jueves, 13 de noviembre de 2014

La historia que la literatura tachó

El libro tachado (2014) parte de la proclama de que literatura siempre ha estado amenazada por la desaparición de las publicaciones o de sus autores, de que su condición es la crisis perpetua. Para Patricio Pron los libros destruidos, quemados y los jamás escritos o los ilegibles “son el reverso necesario de la literatura que nuestra cultura ha preservado: le sirven de trasfondo pero también de advertencia sobre su propia fragilidad”.
El libro tachado
El sentimiento trágico palpable en su enciclopédica investigación se condensa en un pensamiento de George Steiner acerca del libro que no se escribe, al que interpreta como algo más que un vacío, el que pudo marcar la diferencia: “El que podría habernos permitido fracasar mejor. O tal vez no”.
Qué duda cabe que el punto de partida de El libro tachado es la supuesta desaparición de la literatura apuntalada por el desarrollo del e-book. Nunca inocente, el escritor argentino señala que la crisis del sector editorial se ubica, más bien, en el valor otorgado a la literatura, pues la evaluación de la calidad de una obra se traslada desde sus particularidades hacia la personalidad del escritor. Dice que si se condena a un escritor que falsifica, debería hacerse lo mismo con un “sistema literario que otorga un valor específicamente literario a algo que no lo es en absoluto, la vida privada de un autor o su pertenencia a un género o a una minoría específicos o su país de origen, un tipo de visión literaria particularmente presente en estos momentos en el ámbito de la enseñanza de la literatura”.
Su historia de la literatura que pudo ser comienza con la proclama de los estructuralistas franceses; la “muerte del autor”, que Roland Barthes y Michel de Foucault largo explicaron. No se trata de su desaparición física sino de su conversión en un canal del lenguaje que permite al lector una interpretación libre del texto, cumpliendo la máxima barthiana de que “el nacimiento del lector ocurre a expensas de la muerte del autor”. Para Pron, la desaparición metafórica del autor no es solo el aspecto obvio de un descontento históricamente determinado con el autor caracterizado como un gran demiurgo que surgió con el Romanticismo, sino también la constatación de que no existe el autor sino “una forma de leer ‘como si’ hubiese ‘un’ autor”. Y esta lectura hecha como si un escritor fuera el poseedor de una verdad trascendente –además de dogmática– es inquietante.
Incluso desde la lógica de la copia que las editoriales también han convertido en una forma de hacer publicidad –de plagiarios y plagiados, seamos sinceros–, el autor de Nosotros caminamos en sueños (2014) señala que cada nuevo escándalo de plagio escenifica “no la propiedad intelectual de una obra en concreto, sino la posibilidad misma de que esa propiedad exista”, una idea que se cuestiona desde los estructuralistas, pues al considerar la inexistencia del escritor detrás de la obra hacían imposible el plagio: “Aún cuando para algunos sean un delito y una negación de la literatura, las supercherías literarias son enormemente útiles a esta, pues permiten delimitar el ámbito de lo posible en un momento histórico determinado y, en lo posible, ampliar sus limites”.
A la forma de biblioclastia que más pone atención, quizá por ser la más generalizada y la más dolorosa, es a la censura. “Quienes amamos la literatura no podemos evitar sentirnos ofendidos por la existencia de índices de libros prohibidos, pero la verdad es que estos son tan viejos como la literatura misma”, escribe. Al citar el ensayo de Werner Fuld, Breve historia de los libros prohibidos, Pron subraya el asombro del critico literario al referirse a la “rapidez y radicalidad” con que Alemania se despidió de los valores que habían contribuido a su configuración cultural durante las hogueras del nazismo. Pron califica de “desproporcionado” la objeción de Fuld, pues la cultura de una nación está conformada por “los movimientos contradictorios de la creación y de la destrucción, de la preservación y la eliminación, de la civilización y la barbarie”. Como ejemplo, recuerda que los censores católicos que a través del tiempo incluyeron en sus índices de libros censurados las obras de Rene de Descartes, George Sand y John Stuart Mill, pero nunca las de Adolf Hittler, Benito Musolini ni Joseph Stalin. Señala que apenas un año después de terminada la Segunda Guerra Mundial ya los aliados habían redactado una lista de 14.000 títulos prohibidos en Alemania, entre los que estaban los de nacionalsocialistas como Ernst Jünger  y Gottfried Benn y, en Alemania del Este, la stasi obligaba a las editoriales a vigilar la tarea de sus escritores.
Es enternecedora, y un poco angustiosa, la minuciosidad con la que el autor hace una lista de las muchas amenazas que en la historia ha sufrido la literatura y encuentra un paralelo en la profusión de notas al pie de página con las cuales escribe un libro dentro de El libro tachado. Casi siento que debería agradecerle por sumergirse en esta tarea. No solo me ha puesto a pensar en que la crisis de la literatura es de valores y no de soportes y que la lectura democrática comienza con el asesinato del autor –que, tristemente, pocos lectores están dispuestos a cometer–. También me entristecieron sus anécdotas de libros y escritores represados, desaparecidos o silenciados, recordándome que en las listas de textos censurados se halla lo mejor de la literatura universal. Y por si esto fuera poco, me ha hecho mirar lo ingenuo que resulta condenar al plagio y otras formas de reescritura, porque en el fondo no solo sirven como un ejercicio vacuo de honra a un escritor, sino como un vehículo para ampliar los limites de la propia literatura. Por eso, cuando cerré El libro tachado me quedó la sensación de que Patricio Pron me había enseñado, de nuevo, a leer; a mirar la literatura de una manera diferente. Más humana, mucho más humana.


@michiroche

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