martes, 28 de junio de 2016

Juan Carlos Méndez Guédez: “La mezcla es un modo sustancial del vivir”


Lo que guía la escritura de Juan Carlos Méndez Guédez es la necesidad de colocar en la pantalla del ordenador las voces que retumban en su cabeza con la promesa de una historia. “Sólo percibo la necesidad del relato, algo en mí quiere hacerse relato. Algo que es encadenamiento de anécdotas, aparición de personajes, piezas de una estructura que debe ser muy pensada y muy precisa. Algo que es un juego que me resulta apasionante. Jugar, jugar. Escribir como si fuese otros”, explica. La vocación lúdica es la marca del tropo crucial que ha dado su narrativa en le último lustro. De un registro intimista, romántico, poblado de seres que caminaban entre la vida mediocre y la ternura ha pasado ahora a las novelas de la risa amarga. El cariño entrañable se convirtió en ironía, pero la bondad y la virtud, como en las fábulas que contaba Esopo, al final sin recompensadas. Y esta manera de ver el mundo y la literatura lo ha colocado en una vorágine productiva que lo ha puesto a publicar casi un libro al año.
Juan Carlos Méndez Guédez
El escritor nacido en la ciudad venezolana de Barquisimeto en el año 1967 no solo se encuentra en un momento de fecunda producción, sino que su trabajo comienza a reconocerse fuera de las fronteras del idioma castellano. En los últimos tres años, varias obras suyas han sido traducidas al gallego y al francés. En el primer idioma con su libro para niños, El Abuelo de Zulaimar. Esta misma publicación y otras cuatro pueden leerse en francés: Ideogramas, Las siete fuentes, Chulapos mambo (titulado Mabo canaille) y Tal vez la lluvia. Y las buenas noticias no cesan. Con la obra ganó el premio a los Mejores de 2016 del Banco del Libro de Venezuela. Sus libros más recientes son Los Maletines y El Baile de madame Kalalú, ambos editados por el sello Siruela. En octubre aparecerá su nuevo libro de relatos, La noche y yo, en Páginas de Espuma.

– ¿Por qué has migrado a la novela policial en tus dos últimos libros?
– No son policiales. Aparecen policías como escenario de fondo. En ellas suceden temas vinculados al crimen, pero el peso del libro no reposa en la investigación que se hace alrededor del delito. Son novelas por la mixtura de ingredientes de picaresca, algo de novela cómica, algo de cuento de hadas, algo de thriller, algo de novela pastoril, algo de novela de aventuras y de novela negra. Para mí la mezcla es un modo sustancial del vivir. Me interesa probar sabores, combinarlos, alterarlos, fusionarlos. Y la novela, desde que Cervantes hizo de ella un objeto estético peculiar, acepta esas combinaciones con naturalidad. Lo que sí es cierto es que el crimen ha entrado en mis libros. En ambos casos como una suerte de venganza poética contra el poder. Los protagonistas de mis dos historias, desembocan en el delito porque están rodeados de un mundo áspero, delictivo, cruel, cínico. Así que antes de ser aplastados por ese mundo, ellos se defienden con las herramientas de su inteligencia. En ese sentido, quizá sí serían libros propios de una neo-picaresca del siglo XXI. Una reivindicación de la individualidad y del derecho que tiene la persona de defenderse de quienes en nombre de un supuesto bien colectivo intentan aplastarlo y rendirlo.

– ¿Qué conflictos representó el trabajo con la protagonista de Madame Kalalú, una mujer que trabaja en el elitesco mundo del arte?
– Ya he escrito desde la mirada de una mujer en libros anteriores, como Árbol de luna y Arena negra. Mi infancia fue la proximidad de mi madre, mis tías, mis primas. Fui testigo privilegiado de esos mundos donde los hombres podían ser el abandono, el silencio, la irresponsabilidad, el desapego a los hijos y a los afectos. Esos modos de ver y de hablar que ellas poseían, me son próximos. La dificultad inicial de esta novela era conocer el mundo de los ladrones de joyas y obras de arte y eso fue una investigación muy divertida. Encontré robos muy ingeniosos que le asigné a mi personaje; encontré ladrones con comportamientos entrañables, como uno que en limpió por completo a Johnny Weismuller, pero que le regresó una de sus medallas olímpicas. También hubo personas que me ayudaron a conocer cierto tipo de joyas o de joyeros famosos. Es un mundo lleno de una belleza sutil que alguien como yo, que creció en un barrio humilde y peligroso, desconocía por entero e incluso despreciaba. Me gustó entender que la belleza siempre está esperando por el sosiego de los ojos que la miran.

El leit motiv aquí es la justicia poética: el arte como venganza y regeneración de la mediocridad.
– La literatura tiene algo de venganza: contra el olvido, el abandono o la fealdad. Estaría bien pensar que se escribe sólo guiado por sentimientos positivos, por estímulos creativos vinculados a la belleza, al afecto, a lo estético, a lo humorístico. Pero en efecto también hay un componente de venganza. Escribes para vengarte de la desmemoria, de los desencuentros. En efecto, la protagonista ama la belleza, pero socialmente la han colocado en un lugar donde no puede acceder a ella, así que decide apropiarse de un modo radical de lo que forma parte de su deseo. Ella no tiene la voluntad de resignarse al papel que el mundo le asigna. Para la protagonista de mi novela es importante rodearse de la belleza; así, la escritura y las películas y los cuadros y las joyas son belleza que ella coloca como un círculo de esplendor que la protege de sus propios desgarramientos de infancia; ella es hija de un esquizofrénico, y hay en esa parte de la historia un tema doloroso, una deuda del pasado.

– ¿Qué ventajas tuvo escribir una novela desde la perspectiva de la mujer?
– La protagonista de El baile de madame Kalalú y de otras de mis historias se parecen a algunas de esas mujeres o a mujeres que he conocido luego y que no están dispuestas a ser una Penélope que espera el retorno de su Ulises. Mujeres con humor, chispeantes, tomadas por una profunda visión irónica sobre la vida. Así que esa conexión despertaba en mí una profunda simpatía y lo cierto es que en mi caso sólo soy capaz de avanzar con un personaje si de algún modo le tengo afecto.

– El discurso sobre el cuerpo femenino es interesante, por decir lo menos, en la narradora.
– En tanto persona que escribe novelas, cada vez me cuesta más pensar en términos de representatividad o de identidades colectivas.  Me interesan las obras que hablan de personajes singulares. La huella social está en cada uno de ellos, pero lo que me apasiona al escribir es ese desvío, ese quiebre, esa palabra que no se espera y que aparece por sorpresa. La intención no es hacerla representar algo, sino que sea algo. Muy probablemente la protagonista de mi novela, al ser una mujer del Caribe, tenga un modo concreto de sentir su cuerpo como una amenaza y como una posibilidad festiva. Es posible que tenga un modo de bailar la vida, de amar, de odiar, de entender las relaciones sociales, amorosas. En ella hay ese exceso delicioso que reflejan los boleros, las telenovelas, las fiestas. Pero, hablando de lo corporal, algo que puede subrayarse en ella es su modo de mirar al hombre como una figura que baila; una contemplación realizada con ironía, con ternura, con deseo, con rabia. De allí que ella realice una clasificación de los tipos de hombre según su manera de bailar.


Michelle Roche Rodríguez
@michiroche


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