miércoles, 25 de noviembre de 2015

Un retablo para chuparse los dedos

Como un conjunto de figurillas en serie que representan un suceso o como el pequeño escenario en que se personifica una acción con títeres son dos maneras de definir  la palabra “retablo” que ofrece el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española.
El retablo
Y eso es justamente lo que hace José Rafael Lovera con Retablo gastronómico de Venezuela: poner ante los ojos de su lector una sucesión de alegorías, personajes y hechos que configuran la historia de la gastronomía de su país. 
José Rafael Lovera
En una decena de capítulos que recorren los nombres científicos y populares de los condimentos, el historiador nacido en 1939 cuenta los orígenes primigenios de las hortalizas y las frutas o anota las recetas de la repostería y los platos de antaño, así como también las fórmulas para los cocteles con ron que gustaban a los personajes prominentes de Venezuela. Así, esta publicación combina el saber enciclopédico sobre el yantar de ese país con el menudo detalle del pasado o la anécdota curiosa para contar el desarrollo de una sociedad que hoy, por fin, está orgullosa de su comida y de su cultura como antes lo estuvo de la belleza de sus mujeres o de la calidad de su petróleo.
El libro está concebido como una receta de cocina donde los ingredientes tienen vida propia. “Si el escritor concibe la obra y la plasma en un texto, el cocinero hace lo mismo mediante un recetario”, escribe el individuo de número de las academias de la historia de Venezuela, España y  Guatemala, así como de las instituciones similares en Estados Unidos, Italia y Francia: “Nuestra cocina se basa en la asociación de elementos autóctonos americanos y otros foráneos (europeos, africanos y asiáticos). 
Diez capítulos cuentan la historia gastronómica de un país
Esta diversidad de ingredientes, reflejo de una historia accidentada, se fundieron unos con otros al calor del relacionamiento de los distintos pueblos que formaron nuestra nacionalidad” escribe en el liminar que introduce los diez capítulos del Retablo. Alude allí también a la tontería tantas veces repetida en la conversación coloquial que describe como “mestiza” a la gastronomía venezolana. No solo es híbrida la mesa de ese país, así son las tradiciones culinarias de todas las naciones: ninguna cultura es “pura”, aunque haya grupos interesados en promocionar lo contrario. De hecho, Lovera señala que la misma cocina española que representó la fuente de la mesa criolla puede ubicar raíces en la cultura celta, gótica, íbera y arábiga.
Entre los datos interesantes que aporta esta investigación se encuentra la noción de que el régimen culinario tradicional de Venezuela se consolidó en el siglo XVIII, es decir: incluso antes de su proclamación como república. O la localización en el año 1861 del primer recetario escrito en ese país. Se trata de la obra de un agrónomo llamado José Antonio Díaz que nació de su preocupación por mejorar la alimentación de sus compatriotas campesinos y constituye una lección de filantropía para los políticos contemporáneos. Una sección valiosa del libro es el capítulo “Los oficiantes de cocina en tiempos históricos” que se refiere a un tema pasado por alto en la historiografía culinaria de Venezuela: los que tiene las manos en la masa, desde aquellos que fueron pioneros en el arte de los fogones durante la colonia, hasta los arquitectos del edificio que es la gastronomía moderna y variopinta de ese país.
Otro de los recursos atinados del cocinero de este libro es la invocación del poema de Andrés Bello, “La agricultura de la zona tórrida”. El primer verso de esa composición poética en silva, “¡Salve fecunda zona que al sol enamorado circunscribes…!”, resuena profundamente en las raíces cavernosas de la identidad venezolana marcada por la celebración de la herencia natural del país, a veces en detrimento del contenido humano de esa información genética que es la historia. 
Pero he allí lo verdaderamente interesante del libro escrito por el fundador de la Academia Venezolana de Gastronomía y del Centro de Estudios Gastronómicos (CEGA): que trasciende toda simpleza y reivindica la manos que se han metido en la masa de la nutrición de los venezolanos: los esclavos bilingües que echaban mano de cualquier ingrediente nacional o foráneo, los cocineros que inventaban platos para alivianar las faenas de las campañas militares o las recetas del pan nuestro de cada día que desde tiempos inmemoriales ponen sobre la mesa de nuestras infancias las amas de casa. “Siempre hubo una abuela, una madre, una tía, una empleada que con su labor cotidiana, quemándose en los fogones, preparó lo que luego sobre la mesa constituyó delicia inolvidable”, escribe Lovera en el epílogo del libro: “Esas mujeres, dotadas de hábiles manos y de una memoria gustativa que fue formándose por la experiencia, se hicieron dueñas de nuestros paladares. Muchas de ellas lograron definir lo que llamamos sazón criolla, producto de un sutil arte combinatorio”.
Como un mesa bien servida, al dato preciso y a la narración entretenida se unen la profusión iconográfica de la publicación y la diagramación refrescante de los profesionales de Artesano Group, ingredientes todos que invitan a devorar cada capítulo de este Retablo, con la seguridad de que dejará el sabroso regusto de la historia civil venezolana.

