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Ray Loriga: “La sociedad está volviendo a los gestos más atávicos”

El escritor, guionista y director de cine ha sido galardonado con el Premio Alfaguara de Novela 2017 por su novela más reciente, Rendición. Incluido por los críticos españoles en la Generación Kronen, acuñada en la década de los 90 con motivo del surgimiento de obras que prestaban una gran atención a la música, las drogas y las marcas del momento, tal y como ocurriera con la Generación Beat en la década de los cincuenta, Ray Loriga (Madrid, 1967) reniega de etiquetas y considera que los años le han proporcionado la madurez que necesitaba, también como escritor. El autor de Tokio ya no nos quiere es un artista multidisciplinar al que siempre le interesó el cine, donde participó en guiones de películas tan importantes como Carne trémula, de Pedro Almodovar.

En Rendición, Loriga plantea una propuesta que nos suena: un mundo en el abismo con personajes sin nombre que luchan por sobrevivir o se conforman, todo bajo un halo apocalíptico que pretende ser una metáfora crítica sobre la sociedad actual. No obstante, Loriga se preocupa por que el lenguaje convierta a la novela en algo distinto a lo que ya se había leído entonces. Los conflictos interiores del protagonista que lo rebelan ante un mundo de felices insensibles engrandecen la obra, una de las apuestas más interesantes del año.

¿Cómo define el formato de la novela y por qué decide construir este tipo de historia?

Lo han llamado “distopía” y a mí no me gusta el término. Es una fábula de técnica hiperrealista: no ha sucedido en ningún sitio en concreto pero podría haber sucedido, puede que esté sucediendo o puede suceder mañana. Me interesaba abordar lo que les sucede a unos personajes concretos en unas circunstancias concretas. Pensamos que somos algo porque tenemos algo conseguido o algo nos ampara, y de pronto si ese algo vuela, tenemos que volver a investigar qué somos.

En esta novela resuenan los ecos de Juan Rulfo, Franz Kafka, George Orwell, Ray Bradbury… ¿Cómo se consigue tomar estas referencias y no parecerse a ellos?

Si copias a un escritor, no eres un escritor, tú mismo lo notas. En cambio, si las influencias son trescientas o cuatrocientas acabas siendo tú y puedes utilizar una voz libre y propia. A lo largo de toda la promoción, me han hablado de muchas referencias y algunas me han sorprendido, y a otros autores ni siquiera los había leído y puede ser que sí me parezca a ellos.

¿El libro pretende ser una predicción de futuro o es simplemente una parábola de la sociedad actual?

Es una descripción de presentes encadenados porque el futuro será otro presente. Sí, tengo una sensación de una deriva que puede ir hacia un lado pero también luego de pronto gira todo. Sin ir más lejos, yo estaba pensando en una sociedad bautizada de sanidad, pureza y limpieza y me encuentro a una sociedad que está volviendo hasta los gestos más atávicos. Así que cuidado con las predicciones porque te pueden salir al revés.

“Si copias a un escritor, no eres un escritor, tú mismo lo notas. En cambio, si las influencias son trescientas o cuatrocientas acabas siendo tú”

¿En qué se parece la “ciudad transparente” del libro a nuestra sociedad?

—Hay algo que une lo atávico con esta especie de asepsia social de ahora, y ese puente es la sublimación de la colectividad; entender que un colectivo no es un lugar de múltiple aceptación, sino de unidirección. Y todo aquel que no vaya en esa dirección es un elemento extraño, innecesario y posiblemente un estorbo para el progreso colectivo —cuando digo progreso me refiero a la dirección que como colectivo han decidido tomar—. El protagonista no participa de esa aventura colectiva en la que todos son felices. Ni siquiera lo juzga, pero se extraña de por qué él no lo es. La felicidad es un término muy delicado. Una manera de no sufrir angustias o ansiedades es llegar a esa especie de tábula rasa de aparente satisfacción, en este caso colectiva. Y en este caso se le llama felicidad, pero quizás haya otros que tengan otros anhelos.

