Karmelo Iribarren (foto Laura Miner)

Karmelo C. Iribarren: “A mí me ha interesado siempre comunicar, eso que tiene tan mala fama”

El acento de Karmelo C. Iribarren (San Sebastián, 1959) lo delata como guipuzcoano pero cuando pasa por Madrid y espera al tren que le llevará a otra ciudad se come un bocadillo de calamares para sentirse de allí. Karmelo es de todos los sitios —“ando todo el día de aquí para allá y casi no me da tiempo de escribir”— y ha pasado por casi todos los oficios hasta que se ha hecho poeta. Abelardo Linares, editor de Renacimiento, fue el principal responsable de este vuelco en su vida. Cuando Karmelo tenía 33 años publicó su primer libro con la editorial sevillana y desde entonces no ha parado de hacerlo. Antes había leído el Siglo de Oro y, según recuerda, escribe poemas desde que trabajaba en la cafetería de una residencia de ancianos con sólo 13 años. Es uno de los principales referentes de la poesía antirretórica, trata con sigilo y sencillez los temas amorosos a través de sus poemas breves y acaba de publicar El amor, ese viejo neón con la editorial Aguilar.

¿Ser un poeta de línea clara supuso algún problema para publicar sus primeros libros?

No. El problema fue que yo empecé a publicar tarde y en aquella época a las editoriales les costaba publicar a un autor de 33 años.

Albañil, pintor de brocha gorda, vendedor de enciclopedias, camarero… Habrá quien piense que lo de la línea clara es un pretexto para alguien que no tiene una formación académica tan brillante como otros poetas.

— Hice hasta Curso de Orientación Universitaria [C.O.U.] pero fui un lector empedernido. Fuera de los recintos académicos, tuve que formarme solo pero tenía un bagaje de poesía importante. Me tomé esto muy en serio y leí toda la poesía española. Lo de la línea clara no puede servir de coartada porque para escribir hay que adquirir un cierto nivel y, en realidad, una cierta retórica no es difícil adquirirla. Cada uno encuentra su camino y lo importante es que a través de ese camino, se singularice de alguna manera.

Siempre ha reivindicado el verso libre como el más difícil de todos los versos.

El verso libre es el menos libre, sobre todo el blanco, que no rima con nada. A través de las figuras retóricas tienes una referencia, pero en este te puedes quedar en el abismo y si no lo controlas bien, parece que te quedas a punto de caerte. Esa sensación no tiene que aparecer en el poema, de manera que parezca que el verso no corre ningún riesgo. Y eso no es tan fácil.

¿Por qué la mayoría de sus poemas son breves?

Gran parte de mi poesía funciona por el golpe o el flash, buscando un cierto efecto estético. Eso requiere que los poemas sean breves. Los poemas largos se destensan, se vuelven narrativos y pierden esa capacidad de deslumbre instantáneo, que es lo que a mí me interesa. Pero lo importante de un poema, largo o corto, es que cumpla lo que uno intuye que promete cuando empiezas a leerlo. Lo peor de un poema es que te aburra. A mí me ha interesado siempre comunicar, eso que tiene tan mala fama. La poesía cuando es comunicación tiene que ir siempre en paralelo a un efecto estético, debe haber algo más.

“La poesía cuando es comunicación tiene que ir siempre en paralelo a un efecto estético, debe haber algo más”

Es consciente de que las redes sociales le han venido muy bien a su poesía, o al menos a su trascendencia. ¿Qué tal se maneja con ellas?

No soy muy bueno en esto, soy muy básico y no entiendo mucho. Luego tampoco soy muy simpático, casi nunca hago caso a los comentarios de la gente. A veces veo 80 respuestas de un autor donde ha pegado 80 abrazos (risas). Yo utilizo las redes para promocionar los libros que saco. A veces pongo poemas míos para que la gente los pueda leer una temporada y luego los quito. Cuando pongo los de otra gente, sí los dejo.

Es curioso que lean a Karmelo en las redes sociales como si perteneciera a la misma generación de unos nuevos poetas que han revolucionado las ventas de poesía.

