jueves, 30 de julio de 2015

Volver a la madre


“Mi cuerpo es tu casa.
Tu casa es mi celda.
Mi celda es tu puente”
En: “La Casa Vacía” de Eva Díaz Riobello,
Teresa Serván e Isabel Wagemann (Microlocas)

Wollstonecraft. Hijas del Horizonte
A pesar de la desconfianza que el feminismo tiene por la maternidad, tratándose de la relación entre Mary Shelley y su madre, Mary Wollstonecraft, pienso que se articula una interesante línea (consanguínea) de influencia. El más reciente proyecto editorial de Los Hijos de Mary Shelley, grupo cultural cuya andadura comenzó en 2010, me hace pensar que la intersección entre los compromisos intelectuales de ambas se encuentra en el deleite con el cuerpo femenino y la mente que lo acompaña. Si, como Kristeva defiende, lo materno irrumpe en lo simbólico, en eso que es anterior al lenguaje –al tan lacaniano Nombre del Padre–, me pregunto si su relación materno-filial no estaría marcada la palabra justa. Como hipótesis apenas puedo adelantar una lista de motivos: el lugar de la mujer en la sociedad, el interés en la ciencia como promesa de un mundo diferente y lo siniestro como contraparte de la civilización. Estos son los mismos temas que aglutinan los treinta y seis cuentos en Wollstonecraft. Hijas del Horizonte.
La obra de la ecuatoriana María Fernanda Ampuero que ganó el primer lugar del quinto certamen de relato y narración oral que organiza este proyecto, “¿Quién dicen los hombres que soy?”, reescribe el Nuevo Testamento tomando como protagonista a María Magdalena, haciendo gala de cierto feminismo gnóstico, en boga desde hace 20 años. En “Evelyn McHale”, Patricia Esteban Erlés conecta lo sobrenatural con la historia de un suicidio que la revista estadounidense Life llamó “el más bello” en el año 1947, al establecer un vínculo entre la visión del ángel de la muerte, propia de los cuentos góticos de Shelley, y lo que fuera una constante en Wollstonecraft, quien intentó quitarse la vida cinco veces y murió de complicaciones con el parto de la autora de Frankenstein o el Moderno Prometeo (1818). En “Muñeca de miel” el motivo del terror como fotografía en negativo de la civilización toma tintes sociales. Allí, Beatriz Rodríguez Delgado conecta lo mejor de la tradición española de la narrativa corta con el mundo de la infancia femenina: “Si pasas hambre durante mucho tiempo, cuando el estómago te deja de doler, y el mal humor y la debilidad se meten en tu piel como si hubieras nacido con una enfermedad incurable, pasa a tu mente, y ahí se queda para siempre”.

 La parodia de la realidad por medio de una visión extrañada de lo científico, que fue el logro de Frankenstein, se conecta con la construcción grotesca del patriarcado que inspiró el ensayo más célebre de Wollstonecraft; ambas perspectivas se juntan en el inquietante cuento de Ernesto Pérez Zúñiga, “La válvula”, donde una exitosa cardióloga mira a uno de sus pacientes convertirse –o reafirmarse, más bien–, casi de forma literal, en un cerdo machista. El texto de ciencia ficción de Cristina Fallarás, “La vindicación de Mary Wollstonecraft”; donde la humanidad no sobrevive a las comunas “de género”, representa el maridaje entre el feminismo político de la madre y la crítica social de la ficción de la hija. A través del mismo género, pero acercándose al Nuevo Testamento, Rafael Marín describe una personalidad alternativa para la Virgen María –“ella, que no sabía aprovechar la femineidad de la que podría haber gozado”– en una autómata llamada “Futura” en el relato homónimo.
No solo el género del relato moderno están presentes. En el monólogo de José Carlos Somoza, por ejemplo, un ARTISTA se asume como director y “dirige” al público, al tiempo que deja en evidencia que el actor es un vampiro de la atención de los espectadores. Otro monólogo es el escrito por Paloma Pedrero donde habla la propia Mary Wollstonecraft. “Casa Vacía” es un compendio de relatos brevísimos con fotografías de Olga Simón que firman tres “Microlocas”: Eva Díaz Riobello, Teresa Serván e Isabel Wagemann. La hibridación se encuentra la entrada titulada “La marioneta” que firman Alejandra García-Casarrubios y Jesús Cisneros Gurumeta en la que a historia de una mujer dividida entre la humanidad y el automatismo se confrontan con las imágenes de un hombre gigante. También está intervenido por imágenes el cuento de Laura Muñoz “1,828 metros son seis pies”, donde la narradora se pregunta: “¿A qué huele la muerte?”. Y –¿por qué habría de faltar?– se incluye en el libro también una nota de repostería titulada “Delicias Wollstonecraftianas” como la que presenta una mujer que firma “La descendiente” quien afirma haber encontrado la receta para la vida eterna.
Wollstonecraft. Hijas del Horizonte es el quinto libro del proyecto cultural Los Hijos de Mary Shelley llevado a cabo por un grupo de amantes del gótico reunidos por Fernando Marías, entre quienes están Silvia Pérez Trejo, Nuria Valera, Ramón Pernas, Begoña Minguito, Felipe Samper y Asis G. Ayerbe, entre otros.
Además de un apuesta por la ficción, el libro contribuye con los estudios del feminismo en castellano al presentar una versión bilingüe del manifiesto La Vindicación de los Derechos de las Mujeres (traducida por Cristina Macía y Ana Diaz Eiriz), junto con otros tres textos que conforman una biografía de esta enigmática heroína. Epsido Freire escribe sobre el intento de suicidio en 1795 de quien fuera conocida como la “amazona intelectual”, comparándola con personajes de la literatura marcadas con el mismo sino de la Ofelia de Hamlet y la enamorada de Lancelot en una vieja leyenda medieval retomada por Thomas Malory en La muerte de Arturo (1485). “Tratándose de Mary Wollstonecraft, es más sencillo contar sus muertes que sus resurrecciones”, escribe Nuria Varela en un texto que profundiza en los otros cuatro intentos de quitarse la vida. Completa la sección “¿Quién es Mary Wollstonecraft? Sahida Hamido que escribe la biografía de la autora en primera persona.
Hijas del Horizonte enseña que el trabajo intelectual de ambas “Marías” estuvo marcado por las mismas preocupaciones, como si pudieran heredarse en los genes. A veces, para entender las preocupaciones de las hijas hay que conocer las obsesiones de las madres.

