Hueco

En El niño que robó el caballo de Atila, de Iván Repila, se reconocen los distintos matices de la condición humana

La libertad se valora principalmente cuando estamos en circunstancias adversas. Esas que nos confrontan con la posibilidad de abandonar el bienestar para asumir el compromiso de tomar el timón del barco. El Grande y el Pequeño son dos personajes que se ven obligados a enfrentar el encierro, desde la profundidad de un pozo en medio de un enorme bosque, que les permitirá sacar de sí una porción de valentía con las mismas dosis de personalismo. Una bolsa de víveres los acompaña, pero esta solo les servirá para recordarles su conexión con el mundo exterior, y muy especialmente con la madre de ambos. Son estos personajes, el Grande y el Pequeño, quienes conducen la historia del escritor y editor español Iván Repila (1978), El niño que se robó el caballo de Atila.

Es la voluntad de resistir la que los mantiene inquietos, al principio; vivos, tiempo después. Es la condición humana y sus múltiples matices un aspecto que sostiene la historia. La osadía de vivir pese a las circunstancias; especialmente cuando todo parece terminar, o ir en camino hacia el final. En este sentido, los personajes parecen crearse su propio mundo. Ese que les permite la soledad del pozo y la ausencia de sus realidades. Para ello, apelan a su propia imaginación y a su capacidad de reinventarse. Un aspecto notable: muy lejos está esta novela de ser un tratado de crecimiento personal, o un empalagoso libro de autoayuda. Una muestra de esto es su uso del lenguaje: “Sentía que un tiburón le había descuajado medio torso, y al caminar así, tan incompleto, con los órganos colgando a la vista de todos, sin poder esconder ese vacío e incapaz de mantener la dignidad, se avergonzaba”.

Es el poder de la metáfora lo que otorga al texto una increíble belleza y sutileza lingüística, que evoca un gran sentido lírico. Ese lirismo no nos aleja de la historia; por el contrario, nos acerca a ella de una manera diferente; más literaria, sí, pero también más humana. Incluso desde el empleo de un lenguaje que se asemeja a las jitajánforas o gíglicas del escritor de los cronopios, Julio Cortázar. Este poder metafórico termina por concedernos la posibilidad de establecer comparaciones muy cercanas a la realidad, a esa que cada lector vive desde su propia trinchera, desde su propio pozo.

 “Sentía que un tiburón le había descuajado medio torso, y al caminar así, tan incompleto, con los órganos colgando a la vista de todos, sin poder esconder ese vacío e incapaz de mantener la dignidad, se avergonzaba”.

El niño que se robó el caballo de Atila muestra a dos personajes que parecen mirar desde un mismo lugar, pero que terminan por hacer concesiones en torno a ellos mismos: un hermano mayor que se dibuja fuerte e inquebrantable; y un hermano más joven y de menos fuerza física, que parece perderse en los laberintos de la mente humana. De esta experiencia aprenderán no solo a mirarse uno a otro desde todos los sentimientos y las emociones humanas posibles, sino también a mirarse a sí mismos desde ese exterior oscuro y frío que es ese pozo al que llegaron sin mayores explicaciones. Como en toda experiencia límite de vida, estos hermanos reaprenden, resurgen, se reinventan, y especialmente, se reconocen entre sí. Se funden sin perder cada uno su propio yo, uno que quizá los evoca algunas veces al pasado, solo para recordarles que ya nada es igual. Ni siquiera ellos mismos: “Los hermanos se funden en un abrazo largo, sin contenerse (…). Regresa al pasado, pero ellos ya no son los mismos, el pozo ya no es el mismo, incluso la distancia que los separa del mundo ya no es la misma”.

La bolsa de víveres que los acompaña durante todo este trance, sin otro norte que el de salir de él, se convierte en una interrogante que nos podría confundir al principio, pero que termina por ser un elemento clave en el desenvolvimiento de la historia. Repila acude a la valentía y al coraje de sus personajes para levantar parte del argumento de esta novela corta. Pero es el amor ese breve espacio que los cobija y les permite sobrevivir: más allá de las paredes húmedas, las raíces, los gusanos y el agua sabor a tierra; de las rutinas que establece cada uno según sus propios intereses personales. Más allá, incluso, de las barreras físicas y emocionales que en ocasiones aparecen entre estos hermanos. “Por la noche, lo cubre con dos capas de ropa para protegerlo del rocío helado y se ovilla junto a él desnudo, tratando de calentar un poco su pequeño cuerpo”, escribe Repila: “Lo frota y lo besa y lo abraza hasta quedarse dormido”.

“Regresa al pasado, pero ellos ya no son los mismos, el pozo ya no es el mismo, incluso la distancia que los separa del mundo ya no es la misma”

Volvemos a la infancia con esta hermosa y desgarradora historia. Volvemos, con las manos vacías. O quizás, con las manos llenas del mundo interior propio. Estos hermanos nos acercan a la reflexión en torno a varios asuntos: la rabia, la calma, la vida. Nos acerca a la solidaridad humana, a la experiencia de la cooperación, a lo cruel que puede llegar a ser la sociedad que nos sostiene. Gracias Repila, por este regreso, por esta historia que nos recuerda que “La vida es maravillosa, pero vivir es insoportable”.

 

Geraudí González Olivares (@GeraudiGonzalez) es crítica literaria, académica, autora e investigadora de la “microficción” y actriz

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