jueves, 26 de marzo de 2015

Para contar la historia del parto

Existe un raro placer en leer la historia de un suceso cotidiano como si fuera algo excepcional. Eso solo sucede cuando uno sabe narrar muy bien. Y ese es el caso del primer libro de la estadounidense Randi Hutter Epstein, doctora en medicina y columnista de The New York Times, The Washington Post y The Daily Telegraph. ¿Cómo se sale de aquí? es una erudita historia del parto, publicada en castellano por la editorial Turner en su colección Noema, cuyo objetivo es trazar la evolución de las ideas, los consejos y las tecnologías que en Occidente se han ido tejiendo alrededor de una de los estados más comunes (y necesarios) de la humanidad: el estado de gravidez.
¿Cómo se sale de aquí?
“Este es un libro sobre la historia de los miedos, las desilusiones, las tragedias y las alegrías. Trata sobre el parto y por tanto contiene sexo, vida y, en ocasiones, muerte; no es, por tanto, un catálogo de viejos y a menudo trasnochados consejos, sino una revisión de cómo las ideas sobre el embarazo y el parto han ido arrojando luz, directa e indirecta sobre la sociedad”, explica Hutter Epstein en la introducción al volumen que en su país el Feminist Review tachó de “interesante, divertido, iluminador y entretenido”.
Excepto por cierto abuso del adverbio “a menudo”, la traducción de Laura Vidal le hace honor al texto de la profesora adjunta de la Escuela de Postgrado en Periodismo de la Universidad de Columbia, pues explica con claridad las propuestas de la autora y convierte en simples explicaciones que podrían ser muy complejas, como el uso de algunas herramientas médicas y el desarrollo de ciertas enfermedades relacionadas con el parto, tan raras hoy que quedaron en los anales de historia de la medicina.
Los temas que se repiten en el libro en las diversas épocas que analiza son la búsqueda del hijo perfecto, la creencia en los vínculos entre el mundo emocional y físico de la mujer, el parto como símbolo de lo femenino, así como también las mitologías construidas sobre la idea de la concepción, las cuales en la mayoría de los casos han obstaculizado el desarrollo de una tecnología enfocada en el bienestar de la parturienta. Un ejemplo de esto último fue la costumbre de asumir la acción de traer hijos al mundo con sufrimiento como un imperativo celestial de la mujer, pues así se había decretado en la Biblia que se hiciera desde los remotos días de Eva y la serpiente. Por esa razón, en 1591, una mujer fue quemada en la hoguera solo por pedir un remedio para aliviar el dolor mientras paría a gemelos. Haciendo gala del humor y la ironía que caracteriza a ¿Cómo se sale de aquí?, Hutter Epstein cuestiona por qué nunca se formuló un planteamiento similar par la masculinidad: “¿Qué tal una vasectomía sin anestesia?”.
La publicación está llena de detalles como el del párrafo anterior –o el breve análisis de los tratados ginecológicos más viejos del mundo: el de Solano de Éfeso que data del siglo II y el de Eucharius Rösslin, de 1513– en los cuales se evidencia la acuciosa investigación de la autora. La autora presenta aquí una visión de la obstetricia como la unión entre la medicina y la sociedad, que resulta de la consideración del parto como la patología de la mujer sana, la cual solo pudo comenzar a articularse a partir de finales del siglo XVI, cuando los médicos desplazaron a las comadronas.
El libro deja en evidencia cómo las decisiones que se toman con respecto a las técnicas de para tener hijos se fundamenta más en la cultura y la coyuntura que en los avance científicos. Por eso, a pesar de los bancos de esperma y de los vientres de alquiler, todavía queda mucho para evolucionar: no tanto dentro de las clínicas o los cuerpos de las mujeres, sino en las mentalidades. “El reciente auge de películas sobre la maternidad, muchas de ellas comedias, puede considerarse una respuesta a la obsesión actual por la concepción y el parto. En 2007, se estrenaron Juno y Lío embarazoso, ambas sobre embarazos inesperados. Por su parte, Mamá de alquiler, de 2008, fue probablemente la primera comedia rodada sobre este tema”, escribe profesora invitada de la Universidad de Yale antes de añadir que los finales propuestos por estas películas cómicas siguen siendo muy ñoños sin representar las verdaderas tragedias de la maternidad de alquiler: “[que es] un asunto de mujeres ricas que pagan a otras más pobres por el alquiler de su útero. Parece que no queremos leer historias o ver fotos sobre el tema, a no ser que estén tratadas en forma de comedia”.
Después de una larga andadura que comienza en el Antiguo Testamento, ¿Cómo se sale de aquí? termina en el comienzo: porque a pesar de todo lo que pueda decirse sobre el parto, este es solo el comienzo de la vida. Nada más, nada menos.

@michiroche

martes, 24 de marzo de 2015

Oliverio Coelho consigue sus cuentos dentro de cubos

Lo primero que llama la atención de Oliverio Coelho es que su hablar, sea por el tono de su voz o por la entonación de sus palabras, suena bastante parecido a las reproducciones de audio de Jorge Luis Borges cuando lee sus poemas o habla de sus relatos. No tendría nada de especial porque el maestro de la brevedad y el escritor que reseña novedades editoriales en Los Inrockuptibles son compatriotas y contadores de historias.
Conversamos sobre su más reciente colección de relatos, Hacia la extinción y no
Oliverio Coelho
Tomado de: elfuturonoesnuestro.blogspot.com.es
puedo evitar inquirir por la influencia del coloso en su obra. Es obvia la pregunta, a todos los escritores argentinos se la hacen, pero Coelho accede a responder: “Fue determinante para mi. En estos momentos, sin embargo, me interesa más su manera de pensar la literatura que su prosa y su estética. Cuando era muy joven mis textos buscaban ser ‘borgianos’, creía que las cuestiones y los universos de la literatura eran los que Borges tenía en sus cuentos. Mis relatos eran casi plagios. Tenía entonces 16 o 17 años y me costó borrar sus rastros. Incluso, en Parte doméstico quedaba algo, en la adjetivación y en el registro”.
Se refiere a su anterior libro de relatos, el primero en este género, publicado en el año 2009. Añade que ahora lo que más le interesa es la lucidez crítica del autor de El libro de arena (1975) y la manera como plasmaba “en asuntos singulares un estilo universal, manteniéndose siempre como un escritor argentino e invirtiendo el signo de la influencia. Fue que un escritor del Tercer Mundo, de un país periférico que terminó por condicionar la idea de literatura de intelectuales europeos, como Michel Foucault”.

