martes, 24 de febrero de 2015

Tavares: “El progreso técnico ha sido la gran religión del siglo”

Gonzalo M. Tavares no pierde el tiempo en contextualizar ni en hacer descripciones. Lo suyo es construir espacios de ficción con estrictamente lo necesario; un obsesionado de lo sucinto, se podría decir. Su escritura es directa y sintética. Sus argumentos llenos de acción. Sus personajes se definen por lo que hacen, sus ambientes se dibujan en pinceladas, solo en el caso de ser necesarios. Ese es el estilo también de su novela Aprendera rezar en la era de la técnica, la historia de un médico que cuando ya no le resulta suficiente el poder de salvar vidas y de tomar a diario decisiones que afectan mortalmente a sus pacientes, sin siquiera mostrar por ellos ni un ápice de compasión, se decide a convertirse en político.
Gonzalo Tavares
Foto: Cortesía FIL Guadalajara
En su arrogancia, el doctor Lenz Buchmann piensa que este cambio salvará a su país, al cual considera gravemente enfermo. En una manera de ver la realidad solo comparable en la historia con la configuración de los totalitarismos durante el período de entreguerras mundiales en Europa, el autor portugués nacido en 1970 cuenta la historia de un líder convencido de que solo pueden salvar a una sociedad la exactitud de su mano “quirúrgica” y la tecnología, por su puesto, ya que “la maquinaria no entiende lo lúdico ni lo trágico, sino tan solo la dirección, una fuerza determinada y un movimiento concreto”. Según el mismo Tavares, Buchmann se asume como el médico de la ciudad: “un cirujano que va a operar y a salvar no a una persona, sino a una sociedad entera”, dice antes de resumir los grandes temas de su novela: “es un libro sobre la fascinación por el poder y sobre la enfermedad”. Como en su obra anterior, Jerusalén, en esta novela que recibió el premio al mejor libro extranjero publicado en Francia en el año 2010, el autor reflexiona acerca de las relaciones entre el poder, la enfermedad y la muerte.

– La idea de que el mundo moderno funcionaba como una máquina y de que las sociedades serían salvadas por líderes fuertes y por la influencia del progreso era lo mimo que proponían los futuristas italianos como Filippo Marinetti que luego apoyaron a Benito Mussolini y el desarrollo del fascismo en Italia.
– Me parece que el progreso técnico ha sido la gran religión del siglo y eso ha sido un error porque está matando tanto como las religiones. El progreso técnico y el humano han sido colocados como sinónimos y es muy claro que cierto progreso técnico como la medicina, por ejemplo, es humano, pero mucho progreso técnico es retroceso humano, como cuando una máquina termina por quitarle el trabajo a un padre de familia. Por lo tanto, el tema de la técnica es algo que para mi es central investigar en mis libros.

– El protagonista de su novela, en su paso de médico a líder político utiliza una de las grandes herramientas de los siglos XX y XXI: el populismo. Este es una forma de gobierno sustentado por el mesianismo.¿Será que los seres humanos no hemos trascendido la necesidad de que alguien nos resuelva los problemas?
– Sí, allí hay un contenido religioso. Mire, yo he estado hace poco en Moscú y me pareció impresionante que la gente tiene fotos y cuadros con la imagen del presidente ruso, Vladimir Putin, en sus casas y en sus negocios. Así que me parece que es genuina nuestra necesidad por líderes casi religiosos en la política. Los pueblos más simples tratan a los presidentes como si fueran dioses. En el fondo de Aprender a rezar en la era de la técnica están la religión y la tecnología, que son dos mundos litigantes. Por eso, la novela empieza con la imagen que me apasiona: alguien rezando al lado de una máquina de grandes dimensiones. Y conforme avanza la situación, el sonido del rezo y de la máquina van mutando como si fuera una sola oración.

– ¿Es usted religioso?
– No soy creyente, mas tengo un gran respeto por quienes creen porque la fe es algo misterioso para mi. Intento investigar las creencias de los demás.

– Pero, ¿en qué cree?
Esa pregunta es más íntima que cualquiera. Cuando estoy con alguien que cree no me siento superior, más bien siento que él tiene algo más que yo. De cierta manera, me gustaría decir que soy un creyente. Pero no puedo. Admiro a la creencia individual pero le tengo miedo a la colectiva, cuando se organiza. Una es maravillosa, la organización colectiva de la creencia es algo muy peligroso.

– Trabaja en varios géneros la crónica, el ensayo, el cuento y la poesía. ¿Tiene una rutina para escribir en uno u otro género? ¿Qué determina que una imagen se convierta en poema o cuento?
– Yo no escribo con géneros literarios; escribo con el alfabeto. Cuando empiezo a escribir nunca pienso que voy a escribir poesía narrativa o novela o cuento: escribo y después pienso en qué género he escrito. Para mi no es tan distinta la poesía y la prosa, intento ser sintético y eso es un instinto que define a la poesía.

@michiroche

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