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La mirada maníaca de Emmanuel Carrère agita la autoficción

Dos aspectos de la obra de Emmanuel Carrère han elegido subrayar los periódicos de América Latina y España para celebrar que le concedieran el Premio FIL de Literatura y Lenguas Romances. Uno es su versatilidad profesional que oscila entre el quehacer audiovisual y el literario. El otro es su formación periodística que lo incluye entre las firmas destacadas de medios de comunicación en su país —como Le Monde, donde colabora con frecuencia—. El mismo enfoque limitado de su obra lo privilegia el fallo del premio que describe al francés nacido en 1957 como “un escritor que practica la circulación multimedia trabajando, además, en cine y televisión, pero sin separarse de la gran tradición humanista”.

No es necesario aludir a su trabajo en medios audiovisuales para encontrar el aporte de Carrère a la literatura contemporánea. Con apenas cinco libros de no-ficción publicados hasta la fecha, el estilo de su literatura ha sido determinante en la entrada a la autoficción de un género delimitado por la prosa de los estadounidenses Truman Capote y Joan Didion que, ahora resulta, no se había agotado con el Nuevo Periodismo. Más que una simple autobiografía ficticia o el cruce entre a ficción y la realidad, la autoficción es una herramienta que funde autor y narrador en un personaje primario de lo escrito, sino directamente en protagonista. Eso es lo que hace en El adversario (2000), Una novela rusa (2007), De vidas ajenas (2009), Limónov (2011) y El Reino (2014). Los tres primeros se encuentran en un solo volumen publicado por Anagrama en su colección “Compendium”. En esa tríada se cifran los aportes fundamentales del autor a la no-ficción. La antología es un buen lugar para comprender la revolución de la prosa periodística que propone el autor y me detendré en las publicaciones que reúne, pero antes quiero detenerme en sus dos libros más recientes, donde se aprecian bien las fortalezas de su estilo.

En mi opinión, El Reino es su obra mejor lograda porque muestra menos que las anteriores a la gente que le rodea, manteniéndose en sus reflexiones sobre lo inquietante que le resulta haber creído alguna vez en esa vasta falsificación que es el Nuevo Testamento. Compagina dos tramas y dos épocas: la vivencia del autor, que abraza la fe en un momento de crisis personal, y la historia de Pablo el Converso y de Lucas el Evangelista. En Limónov vuelve a los lugares seculares de la literatura, que en su obra siempre comienzan en él mismo. Por eso los críticos la describen como una “biografía novelada” hecha alrededor de un estrafalario poeta de la Unión Soviética que tuvo que exiliarse en Nueva York donde fue vagabundo, mayordomo y escritor de novelas autobiográficas, que le sirven a Carrère para referirse a su propia noción de la confluencia entre la realidad y la literatura.

 

Encontrar su “adversario”.

A finales del siglo XX, Carrère era un escritor reputado por sus imaginativas novelas de ficción, como El bigote (1986) o Una semana en la nieve (1995). El adversario, publicada en 1999 en Francia, lo convirtió en un autor universal. Allí cuenta la historia sórdida y asombrosa de Jean-Claude Romain, quien durante casi 20 años se hizo pasar por médico y, en 1993, cuando estaba a punto de descubrirse su mentira asesinó a cinco personas: su mujer, sus dos hijos y sus padres. Incluso mató al perro de la familia. Solo se salvó, en circunstancias extrañas, su amante.

A Carrère el crimen lo devastó. Durante más de seis años intentó escribir la historia y no pudo. Ni como periodista ni como narrador de ficción. Así que una lectura atenta de A sangre fría (1966) le dio la respuesta. Si Capote había borrado todo indicio de su relación con los asesinos que protagonizan el libro, Carrère haría lo contrario y sustituiría la impostura de la supuesta objetividad de la novela periodística por la absoluta y, a veces, impúdica sinceridad de la autoficción. Dispuesto a convertirse él mismo en el protagonista que mira al asesino y a su proceso de escritura en el conflicto de la obra, la fibra moral de Roman se convierte en su obsesión. ¿Qué convierte a un hombre normal en un asesino?, se preguntaba. En la escena donde reconstruye (y aquí es donde emerge la ficción en la no ficción) el asesinato de los padres, los únicos conscientes cuando Romain los mató, el autor reflexiona: “Deberían haber visto a Dios y en su lugar habían visto, adoptando los rasgos de su hijo bienamado, a aquel a quien la Biblia llama Satán, es decir, el adversario”. Carrère tomaba en cuenta aquí de su propia formación cristiana y sus preocupaciones sociales. Emergen así las estructuras de pensamiento tan características hoy de su obra que van de la hipersensibilidad al estado maníaco.

El estilo de sensaciones extremas llega a sus picos más altos en Una novela rusa. Allí la narración del making-of de un documental para televisión en un pueblo perdido de la antigua Unión Soviética en donde apareció un anciano húngaro que resultó ser “el último prisionero de la Segunda Guerra Mundial” le permite indagar en un secreto familiar: la vida inestable de su abuelo ruso, quien quizá fue ejecutado por colaborar con los nazis. Y, sorprendentemente, le da también la excusa para describir con todo libidinoso detalle el final de una relación romántica. ¿Cómo se relacionan estos hechos separados en el tiempo y en el asunto que tratan? Carrère los une. La voz del escritor es la alquimia que los relaciona. También sus dudas. “Digo: es esta la historia, pero no estoy seguro”, escribe apenas unas páginas antes de que termine el libro: “He querido contar dos años de mi vida, hablar de Kotelnich, mi abuelo, la lengua rusa y Sophie, con la esperanza de capturar algo que se me escapa y me mina”.

Lo que aparece constantemente en estos libros es la reflexión que hace Carrère del lugar de la escritura y del escritor en el mundo. Ante la tragedia de una familia que pierde un hijo en un tsunami en Sri Lanka y la devastación que en una relación causa el cáncer, el autor presenta De vidas ajenas, una historia que no solo habla —como él mismo dice en el libro— “de la vida y la muerte, de la enfermedad, de la pobreza extrema, de la justicia y, sobre todo, del amor”, sino de lo inexplicable del destino. Y es esa capacidad para analizar las certezas de la existencia por encima de sus realidades convierte a Carrère en una pieza fundamental de la literatura contemporánea. Así que más allá de representar las capacidades híbridas del oficio del escritor contemporáneo puede celebrarse en este escritor francés en una forma distintiva y revolucionaria de hacer literatura y colocarla en el mundo.

 

Michelle Roche Rodríguez (@michiroche) es narradora, periodista y crítica literaria. Es autora del libro de relatos Gente decente (Premio Francisco Ayala, 2017) y del ensayo Madre mía que estás en el mito (Sílex, 2016). Su página web es http://www.michellerocherodriguez.com

 

La foto de Emmanuel Carrère que aparece dentro de esta nota  tomada por Maria Teresa Slanzi y es Cortesía Anagrama

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