jueves, 12 de marzo de 2015

Manguel escribe sobre el “Crusoe de sillón”

El viajero, la torre y la larva:
 El lector como metáfora
La aventura, el aislamiento y la transformación en demiurgo son las tres actitudes de los come-libros que Alberto Manguel analiza en El viajero, la torre y la larva: El lector como metáfora. En el libro, estructurado en tres ensayos de unas 50 páginas cada uno, el autor argentino-canadiense clasifica y analiza –más lo primero que lo segundo– las metáforas que relacionan a la lectura con la acción de trasladarse, con las formas de abstraerse del mundo o con el poder de la transmutación.
La primera sección es la más extensa, quizá porque señala una imagen común de la lectura. “Vivir es viajar a través del libro, es vivir, viajar por el mundo mismo”, escribe sin apelar a la originalidad: “todo lector es un Crusoe de sillón”. Los ejemplos de esa afirmación avanzan hacia adelante, hasta llegar a la lectura en red, y tan atrás como la obra épica más antigua del mundo, El Poema de Gilgamesh, donde se narran las aventuras del rey sumerio homónimo. Un lugar especial se le dedica a las relaciones entre la tradición judeocristiana y la lectura. Por un lado alude a la Biblia como ejemplo de la acción como reacción a la palabra de Dios entre los hebreos y sus herederos y, por la otra, relaciona el peregrinaje a la lectura, que añade a la metáfora la dimensión de las aventuras. “La creación de un texto en una página en blanco se asimiló a la creación del universo en el vacío, y cuando san Juan declaró en su evangelio que ‘en principio era el Verbo’, definió en la misma medida su tarea de escriba y de Autor mismo”, escribe el también autor cuya obra está escrita, principalmente, en inglés.
“Flaubert definió la torre de marfil como un refugio en contra de la imbecilidad del mundo, un lugar donde un lector puede estar en paz con la inteligencia de sus libros”, se lee en la sección destinada a analizar la lectura como herramienta de abstracción. Es la mejor sección del libro por integrar temas afines a la literatura, como la referencia médica al señalar que en la antigüedad se atribuía a Saturno la melancolía: la necesidad de retirarse del mundo. Esta reclusión es muy cercana a la de los eremitas que se alejan del mundo para encontrarse con Dios y Manguel puede establecer una relación entre esta y la sección anterior: ambos, el peregrino que viaja por el mundo y el anacoreta que se abstrae de este, siguen la Palabra Divina. En esta melancolía literaria conectada a los ascetas con los racionalistas del siglo XVIII, pero donde mejor queda ejemplificado esto es en el personaje que describe como el del “príncipe solitario”, Hamlet: “Se supone que (…) ‘sabe cosas’ sólo por sus libros y si se lo despojara de estos amuletos mágicos, perdería sus tan cacareados poderes sobrehumanos”. Sin embargo, parece interesante, por su vocación de polémica, que el autor argentino señale que Shakespeare, por no ser universitario, seguramente consideraba “despreciable” la torre de marfil en la que se refugiaba el personaje más representado de su repertorio.
La sección en que se pretende demostrar que el lector es una metáfora también de una larva quedan las ideas menos claras que en las dos anteriores. El centro de su razonamiento está en la imagen de la polilla de los libros, a la que identifica con la gente que lee sin entender nada: “El necio de los libros es, entre otras cosas, el lector omnívoro que confunde la acumulación de libros con la adquisición de conocimientos y quien termina por convencerse de que los hechos que se narran entre las cubiertas suceden en el mundo real”. Pero hay necios de necios: porque hablar de leer sin entender, permite hablar del miedo a las palabras como el miedo a los poderes mágicos de los libros y, por supuesto, que este el lugar de Don Quijote y de Madame Bovary: los que se llenan la cabeza con ideas erradas y terminan apartándose la realidad, acaso la aspiración real de cualquier lector.
El libro del autor argentino representa una obra entretenida para cualquier amante de la literatura, pero no promete mucho más como ensayo literario puesto que no adelanta hipótesis propias o novedosas que permitan que el lector se quede haciéndose preguntas. Adolece de lo mismo que muchos ensayos de vocación enciclopédica en los que la profusión de detalles eruditos compromete la fluidez y relación lógica de la ideas. Sin embargo, para algunos “Crusoe de sillón” que gusten de coleccionar datos sobre los libros, El viajero, la torre y la larva: El lector como metáfora puede ser un bello anecdotario. Es también quizá lo que Manguel no tenía intención de hacer: un libro entretenido.

@michiroche

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