jueves, 23 de julio de 2015

Lenguajes Gastronómicos

         Hay un doble gesto en esta novela que logra atraparme: una inmediata seducción que viaja en sus palabras, en sus ritmos interiores, en su manera de musicalizar la ficción con una prosa llena de respiraciones cortas, y luego el quiebre inicial con que logra derribarme, destruir mis reconocibles expectativas. Abro el libro y ya el prejuicio me conduce: novela culinaria, mujer, celebración, espacio propio, Esquivel/ Allende, reiteración de una literatura donde al final no sucede ni la complejidad de la mujer ni la complejidad de lo culinario. Pero en pocas páginas este libro me transforma en un ser de palabras, un mareo que navega feliz, asustado y perplejo.
Hormigas en la lengua
Subrayo una obviedad inicial: por su inmensa calidad, esta obra de Lena Yau se encuentra muy lejos de esas redacciones ligeras donde lo gastronómico es una celebración del espacio femenino que sufrieron nuestras abuelas, seres atados a los fogones y a la tristeza de una vida donde ellas eran la sombra del placer de otros.
Las mujeres de este libro gozan, sufren, se mueven, triunfan, se hunden y alrededor de ellas (y también de los personajes masculinos) las comidas se suceden como un hilo conductor que engloba la complejidad de la vida humana, sus muchos tonos, sus diversas sonoridades y sabores.
Un primer punto que me sacude en este libro es que lo gastronómico no tiene tan sólo su reconocido carácter de sofisticación, de espacio celebratorio. Aquí, la comida es también sufrimiento, juego de poder, incomunicación, rebeldía de la boca infantil que se niega a comer los platos que la figura paterna considera son adecuados para ella.
Se trata tan sólo de una de las tantas historias que recorren esta novela fragmentaria pero lo cierto es que al ser una historia tan despiadadamente conmovedora resulta imposible no resaltarla del conjunto. El comer, el no comer, se revelan aquí como cuestionamiento del identidad; de la familia; de las geografías; del desarraigo. La boca que se cierra es la boca que desea construir un yo propio que sea y a la vez no sea parte de una comunidad, que sea y a la vez no sea parte de un viaje, de una emigración. La boca que se cierra es la boca que busca un nombre propio, que guarda su lengua, su garganta, sus dientes para pronunciar una palabra que la signifique y que por lo tanto no puede aceptar la rutina culinaria que quiere reducirla a esa construcción rígida que el entorno quiere realizar sobre ella.
Pero en su estructura múltiple, Hormigas en la lengua tiene también otras líneas argumentales que giran alrededor de las mesas y las suntuosas comidas. El ojo atento del lector va siendo hechizado por cada una de ellas, y su vigilancia, su habilidad, las va enlazando en una suerte de fiesta total en la que se construyen tensiones y dualidades seductoras: el hoy, el ayer; el aquí, el allá. Dicotomías de las migraciones constantes: los que vinieron de lejos, los que regresaron, los que vivieron separaciones, los que se encuentran. En ellos, en sus bocas que nombran, que se nombran, que se hacen parte de un relato común, en ellos, en sus bocas que comen los alimentos del hoy, del aquí, los alimentos del ayer, del allá, se edifica la complejidad de una memoria llena de deseo, nostalgia y poderío ficcional.
Porque esta novela de Lena Yau sorprende a cada página. Lenguajes diversos, personajes de muy distinta constitución humana y cultural (españoles, peruanos, venezolanos, chinos, alemanes, italianos, portugueses), espacios muy distantes entre sí, recursos literarios de distinta magnitud, van irrumpiendo mientras exhiben una paleta expresiva fascinante, inabarcable. La novela es una voz que se transforma, es un sabor diferente en cada uno de sus segmentos. Es polifonía de una sensorialidad conectada directamente a una boca que anhela morder, probar cada una de las comidas que condensan el peso existencial de personajes fascinantes, entrañables (no se pierdan por favor a Douglis, fuerza viva del lenguaje y los gestos, inolvidable presencia).
Esta novela, una de las mejores que se han escrito en español en muchos años, tiene además otra virtud: la de la incitación a repetir y a esperar un nuevo plato. Hormigas en la lengua es una narración para releer hasta saciarnos, y es un libro que en su última página nos despierta un rotundo pensamiento. “¿Para cuándo una nueva novela de esta autora?”.

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