lunes, 10 de noviembre de 2014

Ortuño: La literatura sirve para cuestionar el lenguaje del poder

Hay momentos en que la realidad supera a la ficción. Cuando esto ocurre, por desgracia, es para empeorarla. Los mexicanos descubrieron el fin de semana que 43 de la media centena de estudiantes desaparecidos el 26 de septiembre en el estado de Guerrero fueron asesinados, quemados durante 12 horas en el basurero de Cocula y que luego sus huesos fueron triturados con el objeto de no dejar rastros de su paradero. Por ahora, la violencia contra los jóvenes se les atribuye a miembros de la policía municipal –se habla de conexiones con el narcotráfico– y las investigaciones para dar con sus restos han descubierto una treintena de cadáveres sin identificación, una seguidilla de fosas comunes y la complicidad de las mismísimas autoridades regionales en hechos de violencia contra los ciudadanos que deberían proteger.
Antonio Ortuño
© Cortesía FIL Guadalajara/Bernardo De Niz
En la opinión pública de ese país la indignación es absoluta. Solo un hecho violento, de los muchos que se registran en México desde hace más de una década, ha generado una oleada de indignación, llamémosla, semejante. Fue cuando, la madrugada del 23 de agosto de 2010, amanecieron sobre las calles del poblado de San Fernando, en el estado mexicano de Tamaulipas, 72 inmigrantes muertos, que provenían de países de Centro y Sudamérica. Los asesinos –se cree que son miembros de la banda Los Zetas, dedicada al secuestro, robo, homicidio, extorsión y al tráfico de drogas así como de personas– apilaron los cuerpos de los 48 hombres y las 14 mujeres y los dejaron a la intemperie, quizá con el ánimo de escarmentar a los vecinos de la zona.
La verdad es que poco tienen en común ambos hechos. La tragedia de los 43 estudiantes toca mucho más fuerte: en los hijos de México. Lo que sí los asemeja es el retrato de una atroz violencia social, como si fueran los argumentos de novelas policiales, obras de ese estilo de “narcoliteratura” que se puso de moda en los últimos años.
Y visto que la realidad supera, y con creces, a la ficción ¿qué puede, entonces, proponer la narrativa? Solo puede aspirar a decodificar las estructuras semánticas del poder y las maneras como estas están inscritas tanto en los individuos y como en sus comunidades. Esta, por lo menos, es la posición del autor tapatío Antonio Ortuño cuya obra más reciente Fila india (2013) narra las investigaciones de un incendio ocurrido en un ficticio albergue para inmigrantes centroamericanos al que el autor denominó Santa Rita.
En esta, la cuarta novela de Ortuño, la trabajadora social encargada de lidiar con las víctimas entabla pronto una relación cercana con Yein, la única testigo de la tragedia de Santa Rita. Lo que descubren las investigaciones son un engranaje de corrupción con tentáculos en todos lados, incluyendo las autoridades de emigración, los agentes policiales y los grupos paramilitares. Una trama con acciones tan inmundas como las que parecen haber tejido a su alrededor el alcalde de Iguala, José Luis Abarca, y su esposa, María de los Ángeles Pineda.
Lo que marca para el también autor de la colección de cuentos La señora de rojo (2012) la diferencia fundamental entre esta novela y las anteriores –entre las que se encuentran Recursos humanos (2007) y Ánima (2011)– es que La fila india tiene “una mirada más amplia de los personajes hacia una visión de una sociedad que es algo fundamental, porque aborda una problemática social y política”.

– El escritor portugués Gonzalo Tavares dice que la literatura busca abrirle los ojos a la gente. ¿Crees que la literatura pueda hacer eso?
– Creo que debe intentarlo. La literatura sirve para cuestionar el lenguaje del poder que se acoraza todos los días para pasar como verdad incuestionable. Parte de la gracia de la narrativa es rastrear, limar y desarticular el lenguaje del poder. Como escritor, me gusta más pensar así; la literatura es el peor camino para hacer activismo porque hay menos lectores que gente que vea la tele. Para difundir tus propuestas es más fácil ponerte con un cartel en un semáforo que escribir una novela.
– Algunos dicen que la “narconovela” es el género policial de América Latina.
– Es más bien un producto editorial y sus libros son absolutamente pasajeros porque los diseñaron editores y no escritores. Desde luego, no pienso que estos libros cancelen como tema ni a la violencia ni al narcotráfico, pero que hay que hacer una lectura diferente de ese tipo de narrativa. Hasta ahora quienes han hecho la gran narrativa del narco en América Latina son los periodistas. Y a los editores parece que les choca hacerles el reconocimiento.
– En La fila india las protagonistas son dos mujeres, ¿qué dificultades les trajo el trabajo con la perspectiva femenina?
– Lo único que unía a los narradores de mis primeras novelas era su voz visión hiper-masculinizada, que por supuesto era satírica. Eran perdedores que no sabían cómo relacionarse con lo femenino. El uso de la perspectiva de dos mujeres en La fila india era una necesidad debido al tipo de historia que quería contar. Una mujer migrante tiene una serie de capas de discriminación que van una encima de la otra: es migrante, morena, pobre y mujer. Un mujer migrante es incluso más frágil que un hombre: A veces, los primeros en agredirlas son otros migrantes. Y luego toca el turno las bandas criminales y también a las autoridades. Desde el punto de vista narrativo, decidí usar protagonistas femeninas porque me considero inepto para imaginar a un personaje masculino que pudiera desarrollar el grado de empatía con la narradora femenina desarrollar con la migrante sin caer en una tensión homoerótica que para esta novela no me interesaba.



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