@michiroche


55 años de Masa y poder (III): Elías Canetti, el poder y la orden

Masa y poder, ensayo cumbre del siglo XX, cumple 55 años de publicado. Reflexión que se desborda por sus innumerables costados, es de esos textos imposibles de asir. Lo que sigue no es más que un primer asomo a una obra magna y excepcional, no la única de esa mente de genio que fue Elías Canetti (1905-1994).
Aquí puede leer la primera parte de esta serie.
Aquí puede leer la segunda parte de esta serie.


La presa: tal el primer hito que sirve a Canetti para ingresar en el análisis del poder. La presa es lo arcaico: el acecho. En cuanto hemos escogido una presa, la ‘incorporamos’. Del acecho se pasa a la persecución. El perseguido (recordemos aquí el miedo a ser tocado), teme al primer contacto del perseguidor. La civilización puede entenderse como la evolución del esfuerzo por evitar ser tocado.
Elías Canetti
Del tocar pasamos al agarrar: el reino de las manos. Bajo la intervención del desprecio, las manos se vuelven poderosas: pueden ahogar, aplastar. Los felinos son el extremo de esta imagen: agarrar, dar un zarpazo, desgarrar. Anota Canetti: “a todos los reyes les encantaría ser leones”. A la presa se le incorpora por la boca. Los dientes son también un instrumento del poder, el triunfo de lo liso y lo afilado: la dentadura precede a las armas blancas. En ningún otro punto la renuncia a la violencia se expresa como en las manos. Más que las palabras, la protección y el amor del otro se convierten en verdad a través de las manos.


Masa y poder
Si todas las armas tienen la facultad de concentrar su fuerza en un punto, el poder se concentra en quien tiene la mayor capacidad de matar (Canetti evoca la anti-figura de la madre: “No hay forma más intensa de poder”). Sobrevivir es el momento clímax del poder: alargar la vida. Existir más allá que lo demás. Durar. Para el poderoso vencer y sobrevivir son una misma dimensión. Quien ha salido ileso en un combate siente una superioridad sobre los muertos. Entre el superviviente y el héroe hay una conexión vital. El héroe más poderoso es aquél que puede controlar su propio desenlace.  Nadie percibe con tanta fuerza el peligro como el poderoso. Nadie maneja el arte del fingimiento como el jefe. La relación de mayor atracción y repulsión: la del poderoso con su sucesor. El poderoso está siempre tentado por el pensamiento de que todo comienza de nuevo con él. Cuando el poderoso muere, su resentimiento a los vivos se pone en movimiento (por ello, hay vivos que temen a los muertos).

Epidemias y otras variantes
Porque la epidemia opera como acumulación (los afectados se multiplican, los muertos pueden llegar a ser más numerosos que los vinos), ella pone luz sobre la masa. Los afectados por la epidemia se convierten en iguales: se constituyen en masa. Al contagio le precede la lucha del aislamiento, el esfuerzo por evitar la enfermedad. Tucídides advirtió que el sobreviviente de la peste se percibe a sí mismo como un privilegiado: un vivo entre los muertos.
Pero el poder no sólo es más tiempo, más espacio, más velocidad (el veloz puede sorprender y atrapar al más lento). También un modo de inquirir: la tiranía es el régimen de las preguntas opresivas. Cuando el tirano pregunta, penetra. La pregunta del poderoso entraña una conciencia. La densidad del secreto es su posibilidad de resistir a la pregunta. En manos del poderoso, toda pregunta es una navaja, instrumento que abre o desgarra lo cerrado. El interrogatorio tiene como finalidad restituir el orden. Pero también destruir el secreto del otro. El poderoso quiere guardar para sí el privilegio del secreto. La habilidad para acechar depende del secreto. Como experto del secreto, el poderoso tiene facilidad para leer a los demás. Por eso el que calla se hace poderoso: se convierte en custodio único de lo que silencia (esto abre toda una amplia vertiente sobre la cuestión del juramento, en la que Canetti apenas se asoma).
El poder enjuicia. Al hacerlo, se carga de seguridad. Abstenerse de enjuiciar es, por tanto, una de las más altas tareas del espíritu. Toda sentencia porta en su escala la estructura de la última sentencia, que es la de la muerte. Por eso el poderoso no perdona nunca. No olvida. Todo queda registrado en su conciencia del peligro. No perdonar es una garantía del sometimiento de todos. Cuando el poderoso indulta se regala a sí mismo la sensación de haber superado sus propios límites. Al indultar, ordena. La orden es un pre-sentido. La primera orden es la de la fuga. La orden tiene su origen en la fuga, que es la reacción a la sentencia de muerte dictada por un animal más poderoso. Cuando se produce el aviso, la manada se pone en movimiento.
Masa y poder
La orden está ligada al instante. Su naturaleza se opone a desacuerdo. Quien ordena, ha vencido o vence al momento de emitir la orden. La victoria vive en la orden que la hizo posible. “Una orden es como una flecha. Es disparada y da en el blanco. El que da una orden apunta antes de dispararla”. Toda orden genera una herida y una cicatriz. Una resistencia. La posibilidad de una rebelión. Quien teme dar órdenes teme a la rebelión. La masa temerosa quiere permanecer agrupada. En el funcionario, en el soldado, en el sacerdote, incluso en los hijos, pasa esto: se vive a la espera de una orden. Esperar una orden tiende a intensificar las emociones. Cada orden recibida por el ser humano es un aguijón que guarda dentro de sí. Dice Canetti que esos aguijones son inmutables. Con mayor o menor fuerza, ellos incordian. Hasta que en algún emergen con enorme fuerza y desconocen la orden, el orden establecido. 