Soledad y unidad. Los trece relatos contenidos en Hacia la extinción narran atmósferas melancólicas y sujetos que intentan negociar con el desamparo. El título sugiere la soledad de los personajes que parecen esperar por sombríos destinos inminentes, una impresión que Coelho localiza en el Río de la Plata y que piensa que fue impuesta por el tango, “que impregna el temperamento tanto de los nacidos en Buenos Aires como de los nacidos en Montevideo”.
Algunos cuentos, en especial los que abren del volumen editado por el sello mexicano Almadía, están marcados por la tradición literaria del país donde nació en 1977 y los que están hacia el final transcurren en el Lejano Oriente –quizá sus anécdotas se fundamenten en la temporada que pasó en una residencia para escritores de Corea del Sur. Lo más interesante el libro, sin embargo, es su estructura que obliga a engullirlo de un solo bocado. “Pensé que los relatos podrían eslabonarse y crear una unidad del libro de cuentos como en una novela”, explica Coelho: “Quería que un relato llevara a otro; así uno que termina en Budapest se encabalga con otro que empieza allí. La unidad está en el lugar, aunque el asunto sea distinto. Una relación amorosa que ocurre en Budapest y termina trágicamente se encabalga con otra que tiene lugar en Montevideo y ese es un cuento erótico que se replica en el siguiente. Mi ilusión era que pudieran leerse de corrido en una sola sentada todos los relatos gracias a esa unidad”.
El autor –que en 2002 ganó la Bienal José Rafael Pocaterra que otorga el Ateneo de Valencia en Venezuela– no piensa que el tránsito entre las modalidades narrativas del cuento y la novela disminuya las libertades creativas. “Se trata de una adecuación a las características de una historia y las hay que son potentes en el formato cuento y no como novelas. Las que van en espirales son de novela, porque circulan laberínticas, con tramas familiares; las de los cuentos son cubos dentro de los cuales hay historias y hay que sacudirlos para entender la problemática en el interior del relato”, explica el escritor cuya obra se ha traducido al portugués, el inglés, el francés e, incluso, al árabe.
Esta manera de mirar los cuentos a través de formas geométricas quizá le venga de los doce años, edad en que supo que se dedicaría a pergeñar sus pensamientos en hojas de papel, porque solo a través de esta actividad conseguía sosiego: “Se transformó en una rutina que me aliviaba ante todas esas angustias que circulan en la adolescencia; la escritura era un refugio, un modo de prolongar la sensación de juego que venía de la infancia, de volver imperecedero lo lúdico”.
En aquella época primigenia la escritura tenía cierta urgencia, pero a medida que pasaron los años esa urgencia remitió y fue así como nació la literatura. Hasta la fecha, el autor elegido en 2009 como uno de Los Mejores Narradores jóvenes en Español según la filial española de la revista inglesa Granta ha publicado las novelas Tierra de vigilia (2000), Borneo(2004), Promesas naturales (2006), Ida (2008) y Un hombre llamado Lobo (2011).

@michiroche



miércoles, 18 de marzo de 2015

El anticuario: regeneración y tragedia

Al leer El Anticuario de Gustavo Faverón Patriu , he pensado que está escrita dentro de la mejor tradición de la narrativa hispanoamericana. Me he acordado claramente de Onetti -y he creído ver un guiño para él en uno de los primeros  personajes que aparecen, Gálvez-, aventurando que una narración como ésta la podría haber fabulado el maestro uruguayo si hubiera sido aficionado a la literatura de terror. No lo era, pero, en cambio, El Anticuario, tiene algo de ese lenguaje tentacular e implacable, capaz de adentrarse en cualquier oscuridad del ser humano. También me acordé de El obsceno pájaro de la noche, de Donoso, de sus estancias separadas del mundo solamente por un delgado muro, donde ocurren terribles desgracias relacionadas con el cuerpo, la amputación, la extravagancia, la conciencia de ser radicalmente diferentes. Como se ha dicho en las críticas ya publicadas, aparecen reminiscencias borgianas en bibliotecas laberínticas. También, hay un homenaje expreso al clásico indiscutible del cual emana toda la literatura lunar: Edgar Allan Poe. En una novela como esta, donde dos de los temas centrales son el libro y el cuerpo, como llaves de la destrucción y de la locura, también es inevitable pensar en Lovecraft.
Los libros valen como registro de la contrariedad”, se afirma en esta novela, “son el testimonio del ansia de los hombres por trasformarlo o aniquilarlo todo para empezar desde cero, pero se trata de un ansia contradictoria, porque los libros son también los que aseguran la tradición y la continuidad. Por eso, Daniel valora mejor los más disparatados: si alguna tradición le sirve, es la del desarreglo y la perturbación”.
Tradición aparte, El anticuario nos sumerge en un mundo estrictamente propio, construido como una intriga pulida y estructurada en 24 capítulos, más una breve introducción, entreverados por un relato narrado desde el punto de vista de El Anticuario, trasunto de Daniel, el presunto criminal de la novela, donde leemos las claves oníricas y subconscientes de la historia explícita a la que estamos asistiendo, gracias al trabajo del narrador, que escribe su historia desde un hospital donde está siendo curado de las heridas sufridas en un incendio. Esta estructura perfecta es circular, y el lector hará bien en regresar al primer capítulo para completar la lectura de la novela.
En ella, hay elementos recurrentes: el fuego (“hogar es hoguera”, se nos repite a lo largo de la novela), el libro, el cuerpo, la locura, el monstruo: “Todos los artistas son monstruos”, se nos dice en una ocasión. Quizá porque el artista es el gran rebelde ante la realidad aparente, el que investiga más allá, hasta límites que pueden transgredir cualquier regla perteneciente al orden establecido: ya sea el estético, el mental, o nuestra convivencia. Quizá porque, para muchos artistas, la concepción de la realidad es mucho más amplia que para la inmensa mayoría de las personas. “Los momentos del pasado o del futuro, los escenarios irreales de los cuentos, los sueños, los proyectos que uno descarta cada día, pero que existen, en la duda alternativa de la cosas que dejamos de hacer, todos son mundos tan verdaderos como éste”, afirma uno de los personajes. Y un poco más adelante: “Te voy a decir cómo me imagino a mí mismo (…): como una persona con muchos cuerpos simultáneos, todos unidos entre sí por un haz complejísimo de articulaciones, que al vez se tocaran en infinitos puntos con otros tantos mundos paralelos”.
Parte de esos mundos paralelos a la normalidad, son los que se exploran en esta novela. De hecho, a la vez que los acontecimientos se nos van revelando como evidentes, van sucediendo otros, no expresos, pero apuntados en una serie de historias contadas por misteriosos personajes vinculados por su afición a los libros antiguos, libros de anticuario, libros que ocultan algo orgánico, vivo, tan vivos que algunos han podido imprimirse sobre piel humana. Si el Verbo se hizo carne, en esta novela la carne se hizo Verbo. Y en un mundo perdido, en continua búsqueda de un espíritu que tarda demasiado en manifestarse, la transformación del cuerpo en literatura y en sentido, puede ser la única vía libre para expresar la desesperación. No es casualidad que algunos siniestros anticuarios de esta novela comercien a la vez con libros y con cuerpos humanos.
Pues, para muchos de nosotros, la lectura se ha hecho cuerpo. Es una identidad y también una salvación. Hay pasajes impactantes en la novela donde Daniel, el presunto asesino encerrado en una clínica psiquiátrica e investigado por el narrador, lee un libro tras otro al resto de los locos ingresados en el manicomio. Son los únicos momentos de calma, donde la locura (quijotesca, inevitablemente) se aliena a otras historias ajenas, y por un momento la desazón se detiene. Y, sin embargo, el gran poder de alienación de la literatura, genera un poderoso antídoto: la venganza por parte de todo aquello que has abandonado a cambio del placer de leer o de escribir.
No puedo entrar en esta parte sin desvelar parte de la trama, pero apuntaré que una de las personas asesinadas en la novela aparece con el cuerpo relleno por las páginas de todos esos libros admirables que ha incorporado, literalmente, dentro de sí.
La intriga de esta novela fascina desde la perturbación, y que todo en ella está medido para inquietarnos en varias partes de nuestro ser: el pensamiento racional que disfruta con la trama, la profundidad de nuestra psique que reacciona ante los numeroso acontecimientos que tienen una gran carga simbólica, y, por supuesto, nuestras emociones, que se erizan ante ellos. Un buen ejemplo de este múltiple campo de acción de la lectura, podría radicarse en los espacios donde sucede esta historia: la ciudad construida sobre una gran avenida en espiral, que termina en una clínica doble y unida por un pasadizo subterráneo, a partir de la cual la ciudad gira en espiral contraria. La locura de nuestro tiempo es la locura de los espacios que construimos, proyectados por nuestra situación  comunitaria interna. Y el espacio interior en el que vivimos, el yo, está al menos dividido en dos compartimentos: uno iluminado, otro en la oscuridad.
Es hacia esa oscuridad hacia la que avanza El anticuario, la que la narración va literalmente despellejando para que asome una parte radical de la materia humana. Y también la más hermosa: la lealtad y el amor, que tratan de contrarrestar el incendio de nuestros egoísmos, la ceguera de nuestras obsesiones. Regeneración y tragedia se funden en la reunión de todos estos opuestos.