@michiroche


Los Hijos de Mary Shelley llega a su primer lustro y hasta la fecha ha publicado interesantes antologías de narraciones siniestras como Piedad y deseo (2014), La soledad es el hogar del monstruo (2013), Shukran (2012) y Cronotemia (2011). Hace poco comenzó también su apuesta por el teatro.

martes, 28 de julio de 2015

Ignacio Padilla: “Los libros de cuentos se han convertido en cajones de sastre con textos desparramados”

Ignacio Padilla es un autor con un enorme proyecto mínimo. Se trata de su Micropedia: una tetralogía de colecciones de cuentos temáticos que comenzó con la escritura de Las antípodas y el siglo, hace casi 20 años. La iniciativa corresponde a su preocupación porque el cuento Latinoamericano parece haber perdido la tradición de volúmenes unitarios construidos alrededor de una idea, como fueron El llano en llamas (1953) de Juan Rulfo o Historias de cronopios y famas (1962) de Julio Cortázar. “Los libros de cuentos se han convertido en cajones de sastre con textos desparramados, donde el escritor reúne obras hechas para publicaciones periódicas”, se lamenta Padilla, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.
Ignacio Padilla
Cortesía Editorial Océano
Al primer volumen de la Micropedia se le unió en 2008 El androide y las quimeras y, en 2012, Los reflejos y las escarcha, ambas publicadas por la española Páginas de Espuma. Las obsesiones con la otredad, los viajes o los animales que martirizan a Padilla encuentran su vertedero en los doce cuentos que integran cada uno de estos títulos. El que cierra la tetralogía Lo volátil y las fauces es un bestiario que acaba de clasificar a la tercera edición del Premio Ribera del Duero convocado por la editorial española.
La filial mexicana de Editorial Océano publicó en 2014 la primera parte del bestiario constituiría el cuarto libro de la micropedia, con el título Las fauces del abismo. Siguiendo la tradición medieval de Bestiarios, Padilla ha dividido su cuarto libro en tres grandes temas: animales de tierra, de aire y de agua. “Tengo la sensación que después de que trabaje esto escriba un quinto volumen. Este es mi proyecto de vida”. Así se une a un selecto grupo de autores latinoamericanos que han unido lo sucinto a lo bestial, como el citado Cortázar, así como también Juan José Arriola y Jorge Luis Borges. “El animal como monstruo y como mascota nos ha acompañado siempre. En la literatura, en la fe y en la vida cotidiana. Luego de trabajar ensayos sobre la teoría del monstruo y en convivir con mis mascotas (una planta carnívora y un perro) y la irrupción de la violencia en México me interesaron en que este volumen cuentístico fuera una reflexión sobre lo terriblemente humano”, explica  el autor en cuya investigación para este libro primó el interés estilístico.
Padilla es uno de esos neuróticos –así le gusta llamarse: “neurótico romántico”– para quienes la marca de la perfección es la concisión y la esfericidad de lo sucinto. Dice que esta neurosis es típica de los cuentistas que aspiran a una perfección que nunca van a alcanzar. Se declara seguidor de la máxima borgiana que clasificaba a las novelas como escritura para flojos por no considerarlas tan ocupadas del detalle como la narrativa breve. “Mis novelas son cuentos que se fueron de madres”, dice el mexicano nacido en 1968, para quien este género es la oportunidad para “excederse”. Incluso sus ensayos son los hechos por un cuentista: “Son reflexiones sin ficción de eso que como cuentista pienso sobre algún tema”.
De la misma manera en que el origen de sus novela son cuentos recrecidos, cada uno de estos comienza en la mínima expresión de la literatura: una imagen.“Hay escritores de brújula y otros de mapa” explica Padilla: “Estos últimos tienden a visualizar perfectamente sus obras, por eso prefieren escribir novelas. A este grupo pertenecen Mario Vargas Llosa y Jorge Volpi. Pero yo me identifico con el otro tipo de autor y me ubico en el mismo grupo que Gabriel García Márquez, el de los escritores que no saben bien hacia dónde van. Por eso vamos ensayando. Comienzo con una fotografía mental y, como no la comprendo, empiezo a escribir para entender qué significa la imagen que se he formulado como un sueño”.
Esa imagen, sometida a una leve transformación es la base de su estilo. “Algunos de los horrores más trepidantes nacen de ligerísimas transmutaciones de lo cotidiano”, escribe en “Of mice and girls”, uno de los textos contenidos en El androide. En ese extracto de su particular teoría del cuento, como en “El demonio de la Perversidad” de Edgar Allan Poe, demuestra su cercanía con lo siniestro, tal y como lo enunció Sigmund Freud en su ensayo Das unheimliche, donde explica que lo familiar (heimlich), se convierte en unheimlich, que es la palabra que usó Freud para designar lo siniestro, el efecto que causa en el lector cierta literatura de terror.
La obsesión con la otredad representa el motivo más repetido de los cuentos de Padilla. La mujer vista como “el otro” de lo masculino es el asunto central de El androide y las quimeras, título dividido en dos partes: “El androide en nueve tiempos” y “Quimeras de tres orillas”. Como una multitud de robots humanoides con fisonomía masculina –ginoides, para la ciencia ficción– los primeros nueve cuentos del libro versan, entre otras cuestiones insólitas, sobre diosas de la venganza, una niña enamorada de los huesos de un dinosaurio, un hombre que es una mujer, un autómata y hasta Alicia sin el país de las maravillas. En la segunda parte, el retrato de lo femenino es más abstracto al vincular historias fabulosas –como quimeras– con pasiones humanas como la soberbia, en el caso de “La Galatea de Brighton”; la culpa como en “Miranda en Chalons” y el sexo, en “Circe en las galápagos”.
Los cuentos de Padilla se quedan con los lectores durante tiempo después de terminarlos porque su irreverencia ante lo obvio construye pequeños mecanismos de lo siniestro, verdades que secuestran al lector todo lo que dura el cuento hasta que lo dejan pasmado de un knockout. Su narrativa breve es, entonces, un tributo al criterio cortazariano de la esfericidad. 