NOTA: A la versión pionera de Masa y poder en castellano, publicada por la Editorial Muchnik en 1977, cuya traducción hizo Horst Vogel, se ha agregado la que ha realizado Juan José del Solar, que fue director de las Obras Completas de Elías Canetti, para la Editorial Galaxia Gutenberg. El tomo I de esta notable edición, además de una cronología y dos textos del Solar (un perfil de Canetti y un estudio sobre la génesis de Masa y poder), contiene la transcripción de la entrevista que Theodor Adorno le hizo a Canetti en marzo de 1962.

Aquí puede leer la primera parte de esta serie.
Aquí puede leer la segunda parte de esta serie.

Nelson Rivera
@nelsonriverap


martes, 24 de noviembre de 2015

Alfonso Armada, el periodismo como forma de estar en el mundo

Alfonso Armada
El periodismo es un género de la literatura y quienes dudan de esto es porque consumen lo peor del oficio. Incluso, el siempre críptico jurado del Premio Nobel de Literatura asentó esta afirmación cuando proclamó hace unos meses ganadora a la autora bielorrusa Svetlana Alexiyévich, cuya obra retrata la realidad de quienes habitaban la antigua Unión Soviética.
Alfonso Armada piensa lo mismo. El periodismo que disfruta es ese que sirve de herramienta para describir el mundo e inculcar el amor por las palabras. Claro que esto es poco si se pretende que esta profesión cambie el mundo, como asegura el imperativo cósmico de ciertas películas hollywoodenses, pero es suficiente si se circunscribe a un pedazo de la enorme sociedad interconectada de individuos que en la última década ha cambiado el cielo de sus religiones por una red de nubes, que –como si fuera gran cosa– tiene una capacidad de almacenamiento que trasciende servidores locales y computadoras personales para que la gente deposite más que sus datos, sus ideas y sus pasiones. Lo de Armada es volver a la época cuando los periódicos podían considerarse las universidades de los pobres y cuando en cualquier fin de semana era fácil encontrar en estos una pieza bien escrita, precisa y descriptiva.
Diarios de la Guerra de Bosnia

Nacido en Vigo hace cincuenta y siete años, el autor fue enviado especial del diario El País a zonas en guerra como los Balcanes y África y fue corresponsal en Nueva York del diario ABC. De estas experiencias surgieron sus libros Diccionario de Nueva York (2010), Mar Atlántico. Diario de una travesía (2012) y Fracaso en Tánger (2013), así como el reciente Sarajevo: diarios de la Guerra de Bosnia (Malpaso, 2015). Aprendió su profesión al calor de los conflictos y encaminado por la obligación de se cuenten las cosas. Pero veinte años después de la guerra de Bosnia entiende que la principal misión del periodismo se limita a “dar cuenta del mundo” sin presumir de que puede cambiarlo. La gran lección fue aprender a estar, saber de mirar.
Igual que a Alexiyévich no le gusta que la llamen periodista, Armada no se siente cómodo con la etiqueta de “corresponsal de guerra”, pues asegura que lo suyo fue casual. Lamento disentir: estaba preparándose para la responsabilidad desde la adolescencia, cuando leía los libros de aventuras y de viajes escritos por Julio Verne, Emilio Salgari y hasta las historietas de Tin-Tin creadas por Hergué que tomaba de la biblioteca de sus primos. Desde esa época tiene una colección de estampitas que le hacen pensar en fragmentos de países que conoce o que le gustaría conocer. Puede que, como dice, le tocara por casualidad viajar a otros lugares y relatar sus tragedias, pero lo suyo era una afición harto macerada.

