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El brillante estilo de Juan José Becerra hace El espectáculo del tiempo

Cuando Charly Hossinger mira a la Tierra desde el Espacio, lo que ve es el tiempo. “El tiempo es un espectáculo que se puede ver”, dice durante el discurso de un homenaje que le hacen en su pueblo natal. Las palabras de Hossinger, astronauta triunfador amigo del padre de Juan Guerra, protagonista de la historia contada en primera persona, representan la intención de la novela de Juan José Becerra, una obra compleja y ambiciosa que gana enteros cuando exhibe una prosa brillante y delicada y pierde puntos cuando se deja llevar por la deriva de lo vulgar hiperrealista, tantas veces innecesaria a lo largo de la historia. Especialmente desagradables son las escenas de la eyaculación sobre las cenizas de una difunta y la violación de dos niños por parte de su tío, ambas contadas con todo lujo de detalles y bajo un lenguaje sexual agresivo y demasiado explícito.

El tiempo es un personaje sin nombre dentro de esta novela sobre el mundo y sus miserias, a caballo entre la ficción y la crónica autobiográfica, propuesta desde un punto de vista que escapa del relato convencional. Juan Guerra cuenta su propia vida de manera fraccionada a lo largo de más de un centenar de capítulos cortos cuyos títulos responden a los años en que sucedieron los respectivos acontecimientos. A partir de la segunda parte, el lector comienza a comprender la arriesgada fórmula de cronología trastocada a la que se somete el autor, pues si hubiera decidido contar la historia bajo los preceptos clásicos (planteamiento-nudo-desenlace), las primeras páginas habrían suscitado menor interés que las posteriores. En cualquier caso, se agradece el riesgo de Juan Becerra a la hora de decantarse por un tipo de estructura que recuerda, por ejemplo, a los últimos libros de Karl Ove Knausgård. También se aprecian referencias en el estilo, por más que Becerra lo rechazara en una entrevista no mucho tiempo atrás.

“El tiempo se iba cayendo pesadamente al mismo abismo del que había salido”

Lo más destacable de la obra, además del brillante estilo narrativo ya mencionado, reside en el planteamiento de los acontecimientos más significativos de la vida del narrador, trazados con agilidad a través de las relaciones amorosas y familiares. En las primeras, el sexo cobra tanta importancia que casi sustituye al sentimiento de la pérdida, la soledad o el hastío, si bien es cierto que hay en la novela un par de capítulos donde, a través del diario —uno de los géneros insertados en la novela, como la carta o el poema—, relata con maestría los detalles de la ruptura de una relación sentimental. Las conversaciones con Bárbara Rodríguez —tóxicas, donde nada sucede— son una representación de la banalidad de la vida, un terreno que no todos los autores se atreven a pisar. Por su parte, las relaciones familiares, casi monopolizadas en la figura de su padre, corresponden a la parte de humor —eso sí, con gotas de tremenda amargura— que sirven como desengrasante para un relato crudo y despiadado donde todo es violento. Hasta el lenguaje.

“El deseo es una fuerza giratoria”

“El tiempo se iba cayendo pesadamente al mismo abismo del que había salido”, reza una de las frases que componen una de tantas reflexiones que contiene la obra sobre el tiempo. A esta forma reflexiva de narrar, repleta de aforismos como “El deseo es una fuerza giratoria” o “El amor es un agradable estado de idiotez”, se suman los intermitentes momentos históricos que el autor incluye en determinados capítulos para no hacer olvidar al lector que está ante una obra donde el paso del tiempo, analizado desde un punto vista metafísico, es fundamental a la hora de comprender la trayectoria vital del personaje. La invención del cinematógrafo o el código Morse, y un capítulo dedicado a Pompeya en el año 79, son algunas de las referencias temporales que propone el autor, obsesionado con el cine —el protagonista regenta unas salas de cine, cuyo nombre es un homenaje a los inventores, los hermanos Lumière— como elemento simbólico del paso del tiempo.

“El amor es un agradable estado de idiotez”

Precisamente la segunda parte, que se sostiene sobre poco más de cuatro páginas, es un resumen de la historia del universo que recuerdan a obras como 1984, de George Orwell, o Las intermitencias de la muerte, de José Saramago, por su carácter apocalíptico. En cualquier caso, no resulta muy halagüeño que la parte más memorable del libro sea la más corta, pues lo cierto es que el relato que construye a partir de la imaginación en contraste con los hechos fehacientes es un verdadero hallazgo dentro de una novela, finalista del Premio Tigre Juan 2016, que contiene todos los elementos de una gran obra —destreza y brillantez en la narración, riesgo, personajes potentes, etc.— y carece de cierta sobriedad para tomarla en serio del todo.

 

Jaime Cedillo (@JaimeCedilloMar) es periodista, músico y poeta. Colabora con El Cultural, publicación del diario El Mundo y con otros medios de comunicación. Se graduó en Periodismo y Comunicación Audiovisual por la Universidad Rey Juan Carlos I y cursó el Máster de Crítica y Comunicación Cultural de la Universidad de Alcalá de Henares.

 

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