@michiroche



viernes, 24 de julio de 2015

“Este ardor es la vida”

La Universidad Blanca representa una bella exploración sobre el significado intelectual del dolor. O por lo menos, eso me parce a mi y luego de varias lecturas –cada una más reveladora que la anterior– pienso que puede resumirse el sentido de las secciones que la componen en los pensamientos del poeta que narra durante el brevísimo beso entre una anciana y un hombre que buscan la utopía de un lugar llamado Vesperal:
La Universidad Blanca
“En un solo segundo,
pensé en las oleadas de tristeza del mundo;
pensé en la soledad inmensa, inconcebible;
que nos arrasa como un diluvio indecible;
pensé en todo el dolor sin redención posible;
pensé en nosotros, seres frágiles, ilegible
escritura en la noche; pensé en algunas rocas,
pensé en algunos cables de teléfono, en bocas
entrevistas, ya muertas, pensé en el infinito
azote de la lluvia, en el tormento inscrito
en cada diminuta cosa, pensé en la vida
imbécil: esta danza atroz, desconocida.”
El primer libro publicado por Ismael Belda está dividido en tres secciones; las dos primeras son largos poemas narrativos y la última, “Canciones de Vesperal” está a su vez compuesta de seis poemas líricos con los cuales se complementa el mundo simbólico construido en las dos primeras partes, entre estos textos destaca la belleza contenida de “A la nube que atraviesa”:
“Estás en mí en íntima clausura
y te respiro a cada bocanada.
Tan sólo ver de lejos tu hermosura,

dentro y fuera, tu fina miniatura
inmensa que a los bosques nos traslada.
Dame no hundirme más en tu espesura,
tan sólo ver de lejos tu hermosura.”
En la sección que abre el poemario, titulada los “Fragmentos del autómata”, un ser atraviesa los tiempos tratando de asirse al dolor, un sentimiento que parece incapaz de padecer, por lo cual se ve obligado a revisar su contenido emotivo a través de personajes que varían de lo despiadado a lo místico, como Vlad Tepes, el Marqués de Sade o San Juan de la Cruz. Estos sujetos le permiten trastocar las convenciones entre lo humano y lo no tanto; entre lo ilusorio y la realidad –a la cual define como aquel “humo estroboscópico que asciende de todas las cosas”–, se trata de una confusión de tal magnitud que el lector terminará preguntándose si el autómata no es más humano que muchos nacidos de mujer: “¿vivirás eternamente autómata? ¿O te apagarás un día y estarás solo?”.
En la segunda parte del libro, titulada “Narración” y que consta de un solo poema, “La Universidad Blanca”, un hombre y una anciana buscan Vesperal, una utopía que han visto en un mapa. Pero el desplazamiento encierra otra búsqueda, una mucho más íntima, la herramienta del dolor: el joven no puede olvidarse de Guadalupe; la vieja busca a Rainiero. Sus dramas, sin embargo, se convierten en verso junto con la descripción de una enorme facultad donde nueve etapas preparan a los jóvenes para lo que resulta imposible estar preparado: para el sufrimiento. Varias señales parecen dejar en evidencia que el primer poema es una forma alegórica del segundo. Por un lado se encuentra la díada que forma Ismael con su hija, Muriel, que se parece a la pareja del primer poema que forman al final el autómata y una niña-muñeca a la que le falta un brazo; sobre aquellos cae la tarde, sobre estos, el final de los tiempos. Por el otro lado, una serie de motivos conectan el primero y el segundo poema: doce autómatas enterrados en enormes fosas, las cabezas decapitadas y los egresados de la Hermandad del Dolor que apresaron al autómata.
El libro supone un anticipo a una extensa novela que se llama Vesperal que Ismael Belda ha escrito y reescrito tres veces en la última década y que los críticos esperan ávidos, luego de recibir con elogios a este poemario. Cierto que La Universidad Blanca es una proeza en términos formales por querer vincularse a una la tradición anglosajona de largos poemas narrativos como los escritos por Kenneth Koch, James Merrill y John Ashbery, pero yo tengo dificultades formales para discutir la teoría lírica en esos términos y prefiero dejar al lector de esta reseña con los versos que sobrevolaron mi imaginación durante horas después de la lectura del poemario, donde se quedó flotando el imperativo que urgía a la pequeña Muriel:
“Mu me decía: ‘olvida, olvida, olvida.
“Olvídalo todo. Este ardor es la vida,
este amor que se rompe y este mar que no calla.”