Un lugar espantoso y fascinante. Ahora que por acción del desarrollo de las redes sociales su profesión se encuentra en plena mutación, el también director del suplemento cultural del diario ABC hace un esfuerzo por ver con prudencia, pero sin evitar el reproche, la situación. Si la prensa escrita ha perdido la influencia de otrora es tan culpa de los lectores como de los dueños de medios. Los primeros se han vuelto perezosos para encontrar todos los medios y los testimonios que les hagan entender las situaciones y los segundos inculcan un fatalismo que proclama que el mundo es abrumador. “Uno piensa que debe refugiarse en lo suyo, sin querer saber nada de los demás porque todo son malas noticias. Esa manera de pensar es fruto de la pereza y de la falta de delicadeza y de hondura de los medios para contar”, explica el periodista para quien también es un asunto de finanzas la decisión de los medios tradicionales de dimitir su responsabilidad para tratar de explicar lo que pasa en el mundo.
Fracaso de Tánger
El problema es que entre los medios y sus públicos están los periodistas tratando de sacarle un sentido a todo, con la responsabilidad de ser fieles a la realidad contando los hechos en la extensión de su compleja profundidad. “Los medios difunden la idea de que vivimos en mundo incomprensible y nuestra labor es tratar de superar eso. El mundo es espantoso y fascinante. Pero en la medida en que los periodistas dimitimos de nuestra obligación de contarlo con su riqueza, ayudamos a que eche raíces la idea de que es incomprensible”, señala antes de añadir que por eso prefiere la crónica y el reportaje que permiten entender algunos fragmentos del mundo: “porque los fogonazos [en Twitter  y Facebook, así como en] los telediarios, al final, añaden confusión y le dan la sensación a la gente de que la historia es incomprensible y de que no puedes hacer nada para entenderla”.
Además de sus compromisos con el ABC, Armada es uno de los directores de un proyecto editorial digital que se promociona con el revelador lema “una revista digital para las inmensas mayorías”. Se trata de Frontera D, en donde encuentran alojamiento el periodismo narrativo, la crónica y el ensayo con el objeto de “trasladar la lucha con la propia banalidad de los medios” a esa nube que ahora está sobre la gente como una enorme espada de Damocles.


@michiroche

jueves, 19 de noviembre de 2015

Giovanna Rivero o la belleza en lo siniestro

Nacida en Santa Cruz  (Bolivia) y radicada en Gainesville (Estados Unidos, Giovanna Rivero es la autora de una obra consistente producto de la firmeza de su mano y de su entrega absoluta.
Ganadora del Premio Nacional de Literatura de Santa Cruz con Las bestias (1996) y del Premio Nacional de Cuento Franz Tamayo con Dueños de la arena (2005), se alza imparable con el premio Cosecha eñe con el cuento Albúmina (2015).
Para comerte mejor
Entre sus publicaciones se encuentran Contraluna (2005), Sangre Dulce (2006), La dueña de nuestros sueños (2002) Niñas y detectives (Bartleby 2009), Las camaleonas (2001),  Tukzon, historias colaterales (La Hoguera 2008) y Helena 2022: La vera crónica de un naufragio en el tiempo (Puraletra 2011) y Para comerte mejor (Sudaquia, 2015).
Son doce los cuentos que integran Para comerte mejor, el libro con el que Giovanna Rivero, escritora de verbo fascinante, nos abre paso a lo profundo, a lo fantástico, al inframundo.
Como si del descenso a una mina se tratase, cada cuento es una galería, un dédalo que el lector transita con curiosidad y morbo, con atrevimiento y miedo, enfocando los ojos para adaptarlos a un húmedo claroscuro. La boca de entrada siempre tienta con frases hipnotizadoras. "Te quedás de piedra cuando me ves parada en el umbral" es la primera línea del primer cuento. Contrariando las palabras del personaje el lector avanza en estas ficciones, lee las fantasmagorías que dejan los juegos de luz y sombra, se aterra con una figura monstruosa que en la cercanía resulta ser un juego de estalactitas y estalagmitas bello y brutal. Falsos muertos fantasmas, zombies, vampiros, antropófagos, carne que se descompone, escenarios místicos y futuristas, ciencia ficción telúrica, alcantarillas habitadas por un nuevo flautista de Hamelin, geografía carnívora, semidioses andinos vestidos de súper héroes, infancia acechada, maternidad cercenada, el delirio y la locura, se suceden en estas historias que envuelven a lector en una atmósfera tenebrosa y fascinante. Cada línea es una cinta de doble faz. Por un lado nos conduce a visiones espectrales. Por el otro nos guía a un descenso a nuestros propios recovecos, nuestros laberintos, nuestros fosos.
Festival Ñ 2015
La mina exterior y sus paredes como pantallas. La mina interior y sus paredes de espejo. ¿Cómo es posible que haya lugar para la belleza dentro de tanta sórdida oscuridad? La voz de la autora, su lucidez, su consciencia del lenguaje, su manejo preciso de la metáfora, su capacidad para abrir una palabra en escamas, su pericia para desnudar a la verdad de sus pétalos, su ojo sobre detalles mínimos que luego expande, son las armas convocantes para ello, la luz que ilumina un rincón convenido y que se abre en rayos que proyectan.
En Rivero los escenarios gótico fantásticos son un pretexto para emplazar verdades demoledoras, realidades de hachazo, reflexiones que exudan introspección y agudeza que muchas veces funcionan como cachetada y caricia que despierta y consuela a quien lee.
Así entendemos que la locura contiene brotes de rosas negras hambrientas en invierno, que lo que algunos entienden por amargura y otros traducen como crueldad, es rabia honesta, que la condensación puede convertir a una abuela en idea, que hay una edad en la que el lenguaje se desprende de los objetos y se hace fantasma de uno mismo, que el amor y los árboles, indecisos y crueles, salvan pero también devoran.
Las inteligencias grandes trabajan “ecuacionalmente”, se montan en elipsis como caballos alados, se avientan al abismo como rasgando una tela de Monet, se arriesgan en sinapsis horribles e incomprensibles.
La escritura de Giovanna Rivero es abisal. Es un precipicio al que el lector se entrega con vértigo y dicha, sabiendo que esa caída libre es un viaje a un universo ulterior. De allí no se regresa porque visitar las ficciones de esta autora es dejarse penetrar por ellas.

