundial acabó con aquel magnífico experimento. En marzo de 1919, el mismo Fry subastó las piezas que quedaban.

Final
Los últimos diez años en la vida de Fry fueron también extraordinarios. Se había convertido en un hombre del espíritu. Practicaba una vida desinteresada, disfrutaba de los dones. Su conversación iba de los cuadro al ajedrez, de los paisajes a Mallarmé. A pesar de las dificultades, no se cerró a nada. En 1926 conoció a Helen Anrep, quien sería su compañera hasta su muerte, causada por un infarto lo derribó para siempre.
Autorretrato
Cuenta Virginia Woolf, que fue su amiga, que si Fry era persuasivo en sus libros, como conferencista era exquisito y cautivador. Y es con un fragmento de esos momentos mágicos, con el que me propongo cerrar este comentario: “Todo lo había dicho y hecho una y otra vez en sus libros. Pero había una diferencia. Cuando la siguiente transparencia se deslizaba en la pantalla, se producía una pausa. Roger Fry contemplaba de nuevo el cuadro. Y luego, en un instante, encontraba la palabra que deseaba; añadía de forma impulsiva lo que acababa de ver como si fuese la primera vez. Ese era, quizás, el secreto de su influjo sobre el público. Este tenía la oportunidad de ver cómo brotaba y se configuraba la sensación; Roger Fry lograba develar el momento mismo de la percepción. Así, con pausas y borboteos, el mundo de la realidad espiritual surgía transparencia tras transparencia –en Poussin, en Chardin, en Rembrandt, en Cézanne-, con sus cimas y valles, todos relacionados, todos provistos de algún modo de integridad y plenitud, sobre la gran pantalla de Queen’s Hall. Y, al final, tras una larga mirada a través de las gafas, hacía una pausa. Señalaba una de las últimas obras de Cézanne y parecía desconcertado. Meneaba la cabeza; apoyaba la vara en el suelo. La obra –decía- escapaba a cualquier análisis que él pudiera hacer. Y en consecuencia, en vez de decir “Siguiente transparencia”, hacía una inclinación y el público salía a Langham Place”.

Lee la primera parte: Fry por Woolf (I): El inventor del postimpresionismo.


Nelson Rivera

@nelsonriverap

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