@michiroche

jueves, 23 de julio de 2015

Lenguajes Gastronómicos

         Hay un doble gesto en esta novela que logra atraparme: una inmediata seducción que viaja en sus palabras, en sus ritmos interiores, en su manera de musicalizar la ficción con una prosa llena de respiraciones cortas, y luego el quiebre inicial con que logra derribarme, destruir mis reconocibles expectativas. Abro el libro y ya el prejuicio me conduce: novela culinaria, mujer, celebración, espacio propio, Esquivel/ Allende, reiteración de una literatura donde al final no sucede ni la complejidad de la mujer ni la complejidad de lo culinario. Pero en pocas páginas este libro me transforma en un ser de palabras, un mareo que navega feliz, asustado y perplejo.
Hormigas en la lengua
Subrayo una obviedad inicial: por su inmensa calidad, esta obra de Lena Yau se encuentra muy lejos de esas redacciones ligeras donde lo gastronómico es una celebración del espacio femenino que sufrieron nuestras abuelas, seres atados a los fogones y a la tristeza de una vida donde ellas eran la sombra del placer de otros.
Las mujeres de este libro gozan, sufren, se mueven, triunfan, se hunden y alrededor de ellas (y también de los personajes masculinos) las comidas se suceden como un hilo conductor que engloba la complejidad de la vida humana, sus muchos tonos, sus diversas sonoridades y sabores.
Un primer punto que me sacude en este libro es que lo gastronómico no tiene tan sólo su reconocido carácter de sofisticación, de espacio celebratorio. Aquí, la comida es también sufrimiento, juego de poder, incomunicación, rebeldía de la boca infantil que se niega a comer los platos que la figura paterna considera son adecuados para ella.
Se trata tan sólo de una de las tantas historias que recorren esta novela fragmentaria pero lo cierto es que al ser una historia tan despiadadamente conmovedora resulta imposible no resaltarla del conjunto. El comer, el no comer, se revelan aquí como cuestionamiento del identidad; de la familia; de las geografías; del desarraigo. La boca que se cierra es la boca que desea construir un yo propio que sea y a la vez no sea parte de una comunidad, que sea y a la vez no sea parte de un viaje, de una emigración. La boca que se cierra es la boca que busca un nombre propio, que guarda su lengua, su garganta, sus dientes para pronunciar una palabra que la signifique y que por lo tanto no puede aceptar la rutina culinaria que quiere reducirla a esa construcción rígida que el entorno quiere realizar sobre ella.
Pero en su estructura múltiple, Hormigas en la lengua tiene también otras líneas argumentales que giran alrededor de las mesas y las suntuosas comidas. El ojo atento del lector va siendo hechizado por cada una de ellas, y su vigilancia, su habilidad, las va enlazando en una suerte de fiesta total en la que se construyen tensiones y dualidades seductoras: el hoy, el ayer; el aquí, el allá. Dicotomías de las migraciones constantes: los que vinieron de lejos, los que regresaron, los que vivieron separaciones, los que se encuentran. En ellos, en sus bocas que nombran, que se nombran, que se hacen parte de un relato común, en ellos, en sus bocas que comen los alimentos del hoy, del aquí, los alimentos del ayer, del allá, se edifica la complejidad de una memoria llena de deseo, nostalgia y poderío ficcional.
Porque esta novela de Lena Yau sorprende a cada página. Lenguajes diversos, personajes de muy distinta constitución humana y cultural (españoles, peruanos, venezolanos, chinos, alemanes, italianos, portugueses), espacios muy distantes entre sí, recursos literarios de distinta magnitud, van irrumpiendo mientras exhiben una paleta expresiva fascinante, inabarcable. La novela es una voz que se transforma, es un sabor diferente en cada uno de sus segmentos. Es polifonía de una sensorialidad conectada directamente a una boca que anhela morder, probar cada una de las comidas que condensan el peso existencial de personajes fascinantes, entrañables (no se pierdan por favor a Douglis, fuerza viva del lenguaje y los gestos, inolvidable presencia).
Esta novela, una de las mejores que se han escrito en español en muchos años, tiene además otra virtud: la de la incitación a repetir y a esperar un nuevo plato. Hormigas en la lengua es una narración para releer hasta saciarnos, y es un libro que en su última página nos despierta un rotundo pensamiento. “¿Para cuándo una nueva novela de esta autora?”.

martes, 21 de julio de 2015

Gutiérrez Plaza desdibuja las esferas entre lo íntimo y lo público

Arturo Gutiérrez Paza publicó este año un libro de antología, no sólo por la manera en que convierte en texto el dolor por la muerte de su madre, sino también por la manera en que esa ausencia configura una manera de comprender el momento histórico en el “país dividido, violento e indescifrable” que es la Venezuela contemporánea. Cuidados intensivos, más que un poemario es un testimonio de amor entre cuyos motivos destaca el discurso sobre la pérdida que con frecuencia pasa de lo social a lo íntimo o viceversa, demostrando las maneras como lo político puede afectar la esfera psicológica del que escribe.
Arturo Gutiérrez Plaza
Foto:Qué Leer Venezuela
Para Gutiérrez Plaza, la dicotomía a entre lo social y lo personal es necesaria, puesto que toda escritura surge de ese choque, de esa “confrontación entre una subjetividad que busca expresarse, sin tener del todo claro el qué y el cómo que dará corporeidad a modo de respuesta a esa necesidad, y una situación externa que conforma la circunstancia concreta y vital en la que se da la escritura”. Añade que esta exterioridad objetiva, que en la hoja en blanco sobre la cual el poeta intentará escribir, configurará también la circunstancia existencial en la que se ha de producir el texto, no sólo como contexto sino más bien con el texto:  “Digamos que con el trazo de cada palabra escrita, borroneada o tachada lo que se escenifica es, justamente, ese proceso de expansión de una subjetividad que para satisfacer el propósito de hurgar en sí misma necesita volcarse en lo otro, en aquello de lo que también forma parte, y que se transmuta en contenido y no sólo en continente de lo escrito. En particular, la situación social y política actúa también, inevitablemente, dentro de esa dinámica en las que indefectiblemente se desdibujan las esferas de lo íntimo y lo público, sin que ello suponga, al momento de escribir, una necesaria acción programática; es decir, sin que ello responda a la intención de exponer en versos unas ideas políticas. Con frecuencia son los temas los que se imponen o más bien yuxtaponen al entrar en diálogo esos distintos ámbitos de la experiencia que por convención o comodidad calificamos de subjetivos y objetivos”, explica el también autor de Itinerarios de la ciudad en la poesía venezolana: una metáfora del cambio (Fundación para la Cultura Urbana, 2010).

Entre la nostalgia y el dolor. De esa necesidad de lo personal para entender lo social y de lo macro para situar lo íntimo el Cuidados intensivos recibe sus versos más poderosos, esos que imbrican a la nostalgia de la patria, el dolor de la falta de la madre.
Resulta curioso que la figura patriarcal, encarnada en la palabra ‘patria’, sea a la que recurrimos más habitualmente para expresar esa relación filial con el espacio, la historia y la cultura a la que pertenecemos, de acuerdo al lugar de nuestro nacimiento o al de nuestras primeras experiencias fundamentales de vida”, explica el poeta y académico, antes de recordar que la historia ha recurrido a otro eufemismo para referirse a esa patria que antecede a la propia, España, que fue la colonizadora de Venezuela y la que dejó en legado, para bien o para mal, su herencia lingüística y cultural: “Me refiero a la expresión ‘Madre Patria’. Me gustaría pensar que en realidad toda ‘Patria’ es una ‘Madre Patria’ o en su defecto algo que podríamos denominar una ‘Matria’”.
Rehuyendo de una respuesta que comprometa más su intimidad o que le haga rememorar los días terribles entre el 13 de junio y el 13 de julio de 2014 en los cuales conoció muy bien, demasiado bien, las salas de cuidado intensivo de la clínica donde estaba recluida su madre, Gutiérrez Plaza hace lo que mejor sabe hacer un escritor: ‘literaturizar’ su tristeza y explica que en su libro, más que a la nostalgia, se refiere al “dolor” ante la inminencia de la pérdida, “la vivencia en un umbral angustioso o la intuición de estar al borde de lo fatal [fue] lo que emparentó esas dos palabras que nos remiten a las dimensiones más entrañables de lo afectivo: ‘madre’ y ‘país’”. Añade que la palabra “nostalgia”, “en efecto, expresa en importante medida la noción de lo propio ya perdido, en este libro, tanto en lo que se refiere al país como a otros ‘lugares’ donde se sustenta la afectividad”, pero que, por ahora, el único registro que para Gutiérrez Plaza cabe en su obra es el sufrimiento.
“En relación con la perdida de la madre, el título mismo del libro sirve como anuncio premonitorio de algo no previsto durante la escritura del conjunto de poemas. En tal sentido, el dolor es raigal y sustancialmente en tiempo presente. A partir de allí se iniciará, con seguridad, el camino hacia la nostalgia”, concluye el poeta.