@LenaYau

Lena Yau

miércoles, 18 de noviembre de 2015

55 años de Masa y poder (II): Elías Canetti, la muerte y más

Masa y poder, ensayo cumbre del siglo XX, cumple 55 años de publicado. Reflexión que se desborda por sus innumerables costados, es de esos textos imposibles de asir. Lo que sigue no es más que un primer asomo a una obra magna y excepcional, no la única de esa mente de genio que fue Elías Canetti (1905-1994).
Aquí puede leer la primera parte de esta serie.


Tras sus primeros avances en la disección del fenómeno “masa”, le resultó evidente que su indagación quedaría trunca si no la asociaba a la cuestión primordial del poder (“mi familiaridad con el poder es triple: lo he observado, lo he ejercido, lo he sufrido”).
Elías Canetti
Foto: The American Reader

Elías Canetti era un hombre en extremo escrupuloso: aunque en el libro no se refiera de forma directa al fascismo o al nazismo, toda la fuerza que el texto irradia tiene como trasfondo la cuestión de la muerte, la muerte del hombre aplastado por el poder, que es el sello de la época siniestra que comenzó en 1914.
Desde la primera frase (“Nada teme el hombre más que ser tocado por lo desconocido”), el lector entiende que el método Canetti tiene un impulso propio. El punto de partida de Masa y poder es el establecimiento de unos límites: solo al incorporarse a la masa, el hombre se libera del temor a ser tocado. La masa surge donde antes no había nada. Es contagiosa. Apenas existe, se hace evidente su deseo de crecer. La masa abierta crece sin saber hasta dónde lo hará. Su aspiración es ilimitada. Cuando deja de hacerlo comienza a desintegrarse. La masa cerrada, limitada por el espacio donde ella se genera, no puede crecer de forma incontrolada pero puede retrasar la desintegración (a las religiones no les gusta la masa, por ello se dedican a domesticarla).
El momento central de la masa es la descarga, que tiene lugar cuando las diferencias desaparecen y todos se sienten iguales. Es en el apogeo de la descarga donde puede desatarse el impulso destructivo. Cuando ocurre el estallido, la masa cerrada se convierte en masa abierta. Si se la ataca desde afuera, la masa se repliega y fortalece. Se intensifica. Pero a la masa la acechan enemigos externos e internos (“Todo el que pertenece a una masa lleva en sí a un pequeño traidor deseoso de comer, beber, amar y vivir en paz”). En situaciones de pánico (el fuego es el gran activador del pánico) la lucha por la propia vida implica actuar contra los demás. Pánico: la desintegración de la masa por dentro.
Masa y poder
El anfiteatro configura un tipo especial de masa: da la espalda a la ciudad y descarga hacia adentro. Cuando la masa transcurre en estado de retención, todo en ella espera por el instante de la descarga. Esa retención le otorga densidad. La paciencia de la masa tiene límites. La intensidad del aplauso  revela hasta dónde el público se ha convertido en masa. Ciertos silencios anuncian que se ha producido una situación semejante a un recogimiento religioso.
Abiertas o cerradas; lentas o rápidas; visibles e invisibles; de acoso (la masa de acoso se desintegra rápidamente una vez que ha cobrado una víctima) o de fuga (sus integrantes sienten el peligro como algo que ‘reparte’ entre todos); masas de prohibición (como los huelguistas); masas festivas o enfrentadas (como los fanáticos en un gran estadio de fútbol); masas entrelazadas por el conflicto bélico (“la suprema intención de cada una de estas masas es mantenerse, tanto en su convicción como en su acción”); cristales de masa (como soldados o monjes); de todas ellas logra Canetti aislar y describir factores constitutivos.
El capítulo dedicado a los símbolos de la masa (el agua, el fuego, el mar, la arena, los bosques, el trigo, la lluvia, los busques y otros) anuncia la expansión del tema. Canetti estudia las mutas de caza, de guerra, de lamentación y de multiplicación, así como algunas de sus principales variantes. El erudito se hace sentir en los ejemplos en los que fundamenta sus afirmaciones, provenientes de estudios antropológicos y culturales de enorme abanico. Canetti avanza: “Veremos que existen religiones de caza y guerra, de multiplicación y lamentación”. En las grandes religiones y en otras que practican pueblos poco numerosos, abundan los relatos que corresponden a las distintas formas que adquiere la masa (la procesión, por ejemplo, es la masa que se estructura de forma voluntaria para venerar).
Las ideologías nacionales (que definen la cuestión de pertenecer a una nación) tienen sus elementos simbólicos: el dominio del mar para los ingleses, los diques para los holandeses, la Revolución para los franceses, la multitud que peregrina para los judíos, la cruz gamada para las masas nazis, etcétera. La inflación es un fenómeno de masas. La voluptuosidad ante en crecimiento numérico es característica del discurso hitleriano (habrá que añadir: otro pensador judío, Victor Klemperer, advertía que lo hiperbólico es un dato central de la lengua totalitaria).