Ernesto Pérez Zúñiga

martes, 17 de marzo de 2015

Faverón Patriau: “La violencia privada también es pública”

El único libro de ficción publicado hasta ahora por el periodista y académico peruano Gustavo Faverón Patriau es una sublimación macabra de la tragedia de un amigo suyo que hace más de veinte años mató a su novia en un arranque psicótico.
Gustavo Faverón Patraiu
Foto: Javier Zapta/ Cortesía Candaya
Puesto de esa manera, la anécdota parece trivial, indecorosa, burda. Pero es justamente lo contrario: La historia de la vida real, que no es precisamente la que se lee en El Anticuario –pues el libro se detiene en otro momento de la vida y crea un protagonista que toma del compañero de la juventud sin exponerlo por completo–, coloca en escena, travestido como un coleccionista de antigüedades, a un bibliómano de prosapia que acumulaba ediciones antiguas de libros y que prefería encerrarse con sus publicaciones antes que tener contacto con la gente.
“Si tenía la pistola con la que disparó a su novia era porque en esa época mucha gente con dinero iba armada para defenderse de los secuestros que en las década de los ochenta y noventa había muchos en Perú”, explica el editor del libro Toda la sangre: Antología de cuentos peruanos de la violencia política (2006).
Porque la historia de la vida real como la de la ficción están ambientadas en aquella Lima del siglo pasado, presa de una violencia en desbandada, una que todavía aterrorizaba a Faverón Patriau cuando en 2006 comenzó a escribir los primeros borradores, los mismos que fueron abandonados y retomados varias veces en más de un lustro. “La novela tiene dos intenciones”, añade el autor del libro de historia Rebeldes (2006) y del libro de teoría literaria Contra la alegoría (2011): “el primero era exorcizar el problema de mi amigo, que ya tenía mucho tiempo obsesionándome y, el otro, hacer una novela alegórica a la guerra del Perú”.

Conflicto macabro. Cuando en 1980 se desató en Perú el conflicto armado que contaba con la organización de inspiración maoísta Sendero Luminoso como su principal agente, el actual profesor asociado en Bowding College tenía apenas trece años de edad: “Cuando capturaron a Abimael Guzmán en 1992, yo tenía 25 años, así que este enfrentamiento ocupó casi toda mi vida ciudadana y entendí que la violencia privada también es pública y la pública, privada. Por eso mi interés en esta novela era sugerir, en lugar de elaborar relaciones claras. No quería escribir una novela realista sobre Sendero Luminoso”.
Admirador de la prosa de su compatriota Mario Vargas Llosa, Faverón Patriau explica que este pasado tormentoso peruano fue crucial para la recepción de la novela en América Latina, pero que en Estados Unidos los críticos la leyeron como un misterio policial o una novela gótica. The New York Times la clasificó como “deliciosamente macabra”, quizá por su coqueteo con la brutalidad de las pasiones más íntimas y su interesante retrato de un tipo intelectual de criminal que es también, en el fondo, una víctima de sus circunstancias.