@michiroche

jueves, 16 de julio de 2015

El principio del fin

Si usted comienza a leer el “Películas”, el relato que abre la más reciente colección de cuentos de Soledad Puértolas, ya no podrá soltar más el libro de 165 páginas que ha editado el sello catalán Anagrama. La historia en la que participa un hombre a quien le gustaría hacer películas con historias que “parecen reales pero que al final son muy raras” es una buena síntesis de esta publicación construida a partir de anécdotas cotidianas que encapsulan la inseguridad y la falta de sosiego. Titulado El fin por el cuento que lo cierra, en donde se confrontan las miradas sobre la vida de una madre anciana y su hijo adulto, el volumen está marcado por la incertidumbre que se queda con el lector tiempo después de que cada historia ha terminado. La fortaleza principal del libro, sin embargo, está en su lectura que resulta entretenida, a pesar de que se permite proponer asuntos trascendentes como el apremio que tienen los recuerdos a ciertas edades, lo efímero de cualquier éxito y lo complicado de las relaciones entre seres humanos. Esto se debe a un estilo directo y claro, que hace gala de la economía de palabras y prescinde de los falsos aspavientos de las expresiones engoladas.
El fin
En los trece relatos de la autora nacida en Zaragoza en el año 1947, los motivos más comunes son las memorias de los años de maduración, los ciclos que parecen cerrarse sin que los protagonistas lo perciban y la tosquedad de algunos momentos de epifanía. “Creía que confiar era algo que hacía todo el mundo, que todos estábamos unidos en eso, que todos esperábamos mucho más de lo que teníamos, que todos estábamos dispuestos a alcanzar esa vaga meta que a veces intuíamos o soñábamos”, escribe Puértolas en “Canciones mexicanas”, un cuento donde una colección de memorias sonoras es la excusa para inquirir, desde la recóndita mirada de la niñez, sobre los talentos innatos que se pierden: “Que todos éramos iguales, que yo podía sabe cómo eran las personas, porque todas y cada una de ellas eran como yo”.

Recuerdos y estética. Las personalidades artísticas, que la autora conoce bien puesto que ha publicado mas de once novelas y otros tantos libros de cuentos, parecen ser los protagonistas favoritos en estos cuentos y dan pie para explorar varios motivos relacionados. Uno es el significado del triunfo profesional, como la historia del poeta Jeremías, a quien las autoridades de la ciudad donde creció lo invitaron a leer el pregón de las fiestas de la feria del libro, pero terminó enfrentándose a la fatuidad de la celebridad literaria. “Se repartieron vasos de vino y pasaron bandejas con pequeños, diminutos canapés, que desaparecían enseguida. El poeta Jeremías no sabía con quien hablar”, escribe Puértolas en “Laureles” luego de narrar cómo al escritor le ha tocado leer su pregón luego de los interminables discursos de los oficinistas del ayuntamiento que mermaron la audiencia y adormecieron a los que no pudieron abandonar el evento: “Todas aquellas personas que tanto le habían aplaudido eran ahora completamente indiferentes a su presencia, como si fuera invisible”.
En “Tres piezas breves” vuelve sobre la fama, pero esta vez desde el punto de vista de una actriz a quien le negaron un papel estelar en una obra de teatro, pero que en cambio se ha hecho famosa en papeles mediocres para la televisión y quien ahora podría tener la oportunidad que perdió gracias a un viejo amante que ella se afanó durante años en olvidar: “Había arrancado de su corazón o solo el amor, sino la mera idea de la existencia del sujeto amado”.
La muerte de un amor del pasado inicia la cadena de memorias que son el fundamento de “El dandi”, de la misma manera que un misterioso hombre que visita el café Gijón de Madrid para leer libros forrados y liar cigarrillos despierta al amor de dos jovencitas en el relato titulado “El caballero oscuro”.
La capacidad estética de codificar en emociones lo que resulta imposible articular en palabras y el coqueteo con los límites entre la cordura y la demencia que es un tema favorito en la literatura desde Don Quijote queda mejor en evidencia en el bello relato “Las tres gracias” donde una mujer ha bloqueado un recuerdo de su niñez: la explicación que le ofrece su tío, considerado por todos el loco de la familia, sobre el célebre cuadro del pintor Peter Paul Rubens, en el cual encuentra una alegoría a la propensión dentro del arte a anteponer lo humano a lo útil: “el arte implica generosidad. Si no das, no recibes. En el arte, en cualquier arte, hay que darlo todo sin esperar nada a cambio, ninguna clase de recompensa o de reconocimiento”.
Lo mismo podría decirse de la prosa que exhibe en este libro la escritora que desde 2010 es miembro de la Academia de la Lengua: es un ejercicio de generosidad que cada lector sabrá agradecer cuando cierre el volumen.