Vea la próxima semana la siguiente parte de esta serie.
Aquí puede leer la primera parte de esta serie.

Nelson Rivera

@nelsonriverap

martes, 17 de noviembre de 2015

Eloy Tizón: Desaparecer dentro de lo sublime

Para Edgar Allan Poe se trataba del efecto, para Julio Cortázar de la intensidad, pero para James Joyce lo que definía la fuerza de la narrativa era la súbita y momentánea revelación de lo sublime. La epifanía, que en términos religiosos significa la manifestación de un mensaje divino, pero que en la literatura contemporánea se ha convertido en una noción que ostenta la fuerza semántica de la catarsis es el fundamento de la literatura de Eloy Tizón, uno de los cuentistas más celebrados en España, con libros en este género que son de antología, como Parpadeos (2006), Velocidad de los jardines (1992) y la reciente Técnicas de iluminación.
Eloy Tizón
Foto: Jesús Marchamalo
Su temperamento artístico lo llevó primero a incursionar en la pintura como herramienta para buscar lo bello. Luego, cuando la adolescencia lo asaltó con la brusquedad que tienen los procesos de maduración, comenzó a destilar sus duelos en la literatura convenciéndose de que escribir era una manera de hacer soportable la pérdida. Ya desde aquellos años tenía la sensación de que vivía ciertos momentos –pocos, hay que decirlo– de revelación. Estaba convencido de que podía conocer la gracia a pesar del mundo. Y quizá lo logró. Por eso aquella purga de niño se convirtió en su profesión. Por eso sigue escribiendo. Por eso, el autor madrileño nacido en 1964 define epifanía como “un pequeño cortocircuito de belleza o emoción que se produce en el transcurso de lo intrascendente”.
La velocidad de los jardines
En las vidas hechas de “pequeñas insignificancias”, Tizón necesita encender chispazos de belleza. Y no solo se trata de una técnica de la narrativa breve, la búsqueda de los momentos de iluminación que en los relatos fomenta su instantaneidad, en la novela se encuentran insertados dentro de un todo. “El cuento puede ser una sola epifanía. En una novela no se sostendría; alrededor de la epifanía tienen que girar otros elementos y otro sentido de la duración. La temporalidad de ambos géneros es distinta”, explica el autor de La voz cantante (2004), Labia (2001) y Seda salvaje (1995): “Hay un aspecto intuitivo en la literatura y cuando empiezo a escribir algo enseguida ya intuyo si eso va a ser un relato o una novela. No se bien si es un asunto de concentración. Es como si viera que una anécdota se puede contar en una docena de páginas, o que tiene otras ramificaciones, que hay personajes secundarios, un mayor transcurso temporal, cambio de voces y puntos de vista que implican un trabajo de una mayor extensión”.
Técnicas de iluminación
En esa búsqueda de lo noble que encierra la literatura, su herramienta más importante es la voz del narrador. No necesita esquema previo ni trama argumental, porque solo la voz lo “pone en sintonía con la escritura”. Cuando Tizón dice cosas así habla por su boca el facilitador de talleres de narrativa, el hombre que se separa momentáneamente de su obra para formar a otros escritores en clases donde, para complacencia de sus alumnos, cita a Homero Simpson con el mismo desparpajo que explica la retórica de los textos de Antón Chejov y rompe con la etiqueta de literato “pulcro” que cierta crítica le ha achacado. Es como si una voz de narrador distinta hablara por su boca. Como si fuera uno de los personajes de sus obras que en ese momento es Eloy y no Tizón. Y he allí una motivación para escribir adicional a la búsqueda de lo sublime: encontrar una voz que le habla desde ninguna parte. “Como definamos una voz es la manera como definimos la escritura”, explica midiendo cada palabra: “¿Nos encontramos ante una voz poética? ¿Ante una racional? ¿Es una voz indignada? ¿Coloquial? ¿Qué registros manejas? Lo que me mueve a sentarme por la mañana a empezar un texto es saber qué me cuenta esa voz, son las ganas de escucharla”.
Como el tramoyista en un teatro que arroja luz sobre unos espacios de la escena mientras deja otros en la oscuridad, Tizón trabaja cada pieza narrativa, sea esta breve o extensa, con la diligencia de quien solo sabe comprenderse a través de su obra. Quizá por eso su más reciente publicación se titula “Técnicas de iluminación”, porque se trata de hacer lo que mejor se le da para encender un fósforo y mirar los raros espacios de ternura que existen en este mundo ribeteado por la agresividad. La aspiración que Tizón no revela, quizá ni siquiera a sí mismo, es la de hacerse invisible, meterse detrás de sus escritos, fundirse de forma paulatina en estos, convertirse en las voces de su cabeza y encontrar que más allá de la literatura, quizá en Utopía, Barataria o Macondo existe un territorio real, aunque ignoto, para lo maravilloso.