La ciudad transparente es aparentemente perfecta pero la realidad es que están abducidos. Y el personaje es un héroe pero también un perdedor. ¿La novela es optimista o pesimista?

Existe el optimismo desde el punto de vista de la epifanía que quise construir: asumir que probablemente los demás tengan razón, pero el caso es que yo sigo pensando y sintiendo de otra manera, sigo pegado a lo que soy, sea un inadaptado o no. Eso tiene un brote de optimismo. Es una victoria pírrica, intransferible, íntima y personal, pero al fin y al cabo una victoria.

¿Esa ciudad transparente que construye en su novela donde todo es de dominio público y sin embargo la sociedad está idiotizada podría ser una parábola de una hipotética materialización del marxismo?

Es cierto que esa idea subyace. Si el marxismo se hubiese materializado como esa preciosa propuesta inicial también creo que habría habido problemas. Nunca se llegó a ver por la inherente crueldad del ser humano, su arrogancia, su competitividad… Mi novela plantea dudas que a mí me inquietan, y existe esa especie de desazón por ese sueño fracasado pero también una duda sobre qué habría pasado. También se representa lo contrario, aunque con una metáfora más clara sobre esta sociedad ultracapitalista: la teórica libertad basada en el consumo de tecnologías de comunicación que acaban siendo de exposición, por ejemplo la falta de intimidad de las redes sociales reflejada en la ciudad transparente.

“Mi novela plantea dudas que a mí me inquietan, y existe esa especie de desazón por ese sueño fracasado pero también una duda sobre qué habría pasado. También se representa lo contrario, aunque con una metáfora más clara sobre esta sociedad ultracapitalista”

Los tiempos verbales utilizados en la novela van desde el presente, a modo de diario, hasta el pasado, cuando al protagonista le asaltan los recuerdos.

He intentado que no se vaya al pasado más allá de la reflexión de lo inmediatamente sucedido. He tenido mucho cuidado porque él no cuenta retroactivamente lo que sucede pero en algunos momentos sí se toma unos segundos para explicarse a sí mismo lo que le acaba de pasar. Se trataba de invitar al lector a un proceso mental: el protagonista se lo cuenta a él mismo y el lector está invitado.

La obra también tiene tintes de drama rural. Ese tipo de literatura ahora está muy en boga. ¿Cree que existe una nueva sensación de vínculo del hombre con la tierra?

En mi caso, no tiene nada que ver con eso. Nací en una ciudad y siempre he vivido en ciudades. La primera vez que vi una vaca fuera de un libro fue en una excursión del colegio, o sea, el campo me es absolutamente ajeno. Pero para esta novela necesitaba desenraizar a un personaje para llevarlo a esta ciudad transparente, que era todo lo contrario. Escuchando, leyendo e indagando he creado esa sensación rural que me hacía falta para lo que quería contar.

¿Qué queda en Ray Loriga de esa Generación Kronen donde hace tiempo se le ubicó?

No estoy de acuerdo con los elementos que marcan lo que se debe llamar una generación, al menos académicamente. Sí hubo una coincidencia en el tiempo pero no hubo un contacto personal directo, salvo con Benjamín Prado, con quien había una admiración mutua y una amistad. También me ocurre con escritores como Marcos Giralt Torrente o Ignacio Martínez de Pisón, con los que intercambio muchas más afinidades literarias, y nunca los han asociado conmigo.

 

Jaime Cedillo (@JaimeCedilloMar) es periodista, músico y poeta. Colabora con El Cultural, publicación del diario El Mundo y con otros medios de comunicación. Se graduó en Periodismo y Comunicación Audiovisual por la Universidad Rey Juan Carlos I y cursó el Máster de Crítica y Comunicación Cultural de la Universidad de Alcalá de Henares.

 

La foto de Ray Loriga que encabeza este artículo la tomó Jeosm. Aquí puedes ver su página web.

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