@michiroche

martes, 14 de julio de 2015

Domínguez Luis: El género lírico es el lugar propicio para la epifanía

La historia detrás de Cuaderno del orate (Cuatro meses y un día), el poemario más reciente de Cecilia Domínguez Luis, es casi tan impresionante como la emotividad de minuciosa que construye el libro. “Su raíz ha estado tan oculta que ni yo misma era consciente de que se estaba fraguando”, explica a autora nacida en Tenerife en 1948, a quien sus suegros secuestraron en un manicomio de Vigo. Entonces tenía 24 años y dos hijas de un año y seis meses qué cuidar.
Cecilia Domínguez Luis
Cortesía: Ediciones La Palma
La excusa era que su marido se estaba desintoxicando de alcoholismo y ella debía acompañarlo. “Eso me lo comunicaron después de que me diera cuenta de que mi suegro y su médico particular me hubieran dejado allí y se hubieran marchado”, aclara antes de añadir que también el director del psiquiátrico fue cómplice de la ignominia, pues cuando ella protestó el doctor la amenazó con redactar un certificado que declarara su falta de sanidad mental. La claridad de aquella tragedia del año 1973 que se extendió durante varios meses, la resume Domínguez Luis en una fórmula matemática: “Franquismo+mujer+psiquiatra”. Así que la esposa sana pasó casi medio año en compañía de esquizofrénicos, depresivos, alcohólicos y drogadictos, puesto que entonces no existían los pabellones diferenciados y todos los internos estaban juntos.
La poeta es también una destacada narradora e investigadora de estudios de género. Es una de las primeras mujeres en haber sido admitida en la Academia Canaria de la Lengua, lo que ocurrió en junio de 2011, dos años antes de que la nombraran miembro del Instituto de Estudios Canarios. Pero la experiencia del manicomio, aquél entierro en vida, nunca la ha abandonado. Después de 16 libros de poemas, 5 novelas (3 de las cuales son juveniles) y 5 libros de cuentos (3 de ellos infantiles y 1 para adolescentes), Domínguez Luis sentía que todavía tenía que contarlo: “Desde el primer momento supe que algún día escribiría sobre esto, pero tuve que esperar 40 años para encontrar lo que yo llamo ‘la voz’. Un día escribí el primer poema y me di cuenta de que la había encontrado. El resto está en el libro”.

– Hay una fuerte presencia de lo religioso en esta obra. ¿Es religiosa? ¿Puede escribirse desde la idea de un dios omnipotente?
– No, no soy nada religiosa. El dios que aparece es un dios ausente o indiferente. De hecho tengo un libro inédito, “Profesión de fe”, en el que establezco un diálogo con un dios inexistente o que, como poco no debería existir, dado lo que acontece en el mundo.

– ¿Piensa que el género lírico, con su carga de introspección emotiva es el lugar para la epifanía? ¿Incluso en los tiempos que corren?
– El motivo del subtítulo (cuatro meses y un día) sugiere de inmediato una condena, lo que se explica dada la justificación del origen de este libro. Sin embargo, sí creo que el género lírico en y a pesar de los tiempos que corren es, afortunadamente, el lugar propicio para la epifanía.

– ¿El yo escindido que habla a través de los poemas de El Cuaderno del orate lo construyó a partir de la individualidad del poeta, o de la otredad femenina?
– Efectivamente, en el libro hay un “yo” que se desdobla en el intento de buscarse a sí mismo y, al mismo tiempo, reconocerse en los otros y que parte de la individualidad del poeta. Y ese desdoblamiento, que con frecuencia se convierte en una disociación, tan cercana a la locura, se siente como una auténtica condena.

– ¿Piensa que en los últimos años ha habido una evolución con respecto a la percepción de la mujer escritora en nuestra sociedad?
– Me gustaría pensar que ha habido una evolución efectiva con respecto a la mujer escritora, pero dadas algunas declaraciones, como las de Chus Visor, me da la impresión de que aún queda mucho por andar y reivindicar

– ¿Piensa que la literatura canaria está en minusvalía o mal interpretada con respecto a la que se produce en otras partes de España?
– La producción literaria en Canarias no tiene nada que envidiar a la de la Península. Otra cosa es cómo se reconoce tal literatura. Realmente se nos conoce muy poco (ahora un poco más), sobre todo porque hay una mala distribución; pero pienso que este es un fenómeno que no afecta sólo a Canarias sino también a cualquier otra provincia española que no sea Madrid o Barcelona. Claro que nosotros tenemos un hándicap añadido: la lejanía. Aunque esto, gracias a las redes sociales se va paliando.

Lea también la reseña del poemario: "Estrategias para contar locuras"
@michiroche

jueves, 9 de julio de 2015

Historias y propaganda

Isabel I de Castilla: La sombra de una ilegitimidad es un libro fascinante no solo para los amantes de la historia sino también para aquellos que disfrutan deshilvanando las relaciones que la propaganda traza entre la arbitrariedad y la autentificación. Además de la pericia que tiene su investigadora para hacer cercanos hechos de hace siglos, el magnetismo de este libro se debe a que no se trata de una simple biografía, sino del retrato de una época. Más allá de narrar una etapa en la vida de la célebre reina Isabel, uno de los personajes que más atención crítica ha recibido entre el catálogo de orates, tiranos y héroes que reseña la historia monárquica de España, la obra escrita por Ana Isabel Carrasco Manchado se refiere a la manera en que esta mujer y sus asesores construyeron, por medio de la propaganda y la representación, la legitimidad de su reclamo del trono de Castilla, aun cuando su hermano Enrique IV murió en 1474 dejando a una sucesora, Juana, a quien, por cierto, se la llamaba “La Beltraneja”, por que habían sospechas de que era, en realidad, hija de Beltrán de la Cueva, asesor del rey; una oportuna coincidencia que los Reyes Católicos supieron aprovechar a su favor.
Isabel I de Castilla
Los ejemplos sobre la manera en que Isabel intentó ganar seguidores para su causa abundan. Carrasco Machado los apunta todos, cuidándose bien de analizar las estrategias orales y escritas que le sirvieron para naturalizarse, junto con su esposo Fernando de Aragón, como legítima heredera del trono de Castilla. Cuenta la historiadora que entre los apenas seis meses que transcurrieron entre el día la autoproclamación de Isabel como reina (el 13 de diciembre de 1474) y el de la proclamación de Juana (el 29 de mayo de 1475) se puso en marcha una enorme operación, sustentada en el intercambio de información, por medio de la cual se pretendía hacer pasar por legal las aspiraciones de la hermana, incluso por encima de los derechos de la hija, del rey fenecido. Declarando que era imprescindible comunicar la muerte de Enrique IV y la coronación de la sucesora, las cartas que se enviaron a los grupos de poder y las ciudades en Castilla para participar los hechos disfrazaron de información lo que era simple propaganda. Estos documentos en los que se daba por hecho la sucesión de Isabel y de su consorte Fernando, fueron una de las primeras herramientas de adhesión política con que Los Católicos disfrazarían la arbitrariedad. No les tembló el pulso en alzarse con la corona, a sabiendas de que se avecinaba una cruenta batalla, puesto que se sabía que el rey Alfonso de Portugal estaba decidido a unirse con su sobrina, Juana I, ya que las tentativas diplomáticas para evitarlo habían fracasado, y que esto prometía una más que una guerra entre naciones, una de corte fraticida.
La autora narra también la ceremonia de proclamación de Isabel, como quien describe una representación teatral, quizá porque en verdad eso era y señala que su verdadera efectividad estuvo en sus poses histriónicas, como por ejemplo el encendido discurso de Isabel, la invocación del poder de Dios y, en especial, las voces que glorifican a la nueva reina, que no vienen del pueblo, sino de voceros, los mimos nobles que en el futuro se beneficiarían del poder de Isabel. “El mayor éxito de la propaganda de la fórmula aclamatoria es que no es la comunidad que grita, sino los representante reales: los reyes de armas que actúan como portavoces autorizados. No se deja espacio a los imprevistos. El papel de la comunidad en la proclamación está muy controlado: no tiene voz articulada en palabras”, puede leerse en una de las 700 páginas de la minuciosa obra.
He aquí el episodio que enfrenta a dos reinas, así como también a las coronas de Portugal y de Aragón, por la potestad de Castilla, un conflicto fraticida del que habría de resultar ganadora la pareja cuya importancia para la historia es indiscutible. El momento que describe Carrasco Machado no es solo crucial por la magnitud del quiebre dinástico que inaugura Isabel I, y al hecho de que esas mismas estrategias propagandísticas las pondrá en práctica para resolver otros problemas de su reinado, como la Reconquista de Granada y la imposición de La Inquisición en sus Reino, sino porque el momento histórico protagonizado por los Reyes Católicos no solo fue el fundamento de la nación española, sino la génesis de más de una veintena de naciones en el Nuevo Mundo, que Cristóbal Colón habría de descubrir para la reina de Castilla, Isabel, doce años después de que terminara la guerra contra Portugal. Quizá, si Los Católicos y sus asesores no hubieran tenido tanta pericia en el manejo de las técnicas propagandísticas la señora de aquellas tierras que ahora son Hispanoamérica hubiera sido Juana, a quien nadie ya se hubiera atrevido a llamar La Beltraneja. Pero eso es el territorio de las suposiciones. Y lo que Ana Isabel Carrasco Manchado presenta en esta publicación del sello Sílex es producto de una rigurosa investigación para su tesis doctoral para la Universidad Complutense de Madrid defendida en el año 2000. Ya el lector tendrá suficiente tiempo para entender cuál hubiera podido el imperio español posible, detrás de las estrategias políticas de la España que fue.

@michiroche

martes, 7 de julio de 2015

Liao Yiwu muestra la China profunda

Liao Yiwu se ha convertido en un nombre frecuente en la prensa internacional por la virulencia con la que ataca a su compatriota Mo Yan, ganador del Premio Nobel de Literatura del año 2012. Liao lo acusa de ser un autor acomodaticio al régimen chino y le critica haber contribuido con su escritura a un “volumen de caligrafía” dedicado al fundador de la República Populista China, Mao Zedong, y también que fuera miembro de la delegación oficial que representó a China cuando este país fue invitado de honor a la Feria del Libro de Frankfurt en 2009.
Liao Yiwu
Cortesía: Editorial Sexto Piso
Para el escritor y músico nacido en 1958, más que el artista de la Torre de Babel, Mo es un símbolo del Partido Comunista Chino. No se explica cómo la misma academia pudo darle el Nobel de la Paz en 2010 a su amigo Liu Xiaobo, que aún está encarcelado por sus opiniones en contra del gobierno de ese país, y luego le diera el más eximio premio literario a un autor agradable para el mismo Estado que lo mantiene preso. “Herta Müller considera que entregarle este premio a Mo Yan es un desastre y un insulto al Nobel. Como yo comparto esta idea, hemos redactado una carta abierta para el comité sueco que ya están firmando autores en Alemania, Francia y Estados Unidos. Allí digo que mientras Mo Yan muestra sólo la parte superficial de la realidad, hay otros escritores que preferimos ver los problemas del país y nos mantenemos de alguna manera como subterráneos”, indicó el autor  sureña provincia agrícola de Sichuan.

La cárcel. Liao no solo pretende alcanzar la fama hablando mal de Mo Yan. Todo lo contrario: es un hombre que ha construido su literatura en el exilio porque el régimen chino prohibió sus libros. En la década de los años ochenta su poesía era popular porque se publicaba con regularidad en revistas literarias. Pero en 1990 lo sentenciaron a cuatro años de prisión por su poemario Masacre, en el cual aludía a los hechos ocurridos en junio de 1989, en la plaza de Tiananmen, cuando miles de estudiantes e intelectuales que protestaban contra el régimen comunista y fueron cruelmente reprimidos por la policía. Hubo cerca de 10.000 heridos, pero nadie puede hablar de lo sucedido en China.
Mientras estuvo en la prisión de Chongqing, que también es un campo de trabajo forzado, Liao fue torturado frecuentemente, a tal punto que trató de quitarse la vida golpeando la cabeza contra la pared. Pasó varios días inconsciente y cuando pudo moverse e interactuar con otra gente del penal, otros reclusos le dijeron entre bromas que la mejor manera de morir era golpeando una pared que tuviera un clavo. Era verdad: muchos lo habían logrado así. La brutalidad de la revelación hizo que se interesara por las historias de estos hombres y dedicó el resto de su encarcelamiento a registrarlas con notas minúsculas en un ejemplar de El romance de los tres reinos, una novela clásica china. Esas historias, junto con otras que recolectó cuando quedó en libertad, fueron la base de su libro Paseante de cadáveres: retratos de la China profunda, editado en 2101 por el sello mexiacano con base en España Sexto Piso. El libro presenta 30 entrevistas con ciudadanos de una China desconocida, como mendigos, presos, campesinos, prostitutas y niños de la calle. Entre sus capítulos más duros está el perfil de un hombre que vende mujeres en el sur del país, poblado casi exclusivamente por hombres; el de un campesino hambriento que llega al canibalismo y el de un cirujano plástico que se dedica a embalsamar cadáveres. El título describe la costumbre de contratar personas para que transporten los cuerpos de quienes murieron fuera de su lugar de origen, para que su alma pueda encontrar el descanso cerca de sus familiares. “Aunque este título fue decisión de la editorial estadounidense, creo que está bien porque representa a China. Allí las personas, aunque uno pueda verlas vestidas o no con lujos, por dentro están todas vacías”, señaló Liao.
Su segundo libro traducido al castellano –tiene escritos cinco, hasta ahora–, publicado hace unos meses por la misma editorial, también vuelve sobre la experiencia penal del poeta. Por una canción, cien canciones es una memoria, esta vez personal, de sus años en la cárcel. Al final del libro incluye el poema Masacre por el que fue encarcelado. Allí narra escenas aterradoras en las cuales a veces participa. Es esa sinceridad lo que convierte en una pieza interesante porque trasciende las disculpas para mostrar un retrato de la vida tal y como es.
Es en el retrato de la humanidad del poeta, así como en el vacío de sus congéneres, en el lugar donde Liao Yiwu ha construido la marca personal de su literatura y la herramienta para dejar huella en sus lectores.