@michiroche


jueves, 12 de noviembre de 2015

Poemas para pasar de moda

¿Puede hacerse una antología para estar fuera tanto del canon como de la vanguardia?
Bueno, parece que sí. Eso fue lo que se propusieron la española Luna Miguel y los mexicanos Enrique Adrián Martínez y Jesús Carmona-Robles con un libro que reúne el trabajo de treinta y cinco jóvenes escritores que prefieren la lírica como género de expresión. Por su puesto que fue una broma cuando dijeron que iban a sacar la antología de poetas definitiva de esta generación y por eso decidieron titularla Pasarás de Moda.
Pasarás de moda 
“Buscamos que el lector nos quite cierto estigma que tenemos los jóvenes de que no hay seriedad en lo que hacemos. No hicimos una antología con autores que tuvieran el mismo tono porque no queríamos construir un canon; es heterogénea pues lo único que quisimos fue decir cómo están escribiendo hoy. No sabemos qué va a pasar con estos poemas, el tiempo lo decidirá: tal vez pasarán de moda”, explica Carmona-Robles quien accedió a hablar sobre esta empresa que acaba de publicarse este mes, aunque comenzó a fraguarse el año pasado en la FIL Guadalajara y terminó de concretarse en Madrid, coincidiendo con el Festival PoeMad, a donde llegó Carmona-Robles a presentar una muestra.
La antología pretende reunir a autores nacidos después del año 1985 y cubrir el mapa de la lírica contemporánea. Las dificultades para lograr esto último son evidentes visto que no hay autores panameños, cubanos o bolivianos, por ejemplo, y que la representación de Venezuela se limita a la presencia de Carlos Colmenares Gil y Oriette D’Angelo, cuyos textos seleccionados funcionan bien con el resto de las obras de la antología, pero que no pueden ser lo más representativo de la variopinta escena poética del país. Las representaciones más numerosas son de España, Argentina y México, cada una con cuatro autores y luego Chile y Colombia, cada una con tres. Lo interesante en el caso venezolano es que en ambos autores convocados pueden encontrarse en las metáforas del cuerpo una relación que está más allá de la nacionalidad de sus escritores.
El libro incluye las traducciones de los textos de tres escritoras cuya lengua de expresión es el inglés. Son la puertorriqueña Arvelisse Ruby, alias “Lola Pistola”, Melissa Lozada-Oliva, que nació en Boston en 1992 pero es hija de guatemaltecos y se define como artista del “spoken word” (o palabra hablada) y Robin Myers que nació en nueva York pero que desde 2011 vive en Ciudad de México. Carmona-Robles tradujo sus textos y señala que en las tres podía encontrarse una íntima relación con el español. “Los jóvenes actuales dejan de pensar en Estados Unidos, España o México y más bien prefieren pensar en América y Europa; esto lo puedes ver hasta en sus preocupaciones literarias. En los poemas de estas tres chicas el castellano es un campo semántico importantísimo”, dice antes de ofrecer como ejemplo el texto de Lozada-Oliva “Sabes decir Arroz con Pollo pero no sabes decir qué eres”: “Si me preguntas si mi español es fluido te diré que mi español es un rompecabezas olvidado bajo la lluvia. Muy mojado como para hacer que sus partes embonen y entonces sea igual a la foto de la caja.”
Para el antólogo la soledad, el hastío y la búsqueda de la belleza en el medio del caos son los tres motivos que le compilador reconoce en la antología. “Quiero pensar que en la búsqueda de la belleza hay una suerte de ética que reflexiona a partir de la idea de que si ahora el mundo se está cayendo a pedazos es porque hemos perdido la concepción d leo bello”.
Yo añadiría a esa lista la obsesión por la omnipresencia de las redes sociales y de Internet. Para muestra dos autores: Puede percibirse en las muestra de la argentina Malén Denis con títulos como “Te Google para sentirte cerca” o “Estoy triste porque me siento despreciada por Internet”. Y también en las del colombiano “llevo 2 horas hablando en Skype con Rut” o “Tuits que nuca envié”.
A pesar de que en toda la antología hay una intención de heterogeneidad que escapa a cualquier intento de unidad, pienso que Pasarás de moda debería leerse como una panorámica de voces interesantes, la mayoría influenciadas por la perfomances poéticos o slams que se desarrollan por todas partes y que pueden verse en YouTube en cualquier momento. No creo que este sea el retrato de una generación, aunque acepto que lograr ese aire de familia al que se refería Carlos Monsiváis es imposible en esta época cuando por acción de las redes sociales es cada vez más difícil separar el trigo de la paja. La angustia de la falta de certezas quizás sea la única unidad posible.