Pasado y presente. La anécdota en El Anticuario comienza cuando Daniel, luego de pasar tres años interno en un hospital psiquiátrico, busca a su amigo Gustavo para contarle los detalles del crimen que lo llevó hasta ese lugar: el asesinato de su prometida. Allí comienza una extraña investigación que une a la novela policial, las metáforas del cuerpo y la literatura como herramientas de placer y sacrificio. La ciudad construida como un espiral que actúa como imagen de la novela parece indicar al lector un misterio elíptico que siempre parece acercarse a un punto central, sin saber bien cómo tocarlo.
Las pesquisas de Gustavo, como también sus recuerdos de la juventud al lado de Daniel, se constituyen en los pivotes de una narración lúcida y erudita que embriaga al lector, en especial si es un amante irredento de los libros, como el hombre metido en el psiquiátrico.
Ahora editada en España por el sello catalán Candaya, esta novela se publicó por primera vez en Lima en el año 2010 y en Estados Unidos al año siguiente. En estos momentos se la traduce al turco, al árabe, al chino y al japonés.
El Anticuario, de Gustavo Faverón Patriau demuestra que es posible hacer arte con piezas de la realidad violenta y de la ficción libresca.

@michiroche

viernes, 13 de marzo de 2015

Abend van Dalen nació extranjera

Raquel Abend van Dalen, escudriña, estremece y calienta la sangre. En Sobre las fábricas deja ver en cada verso su manera de distinguir, la ciudad, la muerte y el sentirse extranjera. El poemario publicado el año pasado en New York por Sudaquia Editores resultó ganador de la Mención Honorífica del XIII Concurso Transgenérico Sociedad de Amigos de la Cultura Urbana en 2013.
Sobre las fábricas
Abend van Dalen también es autora de la novela Andor publicada por  Bid &Co en 2013 y pronto publicará otra obra narrativa, Cuarto azul. Esta caraqueña manifiesta con notable elegancia su madurez como poeta. Desde la publicación de Lengua Mundana (Común Presencia Editores, 2012), ha crecido significativamente. En Sobre las fábricas  se distingue más organicidad en cada poema. Ahora deja a un lado, los elementeos metafóricos de la sexualidad, el erotismo y el deseo para exhibir un ritmo más cuidado que da valor preciso a cada palabra y le permite exponer sus otras caras: la niña, la hija, la extranjera y la escritora.
Hay cuatro partes en Sobre las fábricas (2014), que en lugar de títulos presenta versos de: Wislawa Szymborska, Hanni Ossott, Vicente Huidobro y María Zambrano. Siendo la ciudad uno de los principales temas que la autora aborda con dolor, sintiéndose presa y extraña en espacios, calles y edificios que lucen como un cuerpo envejecido que ensombrece la vida de sus habitantes. Así se lee en el poema II: “Las ciudades /se vuelven piernas sin huesos, / barcos de luz artificial, / hoteles de vidrio que flotan / (¿existe algún edificio que no sepa volar?)”.
La poeta describe una ciudad extraña, bestial, incapaz de hacerla sentir parte de ella: “No hay ciudad que sepa mantenerme tibia. / No hay momento hendido / que aprenda la disposición  / para un cuerpo ausente (…) // Quiero encontrar una ciudad / que aún sepa dilatarse en la catástrofe”.
Sin embargo, dicho desarraigo no se da solo por el hecho de que Abend van Dalen vive en New York, como se podría deducir en el poema XX: “Me escondo / en las sombras húmedas / de los rascacielos / huyo de ese instante / en que el día escapa de las ventanas (…)”,  sino de un elemento más íntimo que parte de su propio origen judío, la historia de su padre durante la cruenta II Guerra Mundial. Un testimonio doloroso del infierno en la tierra que vivieron  millones de seres humanos que fueron exterminados, deportados, desterrados, humillados, condenando a los sobrevivientes a recordar día tras día el terror. Sin embargo la memoria debe mantenerse dispuesta  a contar el sombrío siglo pasado para que nunca más se repita y de esta manera defender con todo nervio, voz y brío, el derecho primario y sagrado de la vida. He aquí un fragmento del poema XIV: “1939. A mi papá le arrancan su tetero. La infancia / queda revuelta en leche rancia (...)”,Tienen 24 horas para salir de Polonia. / Empacan latas, plumas de ganso. 10 medias en cada pie / Cruzan la frontera hacia Rusia. Río. Piel cruda.// Kazakhstan. Les cosen La Estrella de David en la ropa. Hambre y frío. Viven y sueñan como animales enclaustrados. Fábricas. Estajanovismo. Dormitan en las ruinas. Comercio ilegal. Quema de cuerpos”. Este poemario nos habla de las fábricas de exterminio que surgieron para acabar con la humanidad mediante delitos demoniacos que describió, el escritor y superviviente de Auschwitz, Primo Levi como la “locura geométrica” que se originó con el propósito de anularlos primero como hombres para después matarlos lentamente.
Con la carga de sus antepasados a cuestas, Aben van Dalen asume una extranjería heredada en los últimos versos del poema XLVI: “Nací siendo extranjera y he vivido /siempre con mis raíces absorbiendo / el agua amarga del trópico”.
Pero de la misma manera existe la voz de la niña, de la hija, que busca la vigilia y el resguardo cuando son las siete de la noche: “quiero meterme de nuevo / en el útero de mi madre” o en los versos del LI donde dice: “Aún necesito manos maternas / que amparen lo heredado / respiración de una plenitud / que se haga traje de ciudad / paraguas / de una lluvia que da cuerpo / al reposo”.
Abend van Dalen finaliza su obra con la dualidad de la poeta y la narradora que, a su vez, representa cientos de personajes: En un día soy / dejada por el marido, / golpeada por la madre, sepultada por un extraño, / abandonada en un manicomio, tratada por cáncer, / encontrada muerta en un closet, exiliada de Corea / del Norte (…)” y asimismo la mujer que cree que en algún momento  “descubriremos que las tierras no pertenecen a nadie”.
@DiosceMartinez

jueves, 12 de marzo de 2015

Manguel escribe sobre el “Crusoe de sillón”

