miércoles, 23 de noviembre de 2016

Fry por Woolf (I)


Una edición de Lumen trae nuevamente la biografía que Virginia Woolf escribió sobre su amigo, pintor y crítico de arte, Roger Fry. En 2016 coinciden los aniversarios de estos personajes: los 75 años de la muerte de la autora de La Señora Dalloway y el siglo y medio del natalicio del artista

“En la medida en que un hombre puede cambiar el gusto,
Roger Fry lo cambió”
Kenneth Clark


Roger Fry le escribe a su padre el 21 de febrero de 1888. Tiene 22 años. Sus estudios científicos, en la Universidad de Cambridge, son los de un alumno notable. Pero no es eso lo que le interesa. Fry quiere pintar. Ha consultado a un profesor sobre la perspectiva del arte como profesión. “Me aconsejó que, si era lo bastante importante para mí, le pidiera a usted que me dejara probarlo durante un par de años y al final de ese período, dice, cree que estaré en condiciones de determinar cuáles son mis aptitudes y si merece la pena continuar”.
Roger Fry
Nació en diciembre de 1866. El padre y la madre eran cuáqueros y provenían de familias que lo habían sido por varias generaciones: un mundo endogámico y rígido, distinto de todo cuanto los rodeaba, en el que no faltaban personas cultivadas. Adinerados, participaban en sociedades que debatían cuestiones de ciencia y literatura. Se reunían para hablar de los libros que leían, de sus temores hacia la modernización del mundo.
Roger Fry
Al pequeño Roger le gustaba la naturaleza y muy temprano se sintió atraído por las preguntas de la ciencia. Era sensible y entendía las limitaciones del credo familiar. Respetaba y temía a sus padres. Tímido, ello no le impedía ejercer su potente inteligencia. Los castigos físicos que vio en su escuela le llenaron de un profundo rechazo a la violencia. En 1881 tenía 15 años e ingresó a una escuela en Clifton donde expandiría su interés en las ciencias. La amistad con John Ellis McTaggart (que mucho más adelante se convertiría en el autor del fundamental “La irrealidad del tiempo”) comenzó a desafiar la preceptiva que le había sido inculcada en su familia. Hacían largas caminatas y conversaban sobre los asuntos del mundo. Fry pasaba desapercibido. La rebelión todavía no ascendía a la superficie.
En diciembre de 1884 ocurrió el hecho que cambiaría su vida: fue admitido en Cambridge. Recibió una beca para estudiar ciencias. La afinada y reveladora prosa de Virginia Woolf se desliza para narrar la expansión sensitiva, intelectual y humana de Fry. La conformación de amistades que lo serían para el resto de la vida (a Fry y a sus amigos les llamaban “los jóvenes reflexivos”). El encuentro con personas de la talla de Edward Carpenter, Bernard Shaw y otros, mientras crecía en él una indeclinable pasión por la pintura y las artes.

Un mundo por ver
La respuesta de su padre a la carta constituyó un avance, pero no en los términos a los que Fry esperaba: el acuerdo consistió en que seguiría sus estudios científicos y dedicaría parte de su tiempo a la pintura. De allí en adelante las relaciones con sus padres no tendrían la fluidez anterior: Fry les había hecho saber que aspiraba a una vida muy distinta a la que ellos deseaban. A partir de 1891 comenzó a viajar-para-ver. Más que una rutinaria práctica profesional, ver ciudades, paisajes y museos, pero sobre todo ver cuadros, se convertiría en una segunda respiración. Con el tiempo, mirar sería para Fry equivalente a vivir.
Virginia Woolf por Roger Fry
Viajaba con sus amigos. Iba de una ciudad a otra. Conocía a los notables de la crítica del arte (como John Addington Symonds). Se sentaba a conversar: los cafés ya eran una de las más nobles instituciones europeas. El cosmopolitismo campeaba a sus anchas. Las técnicas pictóricas estaban en el centro de sus anotaciones. En 1892 se mudó a Chelsea. Su pintura no encontraba acogida: ni lugares adecuados para exponer ni compradores para sus cuadros. La personalidad del hombre dispuesto a defender sus ideas se configuraba: nunca abandonó su talante de espíritu abierto (temía convertirse en un fósil) pero a todos los que le escuchaban les resultaba llamativo su modo de argumentar. Los cursos que dictaba, rápidamente encontraron acogida. Viajaba, pero también ejercía oficios artesanales para poder vivir como restaurador o diseñador. A pesar de la oposición de su familia, en diciembre de 1896 se casó con Helen Combe, también artista. Aquél fue un tiempo feliz para ambos. Viajaban y veían cuadros. Leían juntos. Lo compartían todo. Hasta que, tras unos primeros síntomas, la locura se manifestó en Helen.

Nelson Rivera

@nelsonriverap

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