Estos poetas han inventado una especie de nueva modalidad de la poesía, más narrativa. No todos, por ejemplo Luis Ramiro apuesta por otros formatos, pero muchos escriben poemas que parecen cuentos. La realidad es que han traído a un público que antes no se había acercado a la poesía. No sabemos si esos lectores luego llegarán a leer a otros.

Algunos poetas consagrados que no quieren perderse este fenómeno son optimistas en ese sentido.

Puede que sí. Este fenómeno ha cogido a todos por sorpresa porque la poesía como género era algo minoritario. Antes, cuando alguien vendía 500 libros parecía que había vendido algo; ahora llegan ellos, venden 50.000 y a mí me parece bien. Lo cierto es que antes había unos señores en los suplementos culturales ponderando siempre un mismo tipo de poesía, que rara vez tiene algo que ver con la gente de la calle. Con esto alejaban a la gente de la poesía. Yo no voy a discutir que haya ciertos libros muy retóricos u oscuros que no sean de valor, pero también hay otras formas de llegar y de escribir. Y estos se han pasado toda la vida negándolo, y arrumbando la poesía casi hasta hacerla desaparecer. Este movimiento ha revuelto todo esto y es una especie de reivindicación.

“Antes había unos señores en los suplementos culturales ponderando siempre un mismo tipo de poesía, que rara vez tiene algo que ver con la gente de la calle. Con esto alejaban a la gente de la poesía”

¿Y no perjudican a la poesía las editoriales que publican a un autor o a otro en función del número de seguidores que tengan en las redes sociales?

Eso es verdad, pero eso entra en la parte comercial. Un fenómeno económico que obedece a este tipo de poesía, vamos a llamarla así, va dirigido a determinado público. Entonces las editoriales ven que alguien tiene tantos seguidores y pretende sacar rédito. Pero tampoco hay que pedir más explicaciones. Se ha producido un fenómeno poco más que adolescente y tampoco hay que pedirle que escriban libros de tal o cual manera. Otra cosa será el segundo libro. Cuando el autor se haga mayor, también se hará mayor el público y puede que no le interese lo mismo. Si este fenómeno perdura en el tiempo, se irá aclarando por propia dinámica interna. Y veremos si forma parte de otro tipo de poesía o desaparece. Es pronto para sacar conclusiones.

Ha dicho que la disciplina no le acompaña en la vida pero sí en la poesía. ¿Quizás por eso su obra no se haya prodigado en la prosa?

En realidad, para escribir poesía, sobre todo al principio, hace falta disciplina y constancia. A veces vuelves sobre los poemas. Cuando escribes, por ejemplo, uno más largo, cuesta más arrastrar eso. Respecto a la prosa, hace un tiempo escribía relatos pero no me gustaban y los tiré. También escribí críticas para los periódicos pero me cansé.

“Soy un realista elegíaco, antes nocturno y canalla”

Lo que sí ha explorado es el territorio de los aforismos en Diario de K.

El aforismo, o lo que entendemos por aforismo en su acepción más clásica (el sentencioso), nunca me interesó. Pero sí me gustaban las greguerías o la modalidad que proponía Jules Renard en sus diarios: frases sueltas de la vida cotidiana que tienen un potencial por ellas mismas cuando las sacas del contexto y las aíslas. Me interesa más que el aforismo propiamente dicho, más cerrado, que tiene algo de perfección intocable. No escribo demasiados aforismos. Me gusta más el parrafito breve de algo que veo por la calle y lo subo a la red.

¿En qué se parece al realismo sucio con el que siempre le quisieron relacionar?

— Yo nunca me he sentido parte del realismo sucio. Soy un realista elegíaco, antes nocturno y canalla. Estoy de acuerdo con Luis Antonio de Villena cuando dijo de mí que estaba dentro del “realismo limpio”.

 

Jaime Cedillo (@JaimeCedilloMar) es periodista, músico y poeta. Colabora con El Cultural, publicación del diario El Mundo y con otros medios de comunicación. Se graduó en Periodismo y Comunicación Audiovisual por la Universidad Rey Juan Carlos I y cursó el Máster de Crítica y Comunicación Cultural de la Universidad de Alcalá de Henares.

 

La foto de Karmelo C. Iribarren que encabeza esta nota la tomó Laura Miner y la usamos gracias a la cortesía del Festival de Poesía de Madrid, PoeMad.

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