El viajero, la torre y la larva:
 El lector como metáfora
La aventura, el aislamiento y la transformación en demiurgo son las tres actitudes de los come-libros que Alberto Manguel analiza en El viajero, la torre y la larva: El lector como metáfora. En el libro, estructurado en tres ensayos de unas 50 páginas cada uno, el autor argentino-canadiense clasifica y analiza –más lo primero que lo segundo– las metáforas que relacionan a la lectura con la acción de trasladarse, con las formas de abstraerse del mundo o con el poder de la transmutación.
La primera sección es la más extensa, quizá porque señala una imagen común de la lectura. “Vivir es viajar a través del libro, es vivir, viajar por el mundo mismo”, escribe sin apelar a la originalidad: “todo lector es un Crusoe de sillón”. Los ejemplos de esa afirmación avanzan hacia adelante, hasta llegar a la lectura en red, y tan atrás como la obra épica más antigua del mundo, El Poema de Gilgamesh, donde se narran las aventuras del rey sumerio homónimo. Un lugar especial se le dedica a las relaciones entre la tradición judeocristiana y la lectura. Por un lado alude a la Biblia como ejemplo de la acción como reacción a la palabra de Dios entre los hebreos y sus herederos y, por la otra, relaciona el peregrinaje a la lectura, que añade a la metáfora la dimensión de las aventuras. “La creación de un texto en una página en blanco se asimiló a la creación del universo en el vacío, y cuando san Juan declaró en su evangelio que ‘en principio era el Verbo’, definió en la misma medida su tarea de escriba y de Autor mismo”, escribe el también autor cuya obra está escrita, principalmente, en inglés.
“Flaubert definió la torre de marfil como un refugio en contra de la imbecilidad del mundo, un lugar donde un lector puede estar en paz con la inteligencia de sus libros”, se lee en la sección destinada a analizar la lectura como herramienta de abstracción. Es la mejor sección del libro por integrar temas afines a la literatura, como la referencia médica al señalar que en la antigüedad se atribuía a Saturno la melancolía: la necesidad de retirarse del mundo. Esta reclusión es muy cercana a la de los eremitas que se alejan del mundo para encontrarse con Dios y Manguel puede establecer una relación entre esta y la sección anterior: ambos, el peregrino que viaja por el mundo y el anacoreta que se abstrae de este, siguen la Palabra Divina. En esta melancolía literaria conectada a los ascetas con los racionalistas del siglo XVIII, pero donde mejor queda ejemplificado esto es en el personaje que describe como el del “príncipe solitario”, Hamlet: “Se supone que (…) ‘sabe cosas’ sólo por sus libros y si se lo despojara de estos amuletos mágicos, perdería sus tan cacareados poderes sobrehumanos”. Sin embargo, parece interesante, por su vocación de polémica, que el autor argentino señale que Shakespeare, por no ser universitario, seguramente consideraba “despreciable” la torre de marfil en la que se refugiaba el personaje más representado de su repertorio.
La sección en que se pretende demostrar que el lector es una metáfora también de una larva quedan las ideas menos claras que en las dos anteriores. El centro de su razonamiento está en la imagen de la polilla de los libros, a la que identifica con la gente que lee sin entender nada: “El necio de los libros es, entre otras cosas, el lector omnívoro que confunde la acumulación de libros con la adquisición de conocimientos y quien termina por convencerse de que los hechos que se narran entre las cubiertas suceden en el mundo real”. Pero hay necios de necios: porque hablar de leer sin entender, permite hablar del miedo a las palabras como el miedo a los poderes mágicos de los libros y, por supuesto, que este el lugar de Don Quijote y de Madame Bovary: los que se llenan la cabeza con ideas erradas y terminan apartándose la realidad, acaso la aspiración real de cualquier lector.
El libro del autor argentino representa una obra entretenida para cualquier amante de la literatura, pero no promete mucho más como ensayo literario puesto que no adelanta hipótesis propias o novedosas que permitan que el lector se quede haciéndose preguntas. Adolece de lo mismo que muchos ensayos de vocación enciclopédica en los que la profusión de detalles eruditos compromete la fluidez y relación lógica de la ideas. Sin embargo, para algunos “Crusoe de sillón” que gusten de coleccionar datos sobre los libros, El viajero, la torre y la larva: El lector como metáfora puede ser un bello anecdotario. Es también quizá lo que Manguel no tenía intención de hacer: un libro entretenido.

@michiroche

martes, 10 de marzo de 2015

Strepponi: “Me sucede con frecuencia una percepción de lo sagrado en las cosas más pequeñas”

Hace cuatro años, un día 11 de marzo, Blanca Strepponi dejó Venezuela. Volvió a la Argentina, país donde nació en 1952, pero aún le llegan los ecos de la república caribeña. Por eso recuerda la fecha de su partida con exactitud.
Blanca Strepponi
Foto: Nicolás Melini
A veces, los ecos que escucha son ruidos brutales, rastros de la violencia que se reproducen por los medios de comunicación y permiten adivinar una guerra civil no declarada –“el tema me atraviesa y a veces me altera profundamente”, dice–; otras veces son recuerdos de la poesía que una vez pudo permitirse escribir en las duermevelas de su profesión como editora, industria en la que fue activa protagonista desde finales de la década de los años setenta. Uno de esos sonidos la trajo la semana pasada hasta España para presentar una reedición de Diario de John Roberton, un libro suyo publicado por primera vez en 1996 por el sello venezolano independiente Pequeña Venecia y que ahora Ediciones La Palma coloca en las librerías europeas. El libro presenta cinco cartas del cirujano escocés que acompañó a los ejércitos patriotas en épocas del Congreso de Angostura, las mismas que Streponi inventó a partir de un diario suyo que consiguió, traducido a medias el médico marabino José Rafael Fortique. “Ese fue mi primer encuentro con el personaje. Me gustó su tono; esa descripción objetiva que uno lee en sus diarios se debe a que tenía una formación científica, lo cual me gustó. Además, era escocés y no se le veía dado al sentimentalismo y su prosa era sobria y contenida. Sentí que ambos éramos espíritus cercanos y no se en qué momento se me ocurrió que yo podía reescribir ese diario tomando los recursos literarios de la poesía”, explica la la premiada con la Bienal Ramos Sucre de Dramaturgia, el galardón de Poesía Casa de la Cultura de Maracay y el de Narrativa Alfredo Armas Alfonzo.
Aunque continúa vinculada a la edición, Strepponi ahora apuesta también por su propia obra, en la que ha destacado en teatro, poesía y literatura infantil, con textos como Birmanos (1991), El médico chino (1999) y el libro para niños Las historias de Claudia y Daniel (2002). Enhorabuena.