@michiroche


miércoles, 11 de noviembre de 2015

55 años de Masa y poder (I): Elías Canetti, desafío a sí mismo


Masa y poder, ensayo cumbre del siglo XX, cumple 55 años de publicado. Reflexión que se desborda por sus innumerables costados, es de esos textos imposibles de asir. Lo que sigue no es más que un primer asomo a una obra magna y excepcional, no la única de esa mente de genio que fue Elías Canetti (1905-1994).

Masa y poder es el libro de una existencia. El propio autor decía que aquel, más que su enorme trilogía autobiográfica (La lengua salvada, La antorcha al oído y El juego de ojos) equivalía a su vida. Desde que la idea prendió en su cabeza, Elías Canetti supo que llevarla a cabo demandaría de todas sus fuerzas. Y porque comprendía la ambición implícita en su tema, a lo largo de 20 años le consagró cada minuto de su vigilia.
Masa y poder
Si cada libro presupone una escena, la de Masa y poder es esta: un hombre que, mineral la voluntad, luminosa la inteligencia, se inventa su propio desafío: pensar lo casi impensable, a saber, el comportamiento del fenómeno de la masa, indisociable del poder. En 1939 inicia su investigación. A medida que avanza, la cuestión adquiere dimensiones insospechadas. Si hoy quisiéramos categorizar los conocimientos y las herramientas que concurren en su recorrido, tendríamos que hacer una larga lista que incluyera las ciencias sociales, las de la conducta, las naturales y las del pensamiento, y todavía serían muchos los territorios que no alcanzaríamos a incluir.
“La mire como la mire, toda mi vida de adulto ha estado dominada por este libro”. En 1924 Canetti, que vivió la experiencia de ser parte de una masa que se integraba y luego se desintegraba (“Me convertí en parte integrante de la masa, diluyéndome completamente en ella sin oponer la menor resistencias a cuanto emprendía”), tuvo la idea que ya no le abandonaría. Hablaba del libro antes de haber escrito una línea. A tal extremo se anudó a este propósito, que se prohibió escribir otro libro hasta que Masa y poder estuviese concluido. Y es aquí donde ocurre el hecho que considero el más precioso en su obra y en la literatura del pensamiento del siglo XX: simultáneamente Canetti empezó a escribir las notas, bajo la efervescencia que le era característica, que mucho más adelante se agruparían en los volúmenes que hoy conocemos como Apuntes.

Elías Canetti
Foto: (Danube Group 6) @ UCL
Entre Masa y poder y Apuntes hay una corriente genética: surgieron del mismo taller, incluso más: provienen del mismo fogón. Mientras Canetti leía con desafuero libros y publicaciones científicas en varias lenguas (era políglota) y escribía su obra magna, iba destilando esa incalculable multiplicidad fragmentaria que son los Apuntes: miles y miles de notas de varia brevedad que resultan, nada menos que en un libre recorrido por los complejos caminos que hay entre experiencia y pensamiento, entre pensamiento y relación perceptiva del mundo. Canetti era un corazón fogoso, un interpretador y padecía de una sed de conocimientos que nada lograba aplacar: de esa fusión provienen tanto Masa y poder  como Apuntes. De allí, el sobrecogedor poderío de ambas obras (“El hecho de estar concentrado en una única obra, Masa y poder, de la que sabía que probablemente iba a reclamar mi atención durante algunos decenios, y una prohibición que impuse a cualquier otro trabajo, en particular a los puramente literarios, dieron lugar a una presión que con el tiempo fue adquiriendo proporciones alarmantes. Era necesaria una válvula de escape y, a principios de 1942, la encontré en los apuntes. Su libertad y espontaneidad, la convicción de que existían sólo por sí mismos, de que no servían a ningún fin, la falta de responsabilidad con la que jamás volví a leerlos ni cambié nada en ellos, me salvaron de un anquilosamiento que hubiese podido resultar fatal”).
Se las puede leer como obras autónomas, pero también como los productos de una mente que no temía ir más allá de sus propias limitaciones. Masa y poder es el resultado de un desafío a la inteligencia humana: Canetti lucha, contesta a las preguntas de ambos fenómenos y a la interrelación que hay entre uno y otro. Masa y poder son observados con los instrumentos que la pasión de Canetti logró acumular y ejercitar hasta 1959, cuando concluyó el manuscrito. Un año después, el libro saldría a la calle en Alemania.
Aunque en las más de 600 densas páginas que componen Masa y poder Canetti nunca habla de sí mismo, cuando recuerda a Stendhal, a quien percibía como una especie de alter ego, es posible encontrar lo que bien podría ser una invocación de sí mismo: “Desconfiaba de todo lo que no le era posible sentir. Pensó mucho, pero sus pensamientos no resultan fríos. Todo lo que anota, todo lo que crea permanece próximo al cálido momento de su origen. Amó mucho y creyó en muchas cosas, pero siempre de manera sorprendentemente concreta. Fuera lo que fuera, podía encontrarlo en sí mismo sin tener que recurrir a trucos de ningún orden”.


Vea la próxima semana la siguiente parte de esta serie.

Nelson Rivera
@nelsonriverap