Vea a Liao Yiwu recitar su poema “Masacre” en la Biblioteca Pública de NuevaYork

Una versión de esta entrevista se publicó en El Nacional.

@michiroche


jueves, 2 de julio de 2015

Una ordinaria falta de obsesiones

En un mundo donde reina la apariencia porque la fama se convirtió en la prebenda de la celebridad mediática son excentricidades deliciosas las obras que indagan en el trabajo de esos habitantes de la periferia que son los escritores. Uno de estos raros casos es El arte de perdurar de Hugo Hirirart, un texto que más allá de la trivial y repetitiva pregunta sobre por qué se escribe, quiere entender qué causa que unos autores subsistan en los imaginarios colectivos, mientras otros naufragan en el río Leteo.
El arte de perdurar
El libro está conformado por dos ensayos: “El arte de perdurar” y “La luz perfecta”. Es en el primer ensayo donde emerge el tema crucial y subyacente en la obra: determinar porqué el argentino Jorge Luis Borges y no el mexicano Alfonso Reyes alcanzó los laureles de la perdurabilidad en la cultura hispanohablante.
Escribir sobre Reyes no obedece al nacionalismo herido ni a un reclamo tardío porque carece de la fama de Borges, para Hiriart es una amarga reflexión sobre lo que denomina “la estrecha puerta de la fama” y qué puede entrar por allí. Para el lector será un abreboca para reflexionar sobre cómo se articulan e el caso de la literatura en castellano las “personalidades artísticas”, que en la cultura anglosajona se corresponde con la denominación aestetic personae y se refiere a una especie de aura, una voz que escapa de los libros y envuelve al autor y a su comportamiento ante la sociedad. El asunto de la perdurabilidad es especialmente importante en el caso de los escritores, porque la esencia de este oficio es el reconocimiento social y la trascendencia de sus postulados intelectuales: el mismo impulso inicial de la creación está enfocado hacia llamar la atención sobre el efecto de cada obra.
En El arte de perdurar se lee que una de las limitaciones de Reyes era la falta de flexibilidad en su estilo racional. Agrega que a pesar de haber sido un buen articulista, el autor no era precisamente virtuoso y aunque cultivó el artificioso ensayo del estilo español—género que fue la marca de Francisco de Quevedo y Luis de Góngora—no se recuerdan grandes obras suyas. Y esto, Hiriart lo acepta más con rabia que con tristeza, porque una de las cualidades de este ensayo son las emociones que sugiere.
Escribe Hiriart que demasiado preocupado por la mesura y las piezas bellas, Reyes se arriesgó poco y no alcanzó una magna opus, sino un archipiélago de obras buenas intrascendentes: “La prosa brillante y pulida se alza como opacidad entre la escena y nosotros, y francamente estorba de en vez de facilitar y suscitar”.
Como se ve, un acierto de El arte de perdurar es que no reproduce falsos nacionalismos, solemnidades inútiles ni grandilocuentes adjetivos vacíos. Acepta rápidamente que la obra de Reyes no tiene nada particular e intransferible, aunque fuera propuesto por Gabriela Mistral para el Premio Nóbel de Literatura y se mantenga como uno de los autores centrales del panteón mexicano, conocido en su país como “el regiomontano universal”, por su obra continental renuente a limitarse a un solo aspecto. En su época, el mismo Borges, pero en tono de halago, se refirió una vez a su visión totalizante del mundo cuando le dijo: “Reyes, la indescifrable providencia que administra lo pródigo y lo parco, nos dio a los unos el sector o el arco, pero a ti la total circunferencia”.
El autor de Ficciones (1944), poco dado a halagar a sus contemporáneos, admiraba la prosa del mexicano a quien conoció y frecuentó cuando fue embajador de su país en Argentina. “Creo que Alfonso Reyes es el mejor, el primer prosista de la lengua castellana y me agrada pensar que me dijo que había influido en él el estilo de Paul Groussac” recordó el autor de Historia universal de la infamia (1935) en una entrevista en la revista bonaerense Latin publicada en Junio de 1972, antes de agregar que prefería hablar de la prosa del mexicano porque no estaba seguro de que fuera poeta: “era más bien un hombre muy inteligente que hacía buenos versos porque era demasiado inteligente para hacerlos malos”.
Las palabras de Borges, sin embargo, tampoco atribuyen nada de particular al trabajo del mexicano. A eso se refiere Hiriart cuando habla de su opacidad personal y la de su obra. En la cohorte de excéntricos y orates que pueblan la patria de la literatura, el correcto e inteligente Reyes no se preocupó por labrarse una persona artística y adolecía de una ordinaria falta de obsesiones.
En El arte de perdurar escribe Hiriart que a su compatriota lo condenó al olvido su empecinamiento en mostrarse como un hombre de letras y no como un intelectual. Clasifica a este último como el escritor que opina de la sociedad y la política y “su papel es una versión moderna, y ciertamente degradada, de los profetas bíblicos”. Como ejemplos de su afirmación, Hiriart  recurre a los trabajos del periodista británico George Orwell. El autor de las novelas  Rebelión en la Granja (1945) y 1984 (1949) fue indiscutiblemente un hombre de su tiempo que buscaba hacer pensar a sus contemporáneos a través de una “prosa invisible”, en la que desaparecía el estilo. Reyes prefería ser un hombre de letras, pues no buscaba realmente comprometerse con su tiempo, considerando intrascendente el comentario político y el social, demasiado mundano para el escritor: “Fue funcionario y fundador de las instituciones; pero nunca pretendió, como Sartre, ‘abrazarse a su tiempo y morir con él’”. De hecho, según reflexiona Hiriart: “el tiempo en el que vivió no sale en sus trabajos”. Y el tiempo, ya se sabe, es capaz de borrarlo todo.

@michiroche