– ¿De qué manera la reedición de Diario de Roberton en España le otorga un nuevo significado, 20 años de su primera edición?
– La historia de Roberton ahora está más vigente que cuando la escribí, porque este personaje, como la mayoría de nosotros, fue víctima de la historia y de sus circunstancias. Para escribir este libro leí muchas crónicas de la época e incorporé personajes que no están en su diario. Ellos –como Roberton– combatían donde les tocara, no necesariamente desde sus ideales románticos. Eso desconcierta al escocés, también. Pienso que esa misma falta de información se debe existir en los conflictos actuales. ¿No será así también en Ucrania?, por ejemplo. Los que saben realmente qué está pasando en una guerra son muy pocos: los que están arriba, moviendo las piezas en los tableros de estrategias; todos los demás somos víctimas.

– La reflexión es inquietante, porque entonces el que más sufre las guerras es el más desinformado.
– Uno mira hacia atrás, lo más que puede, y pareciera inevitable que hubiera grandes crueldades, violencias y exterminios. Pareciera que ciertos avances naturales o técnicos parecen estar basados en esas conquistas. Yo me pregunto si eso era realmente inevitable. Porque una parte de mi es realista, pero hay otra que mira las cosas de otro modo, en especial desde que me acerqué al budismo. Y creo que si es posible otro tipo de persona e, incluso, de humanidad.

La imagen de la Cábala en el libro, que usted identifica como del exilio de Dios, es crucial en el poemario. ¿Cuál es la importancia para usted de la búsqueda espiritual dentro de la poesía?
– Me sucede con frecuencia una percepción de lo sagrado en las cosas más pequeñas, pero en este libro, en el cual me parecía que se planteaban los temas clásicos de la humanidad –el individuo frente al mal, la crueldad y la violencia– y está también la interpelación a Dios. En el momento en que escribí el libro estaba cerca del judaísmo y de la Cábala incorporé las ideas sobre el espacio que deja Dios cuando se retira, que es donde se realiza el mal; estos son los momentos de grandes dudas para los creyentes, momentos de gran dolor.

– La criaron como judía y ahora se declara budista. ¿Consigue elementos de conexión entre ambas maneras, una occidental y otra oriental, de mirar al mundo?
– No soy una experta, sino que mis intereses van cambiando, me acerco en un momento y después muchas cosas de las que he aprendido se me olvidan. Las religiones teístas son más fáciles de adoptar, porque es más fácil para una persona creer un ser superior a creer que le ser superior eres tú, que es el principio budista en el que todos formamos parte de un todo.

– ¿Qué le enseñó a su obra escrita el trabajo de editora?
– Aprendía a ser más amplia y flexible con la literatura.

@michiroche

jueves, 5 de marzo de 2015

Independencia y exterminio en un diario de Blanca Streponi

Mientras Simón Bolívar, a la postre el Jefe Supremo de la República, se dedicaba a escribir la historia con “H” mayúscula en el Congreso de Angostura, donde pronunció el famoso discurso que sentó las bases republicanas de varias naciones al norte de Suramérica, el cirujano escocés John Roberton remontaba los ríos Orinoco y Arauca, atravesaba selvas y llanuras para ver “el destello bestial en los ojos del hombre” y encontrarse, al final, con la muerte.
Diario de John Roberton
Como muchos soldados del bando patriota a quienes la enfermedad o la naturaleza extinguieron antes de embestir al enemigo, su participación en la Independencia fue algo menos que estéril: cuando se murió en 1820, aún no había podido ejercer el cargo de Director General de los Hospitales de Nueva Granada que Bolívar le había encomendado dos años antes. Su aporte para la contienda –importante pero rara vez reseñado por los hisotiradores– fue aconsejar que se nombrara a un cirujano particular y un botiquín de guerra para cada batallón comandado por los criollos. Dice la única entrada en Internet que pude conseguir sobre el tema que aquel consejo mejoró pero  no resolvió el estado de las tropas.
Dos años después de la muerte de Roberton se publicó en Londres un libro con las notas de su viaje con el título Journal of an Expedition 1400 miles up the Orinoco and 300 up the Arauca y tiene que esperarse un siglo y medio para que José Rafael Fortique lo traduzca al castellano. Esta edición del médico marabino sirvió a Blanca Streponi para que en 1996 se imaginara cinco cartas que hubiera podido escribir el expedicionario escocés durante sus días de grandeza y delirio, cuando fue a Venezuela para embarcarse en “la empresa más sustancial para la evolución del hombre: la libertad” y terminó comprendiendo en su carne que “el amor es un anhelo”. La publicación que Ediciones La Palma hace ahora de esta obra singular demuestra la puntualidad de su vigencia: la grandilocuencia del heroísmo no es más que una propaganda para la liquidación del otro.
Streponi ensambla a ranura y lengüeta el motivo por antonomasia de la literatura venezolana, la lucha entre civilización y barbarie, con un tema recurrente del misticismo judío: el exilio de Dios como origen del mal. Por eso las estrofas dedicadas a la doma de caballos y mulas salvajes, para acelerar el paso del ejército con animales que no estuvieran cansados de trajinar la guerra y esa de los cuerpos llenos de cenizas con que avanzan los soldados del ejército patriota bordeando el río Arauca se erigen como las imágenes más fuertes del poemario.
“La doma se hace así:
enlazado el caballo
lo tumban

sujeto con fuerza
le colocan el freno
y la silla de montar

el domador sube la silla
toma el freno
y junto a varios más
armados de garrotes
golpean al animal
en la cabeza
hasta que se levanta

una vez en pie
lo vuelven a golpear”
La violencia, más brutal por cuanto parece gratuita, por medio de la cual los hombres, animales también, convierten a un caballo en un ser dócil para la guerra representa la necesidad de “civilizar” a venezolanos y neogranadinos. En este proceso, sin embargo, el Diario de Roberton no tiene muchas esperanzas, pues algo nos advierte de las dificultades de intentar llevar la libertad a quien se ha cansado de esperarla: “Los esclavos liberados han huido a las montañas // Unidos a bandas de zambos / son ahora ladrones y asesinos/y las mujeres/ prostitutas”.
Civilizarlos, hacerlos igual a uno; o, quizás, aniquilarlos, parece ser el lema de la campaña bélica que, desgraciadamente, se parecía mucho al proceso colonizador emprendido trescientos años antes por quienes en el siglo XIX fueron considerados enemigos. Se trata del mismo lema que en las formas de exilio y de exterminio los judíos han conocido varias veces en la historia.
“Páez incendia las sabanas para dejar a los españoles sin forraje”, nos dice Roberton por la pluma de Streponi:
“Sufrimos de este modo cruelmente el calor

Nubes de cenizas dificultan las respiración
y cubren nuestros cuerpos con una pátina oscura”
La alusión a la muerte y a la disolución de los cuerpos en la imagen de la ceniza refuerza la idea de guerra de exterminio que la autora propone en el texto con que abre su obra. Y vuelve así a machacar su cantaleta contra el mesianismo: Debajo de la promesa de “libertad” que albergaba la Guerra de Independencia, se escondía la atroz finalidad de acabar con otro.
“Soy el exilio de Dios
el exceso de su justicia”, vuelve a decirnos la poeta que no quiere dejarnos con el sabor de la violencia en la lengua cenicienta. Y en las últimas estrofas, cuando Roberton descubre que “hay algo horroroso / en la profunda soledad del paisaje”, da forma a una sensación onírica y vuelve a las enseñanzas místicas para reconocer que el mal, en su misteriosa presencia imperecedera, es un motivo, aunque sea paradójico, de la salvación.

Nota: Este texto se leyó durante la presentación en Madrid del libro de Blanca Streponi.  

@michiroche

miércoles, 4 de marzo de 2015

Kōbō Abe y la visión de la oscuridad

Cuando leí por primera vez la novela de Kōbō Abe (Tokio, Japón, 1924-1993), Encuentros secretos –publicada en su lengua original en 1977 bajo el título de Mikkai (密会)– en manuscrito, tuve una intuición; y ahora que la he vuelto a leer, ya impresa en excelente edición de Eterna Cadencia, esa intuición se ha hecho más sólida. No pude dejar de pensar en el libro House of leaves, de Mark Danielewski; pensé que no sería descabellado suponer que sobre el autor estadounidense pesa una nada oculta influencia del japonés. No tengo la imagen completa de esa influencia, apenas retazos que sostienen la sospecha; unas grabaciones, un ambiente surreal, un misterio, cierta cantidad de terror; quizá un caballo. Al definir parte de la novela de Danielewski, el narrador dice que se trata de «the sight of darkness itself», algo así como la propia visión de la oscuridad, o lo oscuro; y esta es una definición perfecta para la (por qué no decirlo) intrincada novela de Kōbō Abe.
Encuentros secretos
Lo anecdótico es sencillo, casi gracioso: «Una noche, una ambulancia despierta al protagonista y a su esposa con órdenes de trasladar a la mujer al hospital, pese a que ella asegura que está sana», se anuncia en la contraportada. El resto de la novela es el intento asombrosamente inútil del marido por dar con su esposa en el hospital, si es que ha sido allí internada; un hospital que es como una ciudad enterrada, y en el que las cosas ocurren con la misma perplejidad como ocurrirían en una novela de Kafka, del que sin duda Abe es heredero. A través de tres “cuadernos” y un apéndice, el autor nos sumerge en un mundo donde las reglas han cambiado de lugar. Estar enfermo no solo se define por los síntomas del cuerpo, sino por el lugar que se ocupa en esa sociedad secreta que es el hospital. Varios casetes con grabaciones nos permiten dilucidar qué es lo que ocurre en realidad detrás de las apariencias:
“Subdirector: Hubieras abordado tú también la ambulancia.
Hombre: me dijeron lo mismo cuando marqué el 119 para preguntar por mi esposa.
Subdirector: Hubiera sido el acto más lógico.
Hombre: ¿No te parece que tales vacilaciones son normales?
Subdirector: Yo no habría titubeado. Una ambulancia podría ser un disfraz ideal, quizá más que un coche fúnebre, para objetivos criminales. En ese espacio cerrado se encuentran una dama joven solo con sus prendas íntimas y tres hombres musculosos con máscaras. Si fuera en el cine, lo que sigue sería una escena cruenta.”
Estos fragmentos de grabaciones, que podemos leer a lo largo de la novela semejan trozos vivos de la realidad y hacen las veces de breves ventanas hacia la verdad de aquello que solo se nos refiere y nunca se nos asegura. Hay algo terrorífico en todo esto y, sin duda, un crimen, pero no sabemos dónde ni cuál es. Sabemos que ha ocurrido, sí, porque la esposa ha desaparecido en un hospital que dirige un médico que es un caballo, o que parece un caballo, o que cree que es un caballo:
“No traté de contradecir al otro que quería hacerse pasar por un caballo, pero a decir verdad distaba mucho de ser un caballo auténtico. Para empezar, era desproporcionado: el cuerpo era demasiado corto y gordo, con el talle escurrido, y las patas traseras se encorvaban en una forma extraña, como si estuviera a punto de evacuar. Ni siquiera una montura hecha de papel permanecería en el lomo sin resbalarse. Acaso los miopes lo tomarían tal vez por un camello raquítico o un avestruz con cuatro patas. Para colmo, vestía una camiseta celeste sin mangas, bordada de carmesí, y pantalones deportivos de algodón índigo, con la cintura rodeada con tela de algodón, blanqueada para disimular la juntura, y calzaba zapatos deportivos blancos. ¡Qué dislate!”.
Pero el “detective” en que se convierte el marido a la fuerza, mientras busca a su esposa por el hospital que es laberinto y cueva a la vez, poco a poco se va enajenando o, mejor, mimetizando con ese universo absurdo y loco: «Puede que me esté pasando algo irreparable» y, efectivamente, si no se convierte en caballo, como el director, al menos se amolda muy bien a la nueva realidad en la que se ve obligado a vivir, en la que se realizan experimentos sexuales extravagantes y los pasillos son laberintos indefinidos. ¿Y qué otra cosa son los pasillos de un enorme hospital? La frase última del narrador es desoladora, metafísica o alienada: “Aunque no lo quiera admitir, seguiré muriéndome sin parar, con absoluta certeza en el pasado llamado mañana, dejado atrás por el “periódico de mañana”. Agarrado a estos encuentros secretos, solitarios, compasivos…” Y a mí me parece que lo que se ha abierto desde la primera página de la novela es la entrada a ese abismo insondable que son las tinieblas del mundo y de la mente. Quizá por eso también se compara esta novela de Kōbō Abe con los cuadros delirantes del Bosco; a mí me recuerda, en cambio, el miedo abisal de la novela de Danielewski. Sin embargo, al lector de thrillers le queda una pregunta: cuál es el verdadero crimen, ¿el de la esposa desaparecida al principio, o el del esposo que va desapareciendo paulatinamente frente a nuestros ojos en el resto de la novela?
Adenda en criollo: Al lector venezolano no han de pasarle desapercibidas las traducciones al español de Ryukichi Terao, pues suele hacerlas con la colaboración de algún escritor patrio: Ednodio Quintero o Gregory Zambrano. Aun habrá que abundar sobre los colaboradores de Ryukichi, que ayudan con tanto tino a difundir obras magistrales como esta, para deleite y terror de los lectores ávidos del reino de Cervantes.

Nota: Una versión de esta reseña de Juan Carlos Chirinos salió originalmente publicada comp arte de la serie “Crímenes de papel / 21+17” en el suplemento Papel Literario del diario venezolano El Nacional (http://www.el-nacional.com/papel_literario/Crimenes-papel-propia-vision-oscuridad_0_532146970.html)


Juan Carlos Chirinos
@juance


martes, 3 de marzo de 2015

José María Merino: “Todo me parece muy raro en el mundo”

José María Merino descubrió su vocación de escritor inventando realidades en el colegio de los hermanos maristas donde pasó su infancia. La revelación le vino a partir de una visita a la central térmica de Pontferrada, de la cual se escapó a última hora y por eso, cuando le tocó hacer una composición sobre la jornada, tuvo que ingeniárselas a partir de retazos de las historias que le contaron los compañeros que sí habían asistido a la actividad. Cuando llegó el momento de evaluarlo, el maestro le pidió que leyera su escrito en voz alta y Merino temió que le reprendieran cuando quedara en evidencia que no había asistido a la actividad. En cambio, le felicitaron por su “capacidad de observación, lo bien reflejado que estaba el ambiente de lugar y los aspectos esenciales de la central”. Así lo cuenta en su más reciente libro de cuentos, La trama oculta
José María Merino
Foto: Pablo Rubio Merino/
Cortesía Páginas de Espuma
En el mismo momento en que había descubierto su vocación de escritor, el autor nacido en La Coruña en 1941 supo que “la ficción construye una forma exclusiva de verdad”. Quizá ese niño no le había mentido a su maestro: había estado allí gracias a la capacidad que tienen las historias para transportar a la gente. Y con los años dedicados a pergeñar narraciones sobre hojas de papel, hizo de esta aseveración el leit motiv de su obra, como también su preocupación literaria más pertinaz, tal y como lo expresó en el discurso que leyó en abril 2009 cuando aceptó silla en la Real Academia de la Lengua Española.
Con varias novelas y libros de cuentos –así como también algunos poemarios, sobre los cuales no le gusta hablar– Merino es un profesional de las letras tan experimentado y de tanto prestigio que se ha hecho merecedor de importantes premios en narrativa como el de la Crítica en 1986, el Miguel Delibes (1996), el Ramón Gómez de la Serna (2004) y el Gonzalo Torrente Ballester (2006), entre otros, y es una referencia obligatoria para quien quiera conocer el cuento español contemporáneo. Lo que quienes no lo conocen en persona, sin embargo, no saben es que es también un gran conversador. A continuación, Colofón Revista Literaria reproduce a penas unos instantes de sus opiniones sobre el oficio que más le apasiona.

– En el libro de cuentos La trama oculta, así como en otros ensayos sobre el oficio de escribir se refiere a lo que está detrás del arte de construir ficciones ¿Cómo comienza el proceso para crear una pieza narrativa?
– Primero, tiene que haber una predisposición: Debe gustarnos leer, contar o narrar; estar en el mundo de la ficción. Luego vienen las obsesiones, las manías de cada uno. Cuando he dado algún curso de literatura siempre le digo a mis discípulos: “Sed fieles a vuestras obsesiones. Si sois piadosos, pensad en temas piadosos; si sois crueles, pensad en temas crueles”. Después de la predisposición y la fidelidad viene la mirada que cada uno tiene. A mi, por ejemplo, todo me parece muy raro en el mundo; por eso mis cuentos o novelas están impregnados de esa extrañeza.

– ¿Cuál es el mejor consejo literario que le han dado?
– Cuando empecé a escribir no había talleres literarios. En España yo viví intensamente el franquismo y entonces aprendíamos Historia de la Literatura, pero no leíamos. Yo sí lo hacia, por mi padre que era buen lector. Ahora en España hay buen nivel en la narrativa breve no solo por los talleres, sino porque, además, hay muchos latinoamericanos, lo cual ha permitido una feliz integración de las dos orillas. Los talleres están ayudando a la gente a escribir mejor y a reflexionar más sobre lo que hacen, pero sin la lectura no hay taller que valga.

– ¿Qué hace que una idea o cuento se convierta específicamente en cuento o en novela?
– El cuento lo ves o no lo ves. La novela no; es un viaje de exploración. Tienes una mochila con varias cosas adentro y comienzas a explorar sus lógicas secretas: de pronto se te ocurre otra cosa y dices ¡ah! Y enlazas una cosas con otras. Eso es lo que más me gusta de ese género. Del cuento, lo que más disfruto es lo que tiene de la lectura del poema: que lo ves. El cuento es una relación intensa y pasajera; la novela es un matrimonio, pero en esa relación se van produciendo encuentros que tú no te esperabas.

– ¿Por qué no ha vuelto a escribir poesía?
– Porque ella me abandonó… La verdad es que mi poesía era muy narrativa, creo que escribí minicuentos antes de saber qué hacía. Por eso derivé naturalmente hacia la prosa. A mi la poesía me enseñó mucho, pero a partir de un momento, cuando me imaginaba las cosas, ya no lo hacía en forma de poemas sino de cuentos o novelas.

– Alex Grijelmo dice que uno tiene una relación sentimental con las palabras.
– Yo no tengo una palabra favorita. Las palabras siempre me han encantado. En mi casa, todos los diccionarios que había, incluso el de Espasa los he heredado yo, porque además nadie quería esa tonelada de libros. Cuando me hicieron académico en 2009, yo les decía a los compañeros: “me dan la letra “m”, ¡qué maravilla!: me dan la palabra ‘madre’, ‘manantial’, ‘melancolía’, ‘madurez, ‘montaña’, qué se yo… ¡Todas esas palabras me gustan! Así, una solo, la que más deguste… no sabría cuál escoger. Aunque hay veces que sí se me ocurren rápido las palabras. Un día un periodista me preguntó cómo definiría el tiempo en que vivimos con una palabra y yo le respondí: “ominoso”.

Lea la reseña de La trama oculta aquí